mayo-junio 2017, AÑO XI, Nº 61

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Colaboran en este número

Matías Moscardi
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Elizabeth Collingwood-Selby

Curador de Galerías

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Diseño

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Columna Barrofón
El correntino

No me mira, sigue derecho, pero cuando pasa delante mío, sin desviar la vista, exclama: ¡David, parece que encontraron muerto a Goliat!
Así, varias veces, con pocas variaciones en la escena.
Hace dos meses me mudé al mismo edificio en donde vive el correntino.
Cristiano casado con judía, quedó aquí a la deriva cuando murió su esposa.
Está empleado en la Municipalidad (en un tiempo era barrendero), pero cuando se pone en pedo pide dinero, diez shekels, para comprar una bebida. Cuando cobre te devuelvo, agradece, a sabiendas de que nadie irá a reclamar esa moneda.
Desde que vivimos cerca, nos evitamos con gracia.
Antes no, o no tanto.
El, nunca; yo, a veces.
Los sábados deja la puerta abierta, pero, aunque la cerrase, todo el barrio puede escuchar la cumbia más chonga y melosa que sea capaz de producir la Argentina.
Nunca chamamé.
Porque el mismo encarna un chamamé, que acá nadie entiende, salvo aquellos que conocemos la materia.

 

Como aquel que huía de la justicia, por una injusticia que le habían hecho en Santa Fe. Instalado en Arad, ponía música argentina a tanto volumen que, a cien metros de su departamento, ya sabíamos que él estaba ahí. Era un exquisito, y en ese terreno a veces no estábamos de acuerdo. Para él, la escuela de Abonizio. Para mí, sólo Abonizio. Para él, el litoral renovador. Para mí, sólo el filo del río y los dientes de piraña. Para él, todo el río, y estaba en su derecho. Pero estamos en el desierto, y el río, me río del río. Un día, una nada en un pie se le hizo mala, y menos de un año después acabó por matarlo. Él sabía de chamamé, tenía con qué argumentar, pero la calle aquí es indiferente a lo que no se entiende. Ni la música que atacaba desde su ventana, ni su apagón, modificaron nada, porque no existió.

 

Pero había uno que hablaba medio hebreo y con eso le alcanzaba para ser el compatriota que acompañaba a trámites o médicos a todo aquel que no hablaba ni entendía nada, que son la mayoría. Popeye sin pipa, siempre se lo veía sentado tomando café con sus amigos gordos, todos argentinos, menos uno al que le decían “el brasilero”, que ya no está más desde hace tres semanas, al igual que el traductor: de repente se sintieron mal, los internaron, y no hubo más que hacer. Ninguno tenía perros, ninguno tiene perros, no hablan con perros, no acarician perros, no miman gatos. Condenados a una silla, ven los perros pasar, apenas los miran, clavados a la madera. Por eso les huyo, los esquivo como a postes. Son estacas hechas de cierta madera que hay en mi patria, y que aquí se ahuecó por dentro.

 

Aunque ella sí tiene un perro. Ella tiene una perra que simpatiza con la mía. Vive sola desde que enviudó, de un día para el otro, se quedó sola. Justo cuando el éxito acompañaba a la pareja, vendían comidas a los miembros de la comunidad de los que nacimos allá. Llora, llora mucho de verdad y, dos por tres, también finge que llora. Casi muere por una enfermedad que es famosa aquí y en todo el planeta, pero aquí tiene un efecto multiplicador debido a que somos pocos, y nos vemos casi todos, nos cruzamos a cada momento, aunque no nos dirijamos la palabra. En el club de jubilados alguien la acusó de robarse una pequeña suma de dinero, acto que desmiente, y nosotros le  creemos, pero a partir de ahí sus problemas se agravan. Y al regreso de un viaje al país natal, con pasajes pagados por su hijo, al cual deplora (porque no la ayuda), el Seguro Nacional le quitó el derecho a concurrir al club, por motivo de aquel viaje, prohibitivo para personas en su condición. El otro día nos hizo ver una bolsa cargada de cajitas y frascos: “Estos son mis medicamentos.”

 

En casa del correntino beben cerveza a viva voz los dos peruanos, el que ahora anda en silla de ruedas (antes lo hacía con muletas) y el otro que trabaja en un hotel del Mar Muerto, a las órdenes del técnico que arregla mi computadora. Música y risas por chistes que no entiendo porque en su momento álgido las palabras patinan. El del hotel me dijo una vez que el islam es la religión del diablo, y por suerte construyeron una iglesia en las afueras de Arad. Negué todo lo que decía, pero, ¿con qué sentido? ¿Y cuál es el sentido de que el hijo del de la silla de ruedas haya regresado del Perú? Futbolista de talento, viajó a Lima para probarse en el Sporting Cristal. Estuvo ahí, y no sé qué trámites se hicieron, y algo no sirvió, y tras unos meses, el muchacho estuvo de vuelta. A esta ciudad volvió, para nada, porque el fútbol aquí es nada, no vale nada.

 

 

 

 (Actualización mayo – junio 2017/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646