mayo-junio 2017, AÑO XI, Nº 61

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La literatura y sus restos (teoría, crítica, filosofía)
Viñas, Paul de Man y los franceses

No hace mucho, más o menos al mismo tiempo que empezaba a multiplicarse el tráiler de la flamante quinta entrega de Pirates of the Caribbean, volví a ver aquel conocido y falsamente escandaloso episodio televisivo entre Beatriz Sarlo y David Viñas, y me acordé de Paul de Man.

Con la frase «la resistencia a la teoría», de Man quiso decir que la realidad, la experiencia o lo que efectivamente sucede, se resiste a ser asido, capturado, comprendido y comunicado por lenguaje alguno, por conceptualización alguna (y para de Man, toda conceptualización es una metáfora, no hay lenguaje fuera de la retórica, la figura, el tropo). La teoría (en un sentido amplio), el mero hablar de algo, es un intento verbal (es decir fatal y únicamente figurativo) de dominar lo real; ese intento interminable está siempre destinado al fracaso, exageraría de Man (tantos otros creemos que de tanto tributar a un impulso repetido, obcecado e insuprimible, se invierte o por lo menos se destartala la fórmula freudiana «los que fracasan al triunfar»). En tanto hablantes, teorizamos: intentamos hacer coincidir lo que es y lo que pasa con algo decible. Teorizamos y habremos de teorizar siempre, ya que eso que teorizamos se resiste a toda teorización (porque no hay teorización que sea tal sino pura retórica, figura, tropo). El sentido común y la compulsión social de intercambio no lo saben ni pueden tolerarlo. Son en cambio la poesía, la literatura y la filosofía las que le saben a lo real su resistencia a la teoría, y a la teoría la impertérrita y fútil verdad de su materia meramente verbal y metafórica, nunca veritativa ni –menos– referencial. Y sin embargo… Eso es lo que formula con envidiable economía Judith Podlubne cuando escribe: «La actividad teórica designa la tarea de conceptualización común a las disciplinas científicas, académicas, pero no se confunde ni equipara con ellas. El rasgo diferencial del auténtico saber teórico es la experimentación con el tenor performático del concepto, el encuentro con el punto en que ese tenor excede la convención e infinitiza sus posibilidades de significar. La autenticidad deriva de la fuerza con que la teoría se resiste a desconocer lo que sabe, su falta originaria, aun sabiendo que ese propósito está destinado al fracaso».

Por eso, la autorresistencia de la teoría es una política. No lo es como concordia, por supuesto; es política por esa intimidad a la vez con lo infinito y con la falta, algo francamente insensato: sin sentido, con demasiado sentido incesante, y así.

Hay un modo corriente de naturalizar «la resistencia a la teoría» que es a un tiempo un episodio de resistencia a la teoría entre tantos «o el episodio primario, vulgar, de resistencia a la teoría»: se sabe que las autoridades militares, civiles y eclesiásticas, los pedagogos y los periodistas temen la interrupción, la laguna, el «bache», el tartamudeo, el balbuceo. La tesis de la «resistencia a la teoría» es una amenaza contra el discurrir de lo que debe seguir corriendo en su curso, porque postula que lo real se planta y se resiste sin tregua a ser enunciado. Para aventar el riesgo de detención que así amedrenta desde la tesis de «la resistencia a la teoría» y propiciar en cambio que las transacciones del comercio social (o las del comercio crítico) se concatenen y pasen, el sentido común –o la opinión corriente, o la pereza intelectual– adoptan y dan por acordada la interpretación –tan frotada ella– que equipara «resistencia a la teoría» con rechazo de la teoría, rechazo de la teorización o (en el peor de los casos) rechazo de la abstracción más o menos abstrusa, gongorina, corporativa o pedante. De entre las que retengo, la figuración más acertada de ese rechazo –que es al mismo tiempo una de sus ocurrencias más ilustrativasû está en una nota de 1978 referida al teórico galés Raymond Williams en la que Carlos Altamirano, irritado contra el athusserianismo y la teoría francesa, se refería a «la reacción impaciente del sentido común». En uno de los hitos decisivos de la industria cinematográfica global de comienzos del siglo XXI, el Capitán Jack Sparrow –epítome de una astucia exorbitada, laberíntica y picaresca pero gobernada por una ética superior, antimercantil y bandidista– responde que han sido «los franceses», cuando sus captores Pintel y Ragetti se preguntan a voz en cuello quién demonios inventó el derecho de «parlamentar» que –según arguyen siempre los reos a punto de ser ejecutados– figura en el código pirata (aunque es curioso que ese código parezca ser una mezcla de los que la tradición atribuiría no a dos franceses sino al británico Morgan y al galés Roberts). El chiste también se aprovecha del sentido común (los franceses son charlatanes que demoran la ejecución, o –lo mismo– los charlatanes son franceses). Conviene notar, así, que de los tres personajes principales de esa escena –Sparrow, que acaba de ser atrapado y está a punto de ser ultimado, más sus dos captores– ninguno es serio como Altamirano, y el fastidio o la «impaciencia» del dúo de verdugos en ciernes es estrictamente un recurso de comedia. En ese sentido, su resistencia a la charlatanería francesa se parece menos al fastidio de aquel Altamirano que al humor ligero e irónico del último Terry Eagleton, británico pero cada vez más cercano a esos conferencistas típicamente norteamericanos que insisten en saturar de chistes amables y banales sus exposiciones para vacunarse de antemano, obviamente, contra el rechazo hacia la teoría y el pensamiento, rechazo que recelan en sus auditorios –a los que de ese modo enlazan al prejuicioso aunque posiblemente certero pronóstico del bostezo– (cosas que pasan cuando uno insiste en la autoayuda: Cómo se lee un poema, Cómo leer literatura…).

 

Hacia 1995, pudo escuchársele a David Viñas vociferar que en las clases de literatura, en la discusión, en la crítica, «hay que dramatizar, compañero». Viñas agregaba, no recuerdo con qué palabras exactamente, que de lo contrario se perdía lo principal, es decir el tenor real y por lo mismo traumático de la experiencia, su poder como si dijésemos ontológico o al menos existencial. Es que eso que fastidia de «los franceses», es decir de la teoría, es que no pueden con su genio y dramatizan. Se parecen a los ranqueles, esos piratas de las planicies que agotan la paciencia de Mansilla: beben y parlamentan y parlamentan y beben y beben y parlamentan, en lugar de comunicar, en lugar de resolver y pasar a otra cosa y luego a otra y así.

Ese fastidio, el fastidio contra la resistencia a la teoría –el fastidio contra la resistencia a la conceptualización rapidonga, comunicativa y tan práctica– es el núcleo más o menos tachado del episodio televisivo que protagonizaron Viñas y Cristina Mucci en 1997 en el programa de televisión «Los siete locos», y que tuvo de personajes secundarios, entre otros, a Pacho O´Donell, a Luis Gregorich y a Beatriz Sarlo (a quien el amarillismo de la opinión pública puso en el lugar de protagonista). Lo que suele recordarse de ese programa que estaba siendo emitido en vivo es lo de menos, es decir, el escándalo tonal y escénico: que mientras Viñas comenzaba a hacer uso de la palabra diciendo que en esa «ocasión tan ruda» no podía sumarse a «la comunión de los santos», Beatriz Sarlo lo escucha apenas unos instantes y se levanta, se retira y no regresa. Pero lo que realmente importa del episodio es otra cosa y, hasta donde he podido comprobarlo, ha sido convenientemente olvidado. Viñas habla de intelectuales sumisos e intelectuales funcionarios, pero no bien empieza se va por las ramas: señala las siluetas de parejas heterosexuales que decoran la escenografía del set televisivo, dice que resulta curioso que todas tengan las cabezas cortadas, justo la parte del cuerpo en la que se ubica el mal de la locura –aclara– que da nombre arltiano al programa, y nadie parece advertir que precisamente en ese momento se produce un colmo indeliberado y grotesco de la situación debido a que el director de cámaras, oportuno él, enfoca a uno de esos personajes pintados, pero no a cualquiera sino a uno que sostiene un libro en cuya portada se lee la palabra «Comunicación». Lo que realmente importa es ese desacuerdo, es decir la disputa de una moral de la interlocución contra el parloteo del indócil, del que a ojos de la razonabilidad comunicativa despliega la exégesis paranoica del detalle aleatorio y se va de tema. Lo que hay que atender es el consiguiente fastidio de Cristina Mucci, conductora del programa, hacia la resistencia de Viñas –que habla y habla y habla–, la resistencia de eso que a Viñas le sucede, a ser comunicado, la resistencia de la lengua cargada de Viñas a la clarificación de ideas transables que puedan pasar de mano en mano y de unas a otras. Mucci se fastidia porque Viñas le impide simplificar y, como diría cualquier comunicador sensato, sobreinterpreta, afecta la sospecha hermenéutica y –sin dudas– empuja hacia su pozo menos rentable el ya minúsculo rating del programa literario de la televisión estatal de entonces. Por supuesto, Viñas exorbita esos ademanes –como él mismo los hubiese llamado– porque quiere guerra, no buenos modales entre intelectuales democráticos, pero finge provocativamente los buenos modales de la conversación por turnos. Solo que, cuando le toca, suelta la lengua proliferante de la crítica que es, como quería de Man, «el lenguaje de la autorresistencia».

 

 

(Actualización mayo – junio / BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646