diciembre-enero 2023, AÑO 22, Nº 90

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Colaboran en este número

Osvaldo Aguirre
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De la felicidad o el sigilo de un animal salvaje
Felices hasta que amanezca, de Florencia Abbate, Buenos Aires, Emecé, 2017.

En una conferencia reciente, César Aira afirmó que “la pasión, la precipitación, la imprudencia, la lisa y llana estupidez, son la carne y la sangre del realismo, si queremos llamar realismo a ese juego artístico que se completa al complementarse con lo más razonable y cartesiano de nosotros, sus consumidores”. Allí, Aira apreció con lucidez que a los/as lectores/as contemporáneos/as puede llegar a exasperarnos un relato como el de “Aladino y la lámpara maravillosa”, por ser un cuento de magia que procede con la materia del realismo y que niega el contrato básico de todo lector de ficción, un contrato que parte de lo que Coleridge llamó “una suspensión momentánea de la incredulidad”. A partir de esa suspensión se establecen nuevas reglas de realidad, parecidas y hasta idénticas a las de la realidad primera, pero sostenida en una convención. El problema que nos genera Aladino, según la reflexión airana, es que se rehúsa a firmar ese contrato y sigue operando con las reglas de la realidad primera, administrando con racionalidad el tiempo, el deseo y los recursos disponibles: “Es por eso que lo vemos como un intruso en el mundo mágico, al que ha entrado desde que tomó posesión de la lámpara.”

Un desajuste equivalente pero a la inversa se percibe en la lectura de los nueve relatos que conforman el volumen Felices hasta que amanezca (Emecé), primer libro de cuentos para adultos de la prolífica escritora e investigadora Florencia Abbate, escrito entre 2008 y 2016 y publicado a fines de 2017, luego de las novelas El grito (2004; 2010; 2016) y Magic Resort, los libros de poesía Puntos de fuga (1996), Los transparentes (2000), Neptuno (2005) y Love song (2014), el libro objeto Shhh… lamentables documentos (2001); el libro de cuentos infantiles Las siete maravillas del mundo (2006); y los ensayos Apuntes sobre transexualidad (1998), Deleuze (2001), Literatura latinoamericana para principiantes (2003) y el Espesor del presente. Tiempo e historia en las novelas de Juan José Saer (2015).

La frase que da título al libro, Felices hasta que amanezca, es una cita del tercer cuento del volumen: “Esta cosa salvaje”, una crónica hilarante sobre la investigación de campo con personas travestis y transexuales que la narradora en primera persona lleva adelante para escribir un libro por encargo sobre transexualidad en Buenos Aires. La frase pertenece a Nadia, la transexual más cercana a la narradora que luego de un día de malas noticias termina bailando en Nave Jungla, un boliche regenteado por enanos, junto con su amiga travesti Alison, Elias Bosch (un dealer que hacía llamarse “el rey de los enanos”), un vecino transfóbico en pleno brote psicótico y la narradora del relato. “Vengan a bailar –dijo [Nadia]—. ¡A ser felices hasta que amanezca!”.

Al igual que en el cuento de Aladino, en los relatos de Abbate la felicidad y la abundancia son efímeras (“…el rocío del alba, una hora en que la felicidad se parecía al sigilo de un animal salvaje”, describe la narradora de “La sensibilidad de nuestra adolescencia”). Ése es el principio de realidad que subyace más allá de los desenlaces delirantes. Pero al revés de lo que nota Aira en Aladino, se trata de cuentos realistas que proceden con la materia de la magia, de la locura, de la alucinación, desplegadas in crescendo en el tiempo del relato. No son su punto de partida: se instalan gradualmente, por acumulación e intensificación. Así, por ejemplo, el cuento “En el organismo” explaya en el formato de un testimonio para un grupo de autoayuda el relato de una empleada pública, Sandra, que trabaja en la mesa de entradas de “el organismo”: “Un ente irrelevante dedicado a censurar expresiones obscenas que aparecían en radio o televisión (…) en el candelero por haber adquirido una pátina progresista, ya que le habían asignado la función de aplicar una ley que obligaba a los monopolios mediáticos a que se achicaran.” El relato comienza narrando episodios que tienen como centro a Gregorio Pascual Fortini, el director de asuntos legales, y una de las compañeras de Sandra, Fabiana, amante del funcionario. La trama es hilarante y conspirativa (corrían rumores de que algunos empleados eran agentes secretos de Corpos, el principal monopolio mediático) pero se mantiene dentro de los principios de la poética realista, hasta que al final del relato se filtra información sensible que expone a Fortini y al organismo a un escándalo mediático, y Sandra cae en la cuenta de que la filtración fue posible gracias a un chip que le implantaron debajo de su nuca en un salón de belleza. En el presente de la enunciación Sandra se encuentra recluida en un convento carmelita en Neuquén, en donde no la alcanzan las antenas de telecomunicaciones y participa activamente de las actividades de la congregación de hermanas que trabajan rescatando travestis de la prostitución y llevándolas a la comunidad. Ana Rosa, una de las hermanas, le cuenta a Sandra sobre el final del relato, de impronta distópica:

el arzobispo sostiene que el control cibernético de la voluntad ajena será la forma de posesión satánica del tercer milenio, y también que hay poderes que se proponen instalar el verichip de manera masiva en la población argentina, como ya se hizo en otros países. Dado que él es nacionalista, considera imperativo resistir a esa tendencia global. Por eso, según Ana Rosa, este ejército trans que responde al amor desinteresado de la hermana Mónica podría ser próximamente entrenado como un cuerpo de exorcistas electrónicas de elite al servicio del Vaticano.

 

Del mismo modo, el relato que cierra el volumen, “Una sola cosa con sus manos”, narra el proceso de desvitalización que vive una mujer, Julieta, la narradora, luego de su separación, proceso que empieza a paliarse a partir de una terapia alternativa de masajes y acupuntura que imparte un médico chino, Zhang Dongfang, quien no sólo la sana sino que la enamora. Gran parte del cuento se concentra en los dilemas de la narradora acerca de cómo acercarse a Zhang, cómo quebrar su indiferencia. Finalmente tienen un encuentro sexual intenso pero efímero y al despedirse, con total naturalidad, Zhang le regala a Julieta un ramo de tulipanes y su mano derecha: desprende como si fuera un muñeco articulado esa extremidad de su cuerpo con la que hacía los masajes a su paciente y se la ofrenda, sin el menor atisbo de sorpresa por parte de ninguno de los dos personajes.

En este punto es de destacar el trabajo escriturario de Abbate que logra que en todos los cuentos del volumen el ritmo del relato sincronice con el ritmo de transformación de los personajes. Cada uno/a de ellos/as lleva con templanza los procesos de transformación y descomposición y admite con naturalidad sucesos e interpretaciones desconcertantes o incluso sobrenaturales, como si siempre hubieran sabido o intuido que los límites de lo posible no son inamovibles y se pueden ensanchar.

A la vez, se trata de cuentos rabiosamente contemporáneos. Apelan a la historia inmediata como material de la trama, como la primera y exitosa novela de la autora, El grito. En esta compilación ese rasgo se manifiesta tanto en las coordenadas espacio-temporales en las que suceden los hechos como en la lengua, los hábitos, profesiones, modos de vida, consumos, y visiones de mundo de los personajes. Así, en el relato que abre el volumen, “La sensibilidad de nuestra adolescencia”, el reencuentro fortuito con una amiga de la adolescencia que la narradora no veía hace años, se da en una trama de hechos y condiciones que evoca la crisis del 2001 en la Argentina como hecho político-institucional pero también como un cimbronazo que transformó violentamente subjetividades, trayectorias, cuerpos y relaciones:

Un día de abril de 2002 caminaba por el centro con Mariano. Los dos trabajábamos en la misma revista y habíamos quedado desocupados después de la crisis de 2001. Habíamos ido a la redacción, a reclamar por enésima vez los cheques de las indemnizaciones que nunca nos pagaron. Salimos de mal humor y al llegar al Obelisco, mientras discutíamos a quién pedirle prestado para pagar el alquiler, nos chocamos con una situación extraña.

 

La situación aludida era una obra conceptual y colectiva orquestada por un artista en la que montañas de cuerpos desnudos se apilaban sobre la Avenida 9 de Julio y eran fotografiados desde distintos ángulos. Allí la encontró a Sol, la más cercana, entrañable y excéntrica de sus amigas de la infancia y la adolescencia. En otro de los encuentros casuales con Sol, la operación se reitera para aludir a otra arista de la crisis, el éxodo económico: “Antes de irme, apurada por Mariano, le pregunté a Sol por las nenas y me contó que había tenido otra, consuelo, hija de un español que se había vuelto a España porque habían levantado la filial de la multinacional en la que trabajaba.”

Además de estar atravesados por las crisis económico, político e institucionales de un país que en la mayoría de los casos –dadas las referencias espaciales— puede identificarse como la Argentina, los personajes de Felices hasta que amanezca se mueven al ritmo de los flujos transnacionales que comunican el actual mundo globalizado (viajan como corresponsales a Boston en medio de una tormenta de nieve, al Líbano en medio de un bombardeo israelí, al Salvador a entrevistarse con comandantes guerrilleros del FMLN y con los jefes militares que los combatieron), se relacionan a partir de modos contemporáneos de vida y, en especial, las personajes mujeres (ocho de los nueves narradores de los cuentos son mujeres), acorde a la estructura de sentimientos que impera en estos tiempos, componen figuras fuertes que protagonizan situaciones de peligro, de incertidumbre, de duelo, de transformación, de encuentro con la otredad más radical, en varios casos, habilitadas por el procedimiento de otorgar al personaje una profesión vinculada al periodismo (Tania, de “La sensibilidad de nuestra adolescencia”, es fotógrafa, lo mismo que Lucía de “La despedida”; mientras que Mara Schwartz de “MS”, Lucrecia de “Flores en la tormenta” y la narradora de “Esta cosa salvaje” son periodistas).

En cuanto a los modos de vida, es notable cómo todas las narradoras relatan con naturalidad relaciones ocasionales, lésbicas, trans, homosexuales, inter-raciales, transidiomáticas, tríos, orgías, infidelidades, despedidas, separaciones, divorcios, fertilización asistida, familias ensambladas o monoparentales. Pero, por el contrario, el matrimonio tradicional aparece como una institución en decadencia. Las dos figuras de esposas que aparecen son grotescas o irritantes. La primera, en el relato “En el organismo”, la esposa de Gregorio Pascual Fortini, el director del área de Legales del organismo público de medios de comunicación en donde trabajaba la narradora, es descrita en estos términos: “Una semana más tarde se presentó ante el mostrador una mujer bastante alta, de unos cincuenta y pico de años, con una blusa negra cerrada hasta el cuello. Tenía la cara abotargada, unos ojos hundidos maquillados en exceso y una verruga impactante en la mejilla izquierda. Sus pestañas cubiertas de rímel estaban húmedas y los polvos que cubrían sus mejillas habían adquirido un tinte morado.” La esposa se presentó en el organismo para reclamar a Fabiana, la amante de Fortini, las joyas de la familia que le había regalado su marido al grito de “-Dámelas. Te lo ruego. Hacelo por mis hijos. Ellos no tienen la culpa de nada.” para rematar sentenciosa: “-En cuanto a mi esposo, es exactamente eso: mi esposo. Hasta que la muerte nos separe.”. La segunda figura de esposa es la de Lorena, del cuento “El intervalo lúcido” que comienza así: “La voz de Lorena me despierta como un electroshock: ‘Levantate. Hay que ir a buscar los resultados.’”. El relato narra las penurias que sufre la pareja durante un tratamiento de fertilización asistida que la mujer insistía en realizar pese a lo costoso, los resultados poco auspiciosos y al malestar del narrador que va desgranando en su monólogo un desacople de su deseo respecto de ese proyecto familiar: “Vomita su frustración en larguísimas charlas catárticas con familiares y amigas, lo cual incrementó mi malestar, porque ahora todo el mundo nos pregunta por lo mismo, y siento que se formó un amplio círculo de miradas expectantes alrededor de nuestros órganos sexuales.” La figura de marido, en igual sentido, aparece en el relato “Una sola cosa con sus manos” como un pasado superado y vinculada a formas de violencia psicológica. Allí la narradora hace referencia a su ex pareja, de la que se había divorciado recientemente, en estos términos:

Recordé que los celos de mi ex se aplacaban cuando decidía no ir a trabajar para ponerme mejor. Quería que estuviese siempre en casa, como en una cárcel. Su control permanente sobre mí se había vuelto una tortura. La relación parecía amenazar con quitarme hasta mi mundo interior, la cosa más importante que siempre tuve. Después de separarme tenía la impresión de haber sido vaciada, como si me hubieran aspirado todo, incluso el deseo.

 

La bisagra entre realidad y magia o entre realidad y deseo, suele ser, en estos cuentos, el sueño. Los personajes sueñan, cuentan sus sueños (o pesadillas), reflexionan sobre su naturaleza y sobre su posibilidad de interpretación. Así, en “La sensibilidad de nuestra adolescencia”, la narradora relata un sueño que le contó su amiga:

 

Asomada a la baranda ante un sector del lago repleto de peces koi, me contó que había soñado con una pecera con personas adentro.

-Eran sobrevivientes de un desastre submarino, como son todas las grandes pasiones. Esperaban un rescate como quien espera cura, o amor de quien no sabe amar.

Dijo que la había contado el sueño a su analista, que también era psiquiatra y le recetaba, y que él lo interpretó de un modo tan rebuscado e idiota que al final ella tuvo que decirle que no se preocupara, que a todos sus sueños los acompaña una íntima certeza que nunca se altera:

-Nada significa nada, por más grave que sea. Vos que me conocés lo sabés: yo amo las cosas desnudas y sin interpretación.’

 

En el Libro de los sueños, Borges escribió que Coleridge dejó escrito que las imágenes de la vigilia inspiran sentimientos, en tanto que en el sueño los sentimientos inspiran imágenes. Por ello, para Borges, en la traducción de esas imágenes en palabras, los sueños constituyen el más antiguo y el no menos complejo de los géneros literarios. Esa misma presunción es la que parece albergar la factura literaria de los cuentos de Abbate. De gran belleza narrativa y peso específico dentro de cada cuento, la narración de los sueños en este volumen puede leerse como una incrustación de micro-relatos que ponen en abismo lo que narra el cuento que los enmarca y que, en la mayor parte de los casos, se emparienta con una transformaciones o fugas del deseo en direcciones hasta entonces insospechadas por los personajes. Vale como ejemplo el modo en que, en “Maldito kayak” (un diario íntimo de las vacaciones de pareja en las que la narradora y su novio asumieron, cada uno a su modo, que la relación estaba muriendo), se narra el siguiente sueño:

Despierto a medianoche asediada por mosquitos. Me pongo repelente y trato de seguir durmiendo. Recuerdo haber soñado que tenía que buscar a Lionel en medio de un tsunami, nadando entre miles de equipajes que flotaban a la deriva. Me parece que estaba en Indonesia. Todo se perdía en la corriente pero yo me encontraba con gente que no lo percibía como una catástrofe sino como una situación milagrosa. Cuando el mar se retiraba un poco, caminaba por un sendero que conducía a una choza donde sentía que Lionel me esperaba. Todo tenía un halo de tristeza: a medida que avanzaba me agachaba a levantar hojas muertas, caídas de los árboles, y trataba de revivirlas.

 

Así, en la capacidad de sorpresa y de conectar sin presupuestos –en un entramado de realismo, magia y ensueño– con los límites y alcances de la conciencia, de la experiencia, y de la propia naturaleza, se encuentran la carne y la sangre del juego artístico que propone la usina narrativa de Florencia Abbate. En palabras de la artista trans que recitaba en el boliche hacia el final de “Esta cosa salvaje”: “Siempre he sido más violenta / que la naturaleza / Siempre he querido / forzarla en sí / servirme de ella. / Para mi sueño / el cielo no es el cielo / el cielo es siempre en mí / esta cosa salvaje.”

 

(Actualización marzo - abril 2018/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646