marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

logo.png

Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

Paulo Ricci
/  Ezequiel Alemian

Nora Avaro
/  Juan José Becerra

Gustavo Bombini
/  Miguel Dalmaroni

Yanko González
/  Alfonso Mallo

Marcelo Díaz
/  Jorge Wolff

Aníbal Cristobo
/  Carlos Ríos

Rafael Arce
/  Ana Porrúa

Antonio Carlos Santos
/  Mario Ortiz

José Miccio
/  Adriana Astutti

Esteban López Brusa
/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
/  David Wapner

Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Adriana Bocchino
/  Paula Tomassoni

Santiago Venturini
/  Ulises Cremonte

Sara Bosoer
/  Mariana Catalin

Rodrigo Montenegro
/  Mariana Catalin

Javier Gasparri
/  Juan Ariel Gómez

Silvio Mattoni
/  Valeria Sager

Martín Armada
/  Mario Cámara

Claudio Dobal

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Ana Porrúa

La fuerza y la debilidad de las hablas
No le digas que murió Chabrol, de Luciana Caamaño, Buenos Aires, Spiral Jetty, 2011.

 

Uno. Luciana Caamaño publicó su primer libro, cocorita, en el año 2006: pequeños poemas que se arriesgaban al diminutivo y a un tono irónico que ya estaba lejos de ser liviano. Un mundo infantil siempre amenazado de muerte. No porque sean piezas trágicas, sino justamente porque ya se veía el peligro de la ironía que hace pie en la inocencia y pone todo en un abismo. Ahí, en esos primeros poemas publicados ya aparece la fuerza de una voz que se multiplicará, claramente, en tres (2008), un libro de poesía que es en sí mismo un diálogo, una obra de teatro en la que los personajes serán esas voces que son dos y también tres y corren siempre en la respuesta el casillero de la pregunta; cuando el casillero se corre se produce el humor, pero además, aparece el vacío: un humor negro que juega con los humores corporales y los del lenguaje.

La poesía de Caamaño se escucha, como si alguien hablase todo el tiempo, una especie de monólogo atravesado por el delirio, por la fuga; o un coro, pero desobediente. La poesía de Caamaño tiene un efecto pregnante, ese fraseo queda pegado a la lengua del que lee y luego, seguramente, se oye derrapar en su estilo ante cualquier tema. En realidad los libros de Caamaño no tienen tema, su tema es esa voz. Es el artificio de un tono, varios tonos (de autosuficiencia, cinismo, ironía, distracción, dolor), de un diccionario lleno de adjetivos afectados; el artificio de un personaje, el artificio de una escritura. Por eso no habría que confundirse al respecto: no escribe como habla (aunque algún incauto pueda pensar lo contrario).

Dos. Hace un mes, aproximadamente, Spiral Jetty publicó No le digas que murió Chabrol, un poema largo en el que esta voz que venimos siguiendo empieza antes del poema, en los datos biográficos: “Luciana Caamaño exige que se le diga la señorita, se le antoja algo divertido, ante todo quiere que se sepa que no tiene pecas, tiene lunares, le encantaría poder decir que gusta de cosas disímiles, el maquillaje y el barro, sin ir más lejos, pero inmediatamente después empieza a pensar cuánto en eso hay de cierto, cuán disímiles son el maquillaje y el barro y llega a la alarmante conclusión de que a fin de cuentas no es tan incoherente como pensaba, en este momento piensa que es menester hablar de su nacimiento, decir que nació muy cerca del mar, por la noche y en navidad y que no le interesa la cuestión de que papá noel y su cumpleaños sean un solo regalo, porque a cambio de esa síntesis obtiene conversaciones fabulosas inmediatamente después de responder a la pregunta: “cuándo cumplís los años?” imposible para ella no gustar de algo semejante, si hay algo que enciende a esta muchacha es conversar.” Lo que hay en esta biografía es un programa. Obviamente, está apuntado lo de la conversación, pero importa que esté dicho en la biografía de esta mujer que habla, que se habla a sí misma y habla a los demás y, sobre todo, importa que destelle ahí el modo en que se dan esas hablas, a partir de algo irrelevante que puede convertirse en trágico, a partir de relaciones que parecen insensatas pero no lo son tanto. El poema tiene una especie de argumento, que en realidad es el leit motiv para que esa voz se suelte. La muchacha va a una librería de usados y quiere el tomo de los diarios de Anaïs Nin. Lo que sigue son consejos para distraer al librero o librera del propio deseo (en un arco que va desde el título, hasta “acá aparece una cuestión de vital importancia, si el/ vendedor es hombre heterosexual te hacés la tonta y la/ linda, si el vendedor es puto, cuando se produzca un / silencio tarareá una de madonna, algo bien obvio, le podés/ contar el chiste de las jirafas, no se te ocurra pedirle algo/ de lemebel, tampoco la pavada”). Distraer del propio deseo: de eso tal vez se trata la voz en la poesía de Caamaño, porque en su fingimiento, en la ironía permanente, no deja de aparecer la debilidad de la que sabe, como en este poema, que está expuesta (así repite el estribillo, “miralos/ se ríen”). La que escribe es la que habla mientras los otros la miran, temiendo el escarnio, inventando una voz que los aplaste mientras simula displicencia. No, no estoy hablando de Caamaño, sino de su escritura. El deseo hace que esa voz no pare nunca; los silencios sin embargo están, cuando se pasa de un tema a otro, cuando la respuesta es absolutamente impertinente, cuando la respuesta es la pregunta, cuando los argumentos o los consejos son para armar una voz a sabiendas de que, aunque insuficiente, es lo único que le permite avanzar. El silencio, decía, está; solamente hay que saber escucharlo, porque si uno cree que es una voz encantadora y encantada, puro humor, se queda con la mitad del poema.

 

 

(Actualización mayo-junio 2011/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646