mayo-junio 2017, AÑO XI, Nº 61

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El lavarropa de la historia del siglo XX, con castores de ciencia ficción y una elegía por el padre
Desayuno de campeones, de Kurt Vonnegut, Buenos Aires, La Bestia Equilátera, 2013. Traducción de Carlos Gardini

¡Atención! Reseñar una novela de Kurt Vonnegut, cualquiera de las novelas de Kurt Vonnegut de Indianápolis, Indiana, Estados Unidos de América, La Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea, etcétera, bien puede parecerse a reseñar cualquiera de las 117 novelas del escritor aficionado de ciencia ficción Kilgore Trout. Nada de todo esto sería un problema, claro, si no fuera porque el propio Trout nunca dudó en calificar a cualquiera de sus propios libros como «demenciales». Dicho esto, ahí vamos. El desayuno está servido.

Escuchen: había un escritor que milagrosamente (nunca mejor dicho, Dresde es la palabra clave) llega a los 50 años y entonces se dice a sí mismo, en la seguridad de su casa con escaleras peligrosas: «Este libro es el regalo que me hago a mí mismo al cumplir cincuenta años, y creo que estoy tratando de sacar toda la chatarra que he acumulado en la cabeza». Así las cosas, el escritor (o Creador del Universo, a fin de cuentas, ¿por qué no?) hace sonar los dedos una vez más y decide saldar cuentas con algunos de los muchos personajes de sus libros, y mientras está ya embarcado (nunca mejor dicho, pues Santa Rosalía será la palabra clave en el futuro de otro libro demencial) en la escritura de este nutritivo libro feliz manchado de tinta decide viajar en el tiempo al 11 de noviembre de 1922, el día de su nacimiento, y de pas(e)o ensañarse especialmente con uno de ellos: el tal Kilgore Trout del comienzo, aka Robert Fender, aka El Padre del Monstruo (en un perverso juego de espejos, o goteras…), aka El Otro Hombre Invisible Americano, etcétera. Hasta entonces el mundo le había prestado tan poca atención que Kilgore Trout solía creer que estaba muerto. El escritor, por su parte, puso en las primeras páginas de su libro, apenas una o dos horas después de comenzar: «Ahora me gano la vida siendo insolente». Ya ven con qué clase de gente estamos tratando… El escritor de cabellos ralos que solía escribir en bata de baño y estaba festejando a su manera su propio cumpleaños ya había publicado para entonces La pianola (una novela distópica donde, como en el libro de Trout que cegaría la mente de Dwayne Hoover, los humanos son, sí, máquinas), Las sirenas de Titán (donde también se pasea y hasta viaja en el tiempo la silueta, aunque más dócil, de un perro llamado Kazak; ambos cuadrúpedos, sin embargo, a diferencia del de Trout, contaban con la habilidad innata de mover el rabo para comunicarse con sus pares sin interferencias), Madre noche (las deliciosas memorias de Howard W. Campbell Jr, norteamericano de nacimiento, nazi por reputación y apátrida por vocación), Dios le bendiga, Mr. Rosewater (cuyo protagonista se teletransporta desde las páginas de la primera novela de ciencia ficción cuyo asunto es la magia financiera para reaparecer brevemente aquí, en el Festival de las Artes de Midland City), Cuna de gato (la novela sobre la bomba atómica que acaba siendo la novela sobre el terrorífico hielo nueve) y Matadero cinco (no lo van a creer: corría el año 1964 y en Ilium, NY, Trout dirigía el periódico local, la Ilium Gazette, cuando de pronto se topó con un tal Billy Pilgrim, un óptico desgreñado pero acomodado que afirmaba, sí, haber sido abducido por, sí, extraterrestres de un planeta lejano llamado Tralfamadore), etcétera. Presten atención: uno de los misterios que rige este desayuno de campeones o festejo de cumpleaños o recolección de chatarra, como quieran, es este: Kilgore Trout nunca había conocido a uno de sus lectores. Todo se vuelve sumamente peligroso aunque no menos gracioso cuando el narrador decide saldar esa deuda yendo más allá para que el pobre Kilgore Trout pueda, además, conocer a su creador, a su padre espiritual, digamos. Y ahí es donde estalla el caos que el narrador intentará ordenar hasta el final, entre lágrimas (literalmente). Etcétera.

Se dicen muchas tonterías, pero es casi seguro que Kilgore Trout murió el 15 de octubre de 2004: cometió suicido ingiriendo Drano (un potente destapacañerías) después que un vidente de oficio le dijera que George W. Bush volvería a ser electo presidente de los Estados Unidos de América, aquel viejo país cuyo lema era: «El disparate es nuestra fuerza». El epitafio sobre la tumba de Trout (o mejor dicho, una de las versiones de su epitafio, pues una alternativa puede consultarse en la página 31 de este maravilloso libro demencial, junto a otra fecha de muerte, por cierto) dice así: «La vida no es forma de tratar a un animal».

Todo es falso, desde luego, solía decir alguien.

Adaptémonos ahora a los requerimientos del caos: Desayuno de campeones es una historia que contiene mil historias contadas e ilustradas por el propio autor (esto es inusual), dedicada y dirigida a perdedores que desayunan, eso sí, como campeones (esto  no es nada inusual, especialmente entre los niños estadounidenses de clase media venida a menos a la que de seguro pertenecía el pequeño Kurt en los años 20, digamos). Entre las mil historias sobresalen dos, que en realidad son la cabeza y la cola de la misma vieja serpiente narrativa. La cabeza de la serpiente podría ser esta: un vendedor de automóviles llamado Dwayne Hoover, de quien el propio narrador (¡¿El Encantador de Serpientes?!) dirá ya en el comienzo de la historia que va a volverse completamente loco hacia el final de la novela por una especie de enfermedad quijotesca que hará recaer enteramente en la cola de la serpiente narrativa del libro: el ya conocido Kilgore Trout, quien ha escrito el libro que volverá completamente demente al psicópata homicida de Dwayne Hoover. «He aquí la esencia de las ideas malas que Trout le dio a Dwayne: en la Tierra todos eran robots, con la excepción de Dwayne Hoover (…) Dwayne era un tipo de criatura nueva, y el Creador del Universo lo estaba poniendo a prueba. Sólo Dwayne Hoover tenía libre albedrío.» El libro de Kilgore que iba a volver loco a Dwayne se titulaba Ahora se puede contar y tenía en la cubierta la imagen de un profesor universitario que era desvestido por un grupo de estudiantes desnudas con sus castores. Trout, que conocería por fin a uno de sus lectores y lo volvería psicópata y homicida, que perdería la punta de su dedo anular derecho de un tarascón psicópata y homicida, que creía que los espejos eran goteras o filtraciones que unían dos universos y que gustaba de decirle a su relamido loro Bill «Todos somos Heliogábalos, Bill» se había vuelto fanático de la importancia de las ideas como causa y cura de las enfermedades, y sus palabras serían pura enfermedad, efervescente Drano para la mente de Dwayne Hoover.

Etcétera.

Y entonces, ahí es acaso donde/cuando la serpiente fagocita su propia cola y, sí, el libro entero se vuelve como un asterisco, o un…

Pero esperen.

Porque en el medio, y antes y después (no olvidar que esta es una novela de ciencia ficción y que, como la mayoría de los escritores de ciencia ficción, el narrador de esta novela, como Trout mismo, y como Kurt, claro, no sabe casi nada de ciencia ficción y los detalles técnicos lo aburren) ocurren dos cosas: primero, las mentes robóticas de los lavarropas Robo-Magic del magnate Fred T. Barry pasan a ser las mentes de los bombarderos de la Segunda Guerra Mundial; y segundo: Trout, el único personaje que el narrador había creado con la imaginación suficiente para sospechar que podía ser la creación de otro ser humano, se encuentra con su creador, o con su demiúrgico padre espiritual, y se da cuenta de lo inevitable: que es el personaje de un libro de alguien que quiere escribir sobre alguien que sufre todo el tiempo: él mismo, otra serpiente (si no me creen vean la página 246, junto a la ecuación fallida de Albert Einstein). Todo esto es para decir que este libro puede ser al mismo tiempo (y perfectamente) un manual técnico del lavarropa de la(s) historia(s) del siglo XX y una elegía por el padre (no exagero: consulten la metodológica página 273, así como el último par que acaba con un ETC.).

Para terminar: Desayuno de campeones «es peligrosa, y puede doler mucho. Pero eso no significa que no sea una broma». También es divertida como un loro que habla de sanguinarios emperadores romanos, deforme como toda buena novela del siglo XX, triste como un perro que no puede mover la cola y entonces vive condenado al malentendido, sincera como un borracho al amanecer y, la verdad sea dicha, a fin de cuentas esta es una reseña, o finge serlo: Desayuno de campeones está hipnóticamente bien escrita (y traducida), y déjenme decirles una última cosa, en el tono del viejo Job: el libro los probará, y saldrán de entre sus páginas como oro, porque en el núcleo de cada persona que lee hay una franja de luz imperturbable.

Oh…

Se dicen muchas tonterías, pero es casi seguro que Kurt Vonnegut murió el 11 de abril de 2007, a la edad de 84 años, tras sufrir una caída en las escaleras de su casa de Manhattan, New York («Dios no es conservacionista», debe haber recordado que había dicho una vez el viejo Kurt Vonnegut de Indianápolis, Indiana, con una sonrisa de oreja a oreja). El melifluo espíritu de un extinto ern de las Bermudas, por su parte, le dijo a un escritor austral que antes de apagarse la computadora de abordo del viejo Kurt Vonnegut le dijo al espectro de una máquina que se parecía en todo al viejo Kilgore Trout estas últimas palabras fraternales: «¡Hazme joven, hazme joven, hazme joven!». Después de eso, la computadora de Kurt Vonnegut se había apagado para siempre, como un trozo de helado bajo el sol de la todavía superpoblada y calurosa Midland City, Alabama.

 

 

Apéndice de pura ciencia ficción pulp (con otro tipo de castores): y por cierto, este dibujo del autor


no es el dibujo de un asterisco, es el dibujo de un ano. Así que de ahora en más, adorables criaturas de aquí abajo, cada vez que levantemos la mirada al cielo estrellado, contemplaremos un cielo lleno de cosas que nunca antes habíamos imaginado. Y este es apenas uno de los muchos prodigios que sólo un escritor de ciencia ficción del tamaño de Kurt Vonnegut podía dejar escondidos para nosotros entre las páginas de su libro.

Dicho esto, no hay mucho más que contar, hubiera dicho Kurt Vonnegut.

 

Post scriptum: claro que había más. Siempre hay más, hubiera dicho Walter F. Starbuck, un ex consejero de Nixon implicado en el Watergate que conocería a Kilgore Trout en una prisión estatal. Porque, ¿es sólo mi ejemplar o en la página 262 de cada Desayuno de campeones hay un infundíbula crono-sinclástico? ¿Eh? ¡¿eh?! ¡¡¡¿eh?!!! 

Ahora sí, eso es todo. Así que:

¡Adiós, lunes triste!

 

(Actualización julio agosto 2013/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646