septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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A salvo de Malvinas
Los pichiciegos, de Rodolfo Fogwill, Buenos Aires, Interzona, 2006; 156 páginas.

I

El mundo de Los pichiciegos está dividido en dos: los vivos y los boludos. No los ingleses y los argentinos, no los patriotas y los desertores, no los valientes y los cobardes, tampoco los pacifistas y los belicistas; sino los vivos y los boludos. Bajo ese principio general de clasificación y de pertenencia, dos boludos se destacan: el coronel que cree que el de Malvinas es un ejército de San Martín (“Era un boludo”) y el soldado que creía que la guerra iba a ganarse (le dicen Galtieri: “‘Galtieri’ porque es muy boludo y se creía que íbamos a ganar”). De esta manera, el credo nacionalista, fundamento de la guerra y de la identidad, se devalúa y trastabilla hasta caer. La adscripción a los fervores de la argentinidad lleva el sello inexorable de la boludez lisa y llana; en su contracara, los escépticos, los descreídos, son los que se avivan, son los vivos de esta historia.
Los pichiciegos se rige por un principio de completa desarticulación de la identidad nacional. Es un gesto radical que la literatura sobre Malvinas, desde “La causa justa” de Osvaldo Lamborghini hasta Las islas de Carlos Gamerro, desde “La soberanía nacional” de Rodrigo Fresán hasta El desertor de Marcelo Eckhardt, no deja de aprovechar; y que la perspectiva testimonial de los ex combatientes, desde Los chicos de la guerra de Daniel Kohn hasta Partes de guerra de Graciela Speranza y Fernando Cittadini, no puede permitirse. La corrosión cínica de las premisas de la nacionalidad, intocables desde otros paradigmas, resalta en la novela de Fogwill y asegura su heterodoxia como variante de relato de guerra. La presencia del uruguayo en las filas argentinas (lo anotaron argentino, y por lo tanto lo es), la preferencia por las radios inglesas porque son las que pasan más tango y más folklore, o el caso del jeep inglés que se vuelve argentino con sólo una mano de pintura, vacían ese mundo de esencias que se quieren plenas y se quieren seguras. De todo eso no queda nada: el vaciamiento es total. Y así la guerra, contada sin ese sistema de valores trascendentes, despojada de su lógica primordial, no puede sino desviarse hasta llegar a ser básicamente un juego de astucias, una red comercial de intercambio, un afán sostenido de supervivencia a cualquier precio; sin rastro alguno de épica, de heroísmo, de sacrificio, de valor.
En el acta oral de la fundación de los pichiciegos, el Sargento establece la división definitoria: “Ustedes no son boludos, ustedes son vivos”. El vivo es el que se raja (“¡Se dejaron fusilar por boludos, por no rajar!”), el que deserta (“¡Yo estoy por boludo! –se quejó Acosta-. ¡Yo tendría que haberme quedado desertor!”), el que se va lejos (“todos se iban a ahogar o helar como boludos y los vivos tenían que irse lejos”). Fogwill cifra el sentido de la guerra de Malvinas (un sentido que presupone, por necesidad, el sinsentido de la causa nacional) en este reparto de actitudes y de roles. Y en esa distribución encuentra una conexión de lenguaje que a los ingleses, por definición, les está vedada: es la distinción semántica entre ser y estar, que le permite poner a la guerra entera bajo una regla determinante: para estar vivo hay que ser vivo. Lo dice el Sargento: “de ésta no salimos vivos si no nos avivamos”. Avivarse es la fórmula indicada para sobrevivir; ser vivo es la clave para estar vivo. Este pragmatismo descreído da el tono imperante en la guerra que se cuenta en Los pichiciegos. La gesta nacional no puede quedar en pie, y de hecho no queda; tampoco la épica de la victoria o de la derrota, tampoco la versión quejumbrosa que lamenta las penurias de los chicos de la guerra, tampoco la denuncia cívica al poder militar por su maniobra extrema para permanecer en el gobierno. Ninguna de esas versiones socialmente dominantes gobierna la escritura de Los pichiciegos, sino la fábula picaresca de los que, al avivarse, atinaron a descreer de la guerra y se abocaron a salvar la vida. Todo aquel que se siente muy vivo tiende a percibir a los demás como boludos; éste es el acento urticante que Fogwill imprime sobre la guerra de Malvinas, sin precisar para ello la más mínima distancia temporal.

II

Los pichiciegos es claramante una novela antinacionalista, pero no por eso es una novela antibélica.* Respecto de las exaltaciones del nacionalismo (en sus dos caras: la euforia de la victoria o el lamento de la derrota) expresa la más drástica reactividad posible (no basta con decir que se opone a las mitologías de la nación: las descompone, las desarticula, las desintegra). Respecto de la guerra, en cambio, asume un entusiasmo más bien marinettiano. Ni el dramático costo de vidas ni la ilegitimidad política de la decisión argentina de invadir las islas impiden que en las páginas de Los pichiciegos haya rastros de una cierta fascinación técnica (“Hablamos como una hora sobre aviones”) o de la percepción contemplativa de la guerra como espectáculo (“Algo de circo tenía eso”; “hacen flexiones en la cintita para caer con gracia como en un circo”; “los pichis se asomaban por la cabecera del tobogán para no perderse el espectáculo”). Quien es capaz de sustraerse del peligro de la muerte en plena guerra, y es eso lo que hacen los pichiciegos, queda en condiciones ideales para apreciar esas características: la guerra como proeza técnica (ya que no como proeza nacional), la guerra como hecho estético (ya que no como hecho moral o inmoral). La imaginación narrativa de Fogwill se despliega sobre ese horizonte, cuando los hechos –y junto con los hechos, las máquinas significantes del drama argentino o del dolor humanitario- están todavía muy cerca y son contemporáneas de la escritura.
Allí, sin dudas, Fogwill se anticipa y es profeta. La guerra de Malvinas sigue sin encontrar un lugar adecuado entre las representaciones del imaginario argentino (al igual que el monumento a los caídos que hay en Plaza San Martín, no termina de encajar en un contexto adecuado). Los tópicos instantáneos de la reivindicación de la soberanía, las objeciones a la conducción militar (con trasfondo de reivindicación) y la compasión por los soldados infantilizados como chicos, se repiten en el tiempo (hasta Iluminados por el fuego de Tristan Bauer, por ejemplo), sin atentar nunca contra los principios de valor que legitiman a la guerra como gesta nacional. Los pichiciegos, por el contrario, parte justamente de esa transvaloración de los valores, y encuentra en esa resolución una verdad que el paso de los años no hace más que afianzar.
En una entrevista hecha a propósito de la reedición de la novela en Interzona, Fogwill asocia su propia visión a la de Von Clausewitz: la guerra como continuación de la política por otros medios. No es la política, sin embargo, lo que prima en la guerra tal como se la cuenta en Los pichiciegos, sino la economía y el instinto comercial (se puede hablar aquí de instinto comercial como se habla de instinto de supervivencia, y nunca será tan pertinente la asociación entre ambas cosas). Habría que decir, en todo caso, que en la novela la guerra es la continuación del comercio por otros medios.** La política (la necesidad política de la guerra para la dictadura militar, o la significación política de la derrota para la vuelta a la democracia) no es de hecho un aspecto saliente a lo largo del relato. Sí lo es, en cambio, la dimensión económica: la guerra traducida siempre a los valores de la economía (“cuentan que cada uno de esos cohetes británicos les cuesta a ellos treinta veces más caro que los mejores jeeps británicos”; “¿cuánto ganará un teniente?”; “cuando los que habían visto bajar a los hombres del helicóptero supieron cuánto ganaban de sueldo –más que un general argentino, lo que es mucho decir- justificaron que se tirasen tan contentos por esa cinta”; “¿y vos venderías una mano por esa guita?”) o el imperio del impulso comercial más allá de las vicisitudes bélicas (el tráfico y el intercambio que los pichis mantienen con los ingleses, las múltiples estrategias de la oferta y la demanda, la necesidad del cálculo pseudoempresarial, la valoración de las personas por su utilidad práctica, el ahorro acaparador como preocupación constante, los hábitos de consumo en un enlace continuo entre el mundo argentino y el mundo inglés).
La política en un sentido estricto no recibe, en la versión que da Fogwill de la guerra de Malvinas, un lugar tan significativo como el que tienen el ejercicio directo del poder y las tretas de la economía al uso nostro. Los pichiciegos exhiben un sentido del mando y de la verticalidad jerárquica sólo comparable con el de los militares; así conciben y así ejercen el uso del poder. La microsociedad que componen es una microsociedad comercial y de consumo, es decir, una sociedad comercial y una sociedad de consumo en pequeña escala; ese repliegue subterráneo que los salva de la guerra es un repliegue al ámbito donde se puede comerciar y consumir (azúcar, pilas, cigarrillos, licores); los itinerarios que efectúan siguen el sentido del tráfico de mercancías, y la pichicera es un refugio no menos que un almacén. Consumir, acopiar, trocar, obtener beneficios, son las prácticas cotidianas, mientras la guerra nacional sigue su curso. Si la política aparece entre los pichiciegos es como tema de conversación, y en esas derivas no siempre parecen demostrar gran sustento (“Pocos sabían quién había sido Yrigoyen”; discuten si Santucho era peronista o no; a Firmenich lo elogian por la viveza de haber escapado).
En ese predominio de lo económico, o más aún: en el desvanecimiento fantasmal de lo político en la realidad de la economía, puede verse un pronóstico de lo que pasaría en el futuro de los años noventa (otra línea que Fogwill sigue también, en lo que va de La experiencia sensible a Vivir afuera, de los años setenta a los años noventa: la plata dulce como dispositivo ideológico). Pero si algún presagio político contiene Los pichiciegos, justo allí donde la derrota de Malvinas iba a posibilitar la vuelta a la democracia, es el rechazo por compadreo de la política eleccionaria; eso que, ya a fines de 2001, encontraría una consigna no muy lúcida que tronó mucho y para nada: que se vayan todos (así dice un pichiciego: “Yo no votaría a nadie ¡que se vayan todos a la puta madre que los remil parió!”. Y más adelante: “imaginate las ganas de ir a votar y de elegir entre algunos de esos hijos de puta que estaban en los ministerios con calefacción mientras abajo los negros se cagaban de frío”). La falta de futuro es lo que se escruta en el futuro, fuera de las picardías comerciales, los goces del consumo, el gusto por el mando, la viveza de sobrevivir.

III

Los pichiciegos empieza con una descripción y termina con otra: empieza con una descripción de la nieve y termina con una descripción del humo. Esos dos elementos, precisamente, la nieve y el humo, son los dos grandes factores de muerte en la novela, fuera de la acción aniquiladora de las armas en la guerra. El miedo a morir en un ataque o en un combate aparece en el relato tanto como el miedo a morirse de frío (“puro miedo al frío”). Hay muerte en la nieve, y esa percepción se aloja en las palabras: “Llamaban helados a los muertos” (y a los heridos los llaman “fríos”). Con la construcción subterránea de la pichicera, los pichiciegos se ponen a salvo de la guerra y del frío, lo uno con lo otro. El refugio bajo tierra los preserva de los bombardeos, pero también de la nieve (“tapar todos los techos con fardos de lana para perder menos calor y para proteger mejor la pichicera de cualquier bombardeo”); es un refugio porque encapsula (“ya estaba pensando en tapizar la pichicera”) y porque garantiza abrigo (“Vivía desnudo, por el calor de la estufa del almacén”); los fortalece al prepararlos para soportar mejor el frío (“pasando un tiempo en el calor, el hombre aguanta más el frío”), ese frío que amenaza sus vidas no menos que el vuelo rasante de los Harrier o el trazado de las minas que detonan las ovejas.
El cobijo aséptico de la existencia bajo tierra es la garantía de vida que tienen los pichiciegos: es lo que los saca de la guerra (por eso, más que esa “batalla subterránea” cuyas visiones se anuncian en el subtítulo del libro, lo que se plantea es la supresión subterránea de toda batalla). Afuera quedan los combates y la nieve, y ser sacado al frío es la amenaza recurrente entre los pichiciegos. La pichicera impermeable los exime de la guerra: es la expresión topográfica de su verdadero mundo aparte. No obstante, en el desenlace de la narración, es eso mismo lo que los mata (los salva de la guerra, pero no de la muerte): el desagote de la estufa se tapa –lo tapa la nieve-, el tiraje falla, y todos los pichis (todos menos uno: el que narra la historia) mueren por asfixia. Ese estuche protector que es la pichicera acaba aniquilándolos, no por falta de hermetismo, sino por exceso. En un arco que va de la nieve al humo, Los pichiciegos traza su propia versión de los hundidos y los salvados, una versión en la que conviene hundirse para salvarse (de la guerra y del frío), aunque al final el abrigo subterráneo mute dramáticamente en una cámara de gas.
Los pichiciegos transcurre así entre esos dos espacios contrastantes: la intemperie y la pichicera. Esa disposición de interioridad y exterioridad se ve alterada por principio, desde el momento en que el “calabozo” en las islas resulta ser, no un sitio de encierro, sino una exposición al aire libre: “los calaboceaban: los ataban y los hacían pasar la noche al frío quietos, para helarlos”; “lo habían puesto en el calabozo, al frío”. Si los calabozos consisten en verse entregados a la intemperie, y no en ser encerrados, todo un orden de significaciones cambia: el encierro pasa a ser una forma de protección y de libertad (cuya primera manifestación, en la novela, es la libertad de comercio: poder hacer negocios de un lado y del otro, sin limitaciones lingüísticas o territoriales).
Con los matices de este sentido inesperado, Los pichiciegos transcurre esencialmente como novela de encierro. Su mundo es la celda, la realidad de los cuerpos reunidos por fuerza, la necesidad de matar las horas a fuerza de comunicación. ¿Qué hacen los pichiciegos en la pichicera, mientras afuera suena la guerra? Conversar y conversar, contarse historias. Fogwill sigue el eje de los diálogos continuos, la construcción sonora de un mundo de voces, la tensión más o menos crispada entre la necesidad de hablar (“Siempre al llegar el que entra habla”; “volvieron a pedirle al santiagueño que contara cómo era el pichi”; “hablaban todos a la vez”; “lo más hablado eran las quejas”; “no había mucho que hacer. Manuel contaba películas”) y la necesidad opuesta de callar y hacer callar (“¡Y ahora callate!”; “Shhh –chistan desde abajo”; “¡Callate!”; “Vos te callás Turco”; “Shhh –les protestaron, y el murmullo bajó”; “los pichis no aguantaban oírlo”; “los Reyes ordenaron que no se hablara más de eso”).
Novela de encierro: hablar o callarse, no hay mucho más que hacer en ese ámbito cerrado que junta cuerpos de varones. No es casual que Fogwill entrevere en la historia a ese personaje que se llama Manuel y que cuenta películas: Los pichiciegos es a Fogwill lo que El beso de la mujer araña es a Manuel Puig. En esa celda protectora y abrigada que es la pichicera, inversión medular de los calabozos a la intemperie que impone la guerra, la novela encuentra su forma como juego de voces, su dialéctica de hablar y de callar, el recurso a la narración para hacer pasar el tiempo. Allí también los cuerpos, sustraídos a la violencia de los combates, reencuentran el improbable estado de la desnudez y la intimidad (“Vivía desnudo, por el calor de la estufa del almacén”) y así se reconstituyen como cuerpos de deseo, como cuerpos con deseo: “Por caminar, del frío –dijo el Ingeniero, llegás aquí al calor y te vienen las ganas de culear”. En este mundo de identidades desintegradas (los ingleses no son ingleses, sino “escot, wels, gurjas”; los turcos no son turcos, aunque les digan turcos; hay un argentino que es uruguayo; cuesta entender que un apellido bien argentino sea judío) hay un tipo de identidad que sí funciona cabalmente, por su estabilidad y por su certeza de reconocimiento. La relación homosexual entre Manuel y un paracaidista inglés que viene a la pichicera responde a esta certeza: “Es que entre ellos se descubren, se reconocen de lejos...”.
Este episodio perturba, y no poco, a los pichiciegos soterrados. Les parece repugnante y los hace pensar en las cosas que suceden “con los presos”. Pero hay algo más, que resuena a partir de lo que supone ser un pichi. “El pichi es un bicho que vive abajo de la tierra”, había explicado un santiagueño. Pero también explicó cómo había que hacer para sacarlo de ahí: “le metés el dedo gordo en el culo. Entonces el animal se ablanda, encoge la uña y lo sacás así de fácil”. La explicación admite su inmediata traducción a la realidad de la guerra: “¡Mirá si vienen los británicos y te meten los dedos en el culo, Turco!”. Las ganas de culear, continuamente tematizadas por los pichis en la cueva, se revierte al instante en el pavor de ser culeado. Ese miedo también se expresa con los términos que corresponden a la guerra: “Ser preso de los británicos era otra posibilidad. Daba miedo: se garchan a los presos. Se los garchan los gurjas, los negros ésos”.
La novela de Fogwill se nutre entonces de Puig, de ese pichi que se llama Manuel y cuenta películas. Pero también llega a un punto en que precisa neutralizarlo. ¿Será por eso que le adosa a Acevedo, ese otro que cuenta cuentos de judíos y que recurre a su sexo tan sólo para certificar su condición de tal? Los pichiciegos, novela de encierro, conjura esa zona de El beso de la mujer araña: “pasaban esas cosas con los presos, pero ahí abajo era distinto”. “Ahí abajo”, en la pichicera, tiene que ser distinto; esta otra protección también hace falta. En cierto modo el refugio la ofrece, como ofrece protección para la guerra. Pero hacia el final de la historia, en el avatar imprevisto de un agujero que se tapa, la muerte les llega también a los vivos, les llega también a los que se habían avivado. Se salva Quiquito, y es el que va a contar lo que pasó. Lo salva la escritura: “a vos lo único que te calienta es anotar”. Calentado por anotar, caliente con la escritura, se salva del calor, de la estufa y su tiraje, se salva de las calenturas incongruentes, vuelve a salvo de Malvinas.

*Fogwill: “Estar en contra de la guerra es como estar en contra de los terremotos. Yo no milito en contra de la guerra porque momentáneamente el desarrollo de la tecnología actual y de la ciencia actual no puede contra los terremotos. ¿Cómo voy a estar en contra de la guerra?” (entrevista de Juan I. Calcagno Quijano, en La brújula, nº2, mayo - junio de 2006).
** Fogwill: “El libro no toma partido ni por Inglaterra ni por Argentina: toma partido por la tesis clausewitziana de que la guerra es una continuación de la política por otros medios. A la que yo le agrego: que a su vez es una continuación del comercio, por otros medios” (entrevista de Matías Capelli, Los inrockuptibles, nº103, mayo de 2006).

 

(Actualización agosto - septiembre - octubre - noviembre 2006/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646