septiembre-octubre 2023, AÑO 22, Nº 89

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Rimbaud entre dos mundos
Mi hermano Arthur. (Y correspondencia familiar en torno a la muerte de Jean Arthur Rimbaud), de Isabelle Rimbaud, Buenos Aires, Ed. la isla de la luna, 2003. 126 págs. Edición de Salvador Gargiulo, con prólogo de Luis Gusmán. Traducción de Romina Doval.

“regresaba al Oriente y a la sabiduría primordial y
eterna -¡lo cual al parecer es un sueño de burda pereza!
Apenas si me pasaba, no obstante, por la cabeza el
placer de escapar de los sufrimientos modernos.
No tenía a la vista la bastarda sabiduría del Corán”.
Una temporada en el infierno

No queda prácticamente nada de Rimbaud que no haya sido interpretado ya. Rimbaud es, como nunca, un “otro”, multiplicado en la voz de especialistas, críticos literarios, escritores, periodistas, y hasta de Leonardo Di Caprio a las órdenes de Agnieszka Holland. Podría parecer un despropósito agregar una hoja más al denso boscaje de palabras que se cierne sobre él. Y sin embargo, pasan los años, pasan las guerras, el mundo recrudece y Rimbaud sigue dando que hablar, tan vigente como si estuviera intacto.

Su hermana Isabelle fue una mujer bastante extraña. Lezama Lima apuntó que tenía “el rostro semejante a esas místicas polacas que un día, durmiendo en los trigales, sintieron una rudeza, una conmoción, ostentando después la hinchazón de su vientre o un gran manto azul con espesas estrellas”. Pero no todos supieron apreciarla como el maestro cubano. Muy lejos de ello, Isabelle ha sido más que nada criticada por los numerosos devotos de Arthur, quienes suelen presentarla como la bruja que trató de hacer creer que el más radical de los poetas blasfemos había sido, en realidad, un alma disciplinada y cristiana.

El hecho no es asombroso, ni siquiera infrecuente. Los familiares -a menudo albaceas, como en este caso- no acostumbran despertar la simpatía de esos herederos bastardos, los lectores, que intervienen también en la disputa por el sentido que se urde en torno al nombre de un autor. Elizabeth, la hermana de Nietzsche -por citar un caso afín-, no corrió mejor suerte. Las hermanas parecen tener una inclinación a la limpieza. Con celo fraternal y miramiento por la imagen de la familia se aprestan a higienizar la memoria del difunto, compresible trabajo que, no obstante, irrita a los lectores, pues no hay nada que éstos adoren más que la mala fama del artista.

Hasta la fecha inédito en español, “Mi hermano Arthur” (1892) es la primera semblanza de Rimbaud y, desde luego, un texto central en las polémicas que desde hace décadas se tejen alrededor deél. Muchos son quienes denuncian que no es fidedigno y que obedece a una motivación espuria. Según ellos, Isabelle delinea allí una imagen completamente falsa -envuelta de empalagosos encomios- sólo para poner coto a la reputación de revoltoso, anticlerical y homosexual que su hermano se había forjado en París. La hipótesis no es disparatada. Sobre todo porque, tras la muerte del poeta, Isabelle llevó a cabo una intensa tarea para conjurar los testimonios que no lo dejaban moralmente bien parado, y pretendía negar la validez de aquellos que no contasen con su autorización. Sin embargo, ése no es motivo suficiente para leer su libro con tanta sospecha. Y hasta podría pensarse que la excesiva indignación que la hermana despertó en los adeptos de Arthur admite una analogía risible, la del amante despechado: Isabelle sería de algún modo quien viene a interponerse, con su impulso parasitario y acaparador, entre nosotros y la fascinante “parte maldita” de Rimbaud.

Leído con ojos más ecuánimes, “Mi hermano Arthur” deja ver, en cambio, que ella sentía por él una admiración extraordinaria, fogosa y rayana con un irracional fanatismo. En tal sentido resulta difícil creer que, guiada por intereses viles, se propusiera mentir maquiavélicamente. De hecho, Isabelle ni siquiera conocía la obra de Rimbaud cuando escribió este libro, y fue ella quien años más tarde se ocupó de promoverla y difundirla. Un amante menos receloso debería admitir la posibilidad de que ella haya obrado de buena fe y haya sido sincera. En rigor, no parece ser la mala fe sino la admiración lo que la pierde. Una admiración que hace que su semblanza resbale en la trampa que siempre amenaza a los biógrafos: la hagiografía. “Hay en ti un genio excepcional. La llama divina concedida a cada uno de nosotros es en tu alma un hogar incandescente, una luz deslumbrante que penetra todo por doquier... Oh, mi amado, ¿quién podría odiarte? Eres la bondad y la caridad mismas. La probidad y la justicia son tu esencia... ¿Qué medios secretos empleas para conquistar los corazones y las voluntades? ¿Qué alas poderosas te has forjado para planear como lo haces, por encima de todos?...¡oh, querido ser predestinado!”.

Rimbaud como Santo, claro. Tal es la figura que construye la piadosa Isabelle. Podemos burlarnos de ella pero sería acaso demasiado fácil. Más interesante parece preguntarse quién está realmente en condiciones de censurar su fervor. Pues pensándolo un poco no es la única: una buena cantidad de los textos acerca de este autor se aproximan un tanto al género hagiográfico. Que Rimbaud sea exaltado como hereje profano, y no como mártir ortodoxo, en modo alguno garantiza la ausencia de ese tono. Los ejemplos podrían ocupar varias decenas de páginas. ¿No lo sacraliza Henry Miller al retratarlo como un Profeta en su célebre “El tiempo de los asesinos”? ¿No lo sacraliza incluso el agudo Maurice Blanchot cuando escribe sobre su abandono de la literatura, su inefable Silencio? Así visto el tema toma un aspecto ligeramente cómico. Y es que, como la de Nietzsche, la leyenda de Rimbaud confirma que el destino de todo gran desmitificador es convertirse en mito. Aquel desmitificador extremo de la literatura y, más aún, de la sociedad burguesa -ya fatalmente Autor de una de las obras capitales de la tradición occidental- se encuentra condenado como un héroe trágico a lo inexorable: la canonización.

Es obligado señalar el pasaje de Isabelle que despierta mayor irritación en los ánimos de los otros fanáticos. Se trata de aquél donde ella cuenta que, próximo a su muerte, Rimbaud se convierte y se confiesa. Por aquellos días en que agoniza en su lecho, lo visita un sacerdote. A Isabelle no le es dado en un principio participar del encuentro. Pero apenas el capellán sale de la habitación le informa: “Su hermano tiene fe, hija. ¿Qué nos dice usted? Tiene fe, y yo mismo no he visto jamás una fe de esa calidad”. La conversión al parecer tiene lugar el 25 de octubre de 1891. Hasta el 10 de noviembre -día de su muerte-, cuenta su hermana, Arthur reza todas las noches y, al verlo, ella se solaza. Por supuesto, hay quienes juran poseer irrefutables pruebas para demostrar la falsedad del postulado. Unos pocos, por su parte, la acreditan. Como señala Marcelo Gargiulo en sus abundantes y utilísimas notas a la presente edición, Paul Claudel, por mencionar uno, “acepta la conversión de Arthur como plena explicación de las ‘Iluminaciones’ y del epílogo de ‘Una temporada en el infierno’.” Otros, agrega Gargiulo, la rechazan de plano y prefieren concebir un Rimbaud convertido al Islam.

Pero seamos sensatos, ¿cuánto importa? La tardía conversión de Oscar Wilde, por ejemplo, no admite dudas, y sin embargo el hecho no quita un ápice de fibra a sus exquisitas embestidas contra la moral victoriana. La polémica sobre la conversión de Rimbaud corre el riesgo de convertirse en un callejoncito inconducente, que se agota en sí mismo como el gesto del “fan” que invirtió tres millones y medio de francos por una carta suya que data de los años de escolar. La fuerza de los textos de Rimbaud -su apasionada, violenta y fugitiva exigencia- se ríe a gritos del triste fetichismo del dato. Nadie puede realmente administrar el nombre que gravita en esa obra o persuadirnos de que posee la exclusividad de su secreto. Por mucho que se esmeren y batallen, sigue irreductible.

De ahí que sea tan grato descubrir que la ironía de la historia ha producido en los textos de Isabelle sobre su hermano un bache formidable: un hiato que parece hecho adrede para corroborar la persistencia de la indeterminación. Ella ha viajado para acompañar y cuidar a Rimbaud en su agonía. Apostada junto a su cama noche y día, el 22 de septiembre, le escribe a su madre: “Lo tratan como un condenado a muerte a quien nada se le niega; pero todas esas complacencias, todos esos pequeños mimos son pura pérdida; él no los acepta nunca. Lo que pide es...”. Los tres puntos suspensivos nos colocan a la espera de algo, pero enseguida una nota de los editores desahucia implacable nuestras esperanzas: “(El resto de la carta está arrancada)”. He ahí un verdadero interrogante: ¿Qué era lo que pedía Rimbaud? ¿Y qué fue lo que quería decir con “verdadera vida” cuando escribió “La verdadera vida está ausente”?. Por suerte, cada lector puede siempre figurarse aquello que desee sin rendirle cuentas a nadie; la opaca voz de Rimbaud se preserva refractaria a la transparencia conceptual. Esa indeterminación de sentido presente en su vida y su obra cifra todo su temple libertario, y les confiere una especie de brutal autonomía. Ya en agosto de 1871, en una carta dirigida a Paul Demeny, él parecía anunciarlo al decir “Rechacé esta vida sin exponer razones; hubiese sido deplorable”.

Esta prolija edición de “Mi hermano Arthur”, con prólogo de Luis Gusmán, se acompaña de otros documentos: reproducciones de fotos, un artículo que Isabelle publicó en “La Revue Blanche” en 1897, facsímiles y parte de la correspondencia familiar. El corpus de cartas que Rimbaud les envía a su hermana y su madre durante sus días en África tiene un peculiar interés, en especial si se lee en relación con un núcleo de su obra: el malestar ante la civilización occidental y sus productos. Sabido es que el imaginario de muchos artistas europeos de la época refleja ese rechazo a Occidente, un rechazo que a menudo tiene como correlato la idealización de lo otro, lo diferente, lo exótico -aquello que el pensamiento hegemónico tachaba de bárbaro. Sabido es también que la expansión imperial que se extiende desde 1815 hasta 1914, va escoltada por la difusión de preconceptos acerca de la vida en esas tierras que debían ser dominadas, el ser de sus habitantes, su comportamiento, su mentalidad. En este punto, tanto los defensores del Progreso y el agresivo avance de la Civilización, como los “críticos de la modernidad” -Rimbaud, entre ellos-, coincidían necesariamente en su perspectiva binaria: dos estilos, dos culturas, dos mundos, nosotros y ellos, Occidente y Oriente. Mientras que los primeros le atribuían al imperio la misión redentora de salvar regiones atrasadas y salvajes -el Islam era considerado ya una forma de vida ignorante y favorable a la esclavitud y la injusticia-; algunos de las otros proyectaban en tales regiones fantasías magníficas, y a veces soñaban con huir a uno de esos lugares no muy cartografiados, investidos con la promesa de lo sublime o lo paradisíaco.

Rimbaud es de los que se animaron a materializar el sueño de la huída. Pero su viaje se distingue de los de otros artistas, porque nada tuvo que ver con un esteticismo escapista. Después de pelearse con los miembros del ambiente literario en que Verlaine lo había insertado, después de pelearse horriblemente con el propio Verlaine, después de haber desertado del ejército, da vueltas por Europa y finalmente se encamina al África. En 1880 llega a Aden (hoy, la capital de Yemen), pero la deja muy pronto y se dirige a Harar, ciudad vedada a los no musulmanes. Después de veinte días a caballo, atravesando los desiertos de Somalia, se instala como agente de un comerciante francés, con un salario magro y una pequeña comisión sobre los beneficios que obtuviese por la venta de café. En esos meses de penuria ahorrativa emprende una excursión, en busca de marfil, hasta llegar al espinazo lacustre de Abisina (hoy, Etiopía), un lugar llamado Awassa y que, según se dice, nunca antes había pisado ningún europeo. Vuelve a Aden, luego vuelve a Harar, y en todo lugar está molesto. “La vida aquí es, por consiguiente, una verdadera pesadilla -dice en una carta-. No vayan a pensar que la estoy pasando bien”. Permanece en Aden hasta que, en 1885, se embarca en lo que supone un gran negocio: venderle una carga de armamento al rey Melenik. Esta complicada operación dura dos años terribles y sólo consigue salvar, muy a duras penas, el dinero que había invertido para llevarla a cabo. Tras ensayar otros proyectos comerciales fallidos, envía desde Harar una carta donde avisa sobre la infección de su rodilla derecha. Es el primer síntoma de la enfermedad que, meses después, se agravaría hasta hacer necesaria la amputación de la pierna y, luego, se llevaría su vida.

Lo pasmoso es que, pese a todo, Rimbaud se niega hasta último momento a regresar a Europa. Semejante obstinación impresiona considerando que su descripción de ese “mundo diferente” carece de cualquier encanto exótico. Rimbaud no encuentra en Oriente ni uno solo de los prodigios que observaron otros como Chateaubriand, Nerval, Lamartine, Flaubert. “Este clima atroz... Vivo de la manera más aburrida y sin provecho -declara en una carta-. No cabe imaginar una vida más aburrida que ésta”. En otra carta se describe “perdido entre negros cuya suerte querría uno mejorar, mientras ellos no se dedican más que a sacarte todo lo que pueden”. En otra se queja de “la mala alimentación, la vivienda malsana, las preocupaciones de toda clase, la rabia permanente entre éstos que son tan bestias como canallas”. Repetidas veces comenta que teme embrutecerse. Sufre por estar “obligado a farfullar en sus jergas, a comer sus sucias comidas, a padecer mil fastidios originados en su pereza, su traición, su estupidez”.

Rimbaud cuenta en todo momento con los medios para retornar a Occidente, pero no lo hace. La independencia más tortuosa parece resultarle preferible a volver a la que ve como la civilización más hipócrita que haya podido crearse. Absolutamente moderno, absolutamente crítico, en 1872 había escrito un irónico texto titulado “Democracia”, jugando a presentarlo entre comillas como la trascripción del discurso de un supuesto demócrata:

“´La bandera va hacia el paisaje inmundo, y nuestra jerga ahoga el tambor´.
´En los centros alimentaremos la más cínica prostitución. Masacraremos las lógicas revueltas´.
´En los países robados y apaciguados -al servicio de las más monstruosas explotaciones industriales o militares´.
´Hasta la vista, aquí, no importa dónde. Reclutas de buena voluntad, tendremos una filosofía feroz; ignorantes por obra de la ciencia, libertinos para el confort, y que revienten los demás´.
´Esta es la verdadera marcha. ¡Al frente, marchen!´”.

Su hermana Isabelle se asombraba de que él, por un lado, le contara cosas patéticas sobre esos países lejanos, y por otro, insistiera en que su voluntad era que lo enterraran ahí: “¿Por qué has amado ese Aden, hasta el deseo de tener allí tu tumba?”. En realidad, nada indica que Rimbaud amara Aden. Todo hace suponer, más bien, que a esa altura sabía que en ninguno de aquellos dos mundos en que el Mundo se había dividido, iba a estar a gusto. De un lado, la democracia occidental disfrazando de virtud humanitaria su voracidad de imperio y negándose a asumir su fracaso espiritual; del otro, lo diferente pero también atroz: ninguna alternativa. ¿Dónde entonces podría encontrar “la verdadera vida”? La falta de respuesta a esta pregunta condensa la desazón de su última época. La desazón ante ambos mundos, su generosa vigencia, hoy puede paladearse, mirando Bagdad...

 

(Actualización agosto- septiembre - octubre - noviembre 2003/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646