diciembre-enero 2023, AÑO 22, Nº 90

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Editora

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Osvaldo Aguirre
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Colaboran en este número

Osvaldo Aguirre
/  Carlos Ríos

Ana Porrúa
/  Carlos Battilana

Adriana Kogan
/  Ulises Cremonte

Antonio Carlos Santos
/  Julio Schvartzman

Javier Eduardo Martínez Ramacciotti
/  Fermín A. Rodríguez

Julieta Novelli
/  María Eugenia López

Felipe Hourcade
/  Carolina Zúñiga Curaz

Juan Bautista Ritvo

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Carlos Battilana

La experiencia visual como sustrato poético
Vendaval, de Osvaldo Aguirre, Mar del Plata: es pulpa ediciones, 2023.

Hay una cita muy concurrida en libros y lecturas en público. Una cita de Héctor Viel Temperley, el exquisito poeta de Hospital Británico, que dice: “Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo”. Osvaldo Aguirre, no obstante, elige otra cita de aquel poemario como epígrafe de Vendaval: “voy hacia lo que vi, qué más”. Como si el ver fuera el sustrato de la poesía de Aguirre, lo percibido en la infancia es el combustible que iluminan sus poemas. Lo ya visto es la reserva de sentido no como cuadro congelado del pasado sino como hecho vital que sigue sucediendo.

Ver. ¿Qué significa? “Percibir por los ojos mediante la acción de la luz”. Pero como el vocablo tiene más de veinte acepciones, me detengo en otra: “Reconocer con cuidado y atención una cosa, leyéndola o examinándola”. A lo largo de la obra poética de Aguirre, efectivamente, la atención es un modo de percibir los objetos que lo rodean. Los yuyales, los cardos, las casuarinas, los almácigos, las tareas rurales, la vida silvestre. Pero la atención se detiene también en el rumor de los ancestros y en la lengua en su matiz de giro coloquial. Entonces el ver se desliza al escuchar. En este libro, no sólo vemos las cosas sino también las palabras que flotan en el aire, en las conversaciones cotidianas, en los dichos populares o en el susurro de la intimidad. Pero hay otro tipo de atención que emerge: la atención oblicua del que ve, escucha y absorbe; la atención distraída del que percibe otra cosa a lo que ve frontalmente: “la distracción es el estilo / de atención que cultivo” explica Aguirre en el poema “El buzo rojo”.

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¿De qué habla Vendaval? El libro registra plantas, árboles y animales. Evoca la herencia de los ancestros y el don complejo que significa una herencia, ya que, según el autor, heredar es también contraer una deuda antes que suceder a alguien. Los poemas describen situaciones y objetos alrededor. Que el duraznero desplegó sus flores en invierno. Que la liebre pasó velozmente cerca del caballo. Que una planta pudo sobrevivir a la falta de agua. Esos hechos minúsculos, sin embargo, son indicios de algo que trabaja por debajo. Lejos de la metáfora o la analogía, pienso que esos episodios son extensiones de la experiencia que hablan por sí mismos sin eventuales moralejas. Un sujeto pronominal que oscila entre el yo y el nosotros ve el mundo no como una visión epifánica sino como una aventura cotidiana, como signo de un minúsculo estupor: el estupor de que las cosas suceden a pesar de las caídas, los deterioros y los vendavales. Esa sorpresa, ese asombro cultivado en el desvío de la mirada torna a la poesía de Aguirre en optimista no porque se registra necesariamente la estridencia, todo lo contrario, sino porque se nombra, por ejemplo, lo ínfimo del paisaje, los detalles de una conversación, los rastros esquivos de un zorro. Episodios finalmente misteriosos en su aparente sencillez. En ese aspecto, aquello que se desconoce no resulta una decepción ya que el secreto es el objeto de la escritura y la aproximación a algo lateral: “iba a dar otra vuelta, en cuanto / el sol bajara, para rodear / el árbol en el que disputaban / vaya a saber qué cosa / las urracas”. Vaya a saber qué cosa: esa expresión cristalizada es el soporte oral que pone en escena el secreto de algo, aquello que los ojos no logran ver ni los oídos escuchar, y sin embargo en ese punto de fuga es donde esta poesía sostiene su algarabía.

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En el caso de Aguirre, ver puede estar vinculado a cerrar los ojos, y consecuentemente a recordar. La evocación de la infancia, aun con sus hiatos y distorsiones, emerge como un campo de sorpresa y felicidad: el origen de la poesía, el origen de las palabras. “¿Qué hubo antes del principio / y qué habría después / del final?”. Cuando las palabras flotan entre el código y la glosolalia, cuando el código aún no es fijo ni definitivo, la lengua es instrumento pero también objeto de sí. La lengua es el órgano del recuerdo visual y auditivo. Se cierran los ojos, pero se ve aquello que aún sucede como reverberación: “y las antiguas / conversaciones nocturnas / en el corredor / continúan / y se expanden, / como el propio universo”.

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Ver, escuchar, entonces, no son procesos de aprehensión definitiva sino ejercicios de expansión. Lo que sucedió alguna vez de manera intensa sigue ocurriendo. En esa actualización repara la poesía de Aguirre. Una escritura de versos libres, de registro narrativo, que va hilvanando pacientemente historias rurales o pueblerinas, y cuya demora prevé algún tipo de resolución que si se da, nunca resulta estruendosa. En esos tópicos de la vida rural y pueblerina, en esa zona de demarcación que parece tener su propia cosmogonía, Aguirre se mueve como pez en el agua. ¿Por qué? Porque la experiencia vivida, que es la base de estos poemas, estaba alimentada de un porvenir. Como sabemos, la poesía, entre otros dones, sucede, se vuelve un hecho del presente, pero al mismo tiempo se fuga hacia el futuro, es evanescente, nunca termina de suceder.

 

(Actualización diciembre 2023 – febrero 2024/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646