diciembre-enero 2023, AÑO 22, Nº 90

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Colaboran en este número

Osvaldo Aguirre
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Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Julio Schvartzman

fono/gramas
Santo, seña, contraseña, baraja

La sala “Tiempo de provincias” del Museo Histórico Nacional, en Parque Lezama, deja que los objetos cuenten la vida rioplatense entre 1820 y 1852. Responden, a su modo, sin conflicto, a la vieja pregunta “¿Narrar o describir?” Algunos recrean el hábito: tarjetas de visita, sables con guarniciones de primoroso labrado, como los tinteros, escribanías, peinetones –tan caricaturizados por sus contemporáneos–, bicornios, sillones, casacas, camafeos, bastones, jarras, jarrones, balas, cartuchos. En las mismas piezas, y en otras, el hábito admite una muesca: allí se inscribe el acontecimiento o la marca de identidad. El tintero de Mariano Moreno pudo contener la tinta que trazó en el papel aquello de “ni ebrio ni dormido”. La escribanía móvil de Lavalle aportó acaso la logística gráfica a la orden de fusilamiento de Manuel Dorrego. Ese peinetón perteneció a la primera dama de la Federación rosista. La “máquina infernal” luce su traza de chasco terrorista: destinada a acabar con la vida del Restaurador, queda como monumento a la tentativa. El chaleco de Florencio Varela tiene un sangriento ojal suplementario: por allí forzó su entrada el puñal que le quitó la vida en 1848. 

Otro objeto múltiple, exhibido en una vitrina, manifiesta pura virtualidad: se sitúa en un futuro próximo que no fue. Es el Proyecto de baraja federal. Sobre la base de papel yace un juego de veinticinco naipes más uno que funcionaría como tapa o carátula: es el único ilustrado y lleva la imagen doble de los perfiles de Juan Manuel y Encarnación glorificados por sendas ramas de laurel; y la leyenda: “Baraja federal / Proyecto / J. Camaña”. Una placa informa que perteneció a la colección de Ángel Justiniano Carranza. 

Estamos ante la idea de un juego. Un rápido vistazo sobre las piezas evidencia su meta didáctica. Se trata de cartas-efemérides de la vida de Rosas: cada una tiene una fecha y un acontecimiento. 

Así, las primeras: 

 

30 de Marzo
1793
Nacimiento del ilustre Gral Rosas

1806
Empezó su vida pública

5 octubre 1820
Restableció el Orden y Restauró las Leyes

 

Y la de cierre, crepuscular: 

 

18 Agosto 1851
Declaración de guerra contra
el Imp del Brazil

 

Esta última coyuntura es cercana a la creación del diseño mismo, posterior a su vez al pronunciamiento de Urquiza, el 1° de mayo de ese año, es decir que el proyecto precede, en menos de seis meses, al derrumbe de la Federación, en Caseros. 

¿Qué juego es este? Tenemos las unidades, no su combinatoria; las partes, no las reglas. En lo visual, el arte del diseño de naipes suele buscar el virtuosismo, tanto en el anverso, con la resolución de los distintos palos y el lucimiento de sus figuras graves, evocadoras del Tarot, como en el reverso, motivo neutro, parejo y ocultador, pero de trama afiligranada o con intrincados arabescos que a veces hacen pensar en los bucles del papel moneda. Cotejo, ya que estamos ante una invocación al federalismo, con la aparición hacia 2013 del primoroso mazo (ahora léase en esdrújulo) Federal 52 , obra del detallismo artesanal de Jackson Robinson, y donde la cita al billete de banco es explícita. En eso, Juan Camaña, voluntarioso artista mallorquín argentino, es también módico. No vemos los reversos, aunque el naipe que consideramos carátula bien podría haber sido pensado para esa función, con lo que cada jugador habría podido ver, enfrente, en manos de los otros y multiplicadas, las efigies de los rostros representativos del régimen. 

En cuanto al anverso, el esquema persevera en una fecha y una leyenda. Entre los fastos, “Tratado de Alianza con Santa Fe”, “Llenó el compromiso del tratado que Restableció la paz en 4 Provincias”, “Estableció la nueva línea de fronteras”, “Segunda Restauración de las Leyes”, “Se le nombra Gobr y Capn Gral de la Provincia de Buenos-Aires”, “Espedición a los Desiertos del Sud”, “Abolición del tráfico de esclavos”, “Instalación del Cuartel Gral de Santos Lugares”. 

De nuevo. ¿Qué juego es este? Tenemos las fichas, no su normativa; el léxico oficial, no su gramática. No hay valores ni medidas que permitan formar escalera, póker, pie, chinchón, escoba, canasta, flor, envido, truco. Ninguna carta mata a otra. ¿Entonces? Adriana Amante arriesga la posibilidad de un memotest avant la lettre. Bueno, en rigor, la idea matriz de este ejercicio de retención visual, bajo la patente de Pexeso, data de la Praga de los 60 del siglo XX, y se le debe a Zdenek Princ. Si pensamos en el formidable cubo del húngaro Ernö Rubik, en la década siguiente, hay que admitir que Europa central ha abastecido parte importante de nuestras mejores demandas lúdicas. No es que Camaña haya pensado, en precursor, ese tipo de pasatiempo, lo que habría implicado en todo caso fabricar un mazo doble. Amante piensa más bien, creo, en una mnemotecnia de la federación, una forma del ejercicio de salón de una política rosista de la memoria (y del olvido). El desafío podría consistir en cantar un episodio (sigo la jerga de la timba) y comprobar, en la reacción del contrincante, el registro de su fecha. O al revés. Ante estas (im)probabilidades, uno puede preguntarse si el proyecto no sería en realidad una obra conceptual, que no habría requerido ejecutarse: pura voluntad de homenaje agotada en el diseño, y ya. Lo federal adjetivaría, en él, la naturaleza sustantiva de una baraja sin palos ni valores, como lo montonero, en Esnaola, había calificado antes la talante del minué, sin alteraciones sustantivas, ni musicales, ni coreográficas. 

Ahora, en medio de la serie de conmemoraciones barajadas, desconcierta una secuencia homogénea de siete: 

 

8 Marzo 1833
Unitarios mancharon la Historia

11 de Marzo 1833
Federación Gloria Argentina

17 Marzo 1833
Justicia Conquista Respetos

22 Marzo 1833
Ingratitud Condición Malvada

25 Abril 1833
Subordinación Elemento Preciso

14 Abril 1833
Constancia Supera Imposibles

30 Junio 1833
Anarquía Azote infernal 

 

El acontecimiento vira a consigna. La ubicación cronológica en 1833, con la carta “Espedición a los Desiertos del Sud”, y el cotejo de otras fuentes ayudan a descubrir su naturaleza verbal: son santos y señas de esa campaña, de la autoría de Juan Manuel de Rosas, con la presumible colaboración, quizá más operativa que retórica, del entonces coronel Ángel Pacheco, jefe de su Estado Mayor. Las frases son escuetas, con una sintaxis que evita conectores y artículos, como anticipando el estilo Morse, y sostienen una respiración pautada en métrica de arte mayor: dos en eneasílabos, tres en versos de diez, una de doce. Sé que es discutible escucharlas en clave recitativa, desde que no se articulan en estrofas, y en cualquier prosa podrían detectarse esporádicas rítmicas semejantes que no perturbarían su índole. Pero se deja oír en estos dichos una voluntad formal que ancla en el verso. Así, dos decasílabos son perfectamente heroicos: “Unitarios mancharon la Historia”, “Anarquía Azote infernal” (que pide hiato después de “Anarquía” y sinalefa de -e  final con i- inicial), lo que los vincula con la marcialidad de muchos de nuestros himnos nacionales: el argentino de López y Planes “óid el ruido de rotas cadenas” (por más que la composición de Blas Parera les haya retocado la medida); el chileno en la segunda versión de Lillo Robles (“Puro Chile, es tu cielo azulado”) y aun en la primera del coro de Vera y Pintado (“Dulce patria, recibe los votos”); el mexicano de González Bocanegra (“Mexicanos al grito de guerra”); el uruguayo de Acuña de Figueroa y su drástica opción (“Orientales, la patria o la tumba”). Siempre la matraca 3-6-9: eso no es prosa distraída, sino disposición de marcha. Tenemos a Rosas en plena liberación de su aliento poético y de sus veleidades literarias. El santo y seña del 22 de diciembre del 33, no recuperado por Camaña, fue: “Humilde – Soledad – Verde y Sonora”, parte del segundo verso del Idilio I. ¡Hay que imaginar a un soldado raso, hablado por el brigadier general, declamando a Francisco de Quevedo a orillas del Limay! 

 

Parte fundamental de la rutina militar, originada –se supone– en las guerras de la Edad Media, las contraseñas dieron respuesta a acuciantes problemas de organización y seguridad de la milicia, en tiempos en que abundaba la fuerza mercenaria y sobre la tropa se cernía la amenaza de caos babélico. De hecho, toda guerra es confusa, y aun toda batalla, todo combate, como lo mostró para siempre Stendhal en La cartuja de Parma: un amasijo que desafía todo intento de percepción unitaria, un problema gnoseológico. Entonces, la contraseña vino a aportar una palabra, secreta y compartida (compartida en secreto) que permitía distinguir propios de ajenos. Como si dijéramos, el ABC de la guerra: a quién debo matar, a quién dejar con vida. O, desde una percepción personal más sufrida: si me darán paso o me pasarán por las armas. Y eso, en la oscilación que va del fenómeno genérico y civil de la clave a su uso específico castrense: los matices entre mot de passe y mot d´ordre, aunque este se adecue muy bien al uso metafórico. 

Sus antecedentes llegan al schibboleth bíblico, cuando la guerra entre los de Galaad al mando de Jefté y la tribu de Efraím, según relata el Libro de los Jueces (12, 5-7). Diezmados, los efraimitas pretendían huir cruzando el Jordán, pero los guardias de Galaad cortaron los vados y, para distinguirlos, les pedían que dijeran schibboleth. El test era dialectal: los efraimitas no podían pronunciar la fricativa postalveolar inicial y desplazaban su articulación hacia atrás, modificando su sibilancia, según lo grafica la transliteración como sibboleth. Entonces eran degollados. Con la indiferencia por la vida que caracteriza a ciertas religiones, el versículo 7 hace constar: “Perecieron en la ocasión cuarenta y dos mil hombres de Efraím” (sigo el texto de la Biblia de Jerusalén). Schibboleth, en varias lenguas y dialectos semíticos, significa varias cosas: corriente, torrente, río, espiga de trigo, rama de olivo. Pero no era cuestión de sentido sino de sonido. Los efraimitas no pasaron el Jordán no por no nombrar el río, sino por nombrarse, en la palabra, a sí mismos. En ellos, sibboleth no era su manera de decir (o no decir) río (o yío o lo que fuere), sino su manera de identificarse en el decir. Por eso schibboleth, como mot de passe, les vedaba el paso del río. No podían pasar por la voz, por la palabra. 

Derrida revisitó esta magna anécdota de la especie en su ensayo para Paul Celan, y desde ella leyó el multilingüismo en la poesía del rumano, donde entre el alemán, el francés y un hebreo en caracteres latinos emerge el “No pasarán” de la Guerra Civil Española y el Frente Popular francés, aporía (dice: y aporía es, etimológicamente “no pasaje”) de lo que realmente pasó: la devastación de la Segunda Guerra, así como en el nombre del río los efraimitas no pasaron el río. 

 

Integrante de los voluntarios nacionales que pelearon por la revolución, el severo Paul Thiébault se salvó por poco del terror de 1793, y más tarde hizo su carrera militar en los ejércitos de Napoleón, llegando a general de división. Peleó en Austerlitz, en Nápoles, en Génova, y desempeñó cargos administrativos en Portugal y España. Fue fiel al régimen hasta el fin, defendiendo Paris durante los Cien Días. Sus Memorias, de publicación póstuma, siguen siendo consultadas con provecho al día de hoy. Pero acá importa su Manuel général du service des états-majors généraux et divisionnaires dans les armées, de 1813, vertido y adaptado al español en 1818 : hay palabras y comportamientos que se resistían a transitar de una lengua a otra. En el comienzo del capítulo consagrado al santo y seña (mot d´ordre et de ralliement), y que tomo del francés porque esas consideraciones no están en castellano, se lo define indicando que se compone de tres palabras: dos “de orden” que serán el nombre de una persona muerta y el de una ciudad o un país, y una tercera que se recorta por la negativa (ni persona ni país ni ciudad); Thiébault sugiere que las tres compartan la inicial. La tríada explica también que a veces se enuncie de un tirón “santo, seña y contraseña”. Para revisar: las consignas de Rosas tenían tres núcleos, pero ya independizados de la norma lexical del Manuel, separados por guiones que en el diseño federal han volado. También los del ejército de operaciones sobre Brasil, en la guerra de 1826: “La Nación – organizada – invencible”, “El rigor – contiene – al insolente”, “Al infame – desertor – la pena”. 

Tan importante como el andamiaje verbal de los mots d´ordre es la precisión del manual en su protocolo: los determina el estado mayor, los anota en una hoja en sobre cerrado y establece rigurosas normas de transmisión y el período de vigencia: una jornada, desde la caída del sol, o menos, según el peligro de la situación o la proximidad del enemigo. 

Llamativo, o no tanto: de las lenguas europeas, el español parece la única que introduce en la categoría un sesgo sacramental, puesto que la noción de nombre viene mediada por el santoral. Veamos cómo Manuel Belgrano resulta, en la materia y en América, uno de los discípulos más aplicados de Thiébalut. Reprimido el Motín de las Trenzas en diciembre de 1811, continuó como jefe de Patricios. Para recomponer la disciplina, el regimiento fue enviado a Rosario a vigilar el río Paraná de los acechos de los realistas de Montevideo. En su nuevo destino Belgrano habría de plantar, por primera vez, la bandera argentina, para luego ponerse al frente del Ejército del Norte, en el Alto Perú. En su Diario de marcha al Rosario, donde llevaba el registro de cada jornada, no omitía el santo y seña establecido. Los primeros cuatro días: 

 

Santo: San Martín y Buenos Ayres.
Seña: Constancia.

Santo: San Pedro y Ensenada.
Seña: Empeño.

Santo: Santo Domingo y Soriano.
Seña: Celo.

Santo: San Antonio y Candelaria.
Seña: Valor.

 

Salvo en la discordancia de las iniciales, se han cumplido las indicaciones del maestro francés. 

En muchos casos ha predominado el esquema binario, como suscitado por una idea del diálogo, del ida y vuelta, contenida en la práctica social del saludo, donde, en algunos usos históricos, la palabra de paso ha perdido carácter secreto y conspirativo estricto, reteniendo en cambio una inclusiva y excluyente pertenencia etnocultural. ¿Qué otra cosa sería el “¡Ave María Purísima!” y su réplica ritual “¡Sin pecado concebida!” (con su apócope “Ave María – Sin pecado”)? O de vuelta en el cuartel, pero ya como ejercicio de un compromiso verbal no secreto: “¡Subordinación y valor!” - “¡Para servir a la patria!” El mecanismo parece obedecer a una pulsión que se juega en secuencia previsible, tanto en la sintaxis (cuando la retórica concibe la andadura del discurso como una relación entre prótasis y apódosis) como en la frase musical tonal, entendida como alternancia figurada pregunta-respuesta, con su línea de tensión ascendente rematada por la distensión descendente. Tal vez podamos aplicar la tesitura binaria a la norma Thiébault, ya que la yunta nombre-ciudad o nombre-país se entendería como pregunta (santo y seña) y la última palabra como respuesta (contraseña). 

 

Muchos jefes militares se han visto tentados de poner este instrumento del reconocimiento de propios y ajenos al servicio de una didáctica del soldado, tendiente a robustecer otro aspecto de la milicia: el temple y la moral de la tropa. Así lo sugiere un muy citado santo y seña de José de San Martín en el Perú: “Con días – y ollas – venceremos”. O el famoso de Artigas hacia 1817, en la lucha contra Lecor, cuando todavía sus camaradas Oribe y Ribera compartían banderas: “Sean los orientales – tan ilustrados como valientes”. 

En esa línea edificante se inscriben los santos y señas de Rosas. Se trata de exaltar los valores propios, pero también de meter miedo a propósito de los siniestros planes del enemigo: técnicamente, es el terror como arma de la política y de la guerra. El problema es que cuanto más se somete a esas lógicas, la contraseña ve afectado, como alertarían los programas y aplicaciones digitales, su nivel de seguridad. Raro que no lo hayan notado los teóricos, estrategas e historiadores militares (¿o sí, y uno lo ignora?). Se vulnera así esa afinidad con la arbitrariedad del signo que entraña, en el schibboleth, la nimiedad de la diferencia. Lo sabía muy bien Tarantino. En Bastardos sin gloria, es la manera gestual de pedir cuatro whiskies lo que desencadena la masacre de la taberna (lo que hace avanzar la historia) y no la repetición o la proclama de cierto credo nazi. También lo sabían Jerry Seinfeld y Harry David. En el episodio siete de la séptima temporada de su serie, George se obstina en ocultar su código bancario alfabético, y en una deslumbrante sesión de inferencia detectivesca, Kramer, tras un somero semblanteo caracterológico (y lapidario), está a un toque de revelarlo.

Un foro de ex combatientes reconstruye los pares de consignas de cada día en la Guerra de Malvinas: retorna el número dos. En varios ejemplos de mayo de 1982 la relación sorprendente y poco directa pugna con la peligrosa (por lo inferible) convocatoria de la asociación de ideas. Entre las primeras: 

pato – tuerto
pito – roto
pala – arroz
pico – mar
boca – fino
llano – rojo 

Entre las otras: 

goma – lápiz
rata – fea
pez – gordo
bala – cañón
diente - oro
parra – uva

 

Hasta aquí venimos siguiendo la gestación del circuito. ¿Qué ocurre con la circulación y con los otros agentes, los que reciben la consigna ya elaborada y la deben poner en práctica:  memorizarla, transmitirla, interrogar a quien vuelve al campamento, decidir si pasa o si muere? De eso no hay, casi, archivo, salvo su reconstrucción en la literatura. Inevitable, el incidente entre Martín Fierro y el guardia italiano, o sea: pa-po-litano, “gringo bozal” y, para más datos, “medio mamao”. Hernández no se demora en el traspié del soldado (¡no tiene la palabra clave!) sino en el abismo comunicativo entre criollo y gringo: 

 

Cuando me vido acercar: 
“Quén vívore”... preguntó.
“Qué víboras” -dije yo- 
“Ha garto” -me pegó el grito:
Y yo dije despacito
“Más lagarto serás vos.”

 

El equívoco termina con un disparo fallido, con el soldado estaqueado y con la deserción que signará su destino. 

Ahora me concentro en un diálogo gauchesco de Bernardo Echevarría publicado en La Gaceta Mercantil en noviembre de 1851, y relevado por Fermín Chávez, que trabaja sobre la memoria de un veterano, y lo hace en ignorada sincronía con el proyecto de baraja federal: “El paisano Justo Calandria, en conversación con Perico Bienteveo, en la pulpería del brasileño Antonio Rabicorto, entre el Pino y Cañuelas”. Como suele darse en el género, un gaucho comenta una celebración: aquí, las expresiones populares en apoyo a Rosas, el 28 de septiembre de 1851, en Palermo. Es que la Federación está en peligro, y eso lleva al narrador a otra situación que juzga similar, dieciocho años atrás. Dice Justo:

 

Y qué piensa que pasaba
En la Ciudá entre tanto.
Confusión, miseria y llanto
Los unitarios sembraban.
Me acuerdo bien de aquel santo
Que no me olvido en mi vida,
Red – Unitaria – Tendida
Que a todos nos causa espanto.
Otro nos largó de gusto
En seguida y por completo.
Mire si sabe el sugeto:
Dios –Federales – Es justo.
Yo sabía cinco o sais
Pero en memoria soy lerdo,
Velay este que recuerdo
Es la Unión – Remedio – Al pais.

[…]

Fijese como me fijo
En los santos que he mentao
Y verá como ha pasao
Conforme el rubio lo dijo.

 

Sabemos que el secreto del santo y seña caduca en veinticuatro horas. Después, entra, usando la terminología del derecho de la propiedad artística e intelectual, en el dominio público, donde lo espera el olvido o eventuales rescates: la antología oficial, la memoria popular, el curioseo de una investigación. 

“Red – Unitaria – Tendida” captura un eje de simultaneidades: mientras en el Sur Rosas desarrollaba su campaña, en Buenos Aires crecía la inquietud y los movimientos de los federales opositores (los “lomos negros”). José María Rosa recuerda la correspondencia entre Juan Manuel y Encarnación Ezcurra, quien desde la ciudad le advierte: “¡Nuestros enemigos han triunfado!”, y contacta esta alarma con la eficaz contraseña del Sur, destinada a causar espanto, como recuerda Justo Calandria a su interlocutor en el poema de la Gaceta

El año 51 nos devuelve al proyecto de baraja nunca concretado. El movimiento que le falta a la exhibición de los naipes efemérides no se suple, pero se declara en el óleo sobre tela “Soldados de Rosas jugando a las cartas”, del año siguiente, del mismo Camaña. El costumbrismo se hace aquí primera naturaleza. Todo es emblema en las mesas de juego (¿de truquiflor?) bajo la enramada presumible de una pulpería. Desde la china que mira a cámara (digo bien: Camaña fue además fotógrafo) con un mate frío que nadie ha de tomar, hasta las prendas impolutas: un refulgente calzoncillo cribado; gorra, bonete, abrigos que ensayan matices del punzó; una faca al cinto que no habrá de desenvainarse; deditos que asoman por la bota´e potro y que nunca han estribado; el fumador que suma vicio al vicio (usando el término en el sentido placentero de nuestro siglo XIX); en el suelo, abandonadas por comodidad, mudas, las nazarenas que no han espoleado a ningún flete. Hay que entender que el artista no pinta una escena nueva: suma su estampa a un subgénero, que nos lleva a los ocios lúdicos de la soldadesca en el holandés Cornelis Blumaert, en el XVII, y un siglo antes al italiano Bartolomeo Manfredi y al francés Valentin de Boulogne, ambos cultores del claroscuro a lo Caravaggio. Ese tratamiento de la luz es más afín con el objeto pictórico: hay algo ominoso en el ocio de la vida militar, afín con prostíbulos, alcohol, apuestas, deudas, suicidios, como un interludio de la guerra que aguarda su regreso. Sin contar con que fueron soldados, en otros juegos que nombran, por excelencia, el azar (¡los dados!), los que se disputaron, según cuenta el Evangelio de Juan (19, 23-24), la túnica de uno que, ahí nomás, atrás y arriba, se estaba muriendo. 

 

Gracias 
por la conversación: 

Adriana Amante, Alejandro Ferrari, Walter Costa, Milena Acosta.

Gracias
por la lectura: 

Carolina Carman. Los orígenes del Museo Histórico Nacional. 2013. 

Fermín Chávez. Un nuevo diálogo gauchesco sobre Rosas. El poeta Bernardo Echevarría. Vida y obra. 1975. 

Carlos María Marturet. “El ´Santo y Seña´ en el ´Diario de Marcha del Coronel Belgrano a Rosario´, su empleo como procedimiento de educación militar”. 2023.

Museo Histórico Nacional. “[Informe del área de investigación del MHN sobre la pieza] 2597. Proyecto de baraja federal de Juan Camaña”. s/f. 

Carlos Pérez Jurado. “Nota sobre el santo y seña del ejercito patriota”. 1999.   

Alejandro M. Rabinovich. “El fenómeno de la deserción en las guerras de la revolución e independencia del Río de la Plata. Elementos cuantitativos y cualitativos para un análisis. 1810-1829”. 2011. 

José María Rosa, Historia argentina, tomo IV, Unitarios y federales (1826-1841). 1970.

Paul-Charles-François Thiébault. Manuel général du Service des États-Majors Généraux et Divisionnaires dans les Armées: Renfermant quelques développemens particuliers sur les principales opérations de la guerre; les différentes armes, leur commandement et leur emploi; le service des places; les jugemens militaires; les administrations… 1813. 

 

(Actualización diciembre 2023 - febrero 2024/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646