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Volver a inventar el mundo: fotos y palabras en el campo expansivo del deseo y de la especulación

Luz Horne

Volver a inventar el mundo: fotos y palabras en el campo expansivo del deseo y de la especulación

Sobre:

La letra en el ojo. Un ensayo entre imágenes y escrituras, de Paola Cortés Rocca, Buenos Aires, Fundación Alfonso y Luz Castillo, 2025.

La letra en el ojo nos propone un juego: “¿Y si en lugar de aceptar este mundo tal como es nos imaginamos otro diferente? ¿qué tal si las cosas fueran distintas?” La pregunta remite al juego infantil y a los cuentos de iniciación a la lectura, esos en los que palabra e imagen iban de la mano. La referencia no es anecdótica, el juego es el procedimiento del que se sirve La letra en el ojo para marcar el campo o, más bien, para cambiar el tono y el vocabulario con el que hablar de algo que ya nos resulta –nos dice Paola Cortés Rocca– un punto de partida obvio de la crítica contemporánea: la erosión de las fronteras entre lenguajes, soportes y prácticas artísticas; “la crisis de la autonomía estética y de la especificidad que sostenía la modernidad y el alto modernismo, fogoneada por las vanguardias y la instauración de un campo expandido en el que la literatura se entrevera con la imagen, la performance y la instalación”. Anclado en esa obviedad, el libro transforma el juego infantil en juego adulto cuando pasa de los libros ilustrados al territorio estético y al campo ya no expandido, sino expansivo de lo contemporáneo; un campo que Paola elije pensar con el vocabulario de la seducción y del deseo, del encuentro y de la fuga: ¿dale que nosotros los grandes agarramos las palabras y las fotos, las mezclamos y las intercambiamos para seguir jugando a inventar otros mundos que nos gusten más que este? Y así, como si nos invitara a su casa a tomar un vino y a charlar de las cosas que nos gustan, nos invita visitar las exposiciones de fotos y las obras literarias que la conmovieron a ella; las que la movilizaron. Tanto como para llevarla a preguntarse qué hacen esas fotos y esos libros, cuáles son sus procedimientos; o, más bien, y en este nueva mutación que el libro propone: ¿qué quieren, qué desean?  

Quiero pensar de otra manera, fuera de las esencias o las propiedades de una práctica o de un lenguaje, para abrir un campo (...) que permita imaginar nuevas topografías para las humanidades, las ciencias sociales y las artes.

Así, entramos a un territorio que remite “antes que a la propiedad o al alambrado, al escenario o al juego especulativo”. Y como toda especulación conlleva un doblez, el libro nos invita a asistir a un juego de seducción o a un flirting entre palabra e imagen, para eludir lo que califica como “la trampa del pensamiento propietario”. Y leyendo una a la luz de la otra, con una sensibilidad material que viene de la fotografía pero que coquetea con la escritura, nos lleva hasta el punto en el que palabra y foto producen chispas. Es el fulgor de lo estético, que nos deja escucharlas hablar: yo te doy tiempo y vos me das luz; yo te doy materialidad, y vos vida; yo te doy pruebas, vos me das aventura; yo te doy resplandor, vos imaginación; yo te doy silencio, vos ruido.


El libro se divide en tres partes divididas en partecitas que se ordenan –antes que  genealógicamente, “en amalgama” o –para entrar en las metáforas que el libro mismo usa– como arreglos florales y rizomáticos. Al hablar de teoría hacen teoría y la despliegan con una precisión casi científica, pero dándole la vuelta en el sitio preciso en el que la ciencia cambia el tono y se vuelve literatura. Cada capítulo ilumina un dispositivo a partir de diferentes casos y los hace resplandecer en sus nuevos nombres y modalidades contemporáneas: “Campo expansivo” (capítulo uno); “Archivos vibrantes” (capítulo dos) y “Tiempos extraños” (capítulo tres). Un vocabulario en el que lo estético se define como “una patada radical al tablero de juego” y en el que este libro –el que estamos leyendo– busca hacerse un espacio para decirnos que las reglas y la manera con la que hablábamos de literatura y de fotografía se han vuelto trans: se transforman, se transfiguran y se transtemporalizan. No es casual que el primer objeto que el libro toma sea la obra de Mirta Dermisache y su escritura-dibujo, que desafía la idea misma de pertenencia y que produce un libro transparente que es también una obra de arte visual. Es una superposición que se va a recorrer a través de diferentes procedimientos y a través de una pregunta doble y especular, como todo lo que aparece en este libro: “¿Qué tipo de legibilidad produce lo visual? ¿Qué tipo de experiencia de visión requiere la lectura?” 


Con esta pregunta en mano, el recorrido empieza por un artefacto en el que foto y palabra conviven en pie de relativa igualdad: el fotolibro, en un arco que va desde Humanario –donde Alicia D’Amico, Sara Facio y Julio Cortázar reflexionaban sobre los cuerpos psiquiátricos “reducidos al estatuto de puro viviente” y en el que aún aparecía la literatura como firma y como dadora de legibilidad de lo fotográfico– hasta lo que califica como “el último fotolibro”: Recursos Humanos de Gabriela Liffschitz, en donde la palabra ya no explica la imagen y en donde la imagen ya no ilustra la palabra. Aquí, el discurso médico e institucional sigue operando como en el de la psiquiatría pero de la zona abandonada del loquero se pasa al propio cuerpo individual: escrutado, modelado y transformado él mismo en un “archivo a ser desclasificado por las prácticas estéticas”.


En este punto el libro inaugura una línea de reflexión sobre el estatuto de lo humano en la estética contemporánea que tiene muchos pasos –todos brillantes– y que llega hasta el final de sus páginas para especular sobre el tiempo y el futuro. Si en la obra de Gabriela Liffschitz la pregunta por lo humano se redefine por una reflexión que viene de lo femenino; en Informe sobre ectoplasma animal, de Roque Larraquy es el fantasma animal el que ejerce presión: “el animal no colabora con la máquina antropológica”, nos dice Paola. Así, desde las fotos de fantasmas del siglo XIX y las fotografías de espectros que trae el libro-dispositivo de Larraquy, el recorrido se desliza al dispositivo que inventa la fotógrafa Lucila Quieto en Arqueología de la ausencia. Es un nuevo juego: meter su propia foto en la foto de sus padres desaparecidos para estar un rato más –un entretiempo, un tercer tiempo– con su familia; un juego que como todo lo espectral roza lo macabro, pero que también le da visibilidad a lo imposible y nos conmueve hasta erizarnos la piel. La fotografía se vuelve creadora –nos dice Paola citando a Benjamin– cuando transforma incluso lo que entendemos como campo estético: “un espacio en el que las imágenes intervienen no solo vehiculizando ‘contenidos’ políticos (...) sino acelerando el pulso de su bombeo disensual”.


En el segundo capítulo, el archivo se piensa ya no como un lugar o un conjunto de cosas, sino como el motor de una práctica: una retórica que moldea la obra y una hermenéutica que nos propone un modo de leer. El artista deviene curador y el curador artista, alguien que trabaja con la “materia vibrante”, es decir, con un conjunto de entidades no humanas conectadas con su entorno o su ambiente. Comienza así una lectura en clave de los nuevos materialismos de estos archivos cuyo inicio se toma desde un título al que se le exprimirá todo su jugo: “Condición de las flores”. Santiago Porter toma el título de un libro de Mario Bellatin para desarrollar una muestra fotográfica y la condición se vuelve un procedimiento para la pregunta por la posibilidad de la literatura y de la fotografía. Así, como una suerte de imaginación transcendental –esa palabra kantiana que servía para entender lo que hace posible la experiencia y el conocimiento– Paola va desenrollando una filigrana de espejos y duplicaciones entre ambos para encontrar gestos comunes y desenredar anomalías de texturas y de encuadres en el repaso que cada uno de estos artistas hace de la propia trayectoria de obra y de vida. En el camino hacia el encuentro de un principio constructivo común, la pregunta por el deseo insiste: “¿qué quieren las flores?” Y responde: “Habría que empezar a decir que las flores quieren luz. Quieren aquello que es la condición de la imagen y de la lectura (...) Así la condición de las flores es la condición de la estética contemporánea: una práctica dedicada al cultivo, a la selección, organización y arreglo del material viviente”.


El texto se vuelve así hacia una “poética del arreglo floral” y pasa de Porter a Bellatin y de Bellatin a Graciela Iturbide para volver a Bellatin, y al libro que él escribe sobre las fotos de Iturbide. Con las fotos del baño de Frida Kahlo viaja a la tradición de la naturaleza muerta y a la de la fotografía forense para encontrar en Iturbide una sintaxis curatorial: la pierna ortopédica posa y el corsé coquetea. Ambas dejan de cumplir sus funciones primarias para mirarnos y vibrar. Escaparon al encierro del tiempo, hicieron brotar al archivo.


Pero entonces, “¿qué es observar un objeto?” Esta vez es Nicola Costantino la que responde, recuperando una tradición pictórica, fotográfica y cinematográfica e inscribiéndose borgeanamente pero en clave femenina, es decir, recreando escenas viejas y volviendo al juego infantil transformado en performance: “¿Qué tal si montamos nuevamente la lección de anatomía, [el cuadro de Rembrandt]?”, leemos en La letra en el ojo. El estatuto del artista se ha transformado, ya no es alguien que manipula un dispositivo ni que produce objetos sino experiencias de visión. La imagen médica se tecnifica y se feminiza, transformando el cadáver en cyborg y dejando a la masculinidad como un resto residual.


Sí, vivimos tiempos extraños. O más bien, nos dice Paola, forzamos la técnica y los procedimientos estéticos para extrañarlos. Por eso, si la fotografía es la experiencia que –cual ojo de Medusa– congela la temporalidad y detiene el movimiento, el último capítulo mira ciertas experiencias fotográficas contemporáneas (Pablo Ziccarello, Alejandro Chaskielberg, Andrea Ostera y Bruno Dubner) que desafían esta definición y estiran el tiempo como chicle; experiencias en las que, a través de diferentes decisiones técnicas, el tiempo de la imagen se sustrae al tiempo de la catástrofe ambiental, a la lógica productiva del capital o a la urgencia de lo digital, para entrar a un tiempo propio y acumulado que se vuelve una cosa extraña, un strange thing vintage: joven, estetizado y fantástico. Contra la instantaneidad del aleph, Paola nos dice en este último capítulo que mirar una imagen es también como acariciar un cuerpo que se desea; que la foto, a contramano de la aceleración de los tiempos que corren (y que nos corren) pide una experiencia de contacto visual que está atravesada por “correntadas de tiempo” que operan en diferentes ritmos.


Este tiempo de las fotos extrañadas y elásticas nos marca el último juego de la noche. Su par especular son las narrativas de la cienciaficciónrealidad del presente: Pedro Mairal, Juan Ignacio Pisano, Marcelo Cohen, Carlos Ríos, Rafael Pinedo, Octavia Butler, Michel Nieva,  etc.  Aquí nos visitan los tiempos venidos de otras épocas para avisarnos sobre una barbarie por venir, pero también para especular con un modo de supervivencia que no sea solo “sobrevivir por sobrevivir”. Es que hay una mutación –nos dice Paola como si nos contara un secreto– que se da no solo en lo subjetivo –un cambio de mando desde lo masculino-adulto hacia lo femenino-adolescente– sino también en lo humano: una presencia trans-mosquito-mujer que atraviesa la especie y un personaje que tiene la capacidad de salirse de sí y de sentir en carne propia los dolores físicos de los otros.


En un final especular –y también espectacular– Paola nos dice que el dolor ajeno es propio: ¿dale que lo tuyo es mío y lo mío es tuyo? ¿dale que la letra es luz y la foto es un tiempo extendido y sucesivo como el de la palabra? Es cierto, ya lo sabemos, avanzamos hacia el futuro de espaldas, pero Paola nos dice que todavía podemos inventar un mundo en el que el deseo sea más fuerte que la propiedad. Este mundo que nos promete es también el mundo de la amistad  –o así quiero pensarlo yo, que soy su amiga– en donde dice, coqueteando, que eso que hacemos desde hace tantos años que es jugar con las imágenes y las palabras, no es tan importante. No hacemos cosas, hacemos cositas (parece que la escucháramos hablar). Así, el libro de Paola Cortés Rocca le saca a la escritura sacralidad para darle, a cambio, política. Riega con preguntas sobre el deseo el territorio expansivo de lo estético y, en el camino, cambia el vocabulario y especula con algo tan adolescente y tan femenino, como inventar de nuevo el mundo. Inventarlo con arte.

Diciembre 2025 • Marzo 2026

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