Sobre:
Si alguien querría ser una tortuga & otros animales, de Mirta Rosenberg, Buenos Aires: Bajo la luna, 2026
Fue entre 2010 y 2012, posiblemente en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, aunque los recuerdos no concuerdan del todo. Algunos dicen que Mirta Rosenberg subió por sí misma al escenario con una campera de cuero negra. Otros, que entró acompañada por su hijo. En todos los testimonios el salón está lleno, no entra un alfiler. Hay poetas, escritores, docentes, estudiantes. Mirta Rosenberg comienza a leer. La mayoría concuerda con que lee varios poemas y que termina con uno en particular, desde entonces recordado como “el de la tortuga”. El aplauso es de cancha, de festival de cine, de música clásica, exaltado, eufórico, una ovación. Rosenberg cree que el reconocimiento dura más de lo debido y, mientras termina de acomodar los papeles, dice en el micrófono “déjense de joder”. Al recordar, Martín Prieto juzga que “al retirarse de aquel salón de actos, Rosenberg podría haberse retirado de la literatura y hubiera sido un glorioso final” (2023: 224). “Si alguien querría ser una tortuga”, el poema en cuestión, fue publicado un poco después, en El paisaje interior, de 2012: un secreto a voces, un hit entre poetas. Ahora vuelve como homónimo del último libro de Rosenberg, capitaneando a los otros animales.
Si alguien querría ser una tortuga
sería yo:
hacer de una sección cónica
mi propia sede prehistórica
alojada en la espina dorsal.
Ser tortuga
tiene algo de ideal:
desde joven luce arrugas
y en sentido literal
se hace mayor con los años
–a más edad
más tamaño.
Post-matrimonial,
sin lazos familiares
después de desovar,
igual a todas y cada una,
naturalmente hija de la luna,
sin embargo
no hay cisma
entre ella misma y sus lares.
Entre tantos avatares,
para mí
que estoy en mí
–puro apremio sin molicie–,
poco cuenta que sea lenta
su marcha en la superficie:
eso
me haría durar
y capaz de entrar al mar,
–que cubre dos tercios del mundo–
sabiendo que si me hundo
gano velocidad (2012: 59).
La historia de los animales de Rosenberg es tan extensa como su propia obra: ya en su segundo libro, Madam, de 1988, los peces son protagonistas del último poema. Por aquel tiempo, Rosenberg culminaba su trabajo de traducción de la poeta estadounidense Marianne Moore, junto a Hugo Padeletti, un proceso que daría lugar a El reparador de agujas de campanario y otros poemas, publicado en el Centro Editor de América Latina. En ese fascículo, aparece la traducción del poema “The Jerboa” –“El jerbo”, también recuperado en Si alguien querría ser una tortuga & otros animales–. Podría pensarse que en esa traducción (y en la lectura de Moore) está el inicio de la animalia de Rosenberg, porque lo cierto es que, a lo largo del tiempo, en traducciones realizadas para el Diario de Poesía, para sus propios libros de poemas, sean individuales o colectivos, o para blogs, los animales siempre ocuparon un lugar privilegiado en los temas de su obra y de sus lecturas. En 2006, con la publicación de El árbol de palabras, su obra reunida hasta el momento, Rosenberg inaugura una sección que se volverá fija en sus libros, titulada “Conversos”; un espacio dentro de sus obras en el que la autora traduce a otros y otras poetas. De los poemas traducidos que fueron incluidos en esa edición de 2006, al menos seis son poemas de o con animales, escritos en inglés, en la parte inferior de la hoja, por Marianne Moore, Anne Sexton, D.H. Lawrence, Denise Levertov y Ruth Fainlight, y vueltos a escribir, por encima, por Rosenberg. Tras esa sección aparece otra inédita hasta entonces, llamada “de Bestiario íntimo”; apartado todavía flaco, en el que sólo emergen dos poemas, con gato y morena de río. De ese modo, El árbol de palabras registraba un acervo de escritura y de traducción a partir de animales, que se vería engrosado unos años después en El paisaje interior, con el agregado de perros, tortuga y hiena, en el ya definitivo “Bestiario íntimo”. En el siguiente libro, quizás el más programático, titulado Cuaderno de oficio (2016) la autora declara en el poema inicial: “Por eso me gustan tanto los poemas de animales: es como prestarles voz, tratando siempre, pese a Platón (el poeta es un fingidor, Pessoa), de decir la verdad. Me gusta creer que tienen seres humanos en su interior, con sus duras almitas, su disciplina, su perverso rigor” (2016: 10). En ese doblez, en que la poeta se finge animal, subyace la idea de un correlato, de una distancia de visión en la que se vislumbra el yo. El hilo de la argumentación podría seguirse en Bichos (2017), un libro escrito a cuatro manos, en el que Rosenberg responde a los sonetos-insectos de Ezequiel Zaidenwerg. En el último texto del volumen, escribe: “El deseo en los bichos, / amigos míos, / aunque no me fío, sirve para encarnar / la historia” (2022: 46). La historia, la anécdota, una escena de deseo, aparentemente motivo del poema, se traslada a los bichos, que devienen su revés visible, el reflejo de una zona oculta en la voz. En la animalia observada y escrita, Rosenberg pareciera modular una entonación, un salto de verso, un decirse que, simultáneamente, le permite tanto “menguar el yo” (2016: 24), como proyectarlo en la imaginación. En efecto, el poema “Si alguien querría ser una tortuga” parte del condicional en primera persona. Ese deseo rápidamente da pie a una descripción infinitiva de la tortuga y de sus cualidades, por lo que la tortuga se vuelve “real” en el poema, visual, hasta reunirse nuevamente con el yo. El pasaje sucede en la estrofa final: la lentitud de la tortuga, “su disciplina, su perverso rigor”, se pliegan sobre una voz que expande su permanencia a partir del pronombre personal en “me haría durar”. De este modo, animal y sujeto conviven en el poema, en una especie de simbiosis complementaria que aloja a ambos. En 2015, Diego Alfaro Palma y Alejandro Crotto tradujeron para el número 31 de Hablar de Poesía, el ensayo “Capturar animales”, de Ted Hughes. El autor hace una analogía entre la escritura de un poema y la caza de animales, y luego entre el animal y el poema: hay cosas vivas en ellos (huesos, sangre, ritmo, palabras), que uno debe cuidar. En la escritura, el animal debe estar presente por las palabras, ostensiblemente visualizado o imaginado: “Es real para mí. Las palabras han hecho un cuerpo para él y le han dado un espacio sobre el cual caminar”. Los poemas de Rosenberg hacen un cuerpo para los animales, les abren su espacio –el verso– para que puedan vivir en ellos, toda vez que hacen un cuerpo, el material sonoro de una voz y un espacio para el yo, dispuesto siempre a la interacción, a veces más cercana, a veces más distante, a una convivencia con el bestiario, a través de la escritura propia o la de otras. Al decir ‘la de otras’, me refiero principalmente al trabajo de escribir versiones que coexisten con los poemas de manufactura personal. En ese sentido, Si alguien querría ser una tortuga & otros animales es el manifiesto en presencia de una poética. Ya no requiere, como en Cuaderno de oficio, de la declaración, del pensamiento recursivo sobre la práctica articulada de traducir y escribir, sino que, en su sola puesta en acto, la práctica queda demostrada, sin necesidad de argumentarse. Incluso cabría pensar que hay tres vías para los animales en el libro: la del poema en inglés, la del poema traducido del inglés al español, y la del poema en español. En el segundo canal pareciera articularse el puente, el entremedio, la sinergia entre la primera y la tercera vía, porque ahí es donde se encuentran las voces de las poetas traducidas y la de la poeta-traductora. En esa articulación entre poemas traducidos y poemas escritos dentro del libro, en su conversación, se condensa y agudiza, como en un instante borgeano, lo que la poesía de Rosenberg expresa desde sus inicios. Si alguien querría ser una tortuga produce el último movimiento de esa trayectoria: si Rosenberg dedicaba, desde El árbol de palabras, un apartado, “Conversos”, a las traducciones dentro de sus libros, acá esa segmentación ya no es necesaria, porque pedagógicamente poemas y versiones comparten espacio, y los animales propios y los de otras poetas viven dentro de la misma casa.
Este volumen fue preparado durante el año 2014 para una convocatoria del entonces Ministerio de Educación de la Nación. Al no formar parte de la selección final, fue publicado como novedad para la última Feria de Editores, de 2026. En sí mismo, constituye una novedad dentro de la obra de Rosenberg, porque recupera algunas versiones hasta ahora ausentes en libros. De las traducciones parcialmente publicadas con anterioridad, los limericks de Edward Lear requieren un comentario aparte, porque en sus versiones Rosenberg produce lo que había subrayado en Walter Benjamin y escrito en Cuaderno de oficio: “traducir la intención” (2016: 27). Basta ver los poemas en inglés y los poemas en español, en espejo, para observar que las rimas, propias del limerick en tanto soporte, conducen a una comicidad por desplazamiento: así la “Young Lady of Hull” se transforma en “una señorita de General Sarmiento” y el “Old Man of the Dee”, en “un viejo señor de Bragado” (2026: 63, 69). La tentativa de replicar la rima fuerza una traslación geográfica, que potencia la apropiación en términos locales. Finalmente, entre los textos inéditos, el editor Miguel Balaguer decidió sumar un poema al manuscrito original de 2014, un texto que opera como un unificador de sentido, que posibilita que la poesía de Rosenberg cumpla con su antigua promesa: “Mi maestro se llama Hugo, ahora, dentro / de unas horas o de doscientos años” (2006: 124), escribía la autora en Teoría sentimental, de 1994. Me refiero al poema “La urraca”, en el que vuelve a reconocerse a Hugo Padeletti como mentor. De esta manera, la obra de Rosenberg traza un círculo, en la medida en que, si uno puede ver, en los primeros poemas de su primer libro, Pasajes (1984), no sólo el epígrafe de Padeletti, que vuelve explícito el elogio, sino también una similitud entre sus poéticas en el encantamiento por la rima y en la caja visual de los poemas, en este libro el reconocimiento está afinado en una poesía ya consolidada, con un ritmo y un léxico propios.
Para terminar, hagamos una última retrospectiva sobre la tarea de la traducción en Mirta Rosenberg. En el número 65 del Diario de Poesía, de 2003, la autora traduce junto a Daniel Samoilovich varios poemas del poeta inglés D. H. Lawrence, entre ellos, el poema “Tortoise family connections”. Mirta Rosenberg incluirá esa versión con modificaciones en el apartado “Conversos”, de su obra reunida de 2006 –y también ahora, en Si alguien querría ser una tortuga–. En el número 80 del Diario de Poesía, de 2010, D.H. Lawrence vuelve a ser traducido por Rosenberg y Samoilovich que, entre otros, versionan el poema “Baby tortoise” (no rescatado en este último libro). Temáticamente estos dos poemas de Lawrence hacen hincapié en el desove, en el carácter solitario de las tortugas desde el nacimiento, en la incapacidad de las tortugas para generar lazos familiares, su indiferencia con sus hermanas, su lentitud premeditada y su autonomía para vivir en sí mismas, en su “pequeña casa redonda en medio del caos” (2010: 15). Volvamos al inicio de esta reseña: el poema “Si alguien querría ser una tortuga” se escribe con los poemas de Lawrence, pero puntúa su diferencia. No asimila el pulso de un inicio, de un nacimiento, no. En su lugar, escribe el desenlace, el “glorioso final” de la obra y de la vida de una poeta que, en sus últimos años, enlenteció su marcha en la superficie y la sumergió en la escritura. El poema se transforma, desde la traducción y apropiación de Lawrence, en escritura de lo que vendrá, de la lentitud y también del arte de perder. La animalia de Rosenberg, como ella misma, como su iniciativa de traducir, sabe que, aunque perdida, está ganada: las palabras las sostienen. La traducción abre la escritura, la vuelve posible, a la vez que la escritura prolonga los poemas traducidos, les da una sobrevida y los hace permanecer en la cultura (esto es: en las páginas o en el oído), vueltos a decir. En el proceso de escritura y traducción, en las tardes en las que Rosenberg se sentaba frente a su mesa, su “fiesta de solteras” (2006: 141), es difícil saber qué vino antes, qué vino después. Como preguntarse qué fue primero: el huevo o la tortuga.
Agosto . Octubre 2026

