Sobre:
Quién tiene mi hambre ahora, de Gabo Ferro, Buenos Aires: Costurera Carpintero, 2025
En paralelo al montaje de Su reflejo es el lobo del hombre, disco editado en 2019, Gabo Ferro escribió su segundo libro de poemas, que complementaba y expandía ese mismo universo. En un vivo en Instagram, lo leyó durante el periodo más estricto de la cuarentena por la pandemia de Covid-19; desde allí, esa serie de poemas llevaba el título de Quién tiene mi hambre ahora. El 27 de marzo de 2020, entonces, leyó los 12 poemas (número cabalístico, por cierto, que no solía romper en el armado de sus discos, salvo alguna que otra excepción) sobre “el amor, pero no sobre el momento en que el amor se está conformando”, explicaba allí, “sino en el primer momento, en el primer gesto, en el territorio donde uno ve que ese amor, esa idea –es mi caso, particularmente, conformación de una familia– empieza a craquearse, en ese primer momento quise detenerme para escribir estos doce episodios”. Podríamos imaginar esta serie, entonces, como la antesala de su disco de 2008, Amar, temer, partir, su spin-off. El territorio de la escritura sería el del monólogo, donde el yo piensa, pregunta, se pregunta, trata de entender algo del todo, se encuentra en flotación.

Esa sería una de sus últimas intervenciones públicas. El tesoro de los doce poemas inéditos quedaría guardado durante algunos años, hasta que Celia Coido pudiera editarlo y devolverle la luz, en 2025, en formato de un pequeño libro, librito (según lo llamó él en su presentación) de esos que, decía Tamara Kamenszain, se pierden en los anaqueles y guardan la potencia de la poesía. Bellamente editado, con dos formatos diferentes, tapa dura entelada (edición numerada y sólo disponible en librerías independientes) y tapa blanda, ilustrado por Panco Sassano y diseñado –como varios otros trabajos anteriores de Gabo– por Laura Varsky, la materialidad del libro cerraba la deuda de completar las obras de Gabo.
El hambre del título recorrió todo el trabajo de Gabo. Allí está “Tu amor es como el hambre”, por ejemplo, canción de Mañana no debe seguir siendo esto, de 2007, donde un amor se lo devora todo a su paso, pasado y presente, un amor celoso, acaparador, sin concesiones, lujurioso, un amor total que anhela ser un mundo, un amor que no conoce límites, que los desconoce y quiere, como una máquina de guerra, borrarlos; o “Hasta tu hambre”, del ya mencionado Su reflejo es el lobo del hombre, de 2019, en que sed y hambre, dos estados extremos de la falta o el vacío, que nublan los sentidos y el discernimiento, que exacerban el deseo y la voracidad para su saciedad, se conjugan: la sed de uno y el hambre del otro forman una extraña pareja que no parece terminar bien. Allí está, también, El hambre y las ganas de comer, el disco hecho en conjunto con Pablo Ramos de 2010 (y que el escritor reformularía 15 años después en El hambre y el Arcángel, libro que recupera la intimidad de la creación de aquel disco, en la ausencia del otro). Y está, también, en el trasfondo de “Solcito lindo”, de La aguja tras la máscara, de 2011, como el enemigo a combatir desde el estómago de un niño, inicio del reclamo al astro por la madurez de la fruta.
Los versos son breves, cortando así el barroquismo de la frase presente en sus canciones, entrecortando a veces el verso, encabalgándolo en otros. Y quizás allí esté la particularidad del texto, en esta otra modulación de la voz, en este quiebre de la dicción, que lo alejan de la canción. Los motivos, su materia, sí, son los mismos o similares: la guerra, el amor, la sangre, la interpelación al otro, las preguntas que resuenan, las sinestesias inéditas pero certeras, el juego con el sonido de las palabras, allí donde una permutación descubre un sentido, una asociación inesperada. En la mariposa de “Vapores menguantes”, así, recordamos aquella otra tan próxima de “Cuando se vuela”. Y así también con el lobo, el trueno, Narciso y su reflejo en el agua, el puñal, la fruta, el río, el jinete. Es un monólogo, un ir y venir del pensamiento en voz alta. Estos poemas grabados en el papel reclaman su voz, la puesta en voz de aquel día de marzo de 2020, porque en su dicción aparece una puesta en escena, la del sentido, la del cuerpo, que lee y dice, la de la situación de lectura. En aquella lectura, Gabo reclamaba para la poesía la labor que ejercía, según quedaba impreso en sus primeros cds, y según definía también su trabajo con la historia, del intérprete. Gabo interpretaba el texto, en el sentido de darle voz, sí, pero también, en el sentido de, al prestarle la voz, desenterrar de las palabras un sentido.
El amor desdeña la calma como mera sustitución de una forma de ser, como poda, el amor aquí es furia, huracán. El amor, que se resguarda frente al daño que se adivina en la diferencia de las intensidades, se define y se posiciona como propio en tanto parte de un saber, el propio, una gnoseología: “No es que entienda el amor como lo entiendo, / es que entiendo el amor como lo sé”, leemos en el cuarto poema, “Encarna la matanza”. Encarnado, también, lo aprendido, ese saber es parte del cuerpo. Como protección, la reafirmación de una idea del Bien, parámetro primero y único de justicia y autodefensa, que no se cuenta: se sabe. El amante, el que espera, el que está ahí, se pregunta, una y otra vez, por qué pide, qué pide al que le pide, por qué sigue pidiendo. Constatamos: es el mundo de Gabo, estamos dentro de su universo.
Aquella lectura de Instagram, efímera en su esencia, fue grabada, guardada, salvada, archivada. Y hoy se puede encontrar en YouTube, rompiendo lo efímero en pos de otra duración. A partir de allí, el recuerdo de la dicción se vuelve certeza y el libro editado se vuelve partitura de lo leído por el propio autor o, mejor, intérprete. Alguna palabra fue modificada, un “otoño” se transforma en “verano”, un “yo” se vuelve tácito, una negación acentuada se reduce, una repetición se amortigua. La poesía y el ritmo. Nos queda la materialidad hermosa de este pequeño gesto, que no quiere cerrar nada ni ser la última palabra, sino el reinicio o la reapertura de un eco, que toca zonas de su poética, de su obra, y las amplifica, las alumbra, las oscurece.
En un texto presentación inédito del texto, que hoy se puede leer en el sitio web del artista, Gabo definía Quién tiene mi hambre ahora como “un libro con doce poemas escritos” y no es gratuito el adjetivo: poesía escrita. Poesía escrita esa que ya había sido interpretada, entonces, en aquel vivo de Instagram. Poesía escrita, también, que funciona como registro de una investigación acerca de “ese punto brevísimo pero profundo en el tiempo, donde comienza a derrumbarse una fundación amorosa”. El punto negro al que Barthes le dedicara una escena en sus Fragmentos de un discurso amoroso reaparece, de algún modo, aquí, en este escenario confuso, de confusión, de derrumbe, de muchas preguntas sin respuestas, que se espejan una en la otra, evadiendo la respuesta, a no ser en la génesis de otra pregunta. Poesía escrita que quiere ser también la “probable Constitución de un país de un solo habitante testigo de lo que se quiebra”, de alguien que está solo y piensa, reflexiona, imagina, ordena, en ese su paisito de las últimas cosas.
Agosto • Octubre 2026

