Sobre:
Abecedario y otros poemas, de RoMu, Buenos Aires/Santiago de Chile: Mawa, 2026.
«De RoMu, habita Buenos Aires y no hay mucho más que decir», afirma la contratapa de Parkours (2025) a propósito del autor, en una declaración apenas soterrada de amor por la urbe. En los tercetos de aquel libro la ciudad es la camisa de once varas que encarna nuestro modo de vida imperial, el lenguaje cotidiano con el que construimos esa prisión, pero también nuestro adorado patio de juegos. Sin duda, hay en los versos de RoMu un gracioso sentido de la urgencia por la crisis climática, pero la metáfora del parkour igualmente nos dice: la poesía es la gran burladora, la acróbata que sortea los accidentes de estos paisajes nuevos. «Dicen que, tan venida a menos, ya no cortas ni pinchas:/ pero yo sé que, nocturna, vas haciendo parkour/ sobre las ciudades muertas de nuestras frases hechas».
Una tercera opción a las propuestas por Walter Benjamin en el ensayito «Porcelana china» de Dirección única: «La fuerza de la carretera varía según se la recorra a pie o se la sobrevuele en aeroplano. Así también, la fuerza de un texto varía según sea leído o copiado». Ya no volar y entregarse al propio designio indeterminando el camino, ni caminar para que la ruta te guie, sino saltar, rodar, trepar, correr, que el cuerpo se luzca en su fricción con el mandato de la física y los materiales. Y bien, ¿qué supone entonces saltar de letra en letra, colgarse de una buena te para saltar al arco incierto de una e, sin resbalar en el proceso y caer de espaldas a una puntuda A? Quizás supone el hacer del dominio textual (y su extensión hacia el modo de vida) una oportunidad para el desafío lúdico y la exageración. Que la lectura convierta al lector en un acróbata, y que quien habite la ciudad pueda usarla como un trampolín para salir de ella, verla desde arriba o moverse de manera gratuita en algún aire.
Creo que en Abecedario y otros poemas (2026), el nuevo libro de RoMu publicado por editorial Mawa, se consolida lo que en Parkours aparecía de manera incipiente: una inquietud lúdica sobre las herramientas de la propia expresión lingüística. Si en Parkours se abordaba la poesía, en Abecedario… se ejercita un zoom in a la letra misma hasta la recuperación de su esencia pictórica. Otra obra paradigmática sobre el sistema de escritura es Alfabeto de Inger Christensen, cuyo principio constructivo se rige tanto por la secuencia de Fibonacci como por el orden alfabético en sí. Ese Alfabeto, en traducción de Francisco J. Uriz, nos habla de proliferación bajo la regla sutil de la creación natural. El alfabeto de Christensen parece hermanarse con el código genético, en tanto la múltiple realidad emerge desde el vínculo armónico de un puñado de unidades discretas. Uno puede ver cómo el poema de Christensen crece y se desarrolla a medida que leemos, como una revelación fractal.
El abecedario de RoMu, en cambio, está más bien asociado a los silabarios y a la mirada absorta del infante que termina por recuperar, por pura curiosidad, el principio que hermana escritura y dibujo. En este sentido, es un alfabeto histórico y técnico. Abecedario es en realidad dos libros: «Abecedario», sección en que se dedica un poema a cada letra; y «Caminata», una suerte de catábasis de una familia compuesta por padre, madre y seis hermanos. Los seguimos en una marcha a través de, cómo no, ruinas y muertos. Pero también palabras de sabiduría extraña y cornucopia de prodigios visuales.
Esta estructura bimembre se sostiene en la apreciación por lo serial, ya sea en el sistema de escritura o en la caminata itinerante. Las secciones prestan atención a lo sucesivo, a los hitos de un viaje o a los elementos de orden arbitrario sobre los cuales hemos organizado nuestra expresión escrita. El tono se distingue por cuánto se escancia de juego y elegía en cada sección. «Abecedario» es una serie con una tendencia hacia el humor y la fantasía. Atendamos a la primera estrofa de «D y E»:
Un, dos, tres, probando:
D y E corretean juntas,
a las risotadas, tan rápido
que un gato primerizo, excitado por sus carreras,
parece un director de orquesta
tratando de darle cachetazos a una polilla
que se le viene encima
sinfonía tras sinfonía,
concierto tras concierto,
temporada tras temporada,
teatro tras teatro,
mataplagas tras mataplagas;
sin éxito ninguno.
En los poemas de «Abacedario» se recuperan no solo las palabras que cada letra ayuda a conformar, sino una cierta independencia de imágenes y motivos, hasta que las letras corren, literalmente, a través del poema. Hay una falta de solemnidad que podemos rastrear hasta Nicanor Parra, o las fantasías narrativas y visuales de Diego Maquieira. También, en su cariño por la precisión y la écfrasis (cada poema de la serie es, en el fondo, una écfrasis alucinada) hallamos a Gonzalo Millán. En los tres ascendentes posibles también existe el derrotero visual —Parra y sus Artefactos; El Annapurna, de Maquieira; el Archivo Zonaglo, de Millán—.
Y sabemos que RoMu es, además de escritor, un dibujante de talento. En muchos de los poemas, se opta por la imagen metamorfoseada; véase «J», por ejemplo: «Orgullosa de saberse un corno de juguete,/ un anzuelo con su media flecha roma,/ un tulipán instantáneo y algo bruto». Sería un peligro la sobreexplotación del procedimiento, o que en cada caso la letra comunicara su forma y ampliaciones de su forma. Pero hay derivas desconcertantes, como en esta la primera estrofa de «O»:
Nunca te dijeron que el mundo es una bolsa de vientos,
así como el gran océano
es un boscaje de aguas,
y el camino hacia el centro de la Tierra
una colección de salones de baile
cada vez más aplastados.
De modo que «Abecedario» no pierde su sentido de aventura. La arbitrariedad entre las letras y lo que termina siendo el poema conforma un glorioso non sequitur. Por otro lado, los poemas sin título de «Caminata» tampoco se limitan en su imaginación. Pero alrededor de esta ruta emprendida por Padre, Madre, Xei, Mochila de hueso, Deca, Gon, Dimena, y el narrador, se advierte una tragedia. Asistimos a una suerte de road trip mortuorio, donde la familia apenas y aguanta los embates de la memoria torcida, y de una decadencia total de las perspectivas:
A las estampas
también les gusta cantar.
Nosotros las silenciamos.
Sus voces, fantasmas
de muertos no muertos jamás,
no conocen los dolores
que describen.
Vuelve a aparecer la estampa como un principio verbal-pictórico que construye el poema desde la imagen más que desde la idea. A esto se añade el poema narrativo, la sugerencia de cierto arco dramático que moviliza al grupo familiar. Hay personajes, hay acciones y diálogos. Así, el libro puede vincularse a otros ejemplos notables dentro de la poesía narrativa contemporánea, como el Mike Wilson de Ártico (2017), o la Muerte en la rúa Augusta (2009) de Tedi López Mills. Aunque el relato no es lineal, sí resulta transparente en cuanto a la zozobra que implica el viaje y el periplo formativo de la familia, unida apenas por la inclemencia de todo cuanto los rodea:
En ocasiones, sentados los ocho,
esperando alguna resolución
o cobijados de las lluvias,
nos sentimos solos.
La calle cree que ha domado al Tiempo, y
produce caricaturas de todo
con las que picanea a los caminantes.
«Caminata» sabe que el viaje supone una enseñanza, y se lo pregunta: «¿Qué es lo que he aprendido en esta caminata?/ Que el corazón es una tienda de las especias que se consiguen en el mundo». La respuesta no es reconfortante: los poemas nos encaminan a una disolución inevitable. En la arbitrariedad de las caricaturas articuladas en esta bitácora peregrina hallamos una proliferación que no es ajena a cierta poesía contemporánea. Están los experimentos combinatorios de un Mario Verdugo, o el surrealismo amable de una Mary Ruefle. Pero a veces leemos en esas pericias técnicas cierto cinismo de los afectos. «Caminata» está atravesada por un temblor frente al tiempo y a la muerte:
Es un momento.
Te distraes al buscar algo para alimentar al gato, y parten sin ti.
Era hora.
La de un día como cualquier otro.
Un día desconocido,
como todos los que salen, a tu pedido, de la quieta y mansa
infección del Tiempo.
Abecedario hace sentido como libro doble. En su primera encarnación, el libro es la capacidad fantástica de mirar hasta la transformación, de intervenir en los elementos más primarios de la escritura para volver a aprender de su tecnología, su coacción temprana. Pero la caravana de la escritura convoca a esa otra caravana que es la marcha inexorable a través del tiempo. Es una metáfora indicada por la similitud visual que apunta por ambos extremos a las vicisitudes de la formación. Poemas sobre la infancia. Las letras aprendidas son la gramática de la familia en su viaje hacia la nada. Vuelve a hacer sentido el contraste con Parkours, donde la poesía, cuestionada, al menos salta por encima de los obstáculos. En Abecedario y otros poemas, letras y viajeros están entregados al dominio del texto y del tiempo, a su sintaxis dolorosa.
Agosto • Octubre 2026

