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Agosto • Octubre 2026

Matías Moscardi

Agosto • Octubre 2026

Sobre:

Antisinapsis, de Santiago Pontoni, Bahía Blanca: Vox/Lux, 2026

Antisinapsis es el nuevo libro del poeta, recitador y músico santafesino Santiago Pontoni. Digo “poeta, recitador y músico” no por hacer un despliegue de las habilidades artísticas del autor sino porque, precisamente, estas tres líneas –la poesía, la recitación y la música– son las perillas de ecualización que modulan el sonido tan particular de su poesía.

 

Para quienes jamás hayan escuchado a Santiago Pontoni en vivo, déjenme contarles brevemente de qué se trata. Por empezar, Pontoni recita sus poemas de memoria con un tono en el que resuena un vago eco de la melosa declamación tradicional, casi como si se tratara del monólogo dramático de un Hamlet del litoral pasado de birra y faso, que sostiene en alto, sobre la palma abierta de su mano, la calavera del bufón transformada, ahora, en una chopera craneal. Sin embargo, pronto advertimos que el contenido de sus poemas contrasta con dicha entonación ligeramente anquilosada tanto como un puñado de moscas soreteras girando alrededor de fino caviar. El resultado: carcajadas, risas, efecto paródico, humor. Si hacen clic acá obtendrán una buena muestra de lo que les digo. Otro dato que no es menor ni anecdótico: Santiago Pontoni formó parte de la banda de metal extremo Necrocadaveric Vomit, que también pueden ver y escuchar en acción acá. En muchos de sus recitales, la banda solía hacer una pausa para que el mismísimo Pontoni, al estilo de un entremés demencial, se descolgara la guitarra y se pusiera a recitar poesía frente al micrófono, por lo general enfundado en extravagantes disfraces, frente a un público difícil, controversial, más acostumbrado a los gritos guturales sobre la base de una distorsión corrosiva que a la melódica arpa de las musas.

 

Ahora sí, ya están listos para entrar de lleno en Antisinapsis. El primer poema se llama “Impulsos destructivos primarios” y dice así:

 

Como pizza fría de parado

con la puerta de la heladera abierta

 

Recién llegué en pedo,

los cocoteros psicológicos danzando,

de a uno caen los frutos

que se pudren al paso del tiempo.

Qué lija tengo luego de reci hardcore,

meta birra-pogo-faso

hasta las 5 de la mañana,

entrar a casa y que no hay

ni un porrón criogenizado

en el fondo del congelador. A la par mía

larvas saurópodas mastican

el circuito de un pedal de dístor

abierto encima de la frutera. Grillos,

adherentes al psycho-trón del verano,

impactan las zarpas

contra la ventana del balcón.

Desfilan nazaríes, aquella secta ismaelita

consumidora de hachís

que mutilaba reyes, militares, ejecutivos

mientras en el inodoro auditivo aún me reflotan

riffs machacosos que hace un rato escuché

y me voy a dormir plancha

fiel a mí mismo, sin dejar de odiar

cada rastro de genuflexión política

ahora y siempre

a más no poder.

 

Como pueden ver, Antisinapsis empieza a las cinco de la mañana, con la típica lija posrecital: hambre y sueño en un viaje al fin de la noche fisura. ¿Qué queda después de todo? Restos: “en el inodoro auditivo aun me reflotan/ riffs machacosos que hace un rato escuché”. De entrada, tenemos una figuración del oído como inodoro reverberante: el agujero donde va a parar el abono para que crezca el poema. Se sabe: sin inodoro no hay cultura. Basta con revisar la Historia de la mierda, de Dominique Laporte, para entender el lugar fundamental del inodoro en la construcción de las ciudades modernas. Se abre una pregunta: ¿el oído funcionará en Pontoni como dispositivo que procesa los desechos de tradiciones poéticas, literarias, filosóficas, cinematográficas y musicales, para hacer crecer, en ese híbrido pantano cloacal, la flor radioactiva y mutante del poema?

 

Más adelante nos encontramos, por ejemplo, con “el auricular telefónico del bidet”. Queda montado, así, un posible circuito compositivo: el poeta escucha las porquerías del mundo y, por medio de un proceso de reciclado alquímico-poético, que consiste en una refinada elaboración de lustre métrico, sonoro y rítmico, estas mismas porquerías se transforman en el humus del verso. Por eso, lejos de todo coloquialismo conformista, lejos de cualquier tonito amable y comunicativo, Pontoni siempre hará pivotear el poema entre un agreste “sánguche de fideos con mayonesa” y unos “rostros pareidólicos de mentores brujeriles”, o entre un escatológico “moco con sangre” y “una catanga hedionda de cutícula negrirrubia”, por poner un par de ejemplos al azar que, en sus manifiestos contrapuntos, vuelven audibles esos dos fantasmas sonoros que conviven en esta casa embrujada. Tal es la firma, la huella digital de la poesía de Pontoni: una afinación prosaica del verso zurcida en bucle con constantes saltos de púa hacia una sonoridad barroca epidérmica –porque en los cimientos, en los huesos, músculos y tendones del poema, Pontoni jamás osaría sacrificar el nervio del sentido–.

 

Por supuesto, todo lo anterior hace sistema con el título del libro. La sinapsis es, precisamente, el proceso de conexión y comunicación entre las neuronas, lo que permite el funcionamiento integral del sistema nervioso. “Antisinapsis” será, entonces, lo opuesto: aquello que interrumpe el flujo, lo que cercena toda continuidad, lo que complica o estorba cualquier sucesión, aquello que funciona como obstáculo o tope de una comunicación directa. Antisinapsis podría leerse, incluso, como un libro harto de los poemas en los que el lenguaje vuelve a estar, después de la batalla perdida de las vanguardias históricas y del posestructuralismo, al servicio de las ideas y de la representación, poemas hipercontrolados por una voluntad de significación teledirigida: “Cero, cero poesía,/ ni la saraseada de la crítica/ni versos caretocráticos/ en torno al acto de escribir: te aburren,/ preferís leer El Retorno de los Brujos/ o el Templo de Set/ de Michael Aquino”. Las artes oscuras son la salida que encuentra el poeta a las embolantes tendencias de la época: el poema no vive lejos del hechizo, la poesía es vecina de la magia negra, el verso como cosa de mandinga. Por eso, en este libro se van a encontrar con un remix de tradiciones que, antes de Pontoni, parecían imposibles de cruzar: el objetivismo mezclado con el ocultismo, el neobarroco pero en clave maldita, Iorio cruzado con Lovecraft, Ricky Espinosa y Aleister Crowley. Resultado: un objetivismo esotérico-metalero en clave de cine de terror, un neobarroco de ciencia ficción, birrero, punk y místico. Corrientes poéticas que Pontoni parece fundar y demoler con cada uno de los poemas de Antisinapsis: Objesoterismo y Neobahorror.

 

Una naranja rueda hacia mis patas

en esta franja de la mátrix: no la alzo,

me parpadea el ojo pandimensional del cerebro,

no aplica estar 70 días viendo

cómo se pudre como un pelotudo.

 

Pontoni vuelve acá a la famosa “Corrupción de la naranja”, de Darío Cantón, uno de los panteones de la poesía objetivista argentina, para impugnar la ideología de la observación paciente. Ya no hay tiempo para nada, menos para mirar una cosa hasta pulverizarse los ojos: vive rápido, muere joven y deja un hermoso poema. Si tenemos la suerte de contar con algo de tiempo, mejor invertirlo en las palabras, no en la observación.

 

Pero ¿cómo exorcizar el método del poema objetivo? Esta es la función precisa de las experiencias paranormales y psicotrópicas presentes en Antisinapsis, el recurso al ritual de la percepción alterada, a la consultoría de la ouija y, si es necesario, al pacto con el diablo: todo el imaginario del ocultismo, del satanismo, de la psicodelia, del cine de terror y de la ciencia ficción vienen, casi con urgencia, a sobreimprimir sobre la más mínima percepción cotidiana objetiva su manto de lisérgica penumbra. Como si la carretilla roja de William Carlos Williams tuviera tentáculos circulares en lugar de ruedas, gallinas blancas con un solo ojo, lluvia radioactiva. Si hay basura –otro tópico objetivista– Pontoni la convierte en “chernobyliosa basura”. Un pedo macuco en el incendiario verano santafesino es monoteísta, su único dios se llama “Howard Phillip Beercraft”: “A medida que vamos  tomando/ mi cabeza de cefalópodo muta/ en nuevas formas criptozoológicas.” El poeta ya ni siquiera se emborracha: se transforma en un monstruo viscoso y amorfo. Bajo el lente antisináptico de Pontoni todo lo normal es siempre paranormal, lo real está hecho de una irrealidad nuclear. La poesía de Pontoni se parece, en este sentido, a los lentes 3D con los que jugábamos en los 90: hacen emerger los relieves insospechados de las imágenes. Nada de la experiencia mundana es nombrado de manera mundana. Por el contrario, todo es traducido a un lenguaje inventado por el propio Pontoni, un lenguaje hecho de los restos de tradiciones divergentes e inconciliables:   

 

Vuelvo por la General López

medio necrótico, viudo, gigoló, prostituto, rengo,

o dicho en sincrético:

zombifical, misantrópical, desmandado, gongo.

 

Ya no hay lugar para el cristianismo místico de Viel Temperley ni para el budismo zen de Fabián Casas: es el oscurantismo, el gore, la ciencia ficción más trash, incluso las fake news, los shit posting, la basura cibernética, los restos que componen una imagen fiel del mundo. Si Santiago Pontoni es una de las voces más originales de la poesía argentina actual, es porque logra una hazaña que parecía imposible hoy: inventar un lenguaje, sonar como solo él puede hacerlo, con versos ingoogleables como “androide-interbarrial-cinético-cibernético”. El efecto de lectura de Antisinapsis es el de estar ante un lenguaje nunca antes escuchado, completamente singular. ¿No es esa la única demanda que podemos hacerle a la poesía? “En lenguaje enoquiano/ maldigo fotos de mercenarios/ que se venden a la moda de turno”. Pontoni no transa con ninguna moda poética ni literaria, no hace concesiones: inventa la suya como un Frankenstein hecho de todo lo que leyó y escuchó, de todo lo que vivió y recuerda.

 

Una última cosa: junto a un montón de poemas que arrancan con dos versos en presente (“Miro cortometrajes de Kenneth Anger/ medio en pedo y sin finanzas en la cama”; “Cago con la puerta del baño abierta/ y el turbo al mango en el verano.”; “Tomo cerveza tibia de barrica/ con el estómago vacío”), poemas que transpiran el sudor beligerante del verano santafesino, situados invariablemente en un presente que solo se vuelve soportable gracias al elixir infinito de lisos más livianos que jugo de manzana, un presente precarizado por la crisis económica y la falta de fondos, que solo tiene como meta una humilde supervivencia, junto a esos poemas se intercalan otros muy distintos.

 

Son los poemas del pasado, los poemas reminiscentes, tramados con la voz de alguien que fue niño y se hizo adolescente durante el menemismo. Poemas como “Dyno Blast”, “El Espigón” o “Caín Rex Sinister” hablan de esos recuerdos.

 

Despegar hacia otros planos

en bici Dyno Blast de los ’90

 

Me la regalaron la abuela Lucy y el Roli

cuando cumplí 9 en la casa Maipú.

La conservo apta,

baño de cromo aislante,

sin lastimaduras,

pese a las plagas y lluvias

que soportó durante años

en el patio.

 

Acá Pontoni vuelve a hacer, por segunda vez en este libro, otra cosa que parecía imposible: redefine todo el espectro de la llamada “poesía de los 90”, porque en su caso ya no se trata de la poesía de jóvenes que vivieron aquella época neoliberal como adultos militantes de la contracultura. La “poesía de los 90” es, en Antisinapsis, la poesía que habita en los inolvidables apretacordones de las Tortugas Ninja, en el muñeco de Goro, en toboganes gigantes y alfombras mágicas de arpillera, la poesía de la bici cross con pedalines, una poesía hecha con la celulosa del VHS y del casete, la que habita en los efectos especiales del Ejército de las Tinieblas y los Rostros de la muerte, la de los comics satinados del Cazador, en definitiva: la poesía de la correa que sostuvo, por mucho tiempo, al perro de nuestra infancia.

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