Sobre:
Museo del corazón del kamikaze, de Fernanda Mugica, Rosario, nutrias espaciales, 2024.
Museo del corazón del kamikaze
Hay algo desesperante en el título del libro de Fernanda Mugica, que creo que no podría terminar de explicar pero intentaré de todos modos. Diría que es un título que promete sentido, pero luego lo retacea. “Museo”, “corazón” y “kamikaze” son tres palabras de tal densidad, que una de ellas, o incluso la combinación de dos, bastaría para titular con contundencia. ¿En qué sentido es un museo, en el sentido de la preservación o en el de la exhibición, la galería? ¿El libro es un museo? ¿El poema? ¿El corazón es un museo? Y luego: ¿museo del corazón, a la forma del naturalista o a la forma del poeta? E incluso, antes: ¿el museo es sobre el corazón o está en el corazón? ¿Quién es el kamikaze? ¿Es un kamikaze cualquiera? ¿Es el kamikaze que somos todxs, en un mundo que parece todo el tiempo pedir la inmolación en pos del objetivo? ¿Hay algo en relación a Macedonio, además del guiño a su Museo de la novela de la Eterna?
En la poesía de Mugica, la sintaxis engaña. Ya desde el título, donde la preposición “de” es una simple preposición, pero que en lugar de revelar pertenencia, oculta, disimula, confunde. “Museo del corazón del kamikaze”: ¿qué del qué? ¿Qué del quién? ¿Dónde? En algún sentido el libro podría llamarse Museo y corazón y kamikaze, la preposición transformada en conjunción. Algo similar ocurre en los poemas, por ejemplo con la conjunción “y”, que aparece recurrentemente atando unos versos a otros, conectando con puntada aparente lo que está apenas yuxtapuesto, deliberadamente desarticulado por fuera de esa leve costura.
carteles de publicidad
de pie como historias que contamos
para sentir que hay algo
un jabalí, un rinoceronte
cualquier paquidermo en la ciudad
total confiar en nadie
y hace tiempo te echaste
al lado de la ruta
¿Cuál es la función de esa “y”? ¿Qué pasa con los poemas que empiezan con “y”? ¿De dónde vienen? No podemos responder esas preguntas, pero sí describir su efecto, creo. Describir esa sensación de que de donde vino ese verso hay más, la sensación del montaje de fragmentos en ocasiones, del inicio in media res. Pero también del desinterés por una sintaxis acomodada, la voluntad de mostrar la costura. El mismo poema antes citado, “Ahora no”, dice más adelante: “podés decir / te odio / en varios niveles / a altos decibeles / podés de cara a / y a caballo entre”, como si decir fuera insertar opciones, yuxtaponer piezas intercambiables entre sí, unidas por la conjunción más neutra de todas: “y”. La Y puede potencialmente expresar relaciones consecutivas o adversativas, pero en principio sólo pone una cosa al lado de la otra.
Mientras se acerca el final
¿Y si se tratara de un museo del presente, del corazón como estado de situación, y para la posteridad? Me permito una escena de lectura: es domingo. La tarde se despide preciosa y yo leo en voz alta los poemas de este libro mientras mi novio reposa en una hamaca paraguaya colgada en un patio muy lejos del centro y del ruido de la ciudad. Escuchamos a los pájaros organizar la retirada, los vemos volar de una copa a otra de los árboles. Ese patio, esa hamaca paraguaya parecen el último bastión de defensa contra el lunes. Leo “Muere por día una mujer y ½” y me asalta la idea de que Fernanda Mugica es una corresponsal desde el fin del mundo, o un sismógrafo graficando en tiempo real el derrumbe. Un electrocardiógrafo en el declive, pienso al leer en “¿Otra vez en la ruta?”: “nada va a romperte de un golpe el corazón / más bien de a poco, hora de bajar: / es un animal que agoniza”.
El final de las cosas aparece como idea recurrente en los poemas de Museo del corazón del kamikaze. En principio, la figura del kamikaze comporta un sentido final en sí misma: el kamikaze exitoso muere necesariamente. Pero además los poemas están regados de finales, de partidas o distancias: “a veces repetimos las palabras / para sentir que vuelven / pero los días no / y ojalá los recordáramos con alegría”, leemos en “diestra en cosas del mundo”, y “hay una luz hermosa en mar del plata / como si estuviera por extinguirse” en “a mar del plata”. La idea de extinción aparece en varios poemas del libro, y es lo que connota, creo, una idea de final global, compartido. De ahí la tentación de hablar de una corresponsal del fin del mundo. De que en los poemas de Mugica las cosas no se terminan para ese yo del poema solamente, sino que se terminan para todos; el final es algo que nos pasa: “hay algo como un clima / de época / y nos está hundiendo”. Bajo esta tónica, la figura del museo podría resignificarse como espacio de memoria, como mausoleo, como vestigio.
“Así funcionan casi todas las cosas”
En medio de su poética de la observación, cada tanto, la escritura de Mugica deja caer unas máximas. Algunos ejemplos: “Pero cuidado: / extra / puede ser también que algo / estuvo de más”, o “Si vas a nadar crawl / que sea pasando la rompiente / y donde no hagas pie”, o “El corazón se vende entero”. Contemplación y sentencia. La voz que lleva el poema es por momentos una maquinita de interpretación, como si escuchara el mundo intentando descifrarlo, luego explicarlo: “algo en mis movimientos / sigue otro ritmo / cobra consistencia / tiene la magia de esos juegos / en que la gracia es descubrir las reglas”.
En “tell all the animals”, los animales, las plantas, las piedras, todo intenta comunicarse, y el yo poético, “animal receptor” presta oído, percibe, porque está en su frecuencia. Como si hubiera ahí afuera un mundo oculto que se intuye, podríamos pensar. ¿Existen esas reglas del juego que el poema nos propone descubrir? ¿Se trata de un juego o de una quimera?
El último detalle: el animal receptor se pregunta: “y qué / si yo / también / quisiera comunicarme?”. Esa voz “diestra en cosas del mundo” se vale del lenguaje, pero el lenguaje tiene vida propia, voluntad, autonomía. También en relación al lenguaje aparece la distancia: en “ahora no”, las imágenes no se pegan a las palabras, y en “¿otra vez en la ruta?” leemos: “necesito alejarme de las palabras / sin que se enojen / ojalá no se enojen porque me estoy alejando”. Las palabras pueden renegar de uno, y entonces ¿cómo comunicar? El libro empieza con el aprendizaje de la escritura: “Un día ella te enseña a escribir” es el primer verso del primer poema. Al otro día de aprender a escribir, se aprende a cortar las palabras (porque no hay tiempo, ¿se trata nuevamente del fantasma del fin?). Digo “se aprende” pero sería más apropiado decir “alguien enseña”. En el final del último poema, “se escucha un sonidito / como de unos gusanos / es algo que se pudre / sí, adentro / o desde adentro / y es la única forma de empezar a hablar”. A escribir y a abreviar se aprende fácil, alguien lo enseña. Lo difícil es, parece, empezar a hablar: escuchar el sonidito interior, que no es una música sino un sonidito de putrefacción. Un sonido orgánico. Y una lección: Museo del corazón del kamikaze termina enseñando a hablar. Diciendo: se hace así.
Marzo • Mayo 2026

