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Una noche en el museo. Nueve notas sobre «Historia Natural» de Marina Yuszczuk

Matías Moscardi

Una noche en el museo. Nueve notas sobre «Historia Natural» de Marina Yuszczuk

Sobre:

Historia Natural, de Marina Yuszczuk, Buenos Aires, Blatt&Ríos, 2025

1.

Una novela es un museo del lenguaje.

Una casa es un museo de la historia familiar.

Un hospital es un museo de la enfermedad.

Un banco es un museo del capitalismo.

Un cementerio es un museo de la muerte.

Pero un museo, entonces, ¿qué es?

 

2.

Historia natural, la nueva novela de Marina Yuszczuk, toma como punto de partida para impulsar la ficción el relato fundacional del Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Creo que este dato ya es más que suficiente para avivar la inquietud y la curiosidad de cualquier lector. Basta con haber recorrido alguna vez ese o cualquier otro museo para captar la genial idea de este libro: ¿se imaginan cómo habrá sido vivir ahí?

 

3.

La narradora es una niña de doce años que juega a ser grande. Se trata de Virginia Moreno, la hija del explorador y coleccionista Perito Francisco Moreno. La pequeña reescribe el relato histórico desde una agigantada mirada infantil, con sus consecuentes fantasías, sus terrores nocturnos y sus inquebrantables idealizaciones. Virginia ansía una única cosa: ser mirada por su padre, literalmente. Pero su padre jamás baja la cabeza. Está demasiado ocupado. Yuszczuk anuda, en un solo movimiento implacable, museo y deseo. ¡En su novela, el deseo está estructurado como un museo! Roland Barthes decía que la historia es histérica: necesita de la mirada para constituirse. Bueno, un museo también ¿no? El deseo de esta niña quedará atrapado ahí, detrás del cristal, momificado, esperando una mirada que no cesa de no llegar. A la niña se le muere un perro y piensa que quizás podría disecarlo y sumarlo a la colección, así son sus ganas irrefrenables de ser reconocida por la mirada paterna. Por eso, el museo no solo es escenario: es un protagonista silencioso que reorganiza los modos de ver y de ser visto, de desear y de ser deseado. En pocas palabras: el museo no solo es una institución encargada de gestionar el modo de exhibir sus especímenes inertes, sino los destinos y la vida misma de sus habitantes.

 

4.

Los museos son escenarios de muchas películas: sus especímenes cobran vida por las noches para repetir la dialéctica de la historia; o tienen rayos láser que ágiles ladrones deben esquivar para robar alguna pieza millonaria; los museos albergan fantasmas milenarios y secretos religiosos. Pero a Marina Yuszczuk le interesa otra cosa, que bien podría sintetizarse en la siguiente pregunta: ¿cómo fue posible ese lugar? ¿Cómo nació el museo? Hay algo infantil en la pregunta misma, esas ganas excitantes de correr el velo para ver cómo era el entretelón de una existencia antes de existir, la famosa “escena originaria”. ¿Qué es robar un banco en comparación con fundarlo? Famoso planteo de Bertolt Brecht. El interrogante sugiere, por supuesto, que la fundación del banco alberga un delito de mayor envergadura que el robo mismo. ¡La fundación es un robo más grande que el robo! Pero también se puede leer ahí una suerte de generalización: el acto mismo de fundar lo que sea parece tener algo ominoso. Entonces, en la pregunta que impulsa la máquina narrativa de esta novela late el corazón delator de todas las fundaciones, algo que hace ruido por las noches mientras se levantan los proyectos, una oscuridad esencial que forma parte del museo, pero que, paradójicamente, el museo deberá ocultar para constituirse.

 

5.

Como la mirada del padre nunca llega, Virginia articula el resorte de un movimiento compensatorio: se dedica a espiar a los adultos. Pequeña narradora voyerista que intenta suturar con su ojo intruso la ceguera que su padre indiferente le dedica con tanta inclemencia. Bajo este diagrama, acompañamos a Virginia como espectadores del museo, pero también en lo que esa mirada tiene de exclusiva, los lugares por donde se escabulle: espiamos con ella lo que la historia oficial no nos cuenta. La ficción como descubrimiento de un museo adentro del museo: un museo en el que descubrimos que no hay, precisamente, ninguna historia natural. En todo caso, veremos que la historia es siempre brutal.

 

6.

Jean-Louis Déotte explica que el museo, invención del siglo XVIII, inaugura la figura del paseante como opuesto a la del creyente: el paseante del museo sobrevuela las obras deshaciendo las jerarquías y los nexos; el creyente se inmoviliza en la estasis. En el museo, las obras que eran de culto, consagradas a una relativa invisibilidad –como en una iglesia o en un templo– son libradas a la exposición pública “y por lo tanto a la luz que amenaza con borrarlas poco a poco sobreexponiéndolas”. Para la Modernidad, hubo una amenaza estructural en la institución del museo: con todas sus promesas de democratización, el museo también significó, según Déotte, “una degradación, una ruinificación, una caída, la muerte del arte”. Se trata del “mal del museo” del que habla Maurice Blanchot, llevado a su extremo literal: “la eternidad putrefacta de un vacío solemne e indiferente”. Blanchot explica que el “mal del museo” es como el “mal de montaña”: “hecho de vértigo y ahogo, al que sucumbe toda dicha de ver y todo deseo de dejarse conmover”. Virginia Moreno, la narradora, desde su curiosidad infantil, se encargará de exponer las tensiones y contradicciones en la concepción misma del museo como proyecto, en sus objetivos y en sus desafueros: ¿cuáles son los límites? ¿Dónde empieza y dónde termina un lugar así?

 

7.

Las cosas se enrarecen cuando un mal día el padre de Virginia suma a su colección a un contingente de indios vivos. Acá el límite aparece inmediatamente quebrantado: el museo como deseo perverso de exhibición total. ¿Qué diferencia habría con una cárcel? Entonces las inevitables consecuencias: todos forman parte del museo, incluso los que pretenden estar fuera de él. Incluso los que jamás entraron al museo. El mundo se transforma, potencialmente, bajo esta lógica perversa que pretende exhibir a los vivos bajo el pretexto de una noble voluntad científica, en un museo sin paredes, en un museo absoluto en el que los muros de la institución se vuelven invisibles y de pronto nos tragan.

 

8.   

Escribe Yuszczuk, a través de Virginia: “¿Por qué un niño cualquiera, por primera vez, recoge un caracol en la playa, o al borde del río, y se fascina con su hallazgo, mucho antes de saber lo que es la ciencia?”. La pulsión de salvar alguna cosa ¿no conlleva su contrario? ¿No están a poca distancia el afán de rescate y la asfixia, la preservación de la extinción? La niña de Historia Natural se mueve durante toda la novela en esta delgada línea entre la justificación de un proyecto civilizatorio y la siniestra verdad detrás de las bases del cientificismo.

 

9.

Una última cosa para terminar: la escritura de Marina Yuszczuk probablemente sea, en términos compositivos y estilísticos, una de las más sofisticadas y refinadas de su generación. El trabajo de la novela no solo muestra una articulación extraordinaria del archivo histórico, un manejo avasallante de datos y fuentes para construir la ficción, sino una infinita ternura, una delicadeza y un afecto abocado a cada palabra, a cada coma, a cada dicción, a las más mínimas partículas del lenguaje. Con los subrayados de distintos pasajes, en definitiva, el lector descubre la estela de un museo poético paralelo, hecho con las piedras preciosas del fraseo de Marina, un museo más entre los tantos que se multiplican como espejos enfrentados en esta novela.

Mayo • Agosto 2025

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