Sobre:
Los contratiempos del dandi. Alan Pauls y la fuerza del anacronismo, de Emiliano Rodríguez Montiel, Villa María, Eduvim, 2025
Me gustaría comenzar esto que voy a leerles con una pregunta a la que vengo hace ya unos años ensayándole una posible respuesta. ¿Se puede hacer de una tesis un libro? Sé que suena un tanto provocador comenzar así en la presentación justamente de este libro, que sale por una editorial universitaria y que tuvo su origen en la institución misma que es la investigación. Pero me parece que en lo que pueda contestar está su mérito, su razón de ser y hasta por qué deberían comprarlo y leerlo. Me animo también a señalar que en ello está la historia de su escritura, esa única aventura válida para quien les habla. La verdad es que me tienta más hablar de todo esto antes que de su contenido, de su tema. La historia de la intimidad de su escritura sería ciertamente su otro tema, el tema por sobre el tema mismo, ya que, por conocer a su autor, algo sé de esa escena íntima del tesista escribiendo Los contratiempos del dandi que, para mí que últimamente fabulo todo, es como una pequeña novelita de su pensamiento desplegándose en el tono menor de la aventura que significan las modulaciones, los altibajos, las idas y vueltas que hacen a lo distintivo de una literatura. Pero también, por ignorar muchas otras cosas de esa escena, convengamos que escribir es las más onanista de las actividades aún aceptadas por una institución, es que me gustaría, y hasta tal vez me lo permita, inventar algunas cosas que transformen a su autor en un personaje: por supuesto, el del tesista que deviene crítico con su primer libro, y el del escritor inaugural que, con cierto pudor, juega a resistir las poses del académico. Por supuesto que para aseverar todo esto debería presumir que todos aquí entendemos qué es un libro, ese artefacto que no solo en su realización material, sino también en su idea, se realiza como un destino en el que nos objetivamos, o, mejor dicho, en el que podemos permitirnos la fantasía de ser simplemente otra cosa a lo que somos. Pues bien, digámoslo para que no quede duda alguna: un libro es dos historias, dos superficies, dos motivos, pero contados en un solo movimiento, acaso uno real y otro fantasmático.
Bien, sigamos. Por lo general, pocas veces una tesis termina siendo un primer libro. A veces, muchas veces, la mayoría de las veces, una tesis publicada es simplemente eso: una tesis publicada. Sé que la tautología es hiriente, pero es lo que es. Aun así, me adelanto: el libro de Montiel es un primer libro bien escrito que supo luchar contra el monstruo-tesis, contra el ripio del estilo en su horizonte asertivo; es también un libro que supo desafiar los protocolos solitarios de una escritura un tanto fantasmática que, con razón muchas veces, y creo que en esto está su mérito, se pregunta: pero ¿quién va a leer todo esto? Hay ahí entonces una suerte de aventura más que interesante, tal vez hasta más importante que el tema por el que su autor pasó cinco años dándole vueltas a lo mismo: Alan Pauls, el escritor más inteligente, el más atractivo en todos los sentidos de esta palabra, el de las frases perfectas que, en la época de la frase-posteo, la frase-superficie, la frase-de-seis-palabras-como-mucho, algunos, acaso pocos, aún envidiamos. Digámoslo entonces de nuevo, pero de forma distinta: una tesis es algo que uno no quisiera escribir dos veces, y un libro es lo que se escribe una sola. Una tesis, para quien disfruta de esa práctica esotérica que es la escritura, tiene un claro sentido sacrificial al que la misma escritura, con su obstinación por querer siempre escribir otra cosa, se resiste, aunque la mayoría de las veces se entregue. Por ejemplo, me ha tocado leer varias y sé que una tesis puede arruinar un buen tema para un libro. Sí, lo he visto; es de no creer, pero debajo de la infinita bibliografía consultada y citada, atrás y al último de su pedante marco teórico que oculta un miedo al estilo propio de leer y escribir, lo que agoniza, lo que a veces hasta balbucea, como si se tratara de un pez fuera del agua, o un gato en la copa de un árbol, o un perrito extraviado, es el mismísimo tema que, famélico cual un rehén, termina siendo un objeto de deseo inánime. Aun cuando la tesis saca diez, cuando es elogiada por un tribunal, cuando deja muy contento a quien por cinco años la llevó adelante, el éxito de esa tesis es el fracaso de un libro. Porque convengamos una cosa, una tesis es una escritura paranoica. Sí, una escritura perseguida. Destinada a un ojo escrutador, un jurado que desea verse celebrado en ese objeto monstruoso, una tesis por lo general se permite pocas cosas, por caso: una escritura elegante, una distribución inteligente y arriesgada de sus objetivos, en definitiva, una actitud dandi que la vuelva la forma de una ligereza que se ahonda ni bien se eleva, si me permiten este último giro que, por cierto, no podría estar en ninguna tesis. Me parece que a favor de todo ello está escrito Los contratiempos del dandi. Por eso es por lo que lo presento como una novela, la novela de quien se enamora de su tema y, por amor, algo muy paulsiano, decide salvarlo del horror del mundo bajo la forma más inútil del amor: la experiencia de escribir.
Creo que la escena inaugural de todo esto, a riesgo de que no lo sea, pero con que lo sea para mí ya basta, es aquella en la que el tesista, devenido novelista de su propia neurosis de escritura por no arruinar el libro en potencia que sabe que tiene, divisa a su objeto como acaso el narrador de Proust encuentra en la playa, entre otros mortales, oculta en un ramillete de chicas que es también una bandada de gaviotas, a la fugitiva Albertine. Tratándose de Pauls, a quien yo brutalmente maquillo como un objeto de deseo para Montiel, la comparación no es forzada; pero también es cierto que la comparación es propia de lo que pasa en ese encuentro: ni más ni menos que la sintomatología del amor-lectura. Si Proust en esa chica caprichosa y un tanto histérica, tonta por momentos en la iluminación que le da su práctica de la estupidez, lee ya signos futuros de su aventura de celos y posesión no correspondida por la huida misma de ese objeto, Montiel, en el siguiente pasaje que voy a leerles, divisa lo mismo, pero bajo la forma de esa admiración filosófica a la que llamamos el amor entre hombres, el mismísimo ágape de las últimas noches barthesianas en donde el deambular buscando un tema de escritura es también una búsqueda de amor. Cito la parte en la que para mí está el comienzo de todo; dice así: “Podríamos afirmar que es ahí, en el tono con el que Pauls lee y habla (una oralidad a la vez poética y exacta, cargada de erudición, guiada por un movimiento pendular de la cabeza, como si el aire fuera la hoja en blanco y su rostro la brocha para pincelarla), en la forma en que se sienta (basta sólo ver cualquier presentación de Primer plano I.sat para reconocer la inconfundible pose paulsiana: piernas cruzadas, manos juntas sobre la rodilla y mentón alzado; allí radica toda su elegancia, en la forma moderada de ocupar lugar en el espacio) y en la apariencia que proyecta (un estilo juvenil en la vestimenta que contrasta con el porte maduro de sus facciones), que se construye, en tanto operación de autoestetización, una imagen sofisticadamente dandi de él.”
Así como la destrucción fue la Beatriz en el infierno de Mallarmé, el detalle lo es en el paraíso de la mirada de Montiel. Paso así al personaje de mi novela de presentación, al que está por debajo de lo que leí y que en lo escrito se escribe. Puedo imaginar al tesista por horas atendiendo a la pantalla de reproducciones, a la búsqueda de entrevistas, zooms de pandemia en YouTube donde Pauls se pasea sin moverse; puedo verlo yendo de ahí a las novelas que ya ha leído, sí, subrayando, glosando en papers y artículos algunas ideas que no cuajan; puedo también verlo revisando anotaciones y caminando mientras el ritmo de la distracción resuelve cualquier problema analítico o expositivo; puedo así mismo imaginarlo con otros tesistas -fauna de una época que ya se extingue- en cafés, librerías y hostels de congresos de literatura compartiendo el padecimiento de su amor correspondido y no que, en su conjunto, por lo mismo que son, todas escenas de escritura, hacen a lo que también se escribe cuando se escribe. Pero hay algo en todo ello que resalta a la luz de lo que les leí recién, y es que Pauls no es Pauls, pues en medio de esa “imagen sofisticadamente dandi”, Pauls es solo “él”, pronombre de una relación -la más filial y neurótica de las relaciones- que solo puede existir bajo una forma: “él y yo”. En una frase de diez renglones sostenidos, llena de paréntesis y subordinadas, donde las ideas corren sin amontonarse sabiendo que a cada una le llega su momento y entre todas hacen a la polifonía de lo novelesco en el pensamiento, Montiel atiende a los detalles del tono de la voz en la lectura y el habla, no pierde de vista el movimiento pendular de la cabeza sobre el aire que es una hoja en blanco para la escritura de ese rostro anguloso, también, habrán escuchado que repara en la pose de quien sentado forma un triángulo equilátero con solo poner las manos sobre las piernas y mantener el mentón alzado para “ocupar el lugar en el espacio” presumiendo de ser, no solo un escritor, sino también una Esfinge. Lo sublime descriptivo llega cuando “la apariencia que proyecta” el objeto se transforma en el origen de una estética, la justificación del ethos dandi en que se funda y el pathos anacrónico que la expone y despliega; ambos momentos, hay que decirlo, verdaderos hallazgos de este libro. Pero para ello, primero hay que erigir en detalles lo que luego se analiza. Es como si Montiel partiera de dotar a su tema de espesor real, un espesor que no solo lo da cierta frecuencia entre objeto e investigador, sino que también lo da la negativa misma a la extirpación de vida en el objeto que, en este caso, el tesista experimenta como un objeto al que ya debemos llamar su objeto de deseo. La madurez de las facciones que da el Pauls con barba de unos días y con el cabello blanco, que desde ya apuntala cualquier tipo de sabiduría, junto a la vestimenta informal pero sopesada -una suerte de atenuación juvenil de lo anterior que ayuda a realizar el sueño de cualquier autofiguración de escritor: levedad y gravedad en un solo gesto, como el cierre apenas bajo de un buzo con capucha, por ejemplo- son en conjunto lo que Montiel llama “peripecia personal” o “pose autoral”, lo que hace a “un elemento más dentro del conjunto” que su libro hace girar en el bosque narcisista del autor al que, con ironía, podríamos decir que estudia hasta el límite de un bovarismo-almodovariano.
En fin, me he excedido, tal vez en todos los sentidos de esta palabra, y tal vez en el sentido mismo del contratiempo que supone el deseo de escritura. Pero cuando me entusiasmo, me pasa eso; prodigo admiración y cariño en párrafos que se vuelven borbotones de un fanatismo amoroso. Compren el libro entonces, háganme caso. Su furor socrático del joven fascinado, creo que lo amerita.
(Texto leído en la presentación de Los contratiempos del dandi. Alan Pauls y la fuerza del anacronismo, 30 de octubre 2025)
Diciembre 2025 • Marzo 2026

