Sobre:
Diario de las flores del mar, de Larisa Cumin, Buenos Aires, Bosque Energético, 2026.
La escritura suele organizarse alrededor de una fuerza persistente. En Diario de las flores del mar, esa fuerza adopta la forma de la obsesión. Larisa Cumin escribe desde esa condición de obsesionada, algo que pareciera trae heredado de su pasado, de su ciudad natal, de su padre, de sus paisajes anteriores, y que viene a despertarse con ardor en el presente, en su nuevo lugar: Mar del Plata.
Esta obsesión aparece en el libro en un doble registro: por un lado, el asombro, la fascinación material, la belleza que despliegan las formas, los colores de las flores, el tiempo de las plantas, los sonidos de sus nombres, los procesos de deterioro y transformación, su identidad silenciosa. Y por el otro, la amenaza, el límite que se cruza: la desmesura, lo vegetal desbordando, invadiendo, siendo indomable, haciendo sentir vencida a la narradora.
Tiene sentido, entonces, que la clasificación llegue para tranquilizar estas fugas. Un deseo imperioso por nombrar, ordenar, reconocer patrones, encontrar la calma en el conocimiento, en el “saber enciclopédico de las plantas”. La autora escribe mientras aprende a cuidar, ordena lo vivo y en cada página construye pequeñas taxonomías afectivas.
Es imposible olvidar, en estos pasajes, que quien escribe con las uñas llenas de tierra es, ante todo, una poeta. Desde un lenguaje fértil, las imágenes se expanden, trazan correspondencias inesperadas y le hacen un lugar al desvío, a la ironía y al humor.
En esta línea, se despliega un mapa muy cuidadoso de lecturas y filiaciones poéticas. Chávez, Thoreau, Moscovich, Iannamico, Figueroa, un Khalil Gibran en carteles brasileños y la sombra permanente de Baudelaire, diálogos a destiempo con sensibilidades que consagran su atención al mundo natural y coordenadas de este viaje botánico de la poeta.
Pero lo que verdaderamente estruja es que, en definitiva, este también es un libro de duelo (si acaso existe un libro que no lo sea). La despedida es nítida: un adiós a Santa Fe, la ciudad que formó la mirada de la autora, a su paisaje húmedo, a la pesadez del clima, a los camalotes que hicieron posible la cicatriz del yaguareté en la mesa de San Francisco, y también a la huella persistente del agua. Pareciera haber encontrado en las plantas la misma fuerza. El agua que alguna vez lo invadió todo, pudriendo cimientos y flores, dejando una marca imborrable en las paredes de la ciudad. No se me ocurre algo que pueda inundarnos tanto como el agua, salvo, tal vez, la vegetación.
“Como buena escritora santafesina reniego de mi ciudad al mismo tiempo que me cuesta soltarla”, escribe Larisa casi al comienzo. Esa tensión es permanente. La quietud de la laguna se abre hacia el rumiar oceánico; la violencia de la inundación se desplaza hacia la enfermedad de los animales marinos; la vida individual se ensancha hacia la vida familiar y al cuidado de los seres vivos, pero la fuerza del agua continúa organizando la experiencia y el lenguaje. Una memoria líquida que insiste y empuja la escritura torrencial.
Mayo • Julio 2026

