top of page

La imitación como desvío

Carlos Battilana

La imitación como desvío

Sobre:

Padres y maestros. Poemas reunidos, de Santiago Llach, CABA, Híbrida Editora, 2025

En la biografía de Santiago Llach, publicada en una de las solapas del libro, leemos: “En su juventud buscó desesperadamente la autorización y ganó premios y becas”. Y en esta figuración de autor, agrega: “cree en los dioses griegos”. Entonces, tendemos a pensar que el autor, a través de los premios y las becas obtenidas, más que el placer por el logro, lo que alcanzaba era el alivio de una habilitación. La mirada ajena como un demonio. Si apelamos a la vulgata del psicoanálisis, la figura del padre traza un camino, y promueve un destino familiar que, paradójicamente, para vivir y escribir genuinamente, habría que desobedecer. La desobediencia de un mandato. En ese dilema, y en esa incertidumbre, oscila la poesía de Llach. Como si el propósito de esta escritura intentara lavar una culpa. ¿Cuál sería esa culpa fantasmática, la culpa que desvela una vida? El acto epigonal. La imitación. Si el exceso de copia (la hybris) es un pecado capital, cuál es la causa por la cual este libro que reúne los poemas de toda una vida lleva por título Padres y maestros. Un título reivindicatorio. Una reverencia. ¿Qué se hace con los padres biológicos y literarios? Esta pregunta insidiosa recorre la escritura de Llach.


El autor hace y deshace su escritura. Asume en voz alta un proceso de deconstrucción en el que olvida algunos poemas, muestra otros y secretamente se enorgullece de sus textos más luminosos. La edición obra como acto de escritura. Y el “entripado” de un alma atormentada se expone cabalmente. Mientras asistimos a la exposición de un escritor reuniendo sus poemas, conjeturamos un dilema en el desarrollo de esta escritura a partir de un tópico que atraviesa el libro: la imitación. ¿Es lícito imitar en el campo del arte? Imitamos porque leemos a nuestros coetáneos, reescribimos la cantinela encantadora de los clásicos porque seguimos impregnados de su fascinación y escribimos algunas frases en el presente porque vivimos en un tiempo irrepetible. En ese gesto amoroso de copia y reiteración, acaso, más por azar que por voluntad, encontramos el desvío de la voz. Copiar incansablemente hasta deformar el original. He ahí un camino. A contracorriente de la idea romántica de la originalidad, la música de Llach no proviene de un arrobo ni de un éxtasis sino de un arte de la combinatoria que intenta ser equivalente a una ética vital: ¿cómo decir con las palabras de la época y las palabras de la tradición algo de la propia experiencia?


Llach dramatiza el acto de la enunciación. A una edad madura, cuando se hace un balance de las voces de los padres y maestros, cuando se sopesan los tonos y los ritmos del lenguaje, el autor de este libro reflexiona sobre la escritura en función del estilo literario como el peor énfasis: “Eso es lo otro que me enseñaron mis maestros: / que la verdad está en el error, / que el estilo es el error”. Procura olvidar la minuciosa herencia estilística de Flaubert -artesano de la palabra-, descarta la cifra originaria del ideal y sin concluir ni dar por sentado nada, mira alrededor y ensaya una reflexión sobre la mímesis. El magnífico poema que da título al libro condensa el núcleo de la poesía de Llach. La voz poética dice confundirse, hace una coreografía de la vacilación y, finalmente, postula la equivalencia entre la escritura y la vida. Escribir, imitar, vivir conforman una experiencia del pegoteo: “Escribir es imitar, vivir es imitar”. Y como si el déficit fuera el hueco crucial de la escritura (la falla geológica de la enunciación), Llach anota que, justamente, porque no estudió de modo suficiente “la forma” es que se siente en falta: “Mi problema es que me robaste la poesía. / Ahora no la recupero / ni yendo al taller literario de Dios”. Los caminos de la autoflagelación literaria llevan al dolor y el agotamiento. Impregnado de citas letradas y de una constelación cultural que registra la época, la pregunta que se puede formular es qué resulta insuficiente (“falla”, “déficit”, “falta”) si la naturaleza de la escritura es una búsqueda perpetua e inacabable.


Llach escribe un larguísimo metatexto al publicar este libro. Se pregunta sobre los efectos del poema. Así como Rubén Darío escribió su protesta sobre las alas de los cisnes (epítome del ideal modernista), Llach, de una manera menos suntuosa, también emite una protesta pero en términos de posibilidad. ¿Qué lucha lleva adelante? Corregir el pasado. Editar. Como en el mito de Sísifo, la perpetua tentativa de recomenzar un poema puede ser un acto inútil. Este hecho rivaliza con la idea del fervor como escena ideal de la escritura. Sabemos por este libro, sin embargo, que el anhelo infinito por alcanzar la escritura de poesía puede pensarse no como fulgor sino como carencia y fragilidad. Libro que se pliega sobre sí, los poemas escenifican el tortuoso acto de la escritura como una disposición de vida aplicada a una obsesión. El acto de escribir, el acto de hacer el poema mientras leemos el texto, recuerda aquel viejo axioma de John Austin: “Decir es hacer”. Llach corrige la entonación y, en vez de afirmar, interroga: “¿pero qué hago con mi poesía?”. Llach no se resigna, y recupera la intemperie del instante como una posibilidad. Por eso en el prólogo puede escribir, aligerado: “En una sala enorme llena de libros que nadie lee le pongo el punto final a este nuevo ladrillo esperanzado en la pared”.


Si la herida silenciosa parece añorar la idea platónica de la perfección (“mientras el cielo sobre Normandía, / una vez más, amenazaba con ser poema / y no lo era”), el gesto de escribir como falla es la fórmula de la cura: el poema es lo que se pudo hacer. En la pequeña precariedad radica la refulgente existencia del texto. El punto final de la neurosis literaria es el riesgo de publicar. Los 50 traen alivio, esa década de la vida en la que se intenta descartar el lastre de la culpa. Santiago Llach reconoce sus poemas frontalmente como el acto de mayor sinceridad en tanto los signos de la lengua nos constituyen como sujetos. El artificio literario es señal de vitalidad. Signo y vida confluyen. Durante toda su obra el autor de este libro no dejó de nombrar el amor (el amor a su padre, el amor a Marina, el amor a sus hijos, el amor a su generación, el amor a la política, el amor a sus maestros literarios, el amor al misterio de lo mundano). A partir de esos afectos y a contracorriente de toda destreza y de toda pericia como presuntos valores literarios, la poesía acontece. Entonces reconocemos que los poemas de Santiago Llach siempre fueron el comienzo genuino de un trazo.

 

 

 

 

Diciembre 2025 • Marzo 2026

bottom of page