Sobre:
Llueve en el Tambopata, de Lila Gianelloni, Rosario, Ōmachi ediciones, 2025.

Llueve en el Tambopata es un libro precioso, preciado, de esos que no dan ganas de prestar a nadie, como el juguete preferido de la infancia. Y sin embargo una quisiera compartir con todos, que todos tengan en sus manos un ejemplar de ōmachi ediciones, que desplieguen la sobrecurbierta serigrafiada y pasen sus yemas por el relieve del gofrado de la tapa y sientan el grosor del papel ahuesado al girar las páginas. Que todos escuchen la voz de Lila Gianelloni, escritora rosarina, adentrándose en el Amazonas, que la sigan en este viaje donde se rencuentra con su hijo después de mucho tiempo sin hablarse. Cuidar el libro, como se cuida a una selva, como se cuidan y protegen los secretos de la selva, un equilibrio justo entre la trasmisión y el resguardo.
Hay una delicadeza en el lenguaje, en las palabras elegidas, en no decir de más y tampoco de menos. Una precisión en mostrar el escenario a medida que se narra, en hacer sonar las palabras como el canto de un pájaro tropical. Llueve en Tambopata despierta ganas de viajar, de leer, de escribir. Es una crónica de viaje, pero también es otra cosa. Es la narración de un re-conocimiento, un encuentro entre lo conocido y lo desconocido: su hijo, ella misma, la floresta. ¿Hasta dónde es capaz de seguir una madre a su hijo? Lila lo sigue hasta El Infierno, una comunidad de unas pocas casas en medio de la selva peruana a la que solo se accede por un camino de tierra que se vuelve imposible en días de lluvia y llueve, llueve mucho en el Tambopata. Lila se acerca a su hijo con cautela, como cuando una quiere acariciar un animal silvestre por primera vez: observa, espera la señal que dé permiso, da ofrendas y abrigo (botas de lluvia, un mosquitero, libros). De a poco, en el tránsito de los días en ese territorio y en esa comunidad, la intimidad se va a abriendo lugar y ella se deja arrastrar (y nos arrastra también) por caminos inexplorados.
Conversé con la escritora y el editor, Ernesto Inouye, quizás como una forma de prolongar la felicidad que me dio la lectura de este libro:
En Llueve en el Tambopata hay una descripción de las prácticas de lo artesanal en la selva que se mira con admiración y con respeto. Son trabajos que requieren sabiduría y experiencia: cómo se trenza, cómo se lija un hacha para que tenga filo suficiente para abrir castañas, cómo se prepara un brebaje de La planta. Considero que la escritura y la edición hacen juego con estas formas de hacer. Quisiera que me cuenten un poco sobre el proceso de escritura y de armado del libro.
A Ernesto: ¿Cómo fue eligiendo cada dimensión que hace al libro? ¿Cómo se dieron esas elecciones? ¿Cómo se fue armando la idea del libro? ¿Cuántas manos hubo trabajando para que este libro sea?
Ernesto: Me gusta que la estética de los libros que hago emane desde el interior, es decir, que la parte visible sea una especie de reverberación del contenido, así que esta observación que hacés sobre la artesanía, que no había notado, me encanta porque suma a esa idea. La confección del libro fue un trabajo artesanal con varias dimensiones. Se puede decir que esta edición reúne dos obras: Llueve en el Tambopata de Lila Gianelloni y el dibujo de sobrecubierta, sin título, que realizó Gastón Herrera a pedido. Creo que se estableció una especie de diálogo entre el texto y el dibujo, y ese diálogo fue orientando la confección.
Un primer pensamiento que tuve fue no interrumpir el dibujo de Gastón con palabras. Hubiera sido solamente un capricho no poner el título y el nombre de la autora a la vista si no hubiera notado que una selva muda que envuelve a todo el libro tenía que ver con el contenido del libro. Creo que esa ausencia de palabras genera una especie de misterio y a su vez, al abrir el libro, un espacio de intimidad. Y de eso se trata el libro de Lila: de misterio e intimidad. Hoy en día, en las redes, pero también en las estanterías y en las vidrieras, se busca la exposición total, saltarle a la cara a las personas. Eso me convenció en ir a contracorriente de esa tendencia y buscar ocultar la información, retraerla, ponerla a resguardo. Los datos que no estaban expuestos los incluí en la solapa: el título, el nombre de la autora y la reseña que suele aparecer en contratapa. Siguiendo la idea de no entorpecer la visual de la sobrecubierta pensé que la tapa del libro no tenía que estar impresa sino gofrada. Cuando se me ocurrió esto no sabía cómo se realizaba ese tipo de relieve en papel, ni siquiera conocía el término, así que me acerqué al CIDDAI (Centro de Investigación Desarrollo y Difusión de Arte Impreso) donde Gabriela Rodi y Adrián del Grosso me enseñaron a gofrar. Como el gofrado luce mejor sus sombras en colores claros elegí una cartulina blanca. Por último, la impresión del dibujo de Gastón de la sobrecubierta se hizo en serigrafía. Se lo encargué a Ludmila Lien, una amiga muy querida. Ella elaboró, mezclando tintas, ese color verde suave que se juntó muy bien con el papel texturado que le había entregado como soporte. Uno nunca sabe cómo va a terminar una artesanía con tantos pasos, pero por suerte todos los elementos armonizaron muy bien. Además, hubo otra gente que no estuvo ligada a la confección, pero sí dieron una mano con la lectura y la corrección del libro: Liliana Heker y mi compañera Olinda Cabello. Cuento once personas en total trabajando para este libro.
Los implicados en el libro de Lila y en otras publicaciones de ōmachi ya nos hemos reunido dos veces en casa a almorzar con el único fin de compartir una comida y charlar. Me gusta dejar consignado en los colofones y en los créditos de los libros que edito ese momento de encuentro entre personas
Lila, ¿podrías contarnos cómo fue el proceso de escritura de este texto? ¿Hubo otros libros, otras voces que acompañaron ese proceso?
Lila: La materialización del libro también fue una conversación entre Ernesto y yo, él proponía y me gustaban sus propuestas, compartíamos los mismos principios estéticos, nos gustaban las mismas cosas, fue fácil al menos para mí. Intercambiamos lecturas: Herzog, El BAM, libros de la colección editorial municipal de Rosario. La consonancia entre forma y contenido está a la vista, ningún choque, ninguna estridencia, fue un camino orgánico, armonioso y abierto a la participación de otros artistas lo que enriqueció todo. Ernesto es un gran editor. Y cada libro está hecho con dedicación extrema y un enorme amor a la literatura, así como con un respeto que no es tan frecuente por el autor/a. El camino de la creación del libro Llueve en el Tambopata fue placentero y feliz. No encuentro fallas y ya quisiera, así no me sale todo tan lleno de halagos, tanta dulzura. Pero no, a veces suceden estos milagros.
“Ahora sí, parece decir nuestro abrazo. El tiempo sucede raro en la selva, los días que pasan parecen pertenecer a otro plano, como ensayos o borradores de la vida misma, el recién venido necesita un umbral que lo prepare para la experiencia. Eso es lo que me pasó cuando llegué.” Pensaba al leer ese fragmento que el hotel parece oficiar de limbo, ese lugar de espera que no pertenece ni a un mundo ni al otro para ingresar justamente a El Infierno. ¿Puede pensarse alguna conexión del libro con los relatos clásicos donde los héroes descienden a los avernos?
Lila: Sí, es así. Leo La Eneida casi todos los días. Un pasaje al azar o uno buscado, me producen un placer infantil. Volver una y otra vez —como hacen los chicos con los cuentos— sobre esas líneas que hablan desde tan lejos en el tiempo y el espacio. Tal vez algo de eso y el nombre de la comunidad como destino (Infierno) - se ha colado en esa escena que mencionás. La bajada de Eneas al averno en busca de su padre… Había cerca de allí una profunda caverna… defendida por un negro lago y por las tinieblas de los bosques… Hay agua, bosques y una indecisión tanto en Eneas como en Ulises , que también baja al inframundo, pero a pesar del riesgo que eso implica, es más fuerte el deseo de ir a buscar aquello que no encontrarán de otra forma. Mientras tanto, permanecen en ese limbo, cavilando. El hotel, desierto y medio tenebroso, se le parece.
Por otro lado, y como parte este mismo tema, leí que hubo un tiempo de espera entre la experiencia del viaje y la experiencia de escribir el viaje. ¿Cómo fue surgiendo la idea del libro en sí? ¿Cuál es la diferencia entre la experiencia pura y la experiencia narrada? ¿Cómo abordaste los huecos de la memoria? ¿Cambió algo sobre la percepción de esa experiencia luego de escribir?
Lila: Pasaron 13 años entre el viaje y su escritura. No hubiese salido nunca de mi conversación interior si Ernesto no me lo hubiera sugerido. En alguna ocasión debo haber hablado de este viaje con él, también le mostré las fotografías que saqué en la selva y él, que tiene un oído especial, se interesó. Yo tenía una narración provisoria, siempre cambiante, apasionada, pero nada escrito. Comencé pensando que serían unos párrafos breves acompañando algunas de las fotos. Un fanzine o un formato similar. Cuando escribí las primeras líneas se abrió un delta, un archipiélago, un accidente geográfico que no había previsto, que no imaginaba, pero por otra parte sentí que sabía navegar en esas aguas. Lo que estaba escribiendo se hacía presente, fresco, como si hubiese ocurrido ayer. Convengamos: sabía algo que no necesariamente había ocurrido así, era la impresión de una experiencia y su pasaje a la escritura. El libro es un relato de una experiencia mediada por el tiempo y cierta emoción primera que se mantuvo intacta. Creo que eso es el centro, la emoción intacta, a su vez mientras escribía acudían ciertos lugares, situaciones que podía recrear sin dificultad. Eso me maravilló, la forma en que fluía el relato. El acompañamiento y la confianza de Ernesto fue todo, le enviaba lo que había escrito, él lo leía y me alentaba a seguir, hacía sugerencias, pequeñas y certeras indicaciones, me interrogaba acerca de algunas cosas y yo seguía escribiendo hasta que dije bueno, hasta aquí llegué. Podría decir que no hubo huecos en la memoria porque no hubo ejercicio de memoria en sentido estricto, hubo evocación. Todos los recursos que se utilizan para narrar ya estaban implícitos en esa forma del recuerdo. No dudé ni cotejé los datos, son así, dije y así quedaron. Creo que mi percepción fue construyéndose en este devenir. Los y las lectoras son quienes ayudan a terminar esa construcción, siempre en movimiento. Han sucedido intercambios interesantísimos entre otros viajeros que conocen esa parte de la selva. Ninguno hizo mención a una distorsión o error, lo que me tranquilizó.
En los tiempos que corren es corriente encontrarnos con ciertos discursos que hablan de la maternidad como un limitante, como algo que profundiza el techo de cristal en la vida profesional de las mujeres y del hijo como obstáculo. Al respecto considero que cuestionar y deconstruir ciertas idealizaciones sobre la maternidad es importantísimo. Sin embargo, la maternidad puede ser pensada desde otra perspectiva que no la vea como restrictiva sino más bien en términos de expansión. Siento que en Llueve en el Tambopata se da cuenta de esa otra forma de pensarla. Y que queda claro en este camino hacia un mundo desconocido teniendo como guía de la selva a tu hijo Felipe. Y que además esa experiencia deviene escritura. ¿Qué pensás al respecto?
Lila: Sí, la maternidad es un misterio. Todo está contenido en ella, incluso los límites. Sería impensado procrear sin limitaciones, sin pérdida, sin incomodidad, sin certezas. Ninguna idealización. Ninguna simetría en ese amor. Algunas cosas pueden salir mal, otras muy bien. Podemos decir que la maternidad es. Bajo esta premisa puede una dejarse guiar por ellos, por ellas, dejarse interpelar, ir hacia lo desconocido con la boca abierta, contemplando su experiencia, como un poeta. Felipe es un artista, yo escribo, es ese respeto de cada uno de nosotros al estado de creación en que se encuentre el otro lo que mantiene el vínculo. Eso no se manifiesta así, no se verbaliza, simplemente ocurre entre nosotros. Es interesante la palabra expansión aplicada a ciertas experiencias de maternidad, como internarse en la selva. Pensado así, se ensanchó en mi caso, el horizonte.
Y una última pregunta de yapa. En Llueve en el Tambopata se mencionan ciertos rituales, hablarle a las plantas, por ejemplo. ¿Tenés rituales para el momento de ponerte a escribir?
Lila: La vida en la selva es un ritual, claro que sí. Y tiene rituales más pequeños para conjurar los peligros. En la intemperie tengo rituales, como todo el mundo aunque nadie lo confiese, pero no tengo ninguno al momento de escribir, es la verdad. Tengo cuatro hijos, ya son grandes pero alguna vez fueron pequeños, siempre hice cosas, digamos, actividad artística, intelectual que requerían estar atenta, al acecho para saltar sobre un hueco del tiempo para meterme y realizar mi deseo. Esa agilidad no permitía ningún ritual ni nada que implique perder el tiempo. Ahora que lo pienso el ritual es el estado de acecho que todavía conservo, sigo igual, no tengo un espacio de escritura determinado dentro ni fuera de casa, puedo escribir en cualquier parte y sobre cualquier superficie, a mi manera tengo un cuarto propio que despliego cuando lo necesito. Ese sería, ahora que lo pienso, mi ritual.

Sobre la autora: Lila Gianelloni nació en Rosario. Es docente y escritora. En el año 2010 recibió la primera mención del Fondo Nacional de las Artes en el género «Cuentos» por su libro inédito La madre oscuridad, y en el 2016 por Mapamundi [Paisanita, 2016]. Publicó Lobo [Libros Silvestres, 2020], ilustrado por Cris Rosenberg, y su libro de cuentos Camino a casa [Obloshka, 2022].
Sobre la editorial: ōmachi ediciones tiene su taller los márgenes del barrio de Pichincha de la ciudad de Rosario, Argentina y es llevada adelante por Ernesto Inouye. Realizan ediciones artesanales a pequeña escala. Los ejemplares se encuadernan manualmente y se numeran. El catálogo está conformado por escritos inéditos, rarezas y traducciones, y se orienta a temas relacionados con la experiencia, la observación y el territorio.
La editorial realiza envíos de su catálogo a todo al país y pueden encargarse en la página: https://omachi.com.ar/
Contacto: E-mail: contacto@omachi.com.ar Instagram: @omachiediciones
Marzo • Mayo 2026

