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La circunstancia del agua

Manuel Díaz

La circunstancia del agua

Sobre:

El salto del agua, de Paula Galansky, y La roca negra del Carcarañá, de Ernesto Inouye,

Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2026.

La colección naranja de la Editorial Municipal de Rosario se propone documentar, desde una óptica particular, una serie de fenómenos barriales, geográficos, epocales de Rosario, la región e incluso más allá. Son libros pequeños, portables, amenos, que mapean un entorno familiar pero que, al mismo tiempo, lo desdibujan, lo retrotraen a otros tiempos, nos confrontan con los lugares que hemos transitado para reencontrarlos o explorarlos desde una mirada personal, la de cada autor. Son libros que muestran o develan algo, una experiencia transformadora, un cúmulo de recuerdos, los cambios sufridos en una geografía… Se ocupan de eso con una minucia que es, a la vez, un recorte que pone el ojo en lo que para un peatón o viajero ocasional no es más que algo que pasa sin más. Podríamos decir, con Georges Perec, que ponen el ojo en lo infraordinario, que pasa, tras ser alcanzado por la mirada, a resaltar, a ser más que evidente. Una subhistoria de nuestro entorno.

 

Así, por dar unos ejemplos que nos pongan en sintonía con los libros de Paula y Ernesto, el libro de Agustín Alzari, La internacional entrerriana, reconstruye las peripecias de Juan L. Ortiz, Emma Barrandéguy, Carlos Mastronardi y compañía en su disputa con el clero en Gualeguay; la voz de Mario Castells merodea Villa Diego, en Villa Gobernador Gálvez; Kozmik Tango, de Beatriz Vignoli, recorre la Plaza José Hernández y los edificios que la rodean; Elvio Gandolfo traza una cartografía afectiva del Parque Independencia en Real en el Rosedal; el libro de D. García Helder se ocupa de las viviendas obreras de Barrio Sarmiento. Todos forman parte de la colección, que tiene ya casi 20 años, cuenta con 19 títulos y se fue armando en base a invitaciones: los autores desarrollan un tema, alguna de sus pequeñas o grandes obsesiones, con afán documental. La relación entre texto e imagen –cada libro contiene fotos o ilustraciones– crea un ida y vuelta donde uno no sabe si la escritura se ve desencadenada por las imágenes o si la imagen “ejemplifica” la escritura, le da ese gustito del esto fue así. El criterio general de la colección da como resultado un formato maleable y rígido a la vez, con un proceso de edición cuidado, al servicio de la colección, pero sin pasar por encima de cada voz autoral.

 

Los libros que acaban de salir –El salto del agua, de Paula Galansky, y La roca negra del Carcarañá, de Ernesto Inouye– tienen una serie de elementos que, casualidad o no, los unen y los llevan a conformar un perfecto tándem. En primer lugar, son libros atravesados por el agua. Pero acá el agua no es solamente agua, sino que se trata del agua modificada en su curso natural por obras hidráulicas de distinta envergadura. En ambos está presente la transformación del territorio por decisiones estatales, y es sabido que cuando un territorio se transforma aparece lo que está abajo, lo que pasó antes ahí y por ahí. Aparece la arqueología. Paula nos ubica en la represa de Salto Grande, en Concordia, Entre Ríos. El salto del agua comienza con una escena de lo más cotidiana. Un grupo de amigas charla a orillas del embalse –o, como le dicen ellas, “el lago”–, juntan piedras, arman montañitas. Pero enseguida ese paisaje familiar se ve atravesado por el dato: el lago no estuvo siempre ahí. El lago “se formó” a partir de la construcción de la represa Salto Grande, hace unos cincuenta y tantos años. Y lo que desapareció es, justamente, lo que da título al libro: el salto del agua, convertido ahora en represa hidroeléctrica. Este libro es el relato de esa transformación, que precede al nacimiento la autora y por eso se convierte para ella en una suerte de espacio mitológico. El libro construye esa tensión entre lo que hubo y ya no está, entre la naturaleza y las intervenciones que la modifican. Así, la fauna es desplazada por la invasión de agua que formó el lago, todo queda sumergido tras la modificación del curso natural del agua. Pero también por lo que el río trae: las piedras tienen un destino, corriente abajo, que las lleva al mar o las deja para que las amigas, ahí en la orilla del lago, hagan sus montañitas. El libro de Paula está atravesado por estas presencias familiares, amistosas, ancestrales, de la tradición judía, de cierta mitología personal. Y el paisaje entrerriano se desgrana así, mediado por esa voz tranquila, pausada, detallista. Como en los relatos de El lugar en el que estoy cayendo (EMR, 2022), la voz de Paula recorre los espacios de manera tal que pareciéramos conocerlos desde siempre. Incluso, en uno de los cuentos se cuenta una escena amorosa donde la locación es, nuevamente, el lago. En El salto del agua, la presencia de la naturaleza, las anécdotas, el presente y el pasado se entrelazan de tal forma que el vaivén casi no se percibe, pero que, como el movimiento de las piedras por la corriente, ahí está.

 

La roca negra del Carcarañá, el libro de Ernesto, arma su recorrido a partir de una obra de ingeniería civil, de los cursos de agua modificados por decisiones estatales y naturalizados por quienes habitan en ese territorio. El trabajo de Ernesto tiene un sesgo documental muy marcado, que incluye no solo archivo familiar, sino también documentos históricos y artísticos. Esto repercute en el tono de la crónica, que engarza uno tras otro los materiales de los que echa mano con una distancia tal que el relato provoca una suerte de visión panorámica.

 

El “afán documental” de Ernesto se filia con su producción previa. En particular, con la traducción de La Expedición del Falcon (UNL-UNER, 2024), en la que el viajero inglés Edward Knight narra su recorrido, hacia 1880, por la zona de Carcarañá, entre otros lugares, claro. Y también con la reedición en ōmachi (sello del que Ernesto es editor) de La roca negra de Carcarañá, una historieta originalmente publicada en la revista Duda, en julio de 1985, que narra el hallazgo más increíble que documenta el cronista: la aparición de un aerolito que, cuando lo fueron a estudiar, resulta que se trataba de una de nave espacial, en cuyo interior había un ser extraterrestre muerto: la roca negra. Esto ocurrió en Carcarañá en 1877. Lo curioso es que la historieta que reconstruye el hallazgo –y de la que se habla en la crónica de Ernesto– es mexicana, pero no solo esa es la rareza. Lo más extraño de todo es que los historietistas chilangos ubicaron Carcarañá en… ¡el Amazonas!

 

Si bien en ambos libros hay un como si en relación con el agua, porque los cronistas no conocieron la topografía anterior, justamente el trabajo arqueológico de Paula y Ernesto está en desandar ese como si. Las represas no estuvieron siempre ahí. Las fuentes varían, pero lo interesante de esto es, también, que se trata de dos textos escritos por quienes han vuelto a sus territorios después de haberse ido. Y no solo es que volvieron, sino que también posan su mirada, al volver, con un objetivo. No volvieron porque sí; volvieron para construir una mirada sobre el territorio que les permitiera escribir, volvieron con una idea y acaso contrastaron su idea con los materiales con los que se encontraron en el camino. ¿Con qué ojo vuelve quien vuelve para escribir? ¿Cuáles son los puntos de vista que traían preconcebidos y cuáles son los que se formaron en el proceso? Esas son tal vez algunas preguntas que podríamos hacernos.

 

Entonces el trabajo arqueológico de estos libros se da en un doble sentido. Por un lado, la documentación, el registro, la reconstrucción de un territorio que ya no es como fue originalmente. Por otro lado, los hallazgos que se producen cuando la tierra se remueve: piedras talladas hace miles de años, puntas de flecha, cerámicas, huesos de megafauna, herramientas. Una multiplicidad de cosas que atestiguan el pasado que aflora en el presente. Y en ambos, también, está presente la letra impresa, pero con funciones distintas. Mientras que Ernesto se sirve de la crónica de Knight, de los archivos periodísticos o de la historieta mexicana, Paula se sirve de “Anaconda”, el cuento que inaugura Los desterrados, de Horacio Quiroga. Y de nuevo, mientras que Ernesto pone sus materiales al servicio documental, Paula utiliza el viaje de “Anaconda” para hacer un salto especulativo: la intervención del hombre sobre el curso del agua invierte el relato de Quiroga. En lugar de que los animales aprovechen la crecida para huir y salvarse de los humanos, en este caso son los humanos quienes salvan a los animales de ahogarse, al ayudarlos a huir del avance del agua.

 

Los libros llegan a un punto de contacto por vías diferentes. En el caso de Paula, las voces que ingresan –la voz de las amigas, de la abuela, de amigos de la familia– construyen un relato que tiene algo de inmediato, algo que se sostiene en el presente para mirar el pasado. En el caso de Ernesto, nos encontramos con una visión, como dije antes, de carácter panorámico (y no solo porque incluye la vista desde la terraza del edificio más alto de Carcarañá), que plantea una temporalidad que abarca desde inicios del siglo XIX hasta la actualidad.

 

Estos dos libros, cada uno a su manera, encuentran en la “circunstancia del agua” el punto de partida para construir una mirada sobre el territorio, un lugar al que volver y un motivo para hacerlo, exhuman los restos de un pasado que, si bien ya no es, en cierto modo todavía sigue ahí. Para quien quiera verlo, claro.      

 

Mayo • Julio 2026

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