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Estrellas al fondo del río: “Trabajar cada día para que el ego no aplaste su inteligencia”   

Lucas Nicolás Quiroga

Estrellas al fondo del río: “Trabajar cada día para que el ego no aplaste su inteligencia”   

Sobre:

Estrellas al fondo del río, de Ezequiel Nacusse, Tucumán, Aguacero, 2024.


Si se parte de la idea de que todo libro es un estado de ánimo, Estrellas al fondo del río puede leerse como la inscripción de una emoción dual: por un lado, la serenidad de una mirada que acepta la fragilidad y, al mismo tiempo, la inquietud de un yo poético que no logra hallar un sitio estable sino a partir de la investigación doméstica. La sensibilidad en este libro no aparece necesariamente anhelando dogmas de trascendencia, ni mandatos metafísicos, sino como una condición de apreciación terrenal o un ejercicio de aikido; donde la ciencia del equilibrio y la poesía del cuerpo buscan la armonía interior, junto al otro, con el otro, frente al otro. Un gesto que hace de la violencia ajena un movimiento amable.    La voz lírica del poeta se construye y se sostiene en esa incertidumbre. No hay redención ni consuelos; hay hallazgos frente a objetos, momentos, pensamientos, circunstancias externas, que se vuelven significados reconfigurando de este modo los materiales que aparecen en el día a día. Cito a María Teresa Andruetto cuando escribe que es posible pensar a la poesía como un “lenguaje cargado de posibilidades”.  Así, como en los últimos poemas de Mariano Blatt, Ron Padgett, o Leonard Cohen, en Nacusse las posibilidades son múltiples. Hay enseñanzas o pequeños llamados de atención, una economía máxima de lo cotidiano; un sujeto hace pis mientras su pareja lo espera en una habitación contigua, y ahí se asienta el poema para empezar a crecer. Un docente madruga, y mientras copia un ejercicio en el pizarrón, recuerda una especie de mantra, y ahí se asienta el poema para empezar a crecer. La referencia de tatuajes de henna resultan ser un movimiento lingüístico que atiende al registro oral de una generación, y ahí se asienta el poema para empezar a crecer.

 Prestemos atención a este ejemplo juntos:


Leí los poemas de mis amigos y sentí

que me contagiaban una tristeza idiota

de un modo superficial

como esos tatuajes de figuritas de chicles

que se venden en las escuelas o esos tatuajes

de hena en la playa. Hena.

Eh no.

La respuesta de los adolescentes ante cualquier cosa

es siempre negativa.

Desconfían de lo aparente.

No les hace gracia.

                   

  De este modo, en el entramado fragmentario de las microescenas, una inclinación deja entrever el viraje hacia lo diminuto, lo circunscripto, lo inadvertido incluso en el propio ejercicio reflexivo. Lejos de toda espectacularidad por ciertos gestos cristalizados, en el caso de los poemas “Mis días felices”, “Eno” o “Agua”, la poética de Nacusse apuesta por una inflexión sentimental, que no abdica de la tensión política ni del trabajo con la propia lengua, pero que desplaza su campo de intervención hacia zonas donde el registro lingüístico es incluso un territorio en sí mismo, donde su construcción es una materia sentimental y narrativa. No se trata, sin embargo, de una renuncia a la historia o al conflicto contemporáneo frente a lo social, sino de una reconfiguración del espacio de enunciación. El yoico acá cala hondo y eso resulta ser un movimiento. Incluso, su propia prominencia permite giros lingüísticos que asientan estas variables y habilitan juegos de sentidos:

 

En las mañanas heladas

Miyó

atraviesa la playa con gaviotas

la cajita de balas del mar.


Dispara contra la línea del horizonte

Miyó

es un all-inclusive del alma.


Encerrado recoge piedras blancas, balas

caracoles y cangrejos. Deja todo

junto a las gomas viejas y carcasa

de una tv. Deja que las cosas

se habiten a sí mismas por un rato.

La palabra barranco, por ejemplo, se sienta

sobre el marco de la ventana y desde allí

mira llegar los camiones de mudanza.


Miyó escribe la palabra barranco.

Después se lava los pies en un charco del desagüe

y se pierde en la niebla y camina sobre la playa

y no le molestan las heladas.


¿Miyó? ¿Mi yo? Ah, pareciera una construcción discursiva, un yo poético dislocado en segunda persona para realizar una apreciación decorosa y personal de una serie de gestos propios (¿y por qué no ajenos?). Dentro de este conjunto de detalles la voz lírica que componen los poemas no arma necesariamente una épica, sino una constelación de fragmentos que, puestos en relación, delinean la experiencia de una voz contemporánea que asume la vulnerabilidad como horizonte de expectativas y deseos. En algunos poemas, aparecerá Miyó, en otras, una primera personal del singular que se vuelve materia de experimentación. Bajo este precepto, lo “sentimental” no equivale necesariamente a un  desborde o a una repetición constante, sino a un modo de interrogar lo particular a partir de semas e hiponimias que despiertan sentidos paralelos. Es decir, Nacusse no especula ni propone nombrar la tristeza como tal, trabaja sobre ella, no dice necesariamente “soy feliz” o “estoy mal”, lo demuestra. Diría Eliot: la poesía no es una expresión directa de los sentimientos personales, sino un escape de la emoción y la personalidad. Nacusse encuentra en algunos poemas su correlato objetivo, una cadena de objetos y eventos que funcionan, incluso, para nosotros lectores: de repente un poema sobre la ducha puede significar una especie de conmoción, la receta para preparar una ensalada puede ser un ejercicio de melancolía, enjuagarse las manos y la cara en la bacha del baño remite a una asociación  metapoética de lenguaje. En otros, por ejemplo, la adultez remite a estados, no solo de ánimos sino de cierta transitividad social:

 

Con mi novia pintamos los muebles de la casa

de colores brillantes en la terraza del edificio

y después nos reímos de lo feo que quedan

y nos lamentamos y nos decimos

que nada es para siempre.


Ya no quiero ser joven

ir a fiestas a arrancarme el corazón

con pasitos de baile secretos

con pasitos de baile prohibidos

para el cuerpo en el que habito.


(...)


Aspiro las esquirlas

le doy de comer a las gatas

pongo en orden la cama y la casa

prendo una velita y bailo dócilmente

la alegría doméstica de las plantas.


Estoy contento de haber llegado hasta acá.

Ya no soy joven,  pero somos hermosos

 

  Esta voz lírica no pretende fundar grandes respuestas ni fórmulas universales: sus poemas son acciones, fisuras en el lenguaje, capas o sustratos en lo humano que se definen en un ejercicio de vitalidad. De este modo una oscilación entre el apego y la pérdida cobran relevancia; proponiendo que la vida rara vez coincide con las expectativas de luminosidad, pero cuando lo hacen, hasta una mínima experiencia puede ser algo hermoso. Un mundo donde el peronismo gane las elecciones de nuevo, un mundo donde los recibos de sueldo vengan con flores y los jubilados vivan como reyes, es en esta zona donde se asientan sus poemas, y así empiezan a crecer.

 

 

 

Diciembre 2025 • Marzo 2026

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