Sobre:
El lugar sin límites, de José Miccio, Buenos Aires: La vida útil, 2025
Antes, durante y después de escribir, en el territorio único de la incondicionalidad, ahí donde la vida se afianza y se resisten los embates de lo que lastima, en el ritmo diario de las cosas, encuentro la ilusión más consistente de los cimientos del mundo.
Cuando un índice onomástico empieza en A-Tirador Láser y culmina en Zulawski, Andrzej, llama el ángel de la lectura y su primo, el de la curiosidad. Siempre se agradece esta tecnología cuando hablamos de un libro repleto de referencias y de un autor que traza diagonales. Bajo el alegórico El lugar sin límites, José Miccio compila sus ensayos sobre cine sin que dejen de hablar sobre la música, la literatura, el arte, la mirada, el juego, la vida. Lo que empieza como una reseña se va poblando de pasadizos que llevan de una película a otra. Sus escritos son cartas de amor al cine, ajustes de cuentas, resonadores entre una covacha de internet y lo universal, visitas guiadas por las madrigueras del archivo Miccio. Mucho de ese cine ha sido visto en la actualmente declamada experiencia de la sala, pero también en el ensamble televisor-videocasetera, con archivos piratas reproducidos en VLC, en alguna inconfesada plataforma y especialmente en el festival de cine de Mar del Plata.
Puede hablarnos de Spielberg, del cine italiano, de Joaquim Pinto y Nuno Leonel, de Aristarain y Lubitsch. En “Gabriel Medina/Luis Ortega: cine y rock argentino”, arma un panorama del cine argentino contemporáneo y anticipa El Jockey (2024) de Ortega y, tal vez, &Sons (2025) de Trapero. A Ortega lo tilda de “coleccionista de transgresiones”, a Trapero no le toca la misma suerte.
Como Trapero, Ortega pasó del cine independiente al mainstream. Pero a diferencia de Trapero, que cedió todo, se jugó por un mainstream turbio, único en el panorama argentino, que en lugar de buscar caminos nuevos insiste en las fórmulas del costumbrismo de influencia televisiva (La odisea de los giles, El cuento de las comadrejas), la comedia marca Suar (Me casé con un boludo, Corazón loco) y la basura lisa y llana de la nueva derecha (Animal, 4x4, Mi obra maestra). (El cine popular de izquierda, bien gracias).
Sus posiciones no son estables, es difícil adelantar sus juicios. Cuando caracteriza a Zona muerta como más melodramática que la novela de King, no la condena: le gusta más. También puede escribir, hablando de Historia de un matrimonio, que “esos minutos de mal cine son los fundamentales de la película”.
La creencia que motoriza su escritura encuentra su expresión en el ensayo que da título al libro. Miccio canta a un desborde capaz de fundar el lugar sin límites, un cine donde el Mal y el humor dan la espalda a la obediencia y el cálculo. Contrasta los cineastas del desborde con los maestros tranquilos y para eso trae un día de Rilke en París, el 12 de octubre de 1907: “todo concuerda, todo vale, participa y armoniza en la unidad de las claras relaciones”. Basta reemplazar “días” por “cineastas” para entender, nos dice Miccio. Y luego de esta operación, adviene una más: “Todo lo que dice Rilke sobre el día en París es lo que los cineastas de los que hablo rechazan. Punto por punto”. Y acá llega la escritura luminosa: “A la pincelada oponen el brochazo, a la seda la piel curtida, a los colores delicados los colores firmes e irreales, al equilibrio la desproporción. Los maestros tranquilos no se equivocan nunca: tienen el secreto. Los bárbaros yerran a menudo: no pueden pulir la forma porque están ocupados haciéndola mutar, a ver qué pasa”.
La fuerza de los ensayos de Miccio no depende tanto de la cercanía que podamos tener con sus argumentos como de la convicción cinéfila con la que se hacen presentes. Y, sobre todo, de su escritura, que maravilla al tiempo que sufre la felicidad de la neurosis. Gozoso, abre una parentética tras otra para leer con nosotros y convertirse en cómplice “—me propongo creer—”.
El lugar sin límites cierra con la sección “En primera persona”. Dedica el primer ensayo a Esquirlas de Natalia Garayalde, el segundo a Raulito Ruiz —en un texto publicado aquí mismo—; en los últimos ensayos Miccio reorganiza el archivo una vez más y serializa películas sobre la separación y sobre la muerte. La escritura de Miccio, en la zozobra, llama al cine para retomar el compás. No para delimitar un círculo, para recuperar el paso. Sus ensayos producen entusiasmo, dan ánimo y fortaleza, como a José los de Manny Farber. A través de la escritura sobre el cine se llega a una sabiduría montaignosa: “las palabras de consuelo suenan siempre falsas, y por eso, en las situaciones en las que es obligatorio decirlas, sólo son aceptables las fórmulas, que al proteger al lenguaje de cualquier singularidad protegen también al que las dice de cualquier ofensa”.
Ahora sí puedo volver a “Ha nacido un ratón, una hoja cae en el estanque”, prólogo entre los prólogos, ida y vuelta entre la literatura y el cine, elogio de la lectura, pórtico. Me gustaría seguir hablando de este libro, lo sigo hojeando y releyendo. Miccio comenta que la carpeta con mayor actividad de su archivo de fotogramas capturados por el VLC es la de Libros, “revisándola, me di cuenta de que las imágenes de plenitud lectora eran menos frecuentes de lo que pensaba, y que en cambio eran comunes aquellas en que el libro cumplía funciones subalternas”.
El lugar sin límites es un libro de ensayos sobre cine en el que la lectura alcanza un lugar soberano.
Agosto • Octubre 2026

