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Diario de menopausia: escribir sobre un cuerpo que cambia

Yael Luján

Diario de menopausia: escribir sobre un cuerpo que cambia

Sobre:

Diario de la menopausia, de Laura Wittner, Buenos Aires: Bosque energético, 2025

«Acá estoy:

cincuenta y un años

cruzando la noche hacia el centro

en un colectivo vacío

con un libro comprado por error

que sin embargo

durante un rato

me explica entera.»

Laura Wittner. Leyendo a DL en el 108

 

Me pregunto de qué manera se debe haber sentido María Antonieta, reina de Francia, cuando, al soñar con un sol rojo que se elevaba para luego caer estrepitosamente, terminó anticipando la caída de su monarquía, provocada por la Revolución Francesa. También, qué pudo haber pensado César Vallejo al predecir, en su poema “Piedra negra sobre una piedra blanca” mediante los versos: “Me moriré en París —y no me corro—/ tal vez un jueves, como es hoy, de otoño”, su propia muerte. O, sin ir más lejos, qué hace la gente tras ir a una sesión con  una tarotista y descubrir todo lo que le depara la vida desde aquel día en adelante. ¿Cómo se siente vivir sin misterio? ¿No es la incertidumbre, acaso, lo atractivo del porvenir? Leer Diario de menopausia se sintió, en una primera lectura, como una predicción muy específica que me despojó de bastante desconocimiento sobre el tema. Laura Wittner parece decirnos a sus lectoras más jóvenes: este es el futuro que también les va a llegar a ustedes. Es extraño leer a tus veinte sobre algo que desconocés tanto pero que, de todos modos, sabés que te está esperando en la otra punta —quizá no tan lejana— de tu vida. Laura Wittner tiene la capacidad, no obstante, de escribir desde la proximidad. La autora logra que temas como el estado de su suelo pélvico, ecografías transvaginales o la expansión de su dolor coxofemoral nos interpelen.


Lo que se relata, aquel año y un poco más en el cual la autora experimenta no solo el paso del tiempo sino también los cambios de un cuerpo que ya ha dejado de menstruar, está dispuesto en el texto de un modo casi conversacional. Wittner se pregunta: ¿cuál debería ser mi tono? y ella misma se responde: el que utilizamos las mujeres para hablar de estos temas, “entre la risa y el no puedo más”. Pensado para ser leído por otros, para ser escuchado, se convierte en algo compartido. Eso que se expresa y le pertenece a ella pero, de alguna manera, también es de quienes la leemos y termina logrando que lo que nos queda tan lejos, a algunos, se acerque de maneras quizá no esperadas. Leo el libro y me reconozco en Laura Wittner, quien señala: “Ni mis abuelas ni mi mamá mencionaron jamás la menopausia”, expresión que parece confesarnos una de las cosas que motiva su escritura pero que, al mismo tiempo, reafirma su intención de desarmar el tabú, disiparlo. Su intención, o quizá accidente, de llegar a lectores como yo, a quien nunca se le habló de estos temas más que con alguna sutil alusión de mano de una madre que afirma: “me están agarrando los calores”, para relatarles todo eso tan aterrador que viene de la mano del final de la vida reproductiva.


Frente a un mundo que sigue viendo, muchas veces, en la maternidad el objetivo supremo respecto de las corporalidades femeninas, la autora reconoce tener un cuerpo inadaptado y, lejos de estar en paz con eso, nos dice: “es una sorpresa de lo más perturbadora”. Diario de menopausia no es un texto tranquilizador, no busca la romantización del proceso. En cambio, nos advierte de lo fatal de atravesar aquel camino. Entre divagaciones sobre aceptar, o no, la práctica vegetariana, la molestia frente a la carencia de un término como el coming of age pero que refiera a la transición de la adolescencia a la adultez, la existencia del olor a viejo, o pequeñas relatorías de la experiencia en clases de  natación que construyen la cotidianidad de los días, como si se tratase de un intruso que se mueve a paso muy lento, aparece otra cosa: el dolor en la espalda, la necesidad de cambiar de calzado, la pérdida de control.


De ahí, entonces, la certeza de que todo pasado siempre fue mejor que se instala en la propia escritura —”me sentí en un presente muchísimo mejor: se parecía al pasado”— y termina por teñirlo todo con un tinte nostálgico. La consciencia de ser diarista, en este mismo sentido, no escapa a esa sensación de un presente que se desvanece, como vemos cuando nos señala Wittner:

O al revés: la compulsión constitutiva por registrar es lo que te lleva a ser diarista. En general el vicio empieza temprano: infancia, adolescencia. Lo que se va escabullendo  ese tiempo amplio que posibilita anotar casi en el momento. Cuando existían el ocio y el descanso yo registraba en vivo. En vivo y en directo y a color: cuadernos y cuadernos. Palabras, dibujos, pegatinas. Ahora es casi siempre un ejercicio medio retrospectivo. Para mí eso se nota. Es diferente, incluso, si el registro es de dos días después o de un mes después. Hay recursos, claro. “Taller de fingir frescura”. Pero se pierde un aura de presente.

Porque la escritura, en última instancia, también se ve afectada por el paso del tiempo. Junto a un cuerpo que ya no responde de modo ideal, Wittner toca otro problema que, por otro lado, sigue estando ligado a la adultez: la falta de momentos que habiliten la reflexión sobre lo íntimo. Tener un diario se convierte en una puesta en escena, lo que se agrega, días o incluso semanas después de que ocurre, adquiere otro carácter, se vuelve más artificial. Sin embargo, no por ello deja de ser personal, no perece sino que muta, se transforma en otra cosa. Escribir es ahora mirar para atrás. El diario, entonces, como género se tensiona: si bien comprendemos que todo texto pasa por determinados procesos de edición, Wittner consigue borrar la ilusión de espacio secreto, es un texto que desde su nacimiento surge para la exposición y que nada tiene que ver con su cuaderno amarillo, ese que extraña en la última página del libro, escrito con la tinta violeta o negra de las lapiceras Waterman, en el que encuentra un lugar todo aquello que sí es el de índole privada.


La tradición, al igual que todo aquello que parece darse por sabido en este libro, es puesta en crisis. ¿Qué queda del diario cuando el registro ya no es espontáneo sino reconstruido? Pese a ello, no obstante, nada en este libro parece ser una decisión tajante y definitiva: hay espacio para la confusión, la ambigüedad, la mezcla. Escribe Wittner: “Porque ¿quién querría leer toda esta queja sino yo misma? Que ni siquiera querría leerla: solo necesito escribirla”  y nos confiesa, de este modo, que en alguna que otra ocasión la intimidad también se coló en la confección de este diario tan despersonalizado. A su vez, con esa afirmación nos explica otra cosa: la escritura, además de todo lo anterior, también es una necesidad y una especie de consuelo.


Tiene la potencia de la curación, incluso cuando una misma no puede verlo. Así se nos presenta, en aquel final en el que la autora afirma haber consultado respecto del libro y la falta de algo narrativamente conclusivo para decir, debido a los altibajos del propio proceso, pero termina entendiendo que en esa inestabilidad y sensación de carencia se alojaba la conclusión que necesitaba. Como si, lejos de aspirar a darle un punto final, el valor estuviese tanto en la relatoría del proceso como en la exploración de aquella temporalidad rota que parece guardar relación con ese otro mundo, nuevo, en el que la autora se ve a sí misma. Un presente que se escribe a destiempo, un pasado que se convierte en el día a día y un futuro que se configura desde la incomodidad, como una zona borrosa.


Al terminar Diario de menopausia me es inevitable no volver a mi pregunta inicial: ¿cómo se vive conociendo de antemano el futuro? Ahora pienso que Wittner, sin embargo, no parece explicarnos el cómo, dado que aún no lo sabe. Lo que nos ofrece, de la mano de la predicción de lo invariable, es una escritura que nos acompaña. Del mismo modo que ella lee a Deborah Levy o a Inés Garland y encuentra cierto tipo de familiaridad, la autora se propone a sí misma ocupar esa figura, y, lejos de eliminar el misterio de la menopausia o buscar una resolución a su alrededor, lo vuelve materia compartible. Algo que contamina los días como también lo puede hacer la música, un sarpullido nuevo o alguna receta extraída de internet que se vuelve ritual.

 

 

 

 

Diciembre 2025 • Marzo 2026

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