Sobre:
Punto ciego, de Martina Juncadella, Buenos Aires, Socios Fundadores, 2024.
Este libro de Martina Juncadella puede leerse a partir de los espacios que deja abiertos. No sigue demasiado una organización sintáctica y esto le permite abrir un juego asociativo, mezclar léxicos y emociones, explorar el vaivén ambiguo que se da entre la imagen y la metáfora. Así surge un yo que va de lo real a lo imaginario y puede hacer el recorrido inverso en tiempo record. Esa velocidad al nivel de la escritura es un valor de este libro porque no se distrae con el sentido de un verso o una frase, sino que ellos son lanzadas a una mixtura en ebullición, en busca de combinaciones difíciles de predecir. En esos movimientos habla la emoción de una superviviente, pero ella no queda encerrada en su mundo sino que convive de manera no pacífica con el mundo de los otros. En un poema se narra una pelea callejera interpolando frases sentimentales que así pasan de un contexto a otro más violento:
Corté bocas con palabras hasta que vi mi cierre roto saco vacío un pinchazo alertó: ya no tenés amor hundió sus nudillos en mis cachetes granosos paf soy un muñeco volvió el golpe
El primer verso es un ejemplo de esa rara mezcla entre visión e imagen. La primera cede sus poderes a la segunda dando lugar al relato de un robo con piñas en el medio. La causalidad sin embargo es difícil de reponer y una singularidad del libro radica en estas disyunciones; la preferencia por la heterogeneidad de tonos o recursos que trazan su curva sorpresiva entre un verso y el siguiente. Por otro lado, no deja de ser interesante que la visión sirva para hablar de un desafío, ya que a eso parece aludir ese “cortar bocas con palabras”, como si el lenguaje pudiera ser una hoja de afeitar (o algo parecido). Así arma Juncadella sus poemas. Una provocación lingüística se apropia del lamento y va pisoteando sus modulaciones como quien camina en una habitación a media luz. Así llegamos al gesto experimental que en algunos versos crea raros morfemas a partir de separaciones repentinas:
merras
pal
agar
gnta
ie
lo
tra
n
spa
ren
te
En esos cortes surge otra imagen curiosa que bien puede estar vinculada a un sentimiento muy presente en el libro, y a la vez puede referirse a una experiencia de escritura. Porque la vivencia subjetiva no se refugia en un tono anodino sino que llega como un “hielo transparente en la garganta”, capaz de raspar como una espina. ¿Pero el hielo no sirve para refrescar también? No es lo que parece sugerir la respiración de estos versos. O en todo caso, la cuestión no es tanto la claridad de las percepciones o los hechos sino cómo ellos pasan por el tamiz de un yo imaginario sumido en sus desventuras. Ahí las cosas y las sensaciones dependen de un momento subjetivo y se van transformando con él, sin dejar de ser ellas restos descoyuntados. Todo esto es, sin embargo, una parte de la cuestión. Ya que los poemas de Juncadella pueden pasar de lo anti-gramatical a una nitidez más elocuente:
sin señal
quiero hablar con mi madre muerta
representante de las porcelanas
que llame y diga
te amo
voy a prender un gran faro
en el medio de la manzana
pero las palabras se alejan cantando por un puente
Distintos sentimientos de pérdida o nostalgia entran en el espacio de la fantasía y construyen su escena con varias imágenes notables: una reminiscencia cercana a las películas animadas muestra aquello que las palabras desean y apenas llegan a decir, cuando se pierden “sin señal”. Así también en otro poema se inventan objetos como una “moneda” de la suerte hecha con un material no identificado que se tira por un “pulmón”. Buena parte de la extrañeza de este poema reside en ese gesto elíptico de condensación sobre la representación habitual del “pulmón del edificio”, llevando de pronto el espacio real y cotidiano hacia el espacio del yo con sus “sueños de oro”.
Decimos entonces “yo imaginario”, pero también cabe aclarar que no hay en este libro mucho margen para los vuelos de la fantasía, el viaje alocado o las criaturas súper-poderosas. Quizás incluso sería conveniente plantear una tensión entre la aventura y la desventura, entre una imaginación que busca ir siempre más allá y otro tipo de imaginación parecida a un tropiezo, que no busca refugio o motivación en sus ilusiones. Juncadella más bien las contempla como objetos raros, similares a una excrecencia. Y esto se vincula con otro aspecto del libro que marca distancia frente a un tema trasuntado: sobre la fiesta no hay mucho para decir y sus estertores son un apunte marginal. El drama pasa por el día después en la calle, o lo que no cierra en los vínculos amorosos. Desventuras marcadas por una dificultad de comprensión que el formalismo de este libro acentúa en sus mejores momentos.
Punto ciego ofrece entonces una versión de la lírica que transgrede los fijismos de ese discurso. No solo porque mezcla la experiencia individual y retazos del mundo social, sino por otros dos aportes destacables. Por un lado, una concepción del yo que no queda aferrada a su identidad, sino que se despliega en distintos excursos imaginarios. Estos sin embargo no buscan la excitación aventurera, sino que se manifiestan a través de cortes súbitos que a la vez dinamizan y atraviesan la escritura en verso. La emoción está contenida en esas arbitrariedades; una violencia insistente sobre la lengua que mezcla el tono sentimental con otros vocabularios, precisamente para mostrar una juventud cuya vitalidad se ve obligada a resistir los golpes del sistema. Varias frustraciones hechas lenguaje que inventan algo nuevo en el camino.
Diciembre 2025 • Marzo 2026

