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Arte de narrar vidas

Silvio Mattoni

Arte de narrar vidas

Sobre:

El hombre que vio al oso. Escenas biográficas, de Nora Avaro, Rosario/Santiago de Chile, Nube Negra/Bulk, 2024

Más que un libro sobre biografías, el de Nora Avaro es un acercamiento al arte de la biografía. Las vidas contadas son vistas así en su espacio más propio: no se trata de ensayos críticos con aditamentos de la vida ni de comentarios al margen de anécdotas o de obras más o menos interesantes, sino que se perfila, en distintas figuras, ese artista secreto que se dedica a escribir lo que de entrada parece imposible. Desde sus orígenes, desde las vidas ilustres, las vidas paralelas o hasta los epigramas funerarios, siempre se enfrentó ese artista vulnerable, que no tiene reglas, al problema de la selección. Una vida, cualquiera, está hecha de infinitos momentos, de sucesos recordados y de amplios lapsos olvidados, de encuentros y de cosas que pasaron cerca, ¿qué contar entonces? Únicamente el arte da la respuesta, y Avaro comienza por un ensayo sobre el talento selectivo que compone vidas breves y que no solo estaría muy cerca de la literatura, sino que incluso es lo que más se parece a ella, su definición fundamental: la elección justa. Un maestro inglés dicta ese lema: todo lo significativo, nada de lo redundante. Claro que ese método elige también las vidas como materia de su abreviatura artística en forma de narraciones. Las vidas inventadas o recreadas por Schwob, por Borges, entre otros, ¿son algo así como biografías o acaso son ficciones que solo toman el aspecto del relato de una vida?

La posible diferenciación entre biografía y narración se borra más bien, puesto que incluso la más documentada reconstrucción de los hechos de una vida, si ese fuera un horizonte deseable, es también la selección de lo que tiene sentido, de lo que interesa. Si el biógrafo sabe contar, sabrá elegir, y el resultado será el más interesante de los libros, que nos haría conocer, en su amable espacio imaginario, tanto al personaje más o menos ilustre, al caso raro, al ejemplo típico, al excéntrico irrepetible, al artista fuera de su obra, que es el sujeto y el tema (según Avaro subraya, con una ingeniosa apelación al galicismo puesto que sujet quiere decir ambas cosas), como a quien escribe esa vida.

Y sin embargo, el “oso”, esa personalidad que vivió en cierto tiempo y cuyos avatares no dejan de interesar porque produjo algo con su vida, y para el caso da lo mismo la celebridad mundial de Joyce o la resonancia de una amistad íntima y provinciana que tiene el nombre de Mastronardi; el “oso”, decía, que parece aún vivo para los testigos que lo vieron, que poco a poco desaparece con esas mismas vidas cercanas, sigue siendo un motivo para el ejercicio insistente del arte. Avaro juzga las biografías de Joyce, monumentales y celebratorias, para quedarse con el talentoso resentimiento de su hermano, Stan, el que cuenta la locura y la megalomanía del autopercibido genio. Pero se detiene, como ante la conversación de un colega que enfrentó problemas similares, en la biografía breve de Mastronardi que escribió otro poeta, Petrecca, y que es en verdad una vida poética envuelta en los vestigios de algunos sucesos, algunos testimonios, porque aquello que la impulsa no es el registro, la vana reconstrucción histórica, ni mucho menos las fechas en la vida poco agitada de un poeta entrerriano, sino la elegía, el sentimiento de la ausencia de alguien, definitiva. “El hombre que vio al oso”, es decir, alguien que trató íntimamente, que fue amigo del sujeto, de Mastronardi, acaba de morir. Con él, el poeta biografiado se hunde un poco más en la muerte, en la pura huella, en los archivos, como si los escritos que prometen resucitar la intensidad de una vida debieran pagar por ello el precio de someter a su forma, ya quieta, todos los elementos que se podrán contar o descartar. Y además, ese último testigo que fue amigo de Mastronardi, quien a su vez fue amigo de Borges, de Gombrowicz, de Ortiz, también es un poeta que importa, y sobre todo un amigo que se extraña, otro raro entrerriano en París, Arnaldo Calveyra. Se toca así en el rodeo alrededor de las vidas de Mastronardi, donde incluso la crítica deviene biografía, un aspecto central de ese arte, que se une al sentido de la literatura sin más: es el final, la muerte. La obra, lo significativo, lo que ya no podrá redundar, se remata con el dato final, el año, el silencio que se da vuelta, como un fantasma, para recorrer al revés todo lo que escribió el que hasta esa fecha tenía ese nombre, y ahora no es más que su nombre. El biógrafo tiene las dos fechas y el nombre, todo lo demás habrá de ser literatura. Pero ¿no se le pide más vida, ánimos de vida, curiosidad despertada, apasionamiento irrefrenable, justamente a la literatura? La lectura trascendental de un autor incluye sus supuestas obras, sus notas secretas, sus borradores, sus cartas, pero también todo lo que se puede contar de él, los testigos, los osos, los osados infidentes. ¿Quién puede volver a leer las aventuras del chico que se hace escritor en la Recherche, en busca de la mentirosa inmortalidad, sin pensar en Proust, encerrado entre paredes de corcho, estimulándose con café y durmiéndose con drogas, enfermo, intercalando frases en las frases, párrafos en los incisos, papelitos pegados en las pruebas de galera?

Además, y no solo por añadidura, el libro de Avaro reflexiona también sobre la vida del artista-biógrafo, sus búsquedas detectivescas, sus inclinaciones afectivas, todo aquello que cautiva al escritor de biografías enfrentado al caos de los archivos, que a veces es un orden excesivo, a testimonios, si quedaran, a la elección de modos de narrar esa vida, el sujeto que la protagonizara, el tema de su escritura. Se alude entonces, aparte de otros biógrafos más o menos célebres, a las vidas que debió contar, a las elecciones que debió hacer ella misma, la autora del libro, como una reflexión desde adentro de los problemas y las fascinaciones del arte biográfico. En su caso, Avaro se encontró con un elemento casi renacentista de la biografía, que se aleja de toda ocurrencia romántica, y que sería el encargo, que a veces precede a la captura del biógrafo por la vida que habrá de contar. Por eso resulta tan ilustrativo el análisis del diario del biógrafo francés de Derrida, que acompañó los años de escritura de esa vida, donde narra las conversaciones con testigos, las decisiones que tomó, y sobre todo las circunstancias que lo llevaron a la elección del sujeto. Había pues, antes del ejercicio del arte, una vocación biográfica, y ese deseo de vidas ajenas no se deja de lado en los ensayos que componen El hombre que vio al oso, que se autodescribe como “escenas biográficas”, con una acertada ambivalencia: ¿escenas de las vidas que se cuentan, los temas y los sujetos de las biografías, o escenas de los procesos artísticos de los biógrafos, o inclusive escenas de la vida de la teórica del este arte, que también lo practicó, y que da testimonio de su propia vida en relación con la búsqueda de la narración significativa?

Que esta clase de preguntas, que son retóricas y requieren una enfática respuesta retórica, sea posible, se suscite a partir del libro le otorga todo su valor, su vitalidad y su interés. Pero quizás me esté olvidando de algo, que no se puede describir, salvo que citara páginas enteras, y es el estilo de Nora Avaro, siempre fluido, atrapante, inteligente, que hace que un libro sobre escrituras que cuentan vidas se torne más fascinante, dé acaso más sensación de vida que la mayoría de las novelas, esas biografías que no se atreven a decir su nombre.

Mayo • Agosto 2025

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