Sobre:
Fascismo cosplay. Crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino, de Luis Ignacio García, Buenos Aires, Caja Negra, 2026
En Fascismo cosplay, Luis Ignacio García se propone un diagnóstico, o mejor dicho un diario ni irigoyenista ni mileista, de la confusión que este último —y eso que puede darse en llamar el mileismo—, ha provocado en nosotros, es decir en eso que no menos generalmente solemos llamar el “campo nacional y popular”, “los progresismos”, etc. El libro discute, y mucho, todo el asunto del “progresismo”, su crítica desaforada durante 2025 (donde parecía que Milei y el mileísmo era su sola responsabilidad, le re cabió), así como también lo que García, muy inteligentemente, llama “progresismo antiprogresista” e “izquierda trumpista”, es decir, los sectores del campo popular que atribuyen a los feminismos, ecologismos y neocolonialismos el apartamiento de un agenda fundamentalmente económica que habría pavimentado la ascensión y consagración de Milei. Pero vayamos por partes: lo que me propongo en esta reseña, en esta lectura ampliada, es leer el libro de García siguiendo la traza de cuatro conceptos/prácticas que me interesan especialmente, y que además trabajamos, primero, en un Ciclo de conversaciones a meses de haber asumido Milei y, segundo, en un libro (Milei, modo de uso: cinismo, nihilismo y transparencia) a punto de ser publicado en este 2026. Los cuatro conceptos-prácticas en cuestión son: fascinación, cinismo, nihilismo —ya citados—, y porno. Vamos a ver qué podemos hacer de ellos para, a través del libro de LIG, intentar ver si podemos entender y comprender, no justificar, a Milei y el mileísmo.
1. Fascinación
Empieza Luis Ignacio: “leo en el diario ‘el pueblo asiste con espanto a la seguidilla de provocaciones del gobierno’. Espanto, sí, pero también con fascinación”. El diario seguramente haya sido Página/12, un diario —con todos sus dimes y diretes— que nos forma desde hace 36 años. Pero quizá tampoco haga falta citar el famoso “fascinating fascism” de Sontag, ni la fascinación explícita y confesada que Milei generó en numerosos periodistas, streamers y humoristas, para entender aquellas palabras: el Milei(ismo) no se sostiene sólo sobre el horror y terror sino también sobre una encrucijada donde “el espanto se combina con la fascinación, [existe una] complicidad entre espanto y fascinación”. Así como a algunos no los unía el amor sino el espanto —cita obligada—, y otros postulaban —y siguen postulando— que “el amor vence al odio”, García nos propone pensar: lo que une y aglutina a el Milei(ismo) no es sólo la aberración, el escándalo, la indignación, sino también la fascinación, incluso con nuestras propias indignaciones, escandalizaciones, etc. La fascinación, entrando en un terreno levemente más lacaniano, “es la seducción irresistible que lo real produce en lo imaginario, cuando lo simbólico se repliega”, aclara García. No habría fascinación si antes no hubiera habido adelgazamiento —como se decía hace unos años— de lo simbólico, de las mediaciones, de las inhibiciones. Hay fascinación porque hay desinhibición: la derechista cobarde, “el progresismo neoliberal”, etc. Y eso, esto, sin exculpar a nadie, no es un invento de (el) Milei(ismo). La fascinación, agrega Garía, “nos exime del trabajo de la admiración”, es decir de la ad-miración, del miramiento a o con distancia, de la imitación por el influjo extraño —pero mediado— de la imitación: la fascinación para con Milei no es la repetición de los gestos, tonos y formas de hablar de un profesor que nos “fascinó”, sino más bien el horror que nos produce una palabras o imágenes que no podemos dejar de mirar, de las que no podemos apartar la vista.
La fascinación para con (el) Milei(ismo) es como la que genera “el derrotismo que el apocalipsis propicia”: sabemos que estamos perdiendo, que podemos morir, pero vivimos ese conocimiento e inminencia con un gustito particular, quizá eso que se ha llamado goce, tal vez eso que se ha dado en llamar joissance. Es, agrega García, “la fascinación que ejerce la ferocidad desatada”, sea de la técnica y el fin del mundo, sea de la más ortodoxa encarnación del capitalismo meando a todo el punto —Alan Pauls debería escribir, además de sus historias del llanto, el pelo y el dinero, una del meo, porque pasamos, en 2001, de decir “nos mean y los medios dicen que llueve”, a que un presidente clame estar meando a todo el mundo todo el tiempo—. Si en el caso de la técnica, repone LIG, la fascinación es generada por “los abismos que genera esa desconexión entre ciencia y política” , es decir la imposibilidad de la segunda de controlar o direccionar a la primera —y una fascinación complementaria, y no sólo de Benajmin Labatut, con Lovecraft, mal que nos pese—, en el caso de Milei “lo sorprendente y fascinante de su postura es la determinación”. Es exactamente esto lo que fue elogiado, y fascinó, a periodistas, streamers, humoristas y empresarios: ante un gobierno del “no se puede” como el de Alberto-Cristina-y-Massa, en el arco alfonsinista que forma con el “no se quiso, no se pudo, no se supo”, Mieli avanza, entra a todas, como un caballo. No hace falta rever Caballos salvajes para recordar la fascinante sensación de libertad que dan las trinas de un caballo corriendo al viento. Pero además, se pregunta García, “¿hay algo más fascinante que el mal?”, ¿hay algo más atractivo que quien adopta esa posición sin complejo, sin pruritos, desenfadadamente? Aunque luego se corra y vomite “Argentinos de bien”, quizá no haya contradicción entre postular esa Argentina y asumir aquella antropología negativa. Quizá “los argentinos de bien” son malos, sucios y feos, al mismo tiempo que “ética y estéticamente superiores”, es decir una cosa y la otra, no una o la otra: fascismo cosplay, cinismo y nihilismo, no camisas negras o trajes militares verdes. García actualiza: acá ya no estamos en terreno lacaniano, estamos en tierras (de nadie) de la “ilustración oscura”, pero también de la “inconfesable fascinación [que ella genera] para todo progresismo ilustrado, porque ella se permite una lucidez de la que él es incapaz, por ceguera o cobardía”. Creo que no malverso a Bataille si digo: hay un callejón polaco entre maldad y pensamiento. Sigue García: “la fascinación que genera [la ilustración oscura] es una que sigue cavando la fosa entre lo que sabemos y lo que podemos (la “genialidad” luciferana de los libros de Labatut)”. Tan cultos, tan formados, sobreeducados, y tan impotentes, con un presidente mersa.
2. Cinismo.
Mersa puede ser, pero cínico no, dirá García. Milei, para Luis Ignacio, “no es cínico, es sincero”. Que sea sincero, de más está decirlo, no quiere decir que no mienta ni que no sea corrupto, sino que, con sus ideas, establece un pacto de sinceridad, según el cual “dice lo que piensa”, he speaks his mind como dicen los británicos. En otras palabras, no es Macri, quien puede ser post-kirchnerista, como en 2016, o pre-mileista, como en 2019, de acuerdo a cómo sople el viento de la opinión pública. Milei, en su rotura que fascina, piensa que puede soplar más fuerte que el viento, o influenciar sus corrientes de aire. Quien sí peca de cinismo, en la reflexión de García, es “el antiprogresismo que estetiza el pragmatismo cínico”. El cinismo en general, como nos ocuparemos cuando hablemos de porno, plantea una escena obscena, donde hay un dentro y fuera de escena, mise en scène y hors du champ. Por esto es que también, propone García, necesitamos “+ ironía y – cinismo (…), porque el cinismo asume esa ausencia de afuera”. Por eso también es que “el antiprogresismo es una forma de cinismo: de tanto explicar a Milei se lo termina legitimando”. Aquí, con Ricoeur, quizá, cabría matizar un poco esa afirmación: entender no es comprender, comprender no es justificar. “La ausencia de dobleces es la ausencia de cinismo”: ¿cuál fue la doblez par excellence del antiprogresismo, presentarse como antiprogre siendo más chacapalermitano que PilarDibujito y comprar ropa en Chacra? ¿Retacear que el ascenso y triunfo de Milei no se puede restringir a políticas de la memoria o a un ministerio de la mujer? ¿Escamotear que, antes del kirchnerismo 2008, los jóvenes miraban al peronismo como pejotismo? Si “el influencer es la realización cínica de la “igualdad de las inteligencias” de Rancière —haberlo sabido y no lo leíamos tanto, y tan mal, hace casi veinte años—, es decir Milei como aplanador general de todo mérito en Doctorados ad hoc y seguidores y libras, ese cinismo es otro del “cinismo neoliberal tradicional”: Macri y su espionaje como lucha contra la corrupción.
En este “presente cínico”, donde “la visibilidad de la no-democracia en la democracia construye ya no un orden cínico sino uno espectacularmente antidemocrático”, Milei sería, sobre todo para el “antiprogresismo progresista”, “el efecto de los gobiernos que ellos defendieron cínicamente”. “Ellos” somos nosotros, “cínicamente” porque sabíamos que no funcaban, que había errores y acomodos, gentes no capacitadas en puestos que no les correspondían, bref, que eran el mal menor, no el bien mayor. De tanto hacernos los boludos nos creció un forúnculo mileísta, de tanto turn a blind eye se nos puso de frente un libertario destruye-Estado. Este “cinismo autocomplaciente” es el que hay que (auto)combatir, nos dice García, con una “ilustración radical que sea a la ilustración oscura lo que la ironía al cinismo, lo que la esquizofrenia a la psicosis, lo que la experimentación con una realidad no codificada al colapso de todo sentido de realidad”. Te engañé: no vamos a coger, vamos a experimentar esquizofrénicamente. “Cinismo y consumo irónico —prosigue Luis Ignacio— se oponen en sus efectos. La fórmula del cinismo decía: “lo saben, pero aún así lo hacen”. Cabría recordar que, estudiando la responsabilidad colectiva (es decir social, civil, capilar) ante la última dictadura, era esa clase de razón, la cínica, recuperando a Zizek y Sloterdijk, la que proponíamos para complejizar, no sólo la razón ilustrada marxista, sino también —y sobre todo— el centramiento en el saber y el conocimiento, logocéntricamente, para estudiar la responsabilidad ante el pasado. Esa razón cínica, con todas las mediaciones y diferencias del caso, es le sens pratique bourdiano: no hace falta que venga ningún “listillo”, bella y extraña traducción española, que venga a decirles a los nativos/cínicos que están haciendo lo que los nativos/cínicos ya saben que están haciendo. No es una cuestión de saber y mucho menos de información. “El cinismo fue el heredero hiperilustrado de la crítica; el consumo irónico es el heredero postilustrado de la razón cínica”. Así, podemos consumir Maslatón porque, ilustrados, nos sabemos críticos, deconstructivos, inteligentes; el problema, podríamos decir, es cuando, consumistas irónicos, postalfabéticamente perdimos de vista el sentido crítico que nos hacía cínicos. ¿Para qué me voy a poner a criticar el sionismo genocida de Maslatón si todos ya lo conocemos y gozamos igual? Vermouth con papas fritas y good show. El cinismo original, como la crítica, nos “distanciaba” (cursivas en el original) del objeto, no buscaba “adherirnos”. Si “el cinismo era una excusa para desafectarnos, la razón cínica fue la forma extrema del “pathos” de la distancia”, concluye García. ¿Se entiende, una vez más, por qué no es —solamente— un asunto de saber, de conocimiento, de información? ¿Cómo hacemos para afectarnos, interesarnos, involucrarnos más allá, o incluyendo, algunas formas específicas de saber, de conocimiento, de información?
3. Nihilismo.
García parte de otro diagnóstico: existe, hoy en día, “una conexión interna entre capitalismo y nihilismo” . El último expresa, como si dijéramos paradigmáticamente, “la descomposición de la vida del sentido”. De esta coyuntura, nacionalmente, el Milei(ismo) nos muestra su “costado más nihilista: reaccionarismo anti-nacional y conservadurismo anti-liberal”. Ni siquiera la pareja o matrimonio entre conservadurismo y liberalismo puede dormir en paz. Hay, entonces, sostiene García, un “aplanamiento nihilista del sentido” en el “nihilismo radicalizado de nuestro tiempo”. En el “oscurantismo nihilista contemporáneo” el nihilismo muestra toda su “irrelacionalidad”: no solamente descomposición del sentido, aplanamiento, etc., sino que nada tenga que ver con nada, que los vínculos internos del pensamiento, y de la palabra, y de la vida, se encuentren desgajados. Si nada tiene sentido, entonces Dios ha muerto. Si Dios murió, ya sabemos cómo termina esta frase.
El nihilismo, piensa García, es “porno”: no pornográfico, no cínico, no obsceno, sino porno, explícito, chocante (shockeante), chorreante de un sentido que no existe, que derrite, que convolutea en el aire. La “lucha contra [esta] deshumanización y el nihilismo” , sostiene García, no va a venir de la mano del “antiprogresismo”, es decir, de ir de casa al trabajo y del trabajo a casa —es decir de la cama al living— y pegarle a tu mujer. En “tiempos de nihilismo todo lo líquido se solidifica”, actualiza García, entonces no habría sentido —ni tal separación— en volver a aquellas formas más duras, sólidas, estables de vida social, por otra parte total o parcialmente descompuestas, o al menos mayormente nostálgicas. Si “el nihilismo de la extrema derecha actual es expresión de su hipermodernidad”, ¿cuál es nuestra hipermodernidad de la que somos capaces? ¿Ir a La ciudad de los niños con nuestros hijos? ¿Extrañar el Ital Park? ¿Lamentar que ya no haya teléfonos públicos en la calle? Si el nihilismo, sostiene García, se ha convertido en un “a priori histórico”, la gelatina que vuelve “resbaladizo el suelo de nuestro tiempo”: ¿cuáles son las hipo-tesis, los suelos —y pasos, como quería “Paco” Urondo— previos y sólidos a los que podríamos volver para combatir esta solidificación endurecida y endurecedora?
Sin embargo, si prestamos atención, en los párrafos anteriores abundan los hoy en día, de nuestro tiempo, contemporáneo, etc. Es decir, el nihilismo podría haber sido otra cosa de lo que fue, hay un nihilismo pendiente e incumplido esperándonos a las puertas de su realización. No sabemos en realidad si tanto como esto, pero sí, pregunta —retóricamente— García: ¿“no era la democracia la raíz del nihilismo, como denunciaban sus mejores críticos, Nietzsche incluido?”. Si esto es así, si “el nihilismo [hay que tomarlo] como característica transversal” , como un “suelo nihilista”, debemos explorar las “relaciones entre izquierda y nihilismo”. Dicho de otra manera, no que el nihilismo como l’enfer, c’est toujours les autres, sino que “posverdad es el nihilismo que llevamos dentro”. Por supuesto, no somos —cada uno de nosotros— pequeños Trumps de baja estofa, ni —como se dijo muchos desde los 60’post-marxistas—tenemos a Trump —como a Hitler, Mussolini,, la policía antes— adentro, pero sí, un poco menos autonomistamente, que “hoy todos somos nihilistas”. ¿Es así porque somos una manga de descreídos políticos, de desafectados, de sobre-adheridos que no creemos en nada, o a lo sumo creemos en la nada misma? No, dirá García: es así, porque “todos somos nihilistas porque el nihilismo es una condición, no una opinión”. Nietzsche diferenciaba, repone García dando cuenta de su bagaje filosófico, entre un nihilismo “pasivo o activo”: en la pasividad, deseo de nada; en la actividad, reconocimiento. Hoy día, la pasividad es la inminencia y aceptación de colapso, la actividad esta “democracia zombie”, muerta pero que sigue caminando, así como intentando morder a otros sobrevivientes.
Por este motivo, dirá García, “en tiempos de nihilismo, necesitamos un giro cualitativo”. ¿Otro giro más (lingüístico, afectivo, realista) y van? No, más bien: “tomar posición, frenar el impulso entrópico de la universalidad abstracta”. Preguntarse, en otras palabras, “qué tipo de verdad forjaremos para derrotar al nihilismo neofascista”. Lo cual, desde ya, reconoce que hay más de una pero al mismo tiempo no cualquiera, pero sí cual(se)quiera, o mejor dicho, cual(se)pueda. En tiempos de “nihilismo consumado”, consumar otra verdad, propia pero impropia, es decir compartida. Si en estos tiempos lo que define a un “crítico” es la “conversión de la sospecha en una duda hiperbólica, nihilista”, reconstruir las bases —es decir las hipó-tesis— y puntos de partida para la organización política de una verdad no nihilista ni fascista, esto es (im)propia. Al “nihilismo hiperpolítico” de la duda out of joint, desmelenada, sin phronesis, volver a controlarla —quizá no sea la mejor palabra— metodológicamente. Porno y helado, duda y (deber de) imaginación. Si el “nihilismo lingüístico pone en equivalencia cualquier enunciado”, donde es lo mismo hambrear y endeudar a un pueblo que no haber podido perforar la pobreza estructural legada por el capitalismo neoliberal dictatorial-menemista, trabajar en la reconstitución de la autoridad —respetar los rangos— interna de las palabras, cosas y prácticas. Si “lo nihilista de Occidente (invalidación de la discusión y valoración de verdades)” se comió, en el negacionista, su laicidad (no hay verdades últimas), recordar que tampoco hay verdades primeras, es decir que toda verdad se cuece en un jugo hermenéutico común. “El nihilismo terraplanista” no será vencido con más terraplanismo (morenista, duhaldista, santiagocunista), ni aplanando la cancha, podríamos decir con García. Bref, si el “nihilismo”, repone García, “es la pérdida del valor de las cosas”, argentin s a las cosas. Las cosas: preguntar, con-sumar, reconstruir, volver, trabajar y recordar.
Para terminar: “hoy el nihilismo es el capricho de la valorización financiera que da y quita valor” . Pero también: “el de la transgresión siempre fue un nihilismo activo; el de la literalidad estadística sólo puede ser un nihilismo pasivo”. Nos acordamos, ¿no?: nihilismo activo, “signo del creciente poder del espíritu”, nihilismo pasivo, “decadencia y retroceso del poder del espíritu” (F. Nietzsche, La voluntad de poder, España: Edaf, §22). Pero, nos pregunta García, ¿cómo contestamos aquella valorización financiera nihilista-caprichosa? Nunca queda muy en claro —no puede quedarlo, vivimos entre mapas nocturnos—, pero García sí tiene en claro algo: “la izquierda iluminista que parece creer que el nihilismo en el que medra el neofacismo es una opción ideológica y no una condición epocal” se equivoca; “un nihilismo izquierdista que cree poder reencauzar la violencia nihilista del neofascismo” se equivoca. En este “nihilismo generalizado” , parece decirnos García, no sólo que todo preso es político, no sólo hay fusiladas que viven, sino que también todo ser humano es epocalmente nihilista, pero el nihilismo no será the master’s tools a través de las cuales saldremos de esa condición.
4. Porno.
Pero, no todo es fascinación, cinismo y nihilismo en la vida (mileísta), también habemus porno: “el gobierno de la austeridad se muestra pródigo en disfrutes pornográficos”. Tenemos que pensar más, y mejor, este vínculo entre austeridad y pornografía, entre “niños envaselinados en jardines llenos de pedófilos” y “¡NO-HAY-PLATA!”. “En el ejercicio pornográfico de la palabra denigratoria” , bien dice García, se juega un goce, pero también un engagement, que ninguna otra forma de palabra, incluso oficial, logra vehiculizar. En el caso de que vuelva un gobierno normal, luego de la excepción o anomalía mileísta, y la situación económica no cambie rápidamente como para poder representar —es decir mediar— las pasiones que constituyen lo social, ¿podrá una palabra normal, normalizada, racional, sensata, medida, dar expresión a las broncas y frustraciones de una vida adulta en crisis?
Pero hablemos de porno, no de pornografía, de la lógica, no del género. Aquella tensión —interna— entre cinismo y nihilismo sienta las bases para esta discusión. Digámoslo rápidamente: el cinismo plantea una escena obscena, obs-cena, mientras que el nihilismo es porno . En la obscenidad, lo explícito, lo chorreante de sentido, todavía hay dedans et dehors de scène, mis en scène et hors de scène, mientras que en el nihilismo porno, o mejor dicho en el porno por definición nihilista, no hay juego tras y delante de bambalinas, sino que, como decía una canción de hace más de treinta años, “lo que ves es lo que hay”. Esa es, digamos o sea, le petit charme de alguien como Lilia Lemoine: ella no representa (re-presenta, re-pre-senta) nada ni a nadie, ella es lo que (se) muestra, sin que se pueda sospechar ningún juego de roleplaying —más allá del asunto del cosplaying— detrás de esa superficie. ¿No estuvo, durante mucho tiempo, la fenomenología —pienso en Logique du sens— deseando un puro juego de superficies que rompa el mito metafísico de las profundidades? ¿Será el de Milei recordado como el gobierno más fenomenológico de la historia argentina? Por este motivo, dice García, es que “los twitteros oficiales pueden ser pornográficamente impunes”: entre los famosos sótanos de la democracia, y aquello que se muestra explícitamente de modo post-cínico, se juega otro modo de resolver o proponer el problema de la verdad y la representación, donde las medias-palabras, las indirectas, las lítotes quedan como privilegio de una casta intelectual en su torre de marfil, mientras acá abajo, es decir acá arriba, las cosas se dicen así, son así.
Sin embargo, ahora sí para terminar, propongamos algunas críticas —o lecturas amorosamente críticas— al menos para todavía diferenciar una reseña de la publicidad. Las agruparía, digamos, en tres ejes: 1) Milei es un “outsider de la política” , “no le interesa gobernar”, “Milei no disfruta de ser presidente”; 2) “imponer la expresión [batalla cultural] fue su primer gran triunfo: estamos discutiendo en sus términos”; 3) “tretas del débil”. Pour faire court: quizá debamos tomarnos más en serio a Jorge “Turco” Asis, demonizado en los 90s por su menemismo y que una generación streamera post-wokismo idealiza ahora, cuando afirma, par contre, que una de las grandes victorias político-simbólicas de Milei fue habernos hecho creer aquello: que es un outsider (asesor de Scioli desde 2014), que no le interesa gobernar (levantó elecciones donde estaban muertos) y que no disfruta de su tarea, cuando en realidad la (y nos) está gozando big time. 2) ¿no hablábamos ya, incluso como conquista —porque, supuestamente lo económico ya estaba resuelto, o en vías de— de batalla cultural durante el kirchnerismo, “la madre de todas las batallas”?; 3) uno podría decir, humorada mediante: + Marx – de Certeau, + estrategia – traites du faible, + tomar el cielo (y el suelo) por asalto – desvíos, escamoteos y desviaciones sobre un camino ya trazado por otros. Recuperar el tiempo y el espacio para nosotr s, no siempre estar jugando en terrenos (físicos y temporales) ajenos. Ya lo había señalado la gran Beatriz Sarlo, hace veinte años (Tiempo pasado, alrededor de la figura del lector como “cazador furtivo”, pero también del flâneur flanereándola simmelianamente pero siempre sobre los caminos ya trazados por un arquitecto en un parque. También recuerdo un práctico o teórico de Fabiola Ferro en 2005 proponiendo aquella crítica: + estrategia para las clases populares, eso que antes se llamaba clase obrera, – tácticas del débil. Dejemos a de Certeau para l s culturalistas, es decir para nosotr s, pero asumamos también que ya no estamos en tiempos de Mitterands ni Giscard D’Estaings, sino de un Le Pen roto, sudaca y plebeyizado.
Mayo • Julio 2026

