Medianoche iluminada. Verano. La luna plateada (blanca) se proyecta sobre el mar. Los últimos turistas del día se pasean por la rambla. Esperan en los semáforos, sacan fotos, toman helado. De repente, ¡zaz! aparece él, el fantasma. ¡Bu! ¡bu! ¡bu! Nadie se asusta ni parece verlo. Es un fantasma de una molécula de oxígeno. La historia de su frustración.
Una novela que nunca comienza. Sólo se escriben sus prólogos, pero nunca se llega al cuerpo de la novela. Y aquí la doble paradoja. Como nunca se termina de llegar a la novela en sí misma, se escribe eternamente y nunca se publica. Cuando muere el primer autor, sigue con los prolegómenos un segundo, y luego un tercero, y así.
La historia convencional de un pequeño burgués divorciado recientemente, rayano a la depresión, que recibe el llamado a ser novelista en unos rayos que se proyectan por los postigos de su ventana. Él cree implícitamente en la novela como un tipo de divinidad. Lo cierto es que los rayos son el reflejo del departamento de arriba suyo sobre un edificio de vidrio que está en frente. Otra historia de cómo un efecto óptico arruina la vida de un hombre.
Una novela escrita a partir de recortes y descartes de otras novelas. Funciona como complemento de las otras, como cuaderno de ensayo, pero en sí misma carece de unidad. Es una novela prácticamente inentendible y sólo publicada para seguidores del autor o autora.
Con la premisa de que “el futuro ya fue” (Héctor Libertella), alguien escribe una novela ambientada en el 2200, con un narrador que habla en pasado porque está más adelante en el tiempo y con una lengua especulada (hoy) sobre cómo será la lengua en el siglo XXIII.
Una novela escrita a partir de la filmación de una mano de chinchón. Cada carta es un personaje y cada movimiento (robar del mazo, del pozo, cortar, mostrar las cartas) tienen una implicancia en el desarrollo de la novela. Es crucial asignar un valor o historia a cada movimiento, número y palo. Por ejemplo, tomemos al cuatro de copas como la medida de lo inútil. Un número menor a cuatro será un personaje relativamente inútil, mientras que uno cercano al doce será un personaje astuto, cómplice, enigmático.
Una novela compuesta exclusivamente de onomatopeyas.
Abandonar todo. Hacer un viaje idéntico al que hizo Charles Darwin por América del Sur. Volver a escribir su Diario registrando el cambio de los paisajes y las sociedades. En caso de no contar con los fondos o el tiempo para realizarlo, inventar un personaje que esté a la altura de las circunstancias.
Una novela en la que el narrador termina sentado en el auto de la ultra fascista ministra de defensa. Ella lo nombra por su sobrenombre, como si lo conociera desde siempre, lo que hace que la trama se vuelva ominosa, con cierto grado de perversión.
Un lector consagrado, inútil para el quehacer del hogar, pide un libro a Francia por correo. Esa misma tarde, se contacta con un electricista para que le arregle un problema de la luz. ¿Quién llegará primero? ¿el libro o el electricista? ¿en quién debe confiar el escritor? ¿en la escuela técnica o en la literatura?
Una mujer desesperada por su mal hado va a visitar a una bruja. La conversación es, como todo oráculo, ambigua por definición: además, la bruja es gangosa y la mujer entiende poco y nada. Cuando se despiden, le vaticina algo que la mujer no logra captar y que es el puntapié de la novela. Lo que no comprende es si la bruja le dice “que la infelicidad se aparte de vos” o “que la infelicidad sea parte de vos”.
Una chica de principios de siglo XIX (¡¿otra novela sobre el siglo XIX?!) lee el Nuevo Testamento, se impresiona con los cuarenta días que Jesús pasa en el desierto. Qué hambre, qué soledad, qué tentaciones, piensa. Sufre una crisis aguda de fe: su padre es un comerciante español hecho y derecho, venido a las colonias por gusto al oro. Su madre es, a su vez, hija de unos comerciantes españoles anteriores a su esposo, es decir, que los abuelos de la protagonista son casi los virreyes. Sin embargo ella no repara en su linaje, sino que piensa en los zambos, en los mestizos, en los niños del futuro (tiene una visión prácticamente protosarmientina de la instrucción), en todos esos pobres que son los discípulos vivos de su señor Jesucristo predicador, esos desclasados y pendencieros que tarde o temprano se convierten al bien. En esos pensamientos empieza a sospechar que la opresión de la madre patria, tan lejana, es dejar a toda esa gente tal como está, es decir, sin un cobre e ignorante. Surge entonces en su pecho un silencio independentista, que no puede compartir con nadie más que con algunos muchachos de la elite que frecuenta en las tertulias. Pero esos jovencitos son sólo gente de lenguas, arrogantes sin huevo para la acción. Ni bien con los padres, ni con sus contemporáneos, decide que es tiempo de pasar sus cuarenta días en el desierto. El problema lexical es que el desierto bíblico es oriental, exótico en sus piedras, cuevas y montañas de arena. En el territorio de Josefina el desierto es apenas una metáfora, un horizonte seco de pastizales. Y además, se pregunta ella en la madrugada en que va al galope, con unas pocas provisiones, al encuentro de sí misma, ¿dónde empieza el desierto? ¿hay alguna demarcación? ¿una posta? ¿un letrero? Nada… sólo ráfagas de viento. Cuando cree estar efectivamente en el desierto, frena la marcha y desensilla. Una mujer blanca, casi europea, que camina por el craqueteo de una tierra cuyos nombres terminan con é, con í, con ay. Esta noche, y la siguiente, y la próxima, y la otra, duerme, medita su catolicismo, reza, se encomienda al Señor en busca de su emancipación y la de sus cabecitas. Pasan los días, hasta que una tarde ¡ay! ve a lo lejos una silueta que se acerca. ¡Ay, qué nervios, el primer desafío! ¡la primera tentación! La silueta ya está próxima. Es un hombre. ¿Es un hombre? Yo nunca había visto alguien tan desgreñado, trae plumas, una lanza, anda de a pie, tiene un olor que voltea, por Dios, qué engendro, este señorito… pero me sube también un calorcito desde el cuerpo, porque además del barandazo tiene unos brazos divinos y unas gambas que ni te cuento, y detrás de la cortinita que se ha puesto como tiento le cuelgan a sí mismo los tientos, coronados de una lonja que ha de ser interesante. Yo, indio, me dice. Yo, Josefina, respondo. Más o menos nos hacemos entender, charlamos de la vida, de cosas, él me cuenta de su gente, yo le hablo de los libros que he leído (algo así es la voz de la personaje). La cosa es que quien escriba esta novela debe ser astuto/a, porque no tiene que verse venir el desenlace inesperado: después de hacernos sospechar una intimidad prometedora, Josefina toma cautivo al indio, porque piensa que es el diablo que ha venido a tentarla. El indio se vuelve cautivo en un movimiento rapidísimo de Josefina, en pleno coito. Primero es maneado, luego estaqueado, finalmente atado al caballo, y ahora va como bola sin manija, Josefina lo lleva meta esquiar por el desierto. Cuando se cansa (ella, porque él está cansado desde el principio del ajetreo), lo desata y lo deja sentado en una piedra. Él ni atina a defenderse o reclamar, está satisfecho con esta viuda negra que le ha hecho pasar unos días de locos. Ella desaparece al galope, no vuelve a la ciudad. La última escena es un polvo levantado en el horizonte que ve el indio, mientras recupera el aliento.
Un hombre siente el llamado a lo salvaje. Una noche de borrachera, después de un asado, comienza a levantar los corchos de la mesa y un poco inconscientemente los guarda en su bolsillo. Es el origen de una obsesión que dura cuarenta y dos años, la de coleccionar corchos, llevada adelante hasta el día de su muerte, momento en que inicia la novela.
Reescritura de La Metamorfosis. Una joven de 17 años se despierta y es Jaime Torres.
Mayo · Julio 2026
