Cariño Ediciones es una editorial que funciona en Villa Elisa, localidad de La Plata. Antes de eso, también fue una librería. Hoy, además de dedicarse a la venta de libros, el proyecto edita poesía contemporánea y construye un catálogo que parece estar atravesado por una sensibilidad muy específica: cercano a las escenas independientes, a los cruces entre literatura, música y artes visuales, y a las formas de circulación que tienen más que ver con lo afectivo que con lo institucional. Entre sus distintas colecciones: “Novísimos”, que incluye libros como Curaduría Afectiva escrito por Kekena Corvalán; “Cuadernos”, en donde se publica Manual del niño neoliberal de Daniel Santoro; “Capricho”, compuesta de fanzines como ¿Querés leche?, de Glenda Pocai, Gonzalo Zuloaga, Mario Gaitán y China Made, cuya experiencia de escritura surge en un viaje a Mar del Plata; aparece “P&P (Poetas Platenses)”, conformada por cuatro títulos escritos por Julien, Mario Gaitán, Gonzalo Zuloaga y Glenda Pocai, en la que me quiero detener. En un posteo de Facebook sobre dicha colección, la editorial sostiene:
“(...) nace como un gesto de lectura y de escucha. Editar estos libros no es solo editar poesía: es leer lo que está pasando, registrar que están haciendo hoy lxs poetas, desde donde escriben, qué preguntas circulan. Cada título es una voz situada, un pulso del presente, una forma de pensar la poesía como práctica viva y colectiva.”
Ahora bien, ¿qué significa este acto de posicionarse como “un gesto de lectura y de escucha”? En principio, es una forma de ubicar ese trabajo artesanal en otro lugar: antes que seleccionar obras con el solo fin de construir un catálogo prestigioso, la editorial nos cuenta que se propone leer la escena sincrónica y prestar atención a las voces que circulan, a lo que pasa en la inmediatez de la poesía del presente. Editar aparece, entonces, como una práctica de observación y de acompañamiento de algo que, en definitiva, ya está sucediendo. Lejos de buscar fijar una tradición cerrada o querer construir una genealogía monumental de la poesía platense, Cariño apuesta por captar un momento específico de la producción cultural: cuáles son las referencias que circulan, qué lenguajes se mezclan, cómo dialogan distintas artes en las escrituras de ese entramado cultural que es el hoy, por mencionar algunas. En ese sentido, los libros cumplen más de una función, son también pequeños archivos del presente donde quedan impresas no solo las creaciones de los poetas sino también formas contemporáneas de leer, escribir, vincularse y producir colectivamente.
Algo de esa atención sobre la contemporaneidad, incluso, aparece también tematizado dentro de los propios poemas. Desde menciones a Rosalía, Rodrigo de la Serna y Celeste Cid en Yo con vos quiero todo de Glenda Pocai, hasta textos como “Sampler”, de un libro doble conformado por La Isla Bonita y Solo los chicos, donde Mario Gaitán escribe: “en los 90/ se podía samplear/ y no decir nada/ ahora hay que pedir/ perdón/ permiso”, y construye así una lectura de la actualidad a partir del contraste con un pasado reciente en la que registra cómo cambiaron las condiciones de producción y circulación cultural. La referencia al sampleo no funciona solamente como comentario musical sino como percepción de una transformación histórica: frente a un pasado asociado a cierta libertad de apropiación y mezcla, el presente surge atravesado por plataformas, derechos de autor y otros controles como también pueden ser los permisos editoriales. De modo que podríamos pensar, de la misma manera, tanto que la colección busca captar lo “que está pasando”, como que el poema también intenta descifrar las particularidades de su tiempo y dejar registro de ellas.
Sin embargo, la figura de “El Negro Ricardo” introduce una pequeña fuga frente a esa lógica de regulación. Cuando la voz poética celebra que su sampleador favorito simplemente escribe “samples robados”, aparece una reivindicación de la apropiación como gesto artístico y político. El robo deja de tener una connotación negativa para transformarse en otra forma de producción, basada en la circulación, el reciclaje y la mezcla desprejuicida de materiales ajenos. En algún punto, esa impronta también parece atravesar la colección P&P: los libros comparten personajes, referencias —como es el caso de la figura de Urdapilleta que aparece tanto en el libro de Glenda Pocai como en el de Gonzalo Zuloaga—y escenas comunes, como vemos en la insistencia con que los poemas escriben sobre otros poetas y amigos, siendo algunas veces los incorporados a los textos a su vez autores de los otros libros de la colección. Es el caso de uno de los textos de Glenda Pocai, donde la que escribe afirma: “mis poetas/ preferidas/ son mis amigas”. La declaración desplaza cualquier idea de canon lejano y sitúa el valor de la poesía en el vínculo cotidiano, los apodos que aparecen a continuación —“La Zuloaga/ La China Made/ Chapi Chap/ Y/ La Mala Gaitán — funcionan casi como una cartografía íntima de lecturas y amistades. La poesía, en los libros de Cariño, no emerge desde la figura aislada del autor sino desde una trama comunitaria donde leer, escribir y convivir son parte de una misma práctica y, por lo tanto, los poemas no aparecen desligados de la experiencia concreta.
Los autores son presentados, en las contratapas, no desde una legitimación literaria tradicional —premios, publicaciones o mera formación académica— sino que aparecen nombrados desde sus prácticas artísticas, consumos culturales, hábitos y modos de sociabilidad compartidos. Gonzalo Zuloaga “escribe mientras corre” y disfruta de “las lenguas, la radio, las amigas, los hit trolos y su banda de poesía, Las Bidet.”; Mario Gaitán, junto al primero y El Negro Ricardo, integra “la mejor banda de poesía para bailar de La Plata”; Julien es al mismo tiempo “artista, poeta, diseñador, dj y recientemente músico”, además “¡Este es su primer libro!”; Glenda Pocai “recita sus poemas como breves piezas teatrales”, en una fusión de poesía, actuación, visuales y música en vivo. En todos los casos, la literatura aparece mezclada con la vida cotidiana. Los autores no se construyen como figuradas aisladas dedicadas exclusivamente a escribir, se los describe como sujetos atravesados por experiencias compartidas que, a su vez, enriquecen la práctica de escritura. En lugar de defender una idea autónoma y solemne de lo literario, la editorial apuesta por una colección contaminada, antitorremarfilista, vital. Porque ser poeta, parecen decirnos, es algo que también ocurre cuando salís a mover el cuerpo o recitar en voz alta.
Esa apuesta también se materializa en el propio objeto libro. Los ejemplares de P&P son pequeños, livianos, coleccionables y portátiles, ponerlos juntos remite a la sensación que solo genera un paquete cerrado de post-it sin usar. Las tapas trabajan con colores saturados, tipografías llamativas e imágenes de una estética digital que remiten tanto a flyers de recitales como a posteos de internet, gráficos dosmileros o visuales de lecturas en vivo. Incluso el tamaño parece pensado para la circulación cotidiana: libros que, aun llevándolos en grupo, no ocuparían mucho espacio. La materialidad parece acompañar la postura de la colección: si los textos rechazan cierta imagen desapegada de la literatura, los libros también lo hacen desde su forma física. En uno de sus poemas, Gonzalo Zuloaga escribe: “la literatura es lo más barato para crear” y en esa frase podríamos leer no solo una celebración de la escritura sino también algo más, una declaración estética que puede pensarse en términos editoriales. Frente a otras formas artísticas que requieren grandes recursos, cuya lógica suele estar asociada a la producción de objetos únicos o difíciles de mover, Cariño parece privilegiar otra cosa: la posibilidad de que los libros circulen, pasen de mano en mano, sean puestos en voz en lecturas de poesía, aparezcan en mesas, carteras o bolsillos. La edición lejos de pensarse únicamente como fabricación de un objeto, se transforma en la creación de condiciones para volver accesible a la literatura, hacer que encuentre otros lectores, se desplace.
En su newsletter, otra forma de cercanía ahora en sintonía con las lógicas de un mundo digital, la editorial se define a sí misma como “un espacio vivo”, podríamos, a la vista de lo recapitulado, entender a qué se refieren. Hay algo en la manera en la que Cariño piensa y se propone hacer circular la poesía que parece insistir en sacarla de aquellos lugares solemnes donde a veces queda encerrada la literatura para devolverla al territorio de las cosas que efectivamente nos acompañan en nuestros días. Poesía que se pega como un chicle, reaparece en momentos inesperados, irrumpe en la sensibilidad cotidiana y logra quedarse con nosotros incluso después de cerrar un libro o irnos a nuestras casas tras haber escuchado una lectura. En definitiva algo de eso rige su catálogo, o al menos así podemos advertirlo en su colección P&P (Poetas Platenses), compuesta de libros que parecen reafirmar una búsqueda por sostener la literatura cerca de la fantasía, la música y, sobre todo, los amigos.
El generar espacios para compartir los textos que se publican es, también, una labor en la que la editorial pone mucha energía. Constantemente están compartiendo en sus redes invitaciones tanto a ciclos de poesía como a clubes de lectura. En mi caso particular, por ejemplo, los descubrí en el verano, en una oportunidad en la que vinieron a Mar del Plata, a Qué bonita galería, para presentar su libros. Cuando los conocí a ellos, conocí también, sin saberlo, la que iba a ser una de mis nuevas canciones favoritas: “Yo te avisé, te dije/ Ojo con la sabol/ Que está el Operativo Sol/ Ojo con la sabol/ Que está el Operativo/ Sol sin droga o/ Droga sin sol”, recitaba Mario Gaitán, como quien canta en un recital; la primera vez que los vi y, desde entonces, el poema parece haber echado raíces en las profundidades de mi inconsciente. No exagero, entre aquel repertorio, bien hitero, conformado por canciones de Luis Miguel o Shakira, que mi cerebro suele utilizar para recurrir a la musicalización de mis quehaceres cotidianos, hace unos meses se ganó un lugar el texto. La cadencia particular, los cortes e incluso el alargue de las sílabas finales en determinados versos, se infiltraron en mi memoria y cada tanto vuelven a aparecer como lo hace en una casa el ruido de una pequeña gotera a la que te terminás acostumbrando o, si se quiere, como un mantra involuntario. Ahí está lo que no quiero dejar de decir sobre Cariño Ediciones: hay un grupo de gente, que edita poesía platense, que puede hacer que un poema se quede con vos para siempre.
