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Molusco

Un clicker en el magnesioceno

maría eugenia lópez

Porque solemos decir que en la tarde de otoño el frío baja, aunque eso es una forma de andar con amputación de cuerpo. También pasa que el calor sube, y cuando vamos a buscar las flechas setenta metros al fondo del planeta atravesamos inflamaciones de aire que se sienten en los párpados. Pero de lo que quiero hablar es de otra cosa.


Abrimos el arco a la altura de la cara. El tubo se arrastra lento por el reposaflechas, uno, dos, tres segundos hacia el pasado, saliéndose de foco. Cuatro, cinco, seis segundos de temblor resistiendo la brisa con los dedos pegados a la mandíbula, la espalda agarrándose a sí misma y los pies en sentido contrario a la Estación Espacial Internacional. La apertura final terminará de retirar la punta, liberando el clicker, que al chocar con el arco nos hará soltar la cuerda como el perro de Pavlov suelta la baba. Así abriremos siempre la misma anchura, daremos la misma fuerza a la flecha, que recorrerá con la misma velocidad todo el campo para ganar la misma altura y llegar más o menos al mismo lugar. Pero de lo que quiero hablar es de otra cosa.


Para que el clicker funcione la flecha tiene que tener el largo de nuestra apertura, que se mide desde la mano que sostiene el arco hasta el anclaje de la cuerda en la cara. Cada flecha tiene la medida de quien tira. La forma de atravesar un espacio y llegar a algún lado, que nunca es el centro al que apuntamos, es conociendo la extensión de nuestro cuerpo y revisando nuestro gesto. Luego hay que agregarle la forma de la luz, la inclinación del viento, los sonidos de los pájaros entre los coronillos, el canto de los cuises bajo la cortadera. Soltar, ir a buscar abriendo los brazos para estirar los músculos, ver, volver atrás rodeando los insectos, corregir, hacerlo de nuevo. Armar, tensar la contextura, cerrar un ojo, aguantar la respiración, volver a soltar. Nada de lo que ocurre es silencioso. Las hormigas en la línea de tiro cargando florcitas amarillas, los vuelos rasantes de las avispas, la fibra de los muslos, las hojas altas que cada tanto caen, el sol rascando los colores de la contención en lo hondo, los pulmones apretados de aire, los tendones de los dedos contra la cuerda de cuarenta y cuatro libras, la Estación Espacial Internacional. Pero de lo que quiero hablar es de otra cosa.


El mundo nos mira de frente, como el bisonte de la cueva de Chauvet, y se siente cálido en los párpados.

Mayo · Julio 2026

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