En la ventana hay una orquídea artificial, en el dintel, sobre el radiador. Delante, una mesita redonda, con una carpeta color salmón y sobre ella, una caja tejida, no adivino el material. En la tapa hay una rana.
Mi habitación en Regensburg en un tercer piso por escalera. En una casa que tiene, además de éste, apenas otro piso. “Una casa de cien años”, me ha dicho S.
S. es la dueña, quien me alquila el cuarto, profesora de español. Se ríe de que yo no alcance las alacenas.
Habla como española. Hace chistes de española. Con entonación de española. Tiene amigas en España con las que se telefonea y se ríe mucho y muy fuerte. Me prestó un “albornoz” para salir de la ducha.
Desde la ventana se ve un edificio, que también parece de otro siglo, pintado verde agua. Mi casa, en la Schwandorferstrasse 6, es de color celeste. Apenas salís, hay un negocio que vende abrigos: Pelzesauer. La tipografía del cartel. Mi abuelo alemán (mi abuelo judío alemán) era peletero. Parece una señal.
Todos los edificios en Regensburg son de otra época. “Esta ciudad sobrevivió dos veces: a la guerra y a las autopistas”, me dijo P., el coordinador que me invitó a la Universidad. Me lo imaginaba un señor mayor y resultó ser petisito, inglés y muy gracioso. Quise explicarle la maravilla que me produce la cantidad de cines y que sean tan “tinys”. Cines en casas chiquitas, con letreros renovables. Creo que no me entendió, porque se disculpó por la cercanía entre las butacas y la pantalla.
El suelo de mi habitación está cubierto de una alfombra bordó, con dibujos en blanco y negro. Diseños tradicionales, también locales. Alfombras, vidrios tallados, bolsas de mimbre. Una casa de Baviera.
Me falta vocabulario sobre la decoración en el Este. Las manufacturas. Las artesanías.
Fui al cine a embobarme con los interiores de la película de Agnieszka Holland sobre Kafka . La entendí por completo sin entender una palabra (dos horas con la cabeza hacia atrás, pegada a la pantalla). Me acordé de unos vasitos de vidrio en la casa de mis abuelos, tacitas de café floreadas, terroncitos de azúcar. Y un sillón de pana verde y cortinas largas. Mi abuelo había recreado su habitación alemana y con mis primos lo sabíamos, aunque nadie lo dijera.
Aquí tengo, a mi costado, el sillón-cama: almohada, edredón, una biblioteca con libros de lengua. Algunas novelas en español. Encontré el de Marta Riezu: Agua y jabón. Apuntes sobre la elegancia involuntaria. Luego el perchero, otra repisa, la mesa redonda donde escribo, otra ventana. Y un armario, de madera, “tiny”. Como mesita de luz, un cajón cubierto con otra carpeta bordada y una bandeja de metal, verde, dorada, glauca.
Es octubre, hoy caminaba y tenía calor. Ya me veo con mis botas impermeables, pero sin nieve.
El frío es mi exotismo.
Marzo • Mayo 2026
