Pelotas
“La existencia del escritor depende realmente del escritorio”. Reina María Rodríguez lo cita a Kafka para hablar de la decadencia (“¡Perdí el mío hace tantos años!”). A mí la cita siempre me dio gracia, porque me sacude esa literalidad chiflada que no es otra cosa que lo obvio, para escribir hay que sentarse a escribir. Cuando era chica y le decía a mi papá: me siento mal, él me respondía: sentáte bien, después me enteré que Lacan tenía un chiste parecido. En resumen: que hacer cosas con palabras no es ni más ni menos que hacer.
Me acordé de todo esto ayer, cuando hablaba con Porru por whatsapp, cada tanto le mando mensajes o ella me manda mensajes, es increíble que todavía no haya vuelto a Mar del Plata. Entonces, cuando la extraño le escribo y le conté que me compré una pelota de esas gigantes para usar de silla, porque así no se me contractura la cadera. Lo que no le conté era la felicidad que me dio algo tan simple. Una pelota es más barata que una compra en la verdulería, inflarla fue una pavada y sentarme encima para escribir me devolvió eso de la di-versión. Diversión en las patas, concentración en la pantalla, movimiento en la cadera, movimiento en los dedos, sin mirar (escribo en el teclado sin mirar).
¡Al final para escribir necesitaba darme pelota!
Percheros
En el museo casa de Sigmund Freud, en Viena, lo único que se conserva original es una pared de machimbre en la sala de espera del consultorio, con percheros. Pienso que el perchero es un objeto, al decir de Marta Riezu, de “elegancia involuntaria”. Tanta es la nobleza del ganchito, que se agradece cuando se lo ve en los banquitos en la facultad, en las barras de las cervecerías, en las casas. Estando en viaje, veía percheros por todas partes, en los cafés, en los congresos, en los trenes. Siento que el perchero es como el brazo de una amiga que te invita a repartir el peso. No hace falta cargar con todo todo el tiempo.
Los percheros o los zapateros en la casa de María, mi profe de yoga. Una vez hizo una “fiesta descalza”, valía bien ver la puerta de esa casa, llenísima de zapatos, botas y zapatillas.
Hay dos contrapartidas felices de los percheros. Una es la pila de camperas, carteras y mochilas que hacíamos cuando íbamos a bailar, era un tótem y bailábamos alrededor. La otra es el placer de dejar tu mochila a tus amigos y seguir andando por la calle, liviana.
Potus y cafeteras
Entro a un local donde venden café, cafeteras, tés y teteras. No es la primera vez que observo ahí dentro la baranda de un entrepiso con dos potus que la recorren de punta a punta. Los sigo con la vista intentando descubrir cuál es su origen, creo que la maceta no es demasiado grande y que está un poco escondida. De ahí parten, hacia la izquierda, esas dos lianas. Estamos hablando de diez metros de largo. Creo. Nunca fui buena dimensionando los espacios ni las cosas. Pero imaginemos que el potus creció diez metros y que a alguien le pareció hermoso que decore esa baranda, como una guirnalda, sobre esos caños cromados, plateados, sobre ese piso blanco, como de mármol pero de otro material, en el piso alto del local de venta de productos de café estilo barista, granos arábigos o africanos, de Colombia o de Perú, cafeteras Bialetti con estampado de Dolce y Gabbana, máquinas, cápsulas de metal. Todo claro, todo marmolado, todo brillante, y atrás, esos potus felices estirados a la luz.
Mayo · Julio 2026
