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Punto de Vista Nro. 90Graciela Silvestri, Arquitectura argentina: las palabras y las cosas. Séptimo artículo de la serie “El juicio del siglo”

El artículo sobre arquitectura de Silvestri es parte de la serie “El juicio del siglo” iniciada hace seis números.

El juicio del siglo: Algunas de las promesas al alcance de la mano en 1910, fecha arquetípica de la Argentina próspera, no se cumplieron. Conquistas que se creían consolidadas en 1960 se desvanecieron: la inclusión social, la seguridad de un mercado de trabajo, la ampliación de los derechos se bloquearon de modo implacable y, a partir de 1976, siniestro. Pese a algunas voces que advertían lo contrario, la Argentina creyó, entre 1910 y 1950, que su destino era la prosperidad general y el éxito; en cambio, termina el recorrido de estos cien años como un país partido. Sin embargo, nada más sencillo y equivocado que una visión nostálgica de algún momento mítico del pasado. Si algo debe evitarse es pensar estos cien años como curso de una decadencia nacional, porque algunas amenazas que se creyeron ciertas en el primer centenario se demostraron tan infundadas como las esperanzas excesivas: la Argentina, pese a cambios demográficos gigantescos, construyó una identidad más o menos compartida; la república, amenazada desde 1930, pudo finalmente llegar al bicentenario; el peronismo, que quiso ser borrado de la historia por sus enemigos, volvió con varios rostros: la guerrilla y la Triple A, el nacionalismo desarrollista, el ultraliberalismo de mercado, la patria sindical y la patria contratista, el discurso inaugural y la corrupción, el plebiscito y el ímpetu autoritario.

Punto de Vista se propuso presentar diversas perspectivas temáticas sobre los cien años que terminarán de transcurrir en el 2010. Cada uno de los sucesivos artículos buscó establecer una perspectiva sobre ese arco de un siglo, señalar sus fracasos y sus construcciones, sus protagonistas y sus víctimas. En 1910, Joaquín V. González publicó uno de los grandes ensayos argentinos, sin duda un clásico. Nos apropiamos de su título: El juicio del siglo, para dar un nombre común a la serie que comenzó en el número 84 a comienzos del 2006 y que ha terminado, con la revista, en su número 90.

Escribe Silvestri: La versión canónica de la arquitectura moderna en la Argentina establece un momento fundacional –la ruptura con “la Academia” para ponerse a tono con el espíritu de los tiempos–; un período de consolidación con inflexiones nacionales y sociales; y su culminación en la década del sesenta, la época de esplendor liderada por la universidad pública –un tiempo llamado a perpetuarse en sus rasgos fundamentales. Ya no podemos reconocernos en este relato, pero no poseemos otros, como si todo se hubiera detenido hace más de cuarenta años. El siglo parece partido en dos: apenas el modernismo se consuma, sus presupuestos comienzan a liquidarse. De las últimas décadas no se ofrecen explicaciones que ordenen significativamente los hechos, sino miríadas de casos; esta fragmentación interpretativa vuelve a su vez opaca la experiencia anterior. Y sin embargo, la arquitectura nunca fue más poderosa como corporación, con tal presencia material y simbólica en la administración y construcción de las ciudades; las instituciones educativas nunca fueron más estables; la historia y la crítica están bien establecidas en la academia; nunca circularon tantos suplementos periódicos sobre el tema.

Se dirá, convencionalmente, que la época no es proclive a relatos fuertes y comprehensivos. Pero este presente perpetuo no los elude, sino que nos condena a acordar una versión elemental –la que a la gloria pasada le opone la eterna repetición actual. Las claves del clisé son genéricas: la destrucción operada por la Dictadura Militar; la debilidad estructural de la Argentina; la caída de las redes estatales que habrían permitido alguna vez no sólo la integración social sino también el brillo de las universidades. Todos elementos a tomar en cuenta, pero que así planteados sólo llevan a perpetuar tan nostálgica versión. Me pregunto si este quiebre es, además, tan fuerte como lo suponemos; si no será posible seguir otros hilos que, aunque no conformen una figura única, puedan iluminar aspectos inadvertidos de la experiencia secular.

Me referiré sólo a un aspecto de esta historia: la “arquitectura argentina”, reconocida como tal desde su consolidación modernista, y centrada en Buenos Aires, encontró su acento en una particular interpretación del fondo cultural hegemónicamente letrado. Gran parte de sus rasgos derivan de la manera original en que articuló esta relación: no nos enfrentamos a un mundo visual, lúdico y corporal cuando recorremos las obras más representativas; ni a una actividad motorizada por la inventiva tecnológica o las transformaciones productivas; sino a una disciplina en que la que la abstracción lógica de sus elementos constitutivos –la geometría y el número– se multiplica de la mano del más abstracto de los códigos, el lingüístico. Esta hipótesis vincula a la arquitectura con un rasgo particular de la cultura porteña: su carácter textual, que la diferencia de otras de matriz visual o empírica. Este rasgo del modernismo argentino –la equivalencia entre discurso escrito y forma arquitectónica–, es el que se pone a prueba ante el quiebre del delicado equilibrio entre sistemas de signo distintos, efímeramente logrado en las condiciones ya de por sí adversas de la modernidad. Y es, paradójicamente, la compleja situación actual la que permite comprender el proceso a través del cual los arquitectos argentinos establecieron un camino para abordar su ambiciosa misión: no subsumirse en la vida, sino instalar en ella la forma.

(Artículo completo en Punto de Vista, número 90, abril de 2008.)