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Punto de Vista Nro. 87Beatriz Sarlo, Lectura sobre lectura

Se sabe: es muy diferente leer a un escritor por primera vez, en un vacío de referencias, seguir su obra en el orden de la publicación, ignorando lo que vendrá después; y re-leerlo cuando no sólo se lo ha leído ya mucho y se ha reflexionado mucho sobre su obra, sino que además su lugar en la literatura ya está asegurado? Sarlo hace el ejercicio crítico de recuperar el orden de sus lecturas de Juan José Saer, de recordar qué significaba para ella su literatura cuando todavía estaba en proceso, cuando se sabía muy poco de ella y cuando sus lugares y sus personajes eran referencias completamente abstractas. Y a partir de ese ejercicio, recorre nuevamente la obra de Saer puntualizando aspectos centrales de cómo se fue configurando en el tiempo.

Escribe Sarlo: Sudamericana publicó Cicatrices en 1969 y María Teresa Gramuglio escribió una reseña en la revista Los libros. Yo leí y extravié mi ejemplar de la novela casi en la misma semana. No volví a poseerlo hasta la reedición del Centro Editor de América Latina. Gramuglio señalaba entonces algo en lo que Saer persistió: “Nada más lejos de su intención que proponer la destrucción o el aniquilamiento de esos signos [los de la novela]”.

Gramuglio tenía razón. Cicatrices era, al mismo tiempo, experimental y arrebatadoramente novelística, argumental, de personaje. Recuerdo mi incomodidad al leerla porque no podía relacionar las calles de Santa Fe (Saer no la nombra pero se sabía que la ciudad era esa) con ningún paisaje urbano conocido y sus nombres sólo me evocaban las de Buenos Aires. Los desplazamientos del juez o de Ángel me resultaban misteriosos, como si recorrieran una ciudad inventada, pero intuía que no era sólo una invención y que la ciudad de la Cicatrices no era sencillamente una ciudad imaginaria.

Sin embargo, para mí la ciudad era enigmática y los movimientos de los personajes se producían en un espacio completamente literario, aunque detallado hasta volverse irreal (por el contrario, el realismo es sintético). Esa ciudad minuciosa me resultaba una ciudad inventada, lo cual habla de los espejismos de toda representación. Saer componía literariamente la ciudad de Santa Fe y yo la entendía como una ciudad surgida de la imaginación. Desconocía el paisaje que hoy es, para todos los lectores, el paisaje de Saer.

(Artículo completo en Punto de Vista N° 89, diciembre de 2007.)