Rafael Rojas, Cuba: los años soviéticos
Aun cuando se acepte que la alianza estratégica entre la Habana y Moscú no puede ser entendida a la manera de un vinculo colonial o neocolonial, durante los treinta años que duró Cuba no dejó de ser un país subdesarrollado del Tercer Mundo, ni la Unión Soviética, a pesar de su prolongada crisis final, dejó de ser una potencia de la guerra fría y un país tecnológicamente avanzado del Segundo Mundo. Rojas parte de esta hipótesis para analizar tanto el tipo de metrópoli que fue la Unión Soviética en relación a Cuba, como, especialmente, los modos culturales en que se reprodujo, en la isla, ese vínculo económico y político tan estrecho, que la Constitución cubana de 1976 describía con el estatuto de "lazos de amistad fraterna, ayuda y cooperación". Para ello, analiza un corpus de literatura cubana realmente notable, producido tanto durante el auge de esa relación, como después de su final: ¿qué imágenes quedaron de la Unión Soviética y de la Cuba "soviética" ante el desmoronamiento de ese mundo?
Escribe Rojas: En tres novelas de Jesús Díaz, Las palabras perdidas, Siberiana y Las cuatro fugas de Manuel, aparecen personajes rusos o situaciones ambientadas en Rusia. Pero, por lo general, la representación de ese país se asocia a la tensión cultural entre cubanos y soviéticos. El Flaco, Bárbaro y Manuel se relacionan con rusos y, sobre todo, con rusas, desde un fuerte extrañamiento en el que son tan visibles los prejuicios, las escatologías o los estereotipos sobre la URSS que durante décadas se arraigaron en la mentalidad insular (brusquedad, hermetismo, precariedad, sentimentalismo, fetidez …) como la sensación de contacto con una cultura milenaria y clásica, que exhibe nombres como Tolstoi y Dostoievsky, Gogol y Turgueniev, Ajmatova y Pasternak, Nabokov y Brodsky. Los intelectuales de las primeras generaciones revolucionarias se relacionaban con la Unión Soviética con una mezcla de admiración y desprecio, proveniente de la certeza de pertenecer a una cultura americana, más moderna en su vida cotidiana que la rusa, pero, al mismo tiempo, menos compleja en términos literarios e ideológicos.
Para intelectuales de aquellas generaciones, como Fernando Martínez, Aurelio Alonso y el propio Díaz, interesados en la ideología, la relación con la Unión Soviética agregaba una complejidad. Aunque admiraran a Lenin, Trotsky y la epopeya de la Revolución de Octubre, muchos de ellos rechazaban, no sólo el canon estético del realismo socialista sino el formato soviético de la llamada “filosofía marxista-leninista”. Durante toda la década de los 60, las visiones de la Unión Soviética en el campo intelectual cubano no siempre fueron acríticas y, por momentos, desembocaron en el antiestalinismo. A esa recepción crítica del fenómeno soviético contribuyeron la presencia de importantes intelectuales republicanos de ideología liberal o católica, el breve pero impactante efecto del “deshielo” de Nikita Kruschev y las tensas relaciones entre la Habana y Moscú en dos momentos de aquella década: la crisis de los misiles del otoño de 1962 y los años de las guerrillas del Che en el Congo y Bolivia.
En los 60, por ejemplo, se editó en Cuba la novela Un día en la vida de Iván Denísovich de Alexander Solzhenitsyn (autorizada por Kruschev en 1962), que describía el infierno del gulag estalinista. En ella podían leerse pasajes tan problemáticos, para la vida literaria cubana, como aquel en que dos reclusos debaten el film Iván el Terrible y cuando uno dice que Eisenstein es “genial” al representar el “baile de la guardia del zar con sus máscaras” y la misteriosa “escena de la catedral”, el otro responde que la idea política de la película es “inaceptable” porque implica la “justificación de la tiranía de un individuo y la burla de tres generaciones de rusos”. A lo que agrega el primero: “¿se le habría permitido desarrollar el tema de otro modo?” Y la respuesta no se hace esperar: “entonces no me hable de genio. Diga que es un adulador, que ejecutó una orden repugnante. Los genios no adaptan sus obras al gusto de los tiranos”.
(Artículo completo en Punto de Vista N°
89, diciembre de 2007.)
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