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Punto de Vista Nro. 87David Oubiña, Ingmar Bergman, cineasta del instante

En el mismo aciago 30 de julio de 2007, con apenas horas de diferencia, murieron Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, dos maestros fundamentales del cine y, mucho más que eso todavía, dos referentes clave de la cultura del siglo XX. Para recordarlos, David Oubiña hizo un repaso de la obra de Bergman, y Rafael Filippelli analizó la trayectoria de Antonioni, en dos artículos imprescindibles para un balance adecuado de sus aportes.

Escribe Oubiña: En 1967, Susan Sontag escribió un largo artículo sobre Persona en donde desmontaba una serie de erróneas interpretaciones que su estreno había suscitado. El film era todo lo moderno que se podía ser a mediados de los 60; pero además (o precisamente por eso) había en él algo arrogante y provocador. Era la obra de un realizador demasiado seguro de sí mismo, demasiado consciente de su capacidad y de su talento, demasiado confiado en que podía hacer lo que quisiera. El gesto de Bergman era exagerado, como si se hubiera excedido en su imagen de artista difícil y profundo. Innecesariamente hermético, oscuro, impenetrable, exhibía una indiferencia desafiante hacia lo que el espectador pudiera entender. Todo esto lo volvía desconcertante o insultante. E incluso: era insultante porque resultaba desconcertante. Con notable rigurosidad y didactismo, el texto de Sontag analizaba el film, sin pretender explicarlo, pero haciendo ver toda la complejidad y sutileza del universo bergmaniano. Llama la atención que, cuarenta años después de ese ensayo, todavía sea necesario defender a Bergman de los críticos.

La muerte del cineasta ha motivado –además de los elogios y homenajes merecidos– varios obituarios burlones, agresivos o malintencionados. No es que, por haber muerto, se le deba reverencia: nadie está obligado a que le guste Bergman. Pero resulta llamativo que haya tanto interés en aprovechar la ocasión para denunciar que su obra siempre fue una fraude. Directores sobrevalorados hay muchos y siempre surgirá alguien para quien las alabanzas resultan injustificadas; sin embargo, los méritos supuestamente ilegítimos que se denuncian en Bergman parecerían provocar una indignación infrecuente (lo mismo sucede con Antonioni aunque, por alguna razón, es presentado como un director menos presuntuoso o más inofensivo y sólo se lo desprecia por deleitarse en el aburrimiento). Como si se quisiera ventilar allí viejos rencores. Cada uno puede opinar lo que se le antoje, por supuesto; pero, en cualquier caso, lo que sí puede exigirse es que no se esgriman, en forma irreflexiva, los mismos lugares comunes que vienen repitiéndose desde hace décadas. Un escritor, por ejemplo, se molesta porque las películas de Bergman son tediosas, herméticas, porque abusan de los símbolos, porque son metafísica ilustrada, porque no tienen humor y porque son solemnes (mientras que, por oposición, las de Visconti “son películas con las que uno se compromete, que emocionan” y A la hora señalada, de Fred Zinnemann, “plantea, acaso mejor que en Hegel, el enfrentamiento entre la Moralität y la Sittlichkeit”).

Se trata de José Pablo Feinmann, que se burla del dramatismo pretencioso de Bergman pero no se priva de citar apretadamente a Berlioz, Liszt, Rachmaninoff y Paganini sólo para desacreditar a los “cultos” que salían embobados de ver El séptimo sello pero que sabían poco sobre el motivo del Dies Irae. Él, en cambio, ya conocía a Dostoyevski y “venía leyendo a Kierkegaard y a otros pensadores religiosos como Buber o Chestov”; por lo tanto, cuando critica a Bergman, no es porque no lo haya entendido sino, al contrario, porque está muy por encima de ese intelectualismo espurio y vulgar. Hay, como se ve, un tono exhibicionista en el texto (está escrito como una provocación que espera respuestas airadas de los fanáticos bergmanianos). Feinmann dice que cuando todos iban al Lorraine para poder comentar esas películas altisonantes y fatuas, él se escapaba a ver las de John Ford: “En los ’60 a nadie dije que había ido a ver El ocaso de los cheyennes. Temía el desprecio de mis compañeros de estudios”. El comentario quiere ser pícaro pero resulta pusilánime. ¿No es una bravata irremediablemente oportunista que recién lo mencione ahora, cuando John Ford ya está fuera de duda, y no en su momento, cuando podría haber tenido el valor de una reivindicación o un descubrimiento? ¿Cómo no poner en duda la honestidad intelectual de alguien que procura denunciar con tanta virulencia los falsos pergaminos de un director que habría sido enaltecido por un grupo de snobs pero que no practicó la misma enjundia para defender a un cineasta que creía digno de admiración y eligió, en cambio, ocultarse detrás del silencio?

(Artículo completo en Punto de Vista N° 89, diciembre de 2007.)