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Punto de Vista Nro. 87Rafael Filippelli, Michelangelo Antonioni: una dirección única

En el mismo aciago 30 de julio de 2007, con apenas horas de diferencia, murieron Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, dos maestros fundamentales del cine y, mucho más que eso todavía, dos referentes clave de la cultura del siglo XX. Para recordarlos, David Oubiña hizo un repaso de la obra de Bergman, y Rafael Filippelli analizó la trayectoria de Antonioni, en dos artículos imprescindibles para un balance adecuado de sus aportes.

Escribe Filippelli: Mi fidelidad a Antonioni es la de quien ha recibido de sus films una iluminación intelectual y estética que, de todos modos, tiene sus preferencias por un período, el de la primera mitad de los años sesenta (La aventura, 1960; La noche, 1961; El eclipse, 1962; y El desierto rojo, 1964). Con sus películas de esos años, Antonioni, que proviene del neorrealismo, construye un lenguaje que es, simultáneamente, heredero de algunos cineastas anteriores (Ozu, Dreyer, Rossellini, aunque no se haya referido nunca a ellos), y de la innovación literaria de comienzos del siglo XX. Reúne, entonces, algunas tradiciones que no son necesariamente afines. Sobre la relación con la literatura moderna, Guido Aristarco, ideólogo del neorrealismo y teórico del realismo crítico, escribió que, con toda evidencia, Flaubert, y no Balzac, Stendhal ni Tolstoi, era el escritor que, para Antonioni, culminaba la novela del siglo XIX, y que sus gustos, más que a Thomas Mann, lo conducían a Proust. La afirmación de Aristarco podría, en el nivel de lo explícitamente mostrado por las películas, remitirse a que los personajes de La noche y El eclipse, leen de manera ostensible, en un caso Los sonámbulos, de Broch y, en el otro, Un hombre sin atributos, de Musil. Lo cierto es que, tanto los personajes de las películas de Antonioni, como las situaciones en las que se encuentran y una narración que evoca el discurso libre indirecto de la literatura, confirman la observación de Aristarco, que es también un juicio polémico de valor. Es más, las formas de las películas de comienzos de los sesenta, a la manera de las novelas del objetivismo francés, admiradas por el cineasta, rechazan o, más bien, renuncian a toda tesis posible, a toda intervención indirecta en los acontecimientos y a toda interpretación directa de los hechos: un cine que, menos que narrar, más bien observa y a la mayor distancia posible. Alejándose de la narración clásica (que, en ese mismo período, parece querer continuar Visconti), o sea de una narración fuertemente articulada y su consecuente progresión dramática, Antonioni la reemplaza por una serie de planos aislados en los que el protagonista principal es el tiempo, ya sea como dimensión que anima y determina a los personajes, ya sea como principio que los consume o los aniquila.

(Artículo completo en Punto de Vista N° 89, diciembre de 2007.)