Entrevista a Jorge Lozano, por Pablo Pérez,
La moda, metrónomo de la cultura
Jorge Lozano nació en La Palma, la Isla Bonita del archipiélago canario, y se crió en Madrid, donde comenzó a estudiar física; sin embargo, al poco tiempo cambió esa disciplina por la historia porque, en aquellos últimos años del franquismo, su primera opción, la filosofía, estaba “en manos de los curas”. A los estudios históricos lo condujo también su militancia política: la historia (afirma Lozano) “era la favorita de los rojos”.
Su admiración por los Annales le llevó a conocer el estructuralismo y, en particular, los trabajos del Grupo 63 de Italia y de su jefe teórico, Umberto Eco. Entre los aprendizajes regulados y el impulso autodidacta, alternó el estudio del modo de producción asiático con la lectura de ensayos como el de Gillo Dorffles sobre Rita Pavone. Al finalizar su licenciatura, viajó a Bolonia para realizar un curso de postgrado dictado por Eco y “un argentino brillantísimo, Tomás Maldonado”. Regresó a España ya convertido en semiólogo y allí articuló la docencia universitaria con la secretaría de redacción de la Revista de Occidente. A esa época pertenece El discurso histórico (Alianza Editorial), un análisis de las estrategias persuasivas de la historia realizado con los instrumentos expuestos en El análisis del discurso: hacia una semiótica de la interacción intertextual (Cátedra). Actualmente es profesor de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, y compagina sus clases de doctorado con la docencia en el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia (IUAV). Desde hace quince años, sus cursos de verano en El Escorial congregan lo más relevante de las ciencias humanas europeas en encuentros monográficos dedicados a temas como el lujo, el agua, el tiempo o el doble. Hoy una preocupación lo domina: el desarrollo de una semiótica de la cultura. Distanciándose del “inmanentismo” inicial, la semiótica que propugna se plantea, en la estela de la Escuela de Tartu, el estudio de los signos en el espacio histórico. Este cambio de dirección se traduce en un desplazamiento de la atención de los procesos lingüísticos graduales a los procesos culturales explosivos, entre ellos el arte, la moda, el acontecimiento.
Un fragmento de la entrevista:
Pablo Pérez:
Ha dicho más arriba que la moda es un metrónomo cultural, ¿por qué?
Jorge Lozano: Porque nos permite medir en cada cultura la correlación entre la tendencia a la estabilidad dictada por la tradición, y el impulso opuesto a la innovación. En el caso de la cultura contemporánea, la aceleración experimentada por la moda en los últimos 50 años indica cómo se ha reforzado el papel de la iniciativa personal. Su aceleración progresiva acompaña y sintomatiza la aceleración social. La intensificación de lo fugaz es típica de la modernidad. “Cuanto más efímero es un tiempo, tanto más se orienta según la moda”, apuntaba Benjamin. El tempo de la moda es el de la vida moderna: combina el ansia por un cambio veloz con el atractivo formal de los comienzos y los finales. Si la modernidad es un código –Baudrillard dixit– la moda es su emblema (no olvidemos que modus está en la raíz de moda y de modernidad). Para Simmel era un fenómeno con vocación de propagación ilimitada, que cuando se aproxima a esa meta absoluta incurre en una contradicción lógica, ya que su generalización destruye la fuerza de la diferencia. Por eso hablamos de un deseo suicida en la moda.
En su “Diálogo de la Moda y la Muerte”, no casualmente elegido por Benjamin como exergo de El libro de los pasajes, Leopardi sostiene que moda y muerte son hermanas, pues las dos son hijas de la caducidad. Moda es lo que pasa de moda, decía Chanel. La moda debe morir. El único tiempo que conjuga es el presente. Como pocos fenómenos, la moda nos brinda una vía regia a ese objeto tan huidizo: el presente; un presente acentuado según Simmel; el tiempo-ahora en Benjamín; un presente vengador para Barthes, que cada temporada sacrifica los signos de la precedente. Un presente que, no obstante, vive en constante recuperación del pasado. En pleno Terror, Robespierre se pregunta: ¿y ahora qué me pongo?, busca en el armario de la Historia y, en lo que Benjamin llama “el salto del tigre al pasado”, rescata los ropajes de la Roma clásica. Porque el retro y el revival son constitutivos de la moda. La moda requiere amnesia: una vez que la moda anterior se ha borrado de la memoria, puede ser rescatada; pero no es el pasado que vuelve, sino las formas preservadas en un tiempo espectral.
(Entrevista completa en Punto de Vista N°
89, diciembre de 2007.)
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