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Punto de Vista Nro. 87Lila Caimari, La ciudad y el miedo

¿Cuál es la relación entre el dato duro de la tendencia al aumento del crimen violento en la ciudad de Buenos Aires (dato que surge con fuerza más allá de las trampas interpretativas de toda representación estadística), y ese conjunto de emociones que llamamos miedo? Caimari parte de la certidumbre de que esa relación no es ni directa ni natural, y de que las formas que asume el temor son siempre diferentes, así como son diferentes sus implicancias políticas e ideológicas. Para mostrarlo hace un recorrido fascinante por las diferentes mutaciones del miedo en Buenos Aires, sus relaciones con las transformaciones de la sociedad y el desarrollo urbano, en la primera mitad del siglo XX.

Escribe Caimari: Las figuras de la amenaza están indisociablemente ligadas a una imaginación social del espacio: cada constelación de temas del delito corresponde a una configuración particular del territorio que lo cobija, y de su contrapartida segura y luminosa. A su vez, la lenta evolución de esta geografía ha sido función de los cambios en las posibilidades de movimiento y, más en general, de la relación social entre velocidad y espacio. En este plano, los años treinta también marcan una inflexión decisiva, cuando se configura uno de los soportes estructurales del imaginario porteño del temor al delito. Más allá de cambios importantes, sus elementos constitutivos todavía están con nosotros.
Como en otras ciudades sometidas a procesos de crecimiento acelerado, la oposición fundante de la imaginación espacial del delito porteño nació en las últimas décadas del siglo XIX en torno a la dupla bajo fondo/ ciudad moderna. La noción misma de bajo fondo nunca fue enteramente desalojada. Pero el desarrollo de los barrios y la modernización del equipamiento urbano fueron desdibujando el referente objetivo de esa confusa contra-ciudad de las zonas “bajas”, lugar de maleantes, prostitutas y “lunfardos”. La expansión de la iluminación eléctrica fue empujando gradualmente el límite entre los espacios iluminados y los bolsones oscuros a zonas cada vez más alejadas del centro. Entre 1910 y 1930 Buenos Aires pasó de seis mil a treinta y ocho mil faroles. Los sentidos de este avance de la frontera de la luz jugaban (y siguen jugando) en torno al gran tema del triunfo sobre la oscuridad, que remite al de la lucha entre el orden y el caos, el miedo y la seguridad. En las zonas fronterizas de la ciudad, aquella simple bombita introducía la precisa luz de la legalidad en la calle. Su blanca brillantez, que desplazaba tan nítidamente a los tenues faroles a kerosén, permitía el reconocimiento de los rasgos únicos e identificables de cada individuo. La bombita en la esquina del barrio desagregaba aglomeraciones. Y era portadora de garantías: la promesa de seguridad personal fue uno de los atributos más poderosos de la luz eléctrica.

(Artículo completo en Punto de Vista N° 89, diciembre de 2007.)