Quintín,
Pere Portabella: el eslabón perdido
El la octava edición del Festival de Cine Independiente
de Buenos Aires, en abril de 2006, se vio por primera vez en la
Argentina una retrospectiva del director Pere Portabella, figura
fundamental de la vanguardia artística y política
catalana. Quintín, impulsado por la fascinación del
descubrimiento de una figura medular para el cine moderno y, al
mismo tiempo, casi clandestina fuera de España, hace un análisis
de su trayectoria y su obra.
Escribe Quintín: Desde Informe general
hasta el próximo largometraje de Portabella pasan trece años,
que corresponden aproximadamente a su etapa como legislador. Toda
su filmografía hasta ese momento está articulada como
una intervención bifronte y radical que complementa el arte
y la política. La oposición al franquismo y la esperanza
de un cambio democrático le dan al período más
prolífico de su filmografía una consistencia muy clara,
en sintonía con su época. El fin del régimen
y los vertiginosos cambios producidos en España modifican
completamente tanto la práctica política como la cinematográfica.
Sin embargo, hay una continuidad estética, ideológica
y de producción entre el cine del franquismo y su contraparte
en democracia. En España se sigue haciendo ese cine industrial
y normalizado que Portabella denunciaba en los sesenta como inmovilista
y colaborador. De algún modo, la permanencia de ese cine
es la prueba de que el cambio que anunciaba Informe general no se
ha concretado, y que el pragmatismo socialdemócrata no ha
logrado transformar la sociedad franquista en una donde el arte
pueda ser su motor y su referencia. En el fondo, la utopía
portabelliana (muy próxima a la godardiana, en realidad)
es la centralidad del arte en la visión de la historia y
la cultura.
Pont de Varsovia, el film que Portabella rueda en 1989,
es el resultado del desencanto de su autor frente a la repentina
comodificación de los productos artísticos. Y, al
mismo tiempo, un intento de mantener el combate por un cine revolucionario
en un contexto enteramente distinto. La película se inicia
con un largo prólogo que funciona como sátira del
aburguesamiento del mundo cultural, con sus actores pendientes de
sus intereses y de las relaciones sociales que cultivan con cínica
frivolidad. Con la excusa de un premio literario, se celebra un
cóctel en el que se dicen todo tipo de banalidades sobre
el ambiente artístico. En un aparte, una periodista interroga
al escritor premiado sobre su novela, que se llama precisamente
Pont de Varsovia. Y este le contesta que si fuera una película,
se podría contar en un par de frases, pero como es una novela,
es necesario leerla toda. Aparecen entonces los títulos de
un film llamado Pont de Varsovia. Es la película
que no se puede capturar en una sinopsis y que, como la imaginaria
novela, es sólo igual a sí misma. Es un film que está
dentro del film pero, al mismo tiempo, por encima del film, en una
curiosa variante de puesta en abismo.
(Artículo completo en Punto de Vista, número
85, agosto de 2006.)
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