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Una lectura sobre Punto de Vista
David Oubiña
Homenaje a cuatro revistas culturales de los últimos
veinte años: Punto de vista, viernes 26 de
marzo 2004, Centro Cultural Rojas.
Aunque agradezco y me halaga la invitación para hablar sobre
Punto de vista, confieso que me resulta una tarea difícil.
La revista forma parte de mi propia formación intelectual
y por lo tanto me es imposible hacer un análisis desde afuera,
prescindiendo de la subjetividad propia de lo autobiográfico;
pero, a la vez, y aunque desde hace un tiempo soy un colaborador
esporádico, tampoco podría hablar en nombre de la
revista porque su historia no me pertenece.
Hablaré forzosamente desde el único lugar que me es
posible: como un lector interesado por los debates que propone Punto
de vista. "Interesado", digo, así como se
dice que un órgano del cuerpo ha sido interesado por alguna
alteración que influye en su comportamiento. Interesado,
entonces, en el sentido de estar "intervenido", "atravesado"
o "interpelado" por la revista.
Leí por primera vez Punto de vista en 1983 y no
entendí nada. Los debates, los temas y los nombres que circulaban
por sus páginas me resultaban entonces, todavía, completamente
ajenos. Sin embargo, junto con el recuerdo de esa incomprensión,
persiste también el de una fascinación: la de alguien
que observa desde afuera un paisaje denso y exuberante que no produce
rechazo sino intriga. Para alguien como yo, que practicaba una lectura
más o menos ingenua, lo que había allí era
una perspectiva nueva y compleja sobre la literatura y los debates
culturales.
Más tarde, en el número 27 (agosto de 1986), Beatriz
Sarlo ponía esa sensación en palabras: "Un intelectual
(quizás debería agregarse: de izquierda) presta sus
ojos y sus oídos a lo nuevo y se empeña en escuchar
los rumores diferenciados de la sociedad, en el espacio del arte".
Mientras que el mercado del arte "tiende a proponer pactos
que uniforman el gusto, porque es el éxito la prueba de la
viabilidad de una estética (...) la mirada política
se fijaría precisamente, en aquellos discursos, prácticas,
actores, acontecimientos que afirmen el derecho a intervenir en
contra de la unificación, exhibiendo, frente a ella, el escándalo
de otras perspectivas".
Muchas de las críticas a Punto de vista (a veces,
incluso, asumidas por quienes hacen la revista) se han enfocado
sobre su actitud elitista. Debo decir que nunca tuve esa impresión;
no, al menos, si es que la elite define a un cenáculo cerrado
y autosuficiente o una especie de vanguardia iluminada. Creo, más
bien, que en ese derecho a "intervenir contra la unificación,
exhibiendo el escándalo de otras perspectivas", la revista
ha sido minoritaria (aun cuando haya terminado por ocupar el centro
del espacio intelectual). Minoritaria puesto que se aparta de los
lugares comunes sobre la cultura, el arte y sus relaciones con la
sociedad; pero aunque su postura suele no sintonizar con la opinión
de las mayorías, eso no implica una voluntad de cerrar filas
sobre un público de pares. Se podrá acusar de arrogancia
a Punto de vista, y sin embargo debería admitirse
que nunca ha despreciado el diálogo o la discusión.
En la palabra "revista" está la palabra "rever".
Es decir, la posibilidad de una segunda mirada, de un nuevo examen,
de una revisión. Una revista, entonces, está hecha
para volver a ver e, incluso, para poder ver lo que no se vio bien
la primera vez. Ya sea el publicitado libro Imperio de
Toni Negri y Michael Hardt, el taquillero film La lista de Schindler
de Steven Spielberg o la reciente mega exposición de Guillermo
Kuitca en el Malba. Si Punto de vista ha sido siempre una
revista polémica, eso no se debe a una voluntad pendenciera
o a una afición por lo excéntrico sino a su capacidad
para mirar de nuevo desde otro lugar, para descubrir núcleos
polémicos que la doxa ha preferido ignorar, cubriéndolo
todo con el manto de la uniformidad. Y esto, incluso, durante el
Proceso militar, cuando los riesgos que se corrían no eran
sólo intelectuales.
En el editorial que abre el número 30 (julio - octubre
de1987), se recuerda —por si fuera necesario— que la
mera aparición de una revista en 1978 formaba parte de una
red de resistencia cultural frente al autoritarismo de Estado. Como
se sugiere allí, los diez o doce primeros números
de la revista "eran más de lo que decían".
En efecto, eran más y decían más. No sólo
porque la presencia misma de la revista suponía una impugnación
a la metodología del terror, no sólo porque jamás
se publicó "un discurso dudoso respecto de la dictadura",
sino porque en su tarea de traducir y de importar autores, la revista
reestablecía nexos con todo un universo de pensamiento que
los militares habían pretendido eliminar. En ese contexto,
las noticias de exposiciones en el exterior, la información
sobre libros recibidos, las reseñas acerca de novedades editoriales
o los comentarios de una retrospectiva de Fassbinder o de Syberberg
son secciones que luego irán perdiendo presencia entre las
páginas de la revista pero que, durante la dictadura, se
convierten en actos fuertemente políticos.
Por lo tanto, si en la primera época de la revista (digamos
hasta 1981 - 1982 aproximadamente), la actualidad política
nacional no resulta evidente en forma inmediata, esa aparente ausencia
constituye un vacío elocuente. Porque Punto de vista
la invoca permanentemente en sus elecciones críticas y literarias:
reconstruye laboriosamente desde un margen estrategias de resistencia
cultural, como asediando la ciudadela miserable de la dictadura.
Al igual que la revista Contorno en su momento, aunque ahora en
un contexto más horroroso, Punto de vista advierte
la necesidad de refundar el espacio de una cultura nacional y el
rol de la figura del intelectual. Es decir, cómo definir
una relación crítica con el Estado, con la sociedad
y con la tradición.
En esa tarea de pura oposición y de soterrada confrontación
se sobrevive a los años de la dictadura. Pero si la disidencia
era entonces un impulso de reconstrucción del campo intelectual,
su continuidad durante la restauración democrática
pasará, en cambio, por instaurar ciertas polémicas
entre los lugares comunes de la izquierda. En el número 17
(abril - julio de 1983), Carlos Altamirano polemiza con la versiones
simplificadas del pasado tal como aparecen en el libro Filosofía
y Nación, de José Pablo Feinmann, en donde se
critica de modo superficial ciertas zonas del pensamiento argentino
del siglo XIX y el carácter dependiente de la elite intelectual
porteña. Y en ese mismo número, un dossier dedicado
a Sur (con textos de María Teresa Gramuglio, Beatriz
Sarlo y Jorge Warley), intenta rescatar a esa revista de los axiomas
críticos que la asimilan, sin más, a la cultura de
la oligarquía.
En cierto sentido, Punto de vista podría inscribirse
en una línea de traducción propia de las publicaciones
culturales tal como aparece de manera emblemática en la revista
de Victoria Ocampo: la revista como puente entre la cultura local
y la cultura universal. Esto se ha señalado en otras oportunidades.
Y es, en parte, cierto. Pero, en primer lugar, no debería
olvidarse que Sur siempre fue una revista de ideología
conservadora (aun cuando sus elecciones estéticas pudieran
orientarse eventualmente hacia la vanguardia) mientras que la obsesión
de Punto de vista ha sido la redefinición —desde
la izquierda— de la figura del intelectual crítico;
y, en segundo lugar, no puede ignorarse que entre una revista y
otra existieron Contorno y Los libros.
Como Contorno, Punto de vista intenta una revisión
crítica de las posiciones de la intelectualidad de izquierda
frente a los cambios políticos. Las diferencias van, justamente,
desde la propia actitud hacia a una publicación como Sur
hasta la noción de intelectual comprometido, que ya no es
entendida en el sentido sartreano tal como planteaba la revista
de los Viñas. Con Los libros el vínculo es
más marcado y la continuidad más evidente. Al menos
en sus inicios, Punto de vista puede considerarse un desprendimiento,
una secuela y una reformulación de la revista fundada por
Schmucler. Lo que se ha modificado es el contexto: Punto de
vista sale en condiciones de semiclandestinidad y aterriza
sobre un campo intelectual destruido y dominado por el miedo. Si
Los libros había sido posible como resultado de un cierto
desarrollo del campo intelectual, Punto de vista, en cambio,
sólo puede aspirar a reestablecer de manera precaria algunas
mínimas redes de pensamiento para que ese espacio no desaparezca
por completo. De todos modos, es en Los libros en donde
algunos de los futuros miembros de Punto de vista comienzan
a proyectar un análisis crítico de la cultura que
conserve una cierta especificidad discursiva respecto de la política
y, a la vez, incorpore los nuevos saberes de las ciencias sociales.
Entre fines de los '70 y comienzos de los '80, Punto de vista
introduce y traduce a muchos autores: Williams, Jauss, Bourdieu,
Candido, Said, Schorske. Pero no se trata de una mera importación
sino, más bien, de un diálogo. A diferencia de Sur,
se podría decir que Punto de vista no traduce guiada
por una idea de divulgación sino que traduce lo que necesita.
No es tanto una política editorial como una línea
de pensamiento. Punto de vista intercambia. Hacia atrás,
con la tradición cultural argentina, y hacia afuera, con
los debates contemporáneos en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica.
Establece una relación de horizontalidad. Y eso es clave
porque la revista nunca procuró una periferia cultural sino
que permanentemente manifestó su voluntad de definir la agenda
de los debates.
Aun cuando en Sur la traducción no es una mera absorción
serena o pacífica, nunca dejó de funcionar como un
factor de europeización de la cultura argentina de elite.
Y aun cuando la propia figura de Victoria Ocampo resume la tensión
(a veces orgullosa, a veces patética) entre argentinismo
y cosmopolitismo, esa relación es asimétrica y, a
menudo, condenada al malentendido. El vínculo que establece
Victoria Ocampo con Nueva York o París es indudablemente
moderno y completamente diferente a la experiencia de sus mayores,
pero de todos modos su posición está marcada por la
ausencia de cualidades de quien recibe. En el logotipo de la revista
Sur, la flecha apuntaba hacia abajo; señalaba un
recorrido y una dirección: un espacio de recepción.
El mérito de Victoria Ocampo fue construir su revista como
un polo de atracción; pero el Sur es siempre Sur
respecto de un centro. Frente a esa colocación remota, Punto
de vista, en cambio, elige definirse por una perspectiva. Es
decir: recorta y selecciona. Define un espectro posible en donde
cabe todo un territorio con el que establece una relación
dialógica. Antes que la pura recepción, un punto de
vista supone una relación de equilibrio entre la mirada y
lo mirado
Sobre todo en los años de la dictadura (cuando Punto
de vista establece su genealogía y su corpus), traducir
es más que nunca producir. Como una puesta al día
de los problemas, como un cuaderno de apuntes en donde se resalta
y se subraya aquello que servirá de material para el propio
argumento. Se traduce lo que se necesita para escribir. Cuando Punto
de vista traduce, no hace más que exhibir su caja de
herramientas. Sus integrantes traducen como para sí, como
si leyeran en voz alta, como si dijeran: "esto es lo que leí".
No tanto como un servicio de divulgación o como punto de
referencia para otros, sino como un marca de autopreservación.
En este sentido, la traducción de determinados autores y
la importación de nuevas líneas de pensamiento no
es tan importante como el uso que Punto de vista ha hecho
de ellos.
¿Qué supone, por ejemplo, la introducción de
Richard Hoggarth y de Raymond Williams en un espacio dominado por
el estructuralismo y el postestructuralismo? Se trata de pensadores
ajenos al campo cultural argentino de los '70. Como se dice en el
prólogo a esas entrevistas, la pregunta es "¿cómo
leerlos?" O sea: ¿qué es lo nuevo que permiten
pensar Williams y Hoggarth? El mismo uso se advierte en las lecturas
de Bourdieu, Candido, Rama o Cornejo Polar. Digamos: enmarcar el
análisis formal (lingüístico o semiológico)
según parámetros sociólogicos y culturales.
Es lo que dice Altamirano sobre Williams: "un nuevo sistema
de relaciones entre lenguaje, ideología y experiencia".
Las estrategias de lectura funcionan como una caja de resonancia
que permite amplificar las propias ideas. No sólo leer lo
nuevo, entonces, sino también leer de nuevo. Si por un lado
ingresan Hoggarth y Williams, por el otro lado la revista traza
su genealogía nacional: la Generación del 37, José
Hernández, Martínez Estrada, FORJA, Contorno (aunque
luego algunos eslabones de esa cadena —el populismo de Forja,
por ejemplo— no conservarán el mismo peso). No es,
como se ve, un trabajo de difusión y de revisión sino
una tarea más ardua de reformulación y construcción.
En la entrevista publicada en el número 10 (noviembre de
1980), Angel Rama dice eso que Punto de vista piensa: "la
cultura argentina que, en su momento supo integrar multiplicidad
de tradiciones aunque desde una posición dependiente, ahora
necesita, para expandir su espíritu vanguardista, nuevos
proyectos de futuro".
Se podría decir, entonces, que la actitud de la revista
ha sido de permanente exploración. No ha dejado de ir a procurar
lo que necesitaba allí en donde eso estuviera, y cuando no
existía se ocupó de construirlo. El resultado, que
se ha extendido a lo largo del tiempo, es un proyecto mutante pero
en cada momento perfectamente definido.
En los aciertos y en los errores, Punto de vista no parece
haber seguido otras orientaciones que las de su propio pensamiento,
desatendiendo las imposiciones de las modas intelectuales, independientemente
de las academias y aun cuando sus proposiciones fueran minoritarias
o produjeran rechazo. Así como durante la dictadura, fue
la publicación que con mayor continuidad y contundencia logró
sostener un discurso disidente, con el retorno de la democracia
debió enfrentarse al desafío de pasar de una posición
de resistencia a una posición de construcción crítica.
Si durante la guerra de Malvinas, la revista fue una de las pocas
voces que se atrevieron a enfrentar al nacionalismo que (de manera
ingenua o cómplice) proponía suspender cualquier cuestionamiento
a la dictadura para encolumnarse detrás de la causa por la
soberanía, con la restauración democrática
se sometió a las críticas de quienes le reprochaban
(yo me incluyo) su crédito inicial a las promesas modernizadoras
del alfonsinismo.
No obstante, habría que reconocer que Punto de vista
fue uno de los primeros núcleos intelectuales de la izquierda
en comprender que una actitud democráticamente constructiva
implicaba, también, una revisión crítica del
propio pasado político de sus integrantes. Sin caer jamás
en el maniqueo binarismo de un reparto de culpas y aun rescatando
orgullosamente las utopías de la militancia, la revista entendió
lúcidamente que esa perspectiva implacable consigo misma
era la más auténtica expresión de una memoria
crítica y la única base posibile para un proyecto
político y cultural sólido.
La postulación de una relativa autonomía del campo
intelectual, le permiten a la revista marcar una diferencia con
las posiciones de los '70 (donde la esfera cultural terminó
devorada por la política) pero hacia adelante. Es decir,
permite una salida a ese dilema sin retraerse del debate político.
No como una manera de renunciar a la intervención, no como
una manera vergonzante del arrepentimiento o el olvido sino, al
contrario: el discurso intelectual crítico elimina su subordinación
respecto de la política pero sólo para replantear
su vínculo sobre bases nuevas.
Punto de vista es una publicación exitosa, no sólo
por su permanencia en el tiempo (insólita para una revista
de cultura) sino también porque hoy ocupa el centro del campo
intelectual. Y esa conquista es tanto más valiosa puesto
que la ha conseguido sin dejar de ser minoritaria y sin abandonar
nunca su independiencia. En una entrevista reciente a los miembros
del consejo de dirección, Hugo Vezzetti lo explica: "El
futuro de esta revista está en el campo intelectual. No en
los medios ni en la academia aunque pueda apoyarse en ellos. Es
un espacio virtual, que hay crear al mismo tiempo que se ocupa".
Así como una vez que se ha ocupado el centro, la tentación
—y el peligro— pasan por intentar desarrollar estrategias
para sostenerse, el desafío consiste en asumir el riesgo
de renovarse y obligarse a revalidar (reconquistar) constantemente
esa posición. Hasta ahora, la revista ha sabido generar los
anticuerpos contra la autoindulgencia. Primero se renovó
mediante la constitución, en 1995, de un Consejo Asesor;
luego, en 2001, creó el website Bazar Americano que —lejos
de espejar digitalmente la producción en papel— ha
sido tanto una expansión del proyecto de la revista como
un espacio autónomo que ha generado su propias instancias
de producción y debate; y finalmente, ha dado mayor presencia
a las colaboraciones de una generación de críticos
e investigadores que no es la suya. Si por un lado, esto último
incentiva la apertura y el diálogo, al mismo tiempo introduce
la pregunta sobre cómo negociará con esas nuevas intervenciones
una revista que hasta ahora parecía funcionar casi de memoria.
Aunque esa tarea, claro, no es sólo responsabilidad de Punto
de vista sino, también, en parte, de aquellos que colaboramos
con ella. Y entonces, antes de decir nada que luego pueda ser usado
en mi contra, prefiero detenerme aquí.
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