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Un nuevo colectivo intelectual
Las revistas culturales independientes, ocupantes de ese espacio
amplio, de bordes indefinidos, en el que se inscribió desde
el principio Punto de Vista, necesitan una conjunción
de cualidades y vínculos que, en ocasiones, funcionan de
modo casi milagroso. Que una revista se publique durante más
de veinticinco años es difícil y raro porque el choque
de los conflictos y los temperamentos tiende a la división
más que a la persistencia de una unidad tan indispensable
como frágil. Las revistas que viven largo tiempo pertenecen
más a las instituciones que a sus miembros. Pero una revista
cultural como Punto de Vista, lejana de las instituciones
e independiente en ideas y en su sostenimiento, sólo responde
y sólo es posible por la acción de los intelectuales
que la consideran necesaria.
Revistas como Punto de Vista viven siempre en un equilibrio
difícil. Necesitan de la diferenciación interna para
no convertirse en emisoras de un pensamiento repetido a varias voces;
pero, al mismo tiempo, deben armar la escena donde las diferencias
dialoguen sin excluirse. Las diferencias son la vida de una revista.
Durante años, en Punto de Vista el conflicto fue
moderado por la franqueza intelectual y la movilidad entre posiciones
distintas. En una revista conviven ideas sobre cómo intervenir
y sobre qué intervenir, sobre quiénes son los interlocutores
y qué es necesario escribir, sobre el modo en que se piensa
la coyuntura, política o estética, y sobre el estilo
de su intervención en ella.
Las tres renuncias al Consejo de Dirección que publicamos
plantean que esas condiciones a las que una revista debe ajustarse
ya no se cumplían en Punto de Vista. En opinión
de los renunciantes, la revista había dejado de ser lo que
había sido en dos sentidos: el de su proyecto y el de la
discusión colectiva de ese proyecto.
Más allá de sus motivos, esas renuncias implican la
ruptura del grupo intelectual que produjo la revista hasta hace
pocos meses. El Consejo de Dirección fue mucho más
de lo que su nombre indicaba. Fue, con Carlos Altamirano y María
Teresa Gramuglio, el núcleo de amigos que, durante los años
de la dictadura, quiso reservar, en la peor de las condiciones,
un espacio para las ideas y establecer el derecho al punto de vista.
Y, en los primeros años de la transición democrática,
en cuyo comienzo se agregó Hilda Sabato al Consejo del que
se retiró Ricardo Piglia, la revista, para decirlo de algún
modo, cerró su primera etapa y encaró un período
en que muchas cosas debieron reformularse.
El Consejo de Dirección discutió muchas veces tanto
sobre ideas como sobre estilos de intervención. De hecho,
la revista fue modificándose porque nadie sostenía
que debía ser igual a la que había sido en los años
de la dictadura. Se enfrentaban problemas nuevos, en un país
diferente y dentro de un campo intelectual que había recibido
el regreso de los exiliados, entre ellos José Aricó
y Juan Carlos Portantiero que, durante algunos años también
formaron parte de Punto de Vista.
El Consejo de Dirección fue cambiando y también la
revista cambió, no solo porque la hiciera un grupo de intelectuales
donde se mezclaban los que venían desde el principio con
los que llegaban después de 1982, sino porque la realidad
en la que la revista se incluía también cambiaba.
Parte de esos cambios fue la creación, junto con al Consejo
de Dirección, de un consejo ampliado, que reflejaba otros
matices y también fortalecía temas que la revista
había abordado antes. Esta breve historia institucional podría
ser acompañada por la del ingreso de nuevas temáticas,
de nuevas necesidades de intervención, al lado de las que
ya eran acostumbradas. Como no podía ser de otro modo, Punto
de Vista toma las preocupaciones de sus integrantes, aquellas
que los mueven a la participación en el debate de ideas.
La revista es lo que quienes la hacen quiere que sea, en la medida
en que las diferencias tengan la fuerza de traducirse en propuestas
y escritos..
Durante los últimos años, el núcleo de intelectuales
que hacía la revista discutió muchas veces sobre la
pertinencia y la oportunidad de esas transformaciones; de eso dependía
el funcionamiento de un colectivo intelectual que mantuviera relaciones
vivas tanto entre sus miembros como entre ellos y la realidad política,
cultural y estética del presente. Ese colectivo intelectual,
sostenido por la franqueza y el debate se ha quebrado. La vida de
la revista se sostenía en un grupo que ya no existe, porque
se fueron tres de sus antiguos integrantes.
Se ha cerrado un capítulo y se abre otro que trae el desafío
de construir un nuevo colectivo intelectual La revista depende hoy
de esa construcción y de las formas que sus miembros encuentren
para seguir cotejando sus posiciones con lealtad pero sin concesiones.
Las nuevas condiciones de diálogo son un motivo de expectativa:
una renovada dinámica de ideas, sostenida por una voluntad
y un trabajo que continúan.
Punto de Vista
Renuncias
Al Consejo de Dirección de Punto de vista
Queridos amigos:
No hace mucho leí en el Corriere della Sera que
Asor Rosa, al anunciar que había resuelto jubilarse de la
universidad antes de tiempo, recordó una fabulación
infantil. Cuando era niño, dijo, estaba convencido de que
habían sido los propios dinosaurios, advertidos de los cambios
climáticos que habían sobrevenido, los que decidieron
decretar su extinción. Y se dijeron uno a otro: “Es
hora”.
La storiella parece más inventada que recordada
pero, como sea, Rosa encontró en ella una ocurrencia feliz.
Quiero aprovecharla para comunicarles mi propia decisión
de retirarme de Punto de vista. La verdad es que cuando
el año pasado Daniel Link nos juntó a todos en una
entrevista para hablar de la revista, sentí que era una especie
dinosaurio del Consejo de Dirección -podía hablar
del pasado de Punto de vista, pero no de su presente-. He sobrevivido
mucho más que los dinosaurios de Asor Rosa, por cierto, porque
el cambio climático en la revista lleva ya bastante tiempo.
No voy a sorprender a ninguno de ustedes si digo que me encuentro
fuera de ambiente, es decir, fuera del círculo de consenso
que de unos años a esta parte define la línea de Punto
de vista. ¿Necesito recordar una vez más que
desde hace rato desempeño dentro del Consejo el papel siempre
áspero del eterno desavenido? Sin dudas, ustedes han sido
muy tolerantes con mis opiniones y todos hemos puesto la amistad
por sobre las disidencias, confiando en que los lazos que ella crea,
y que son muy fuertes entre nosotros, sostuvieran lo que ya no sostenían
las coincidencias intelectuales. Pero cuando el cuadro de posiciones
está congelado, como ocurre desde hace años en Punto
de vista, el debate, por tolerante que sea, se vuelve estereotipado:
siempre nos encontramos representando la misma pieza. Me parece
que la amistad ya no necesita de ese tributo por parte de ninguno
de nosotros.
Cada uno tendrá su versión respecto del origen de
los cambios climáticos y sus causas. El tiempo seguramente
nos ofrecerá la ocasión de conversar sobre ello en
el futuro. Por ahora, como los dinosaurios de Asor Rosa, yo digo
también: “Es hora”. Punto de vista,
que es una gran revista, ya no es mi empresa (ya no lo era, en realidad,
en el último tiempo), pero ustedes la seguirán haciendo
con el talento de siempre.
Carlos Altamirano
20 de marzo de 2004
Compañeros del Consejo de Dirección de Punto
de Vista:
A sugerencia de la directora de Punto de Vista, he decidido
renunciar a su Consejo de Dirección. Lamento profundamente
que el fuerte vínculo intelectual que me unió a los
miembros del Consejo y a la revista durante veinte años termine
de esta forma. Es cierto que ya desde hace algún tiempo el
diálogo y la discusión abierta eran cada vez más
difíciles en la revista, pero mientras la tensión
crítica fue posible, valía la pena ser parte de este
esfuerzo intelectual colectivo.
Ante la gravísima crisis provocada por el alejamiento de
Carlos Altamirano del Consejo de Dirección, entendí
que era nuestra obligación revisar el funcionamiento del
grupo y repensar Punto de Vista. No pudo ser. La directora
eligió otro camino, uno que no me incluye y que ella inició
con un despliegue de su veta más intolerante. Y si bien no
hace falta remarcar hasta qué punto la revista ha sido obra
de Beatriz Sarlo, eso no la autoriza a la descalificación
de quienes tienen opiniones diferentes a las suyas ni al maltrato
de que me hizo objeto. No quiero seguir integrando una institución
regida por esas reglas y presidida por lo que Beatriz definió
como su “estilo”.
Hilda Sabato
24 de marzo de 2004
Queridos amigos del Consejo de Dirección:
Como les anticipé en la reunión del 29 de marzo,
he decidido presentar mi renuncia a ese Consejo. Les agradezco el
generoso empeño de seguir debatiendo esa decisión
y de invitarme a continuar en la revista. Lamento profundamente
no poder hacerlo. Al reflexionar sobre lo que venía ocurriendo
y sobre lo que hemos discutido en estos días, encuentro que
las posiciones están definidas y es difícil que las
diferencias se modifiquen. Sin pretensiones de alcanzar la verdad
absoluta, trataré de sintetizar algunos de esos aspectos
a fin de que los compañeros del Consejo asesor conozcan las
razones de mi decisión.
La dinámica del funcionamiento de Punto de vista en
los últimos tiempos hizo que en varias ocasiones no todos
los miembros del Consejo de dirección conociéramos
de antemano la totalidad de los artículos y que no realizáramos
la discusión colectiva previa sobre ellos que fue durante
años habitual en la revista. Aquí debo introducir
una autocrítica severa: la indiscutible capacidad intelectual
de Beatriz Sarlo y su dedicación constante al trabajo de
la revista, admirablemente complementadas por las cualidades de
Adrián Gorelik, me llevaron, en mi caso, a una especie de
delegación de responsabilidades, fundada en la confianza
cimentada a lo largo de tantos años de participación
en un proyecto compartido. El desacuerdo sobre algunos artículos
me parecía secundario frente a las coincidencias de fondo.
El dossier Kuitca puso fin a esta comodidad equívoca, a lo
que se agregó luego mi disconformidad ante la publicación
del artículo de Jorge Dotti, que leí, como el de Quintín
sobre la película de Kuitca, cuando vi las pruebas de imprenta.
Pensé que era hora de replantear esa dinámica y volver
a la práctica de las discusiones colectivas sobre el material
y el armado del número. Con ese propósito fui a la
primera reunión de Consejo del año, el 22 de marzo.
La renuncia de Carlos Altamirano, que conocí un día
antes, me hizo pensar, luego del primer impacto paralizante, que
esa discusión era aún más necesaria. Hilda
Sabato llegó a la reunión con un propósito
parecido. El lamentable episodio que forzó su renuncia me
reveló que las diferencias eran más agudas de lo que
yo suponía, no sólo por la negativa cerrada de Beatriz
a escucharla sino además por la pasividad con que Adrián
y Hugo lo aceptaron. Sentí de inmediato que para mí
se había traspasado un límite que no admitía
retorno. Las conversaciones posteriores, con todo el reconocimiento
intelectual y afectivo mutuo que mostraron, terminaron de confirmar
la impresión inicial. Tanto en lo referido al modo autoritario
de algunas discusiones e intervenciones culturales de Punto
de vista como en la evaluación de la figura intelectual
de Hilda y de su papel en la revista, la unanimidad de las opiniones
de Beatriz, Adrián y Hugo, distintas de las mías,
hizo evidente que se había roto el equilibrio interno del
Consejo de Dirección.
Cada una de estas renuncias ha tenido sus motivaciones y su tramitación
propias. Juntas, revelan un estado de crisis. Ustedes tres, con
el apoyo de los compañeros del Consejo asesor, lograrán
que de la crisis esta revista, a la que me sigo sintiendo muy próxima,
salga renovada y fortalecida. Ese es mi más sincero deseo.
María Teresa Gramuglio
10 de abril de 2004
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