Geraldine
Rogers
“Borges crítico”
Sobre: Sergio Pastormerlo, Borges crítico, Buenos
Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007; 197 páginas.
Supongamos que alguien en otro tiempo (pensemos en la búsqueda
de Averroes junto al fresco jardín de Al-Andalus) se encontrara
con este libro futuro. Varios siglos lo separarían de él
y con toda razón no sabría qué es un “crítico”
literario. Si ese traductor imaginario dispusiera sólo de
Borges crítico para conjeturar su significado, quizá
vislumbraría “destructor de santuarios”, “enemigo
de supercherías”, “esencialmente infiel”.
Habría captado entonces el modo en que Borges descolocó
las formas habituales de la creencia. O mejor: el modo en que logró
hacer de la crítica un ejercicio liberado de la superstición
ajena. Es decir, una práctica insobornablemente fiel a las
creencias propias.
A medio camino entre la proximidad y la lejanía con su objeto,
este libro nos descubre a Borges en lugares en que no solíamos
buscarlo: donde desconfiábamos de una opinión bromista
nos lo descubre serio, donde recelábamos de una artimaña
nos propone seguirlo con confianza. Ignorando el imperativo que
nos prescribe ahora la obligación de desembarazarnos de Borges,
sugiere revisitarlo sin inhibiciones; presta oído a su voz
menos escuchada, reexamina los parciales aciertos de un libro desacertado
que en los 50 lo expulsó del campo de la crítica,
discute las lecturas de Saer, recomienda no desatender sus textos
más descuidados y sostiene -contra toda opinión previa-
que su gravitación sobre la literatura argentina procede
ante todo de su crítica, un espacio que anuncia lo que ocurre
luego en otras zonas de su escritura y donde habría llevado
a cabo fundamentales operaciones de ruptura que sentaron las bases
de su poderoso influjo.
Borges crítico lee un gran texto integrado por
reseñas, ensayos literarios, prólogos, conferencias,
ficciones críticas, escritos unipersonales y en colaboración.
Repasemos sus principales apuestas, y algunos de los desvíos
con que se aparta de los carriles transitados. Para empezar, descartando
la común presunción sobre el carácter errático
de la opinión borgeana, da crédito a la consistencia
del conjunto y repone su configuración histórica según
el momento en que surgieron los textos y el marco en que entretejieron
sus intervenciones. Descubrir principios de articulación
no implica desestimar las tensiones internas o las discontinuidades,
todo lo contrario, deja ver mejor el viraje de las convicciones,
su afirmación o abandono, y sus efectos particulares en la
discusión de problemas a lo largo del tiempo.
Uno de los principales aportes -el más contundente por su
novedad y por la solidez argumental que lo sostiene- consiste en
explicar cómo Borges captó -y encarnó a la
vez- la emergencia histórica de una nueva imagen de escritor
en la Argentina, la del hombre de letras como sacerdote y asceta,
afín por su excepcionalidad a la figura romántica
del genio. Se ve acá cómo en entrevistas y discursos
Borges construyó un autorretrato de escritor consagrado a
la práctica excluyente de la literatura. La cuestión
interesa, por supuesto, por la novedad que supone ver al gran irreverente
armando una imagen reverencial de sí mismo (y que ya no nos
abandonará a partir de este libro), por la extrañeza
de ver reaparecer en la última etapa del gran ateo literario,
del gran promotor de una literatura sin autores, la devoción
cultual por el artista, el numen poético y la inefable belleza.
Pero sobre todo importa -como importó al propio Borges cuando
inauguró esas indagaciones a propósito de Poe o de
Whitman-, si queremos preguntarnos de qué modo la imagen
de un escritor puede incidir en las lecturas que de él hacemos.
Se ve acá, por ejemplo, cómo Borges contribuyó
a debilitar su propia imagen de crítico, no sólo porque
rechazó la edición o reedición de algunos de
sus textos sino por el repetido desdén que mostró
hacia la crítica, acusándola de ser un obstáculo
para el auténtico encuentro de los lectores con la literatura.
Sin embargo, esa opinión que terminó por ser tan influyente
sólo figura -nos dice el libro- en la última etapa
borgeana y es el reverso de lo que escribió y practicó
su promotor la mayor parte del tiempo. Porque de hecho Borges manifiestó
dos maneras de creer en la literatura: una forma “romántica”,
descalificada como superstición crédula en un campo
donde el malentendido siempre linda con la estafa; y una forma “clásica”,
pensada en términos de ateísmo o sacrilegio por su
rechazo a la veneración sagrada de las letras. También
la crítica borgeana actuó -dice Pastormerlo- en un
terreno de paradojas. Fue un ejercicio de creencias propias (intervino
para tomar partido y discutió en un mismo plano con otras
posturas críticas), pero fue mucho más: un sondeo
de las condiciones mismas de toda creencia o valoración.
Fue una práctica de taste-maker, que descartaba opiniones
recibidas para imponer las propias, y fue exploración radical:
crítica de la crítica, examen de las preguntas previas,
filosofía heterodoxa, exposición del poder simbólico
en el mundo literario.
Borges crítico llama a hacer justicia a sus envites.
Su consistencia y hallazgos tientan a diferir en los pormenores,
a ensayar alguna objeción. Pero ¿qué resquicio
deja la lograda malla? ¿qué blancos ofrece su clara
exposición de problemas complejos? ¿qué grietas
la sutileza de vínculos que acierta a trazar? Un libro que
enseña a descreer de las autoimágenes -responde un
ánimo contradictor- quizá crea más de lo esperado
en ciertas imágenes que el propio Borges ayudó a conformar
y que recortan demasiado su figura individual, porque ¿cuán
solo estaba en su afición profanadora? ¿hasta dónde
dar crédito a su sobreactuada fobia antivanguardista?¿qué
tan inédita fue su irreverencia? ¿cuánto de
su soledad y su excepción no derivan también de aquella
autoimagen que Borges crítico acaba de revelarnos?
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