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Ana Porrúa
Simetrías y asimetrías: la voz en la poesía
Artículo publicado en Punto de VIsta 89, diciembre de 2007
(en esta versión digital se acompaña de los links a las lecturas
de todos los poemas mencionados).
El poema puede dar un giro de 180 grados, deshacer, distorsionar y hasta inventar. Sin embargo, los modos de leer el poema no siempre acompañan estos procesos.
En las vanguardias europeas de principios de siglo la puesta en voz se abre en dos vertientes, una de ellas continúa siendo salmodiada, solemne y melódica (Apollinaire o Breton leen bajo esta premisa), está asociada a cierta idea histórica de la poesía y reduce el efecto planteado en las teorías del shock por medio de la experiencia conocida de la melodía; la otra, puede ser revisada en los textos del dadaísmo o el futurismo y va a contrapelo de esta versión. Contra la melodía, el ruido; contra la armonía, lo disonante. Si uno escucha la lectura que Marinetti hace de “La Battaglia di Adrianopoli” (http://www.ubu.com/sound/artist_tellus.html), la puesta de algunos textos de Maiakovski traducidos al italiano como “Di strada in strada” o “Rumori, rumorini e rumoracci” (http://www.ubu.com/sound/mai.html), ambos de 1913, o la voz de Tristán Tzara en su “L´Amiral Cherche Una Maison à louer” (1916) (http://www.ubu.com/sound/tzara.html) verá que todos ellos hacen del sonido y el texto una unidad que impacta sobre el oído, inquieta, rompe absolutamente con las melodías tradicionales porque trabajan sobre una enorme fluctuación en el tono y dan ingreso a sonidos mecánicos, coros, onomatopeyas, risas. Estas serían las dos escuchas de principios del siglo XX, de lo que aparece como vanguardia cubista, surrealista, futurista, etc. La primera instala la distancia entre texto y puesta en voz, la segunda propone una simetría: lo nuevo se escuchará de otra manera.
En una época, entonces, puede haber más de un modo de leer y algunos de ellos perdurarán en el tiempo sometidos a pequeños cambios o inflexiones personales de la voz. Este sería el caso de José Lezama Lima y Severo Sarduy en relación al neobarroco latinoamericano, que se escuchará distinto, como simetría, en las lecturas del cubano José Kozer. La solemnidad de la voz poética proviene de una larga tradición y se asocia, sobre todo, a la lectura romántica e incluso a los modos de leer de fines del siglo XIX. Algunas puestas en voz de la vanguardia borran el tono elegíaco o excesivamente expresivo del texto romántico; sin embargo, no llegan a generar una nueva escucha y abren un espacio auditivo ambiguo, como lo hace Girondo en su interpretación de En la masmédula. El abandono de la solemnidad, o mejor dicho, del tono salmodiado, es claro en la escucha de “Cadáveres” de Néstor Perlongher, que propone una audición inédita, alejada de los tonos y las modulaciones de la tradición poética e incluso de su inflexión vanguardista local, tal como se verá en estas notas en las que intento describir desde la escucha, el carácter radical del poema “Cadáveres” y tal vez, agregar algo a la lectura de ese texto.
La vanguardia monocorde
En la masmédula (1954) de Oliverio Girondo es un libro extemporáneo, que sin embargo la crítica aún considera el verdadero monumento de la vanguardia. Sus poemas repiten una práctica probada por la historia, la del despliegue de significantes a partir de la contaminación fónica que permite llegar hasta el neologismo; los textos del dadaísmo, el surrealismo y, sobre todo, Trilce (1922) de César Vallejo son –tres décadas antes– la prueba ineludible de su carácter regresivo. Sin embargo, es un libro innovador en el campo poético argentino, cuyo autismo para leer las vanguardias en general fue notable.
En 1960sale un disco con casi todos los poemas de la última versión de En la masmédula (1956) (www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Girondo/voces.shtml). La audición es una buena instancia para pensar nuevamente la revulsividad o la antigüedad del texto. Girondo interpreta sus poemas dentro del campo melódico, pero construye una melodía particular que neutraliza la idea de canto bajo un tono siempre idéntico y monocorde. De este modo, los poemas que parecen narrar algo, aquellos en los que el lector o el escucha puede seguir una línea de sentido más allá de los neologismos, las derivaciones, o las palabras compuestas, y aquellos en que la distorsión de los términos ocupa la totalidad del texto, suenan igual. La modulación de la voz será la misma para los versos de cierre de “Aridandantemente”: “mientras sigo y me sigo/ y me recontrasigo/ de un extremo a otro estero/ aridandantemente/ sin estar ya conmigo ni ser otro otro”, y para los de apertura de “Lumía”: “Mi Lu/ mi lubidulia/ mi golocidalove/ mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma/ y descentratelura/ y venusafrodea”. El sonido monótono sólo es cortado, en algunos poemas, por pequeños crescendi: a idéntica modulación, podría decirse, se agrega un volumen un poco más alto que luego vuelve a equilibrarse o una mínima aceleración que rápidamente se regularizará en la lentitud que caracteriza la lectura.
Este tono único se alcanza por el trabajo de la respiración ya que cada verso sostiene una línea continua incluso en el caso de largos versículos, y en la vocalización. Girondo pronuncia de manera límpida, con una dicción perfecta y cada término –inventado, compuesto o derivado– conserva su sílaba tónica. Esta pronunciación adquiere un plus desde lo tonal porque Girondo prolonga levemente el sonido de cada una de las palabras, usa la boca como caja de resonancia. El objetivo no es destacar términos, porque la dicción está asociada a la respiración; el efecto es más bien el contrario, el de dar valor al poema completo como un todo homogéneo. Efectivamente, aquí está el trabajo de difuminación de la lectura melódica tradicional, pero no se trata de una ruptura, porque la solemnidad sigue siendo un elemento importante, y en la modulación está la idea de lengua diferencial. Lo que sucede, en relación a algunas puestas en voz de surrealistas o cubistas de la década del 20, es que el ritmo no es el de un canto torsionado por el uso del tono único y la resonancia; la lectura abre un campo magnético, en el que cada término retiene la energía de todos los otros y avanza con poder hipnótico.
La voz de Girondo leyendo En la masmédula dice además algunas cosas sobre su inscripción en la vanguardia y su relación con los modos de leer de la época en que se editó la grabación. Girondo inventa una prosodia impecable para la escritura vanguardista, vocaliza el desguace del lenguaje como si se tratara de un idioma muy bien aprendido, de una segunda lengua; más que la materialidad del lenguaje, lo que se escucha allí es un sentido que avanza en cada poema como si se tratara de una secuencia con cierto grado de transparencia. Es cierto que Girondo descompone la gramática, los términos, pero en el modo de leer, en ese fraseo monocorde que pronuncia cada palabra como si fuera un sustantivo, un verbo o un adjetivo común, se percibe su gesto constructivo de un nuevo idioma.
Tal vez se entienda mejor esto en relación a la producción de algunos poetas concretistas brasileños, contemporánea a la publicación de En la masmédula o a su grabación. La operación en textos como “Forma” (1959) de José Lino Grünewald (http://www.poesiaconcreta.com.br/audio.php?page=4), “Pluvial” (1959) (http://www.poesiaconcreta.com.br/audio.php?page=9), o “Cidade, city, cité” (1963) (http://www.poesiaconcreta.com.br/audio.php?page=2) de Augusto de Campos, es distinta porque parten de la lengua para deconstruirla sin que esto se transforme en un ejercicio de construcción de un nuevo idioma; la distinción se percibe en la puesta en voz de los poemas, incluidos en el sitio poesiaconcreta.com, (1) a partir de juegos con la intensidad, con la polifonía tonal, la velocidad del fraseo o el corte rítmico que produce el aislamiento de los términos; el lenguaje es material sonoro y el poema se presenta en la escucha como un trabajo con significantes vacíos. La distinción de estos dos modos de leer hacia fines de la década del 50 repite la brecha de las dos escuchas que pueden rastrearse en las vanguardias clásicas, aunque haya desplazamientos en uno y otro caso. La interpretación que Oliverio Girondo hace de sus poemas es también su propia inscripción en las poéticas vanguardistas: no se trata del vaciamiento de sentido, sino de su continuación en un nuevo idioma.
Lo plegado y la lisura
El neobarroco fue descripto por Sarduy a partir de algunos procedimientos: la condensación –se mezclan dos significantes de ámbitos diferentes para producir un tercero–, la sustitución y la proliferación, que se dan sobre la ausencia de un significante, proponiendo otro en su lugar o una cadena que lo rodea radialmente. Son formas de lo que Deleuze denominó el pliegue y pueden verse con claridad en la escultura barroca, en la pintura, en la música y hasta en la escritura. Pero ¿cómo sería un modo de leer barroco? La escucha imaginaria habilita una idea de textura, que a la variación del tono, la intensidad y el movimiento necesario de la línea melódica, agrega la percepción del peso o la voluptuosidad de las palabras.
José Lezama Lima, de quien Sarduy dijo “es a Góngora lo que Góngora es a Dios”, (2) lee su poema más críptico, “La muerte de Narciso” (1937) (http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=ver_poema1.php&pid=10116), sin que se pueda percibir auditivamente la textura del lenguaje. Las interrogaciones cinceladas por el barroco –“¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,/ que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?”–, la sucesión de metáforas que reconstruyen una versión del mito de Narciso, y sobre todo los índices que se desplazan y se repiten en el texto –agua, lámina, nieve, seda– quedan disimulados bajo el tono neutro, lineal, casi sin alteraciones salvo el final de verso, la frase en ascenso o la elevación tonal de la última sílaba. No hay volumen, no hay pliegue en la escucha y tal vez esto sucede porque este primer poema de Lezama es clásico. Sin embargo, lo clásico está en el tema y no en el tratamiento neobarroco, con una notable herencia, en este caso, del modernismo esteticista: “La nieve que en los sistros no penetra, arguye/ en hojas, recta destroza vidrio en el oído,/nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,/ huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados./ Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos/ donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea”. La asimetría entre texto y modulación es notable. Nada en la voz de Lezama Lima da cuenta de lo plegado y tampoco de la potencia constructiva de este poema, de aquello que hace de la materia poética un discurso abigarrado pero bajo control. Porque “La muerte de Narciso” está escrito bajo una concepción del lenguaje que es también finisecular; la elección precisa de los términos –algunos ya cristalizados como íconos por el modernismo–, los cultismos y el trabajo de labrado de esa lengua, envían al esteticismo de cierta zona de la producción de Rubén Darío, o al parnasianismo francés de Théophile Gautier, por ejemplo, y sin embargo, el trabajo con esa materia estética aristocrática tampoco puede escucharse porque lo formal queda escondido bajo la escansión neutra. Lo neutro es lo difícil de definir, lo indefinido o indeterminado. No es lo mismo este registro que el uso tonal monocorde de Girondo; el efecto de audición nos da la pauta de esta diferencia porque en un caso podemos escuchar incluso la inscripción del autor en las diferentes vertientes de la vanguardia y en el otro, la voz pareciera desapegada, desinteresada de aquello que está leyendo.
La escucha de Paradiso, http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=ver_poema1.php&pid=11188, una novela de 1966 que encuadra perfectamente en las descripciones del neobarroco latinoamericano, permite detectar un poco más la densidad del lenguaje. En realidad, el registro de Lezama Lima sigue siendo prácticamente el mismo, y hay algo de la modulación que se conserva, en tanto los puntos ocasionan el ascenso tonal de la última sílaba –como si se tratase de versos–, pero lo que cambia es la fuerza con que se remarcan algunas palabras y cierta velocidad en el fraseo, que hacen más audible la proliferación como desborde del discurso. O al menos, la acumulación y la sucesión de metáforas alrededor de un centro puede escucharse como cuando dice:
Le sorprendía la totalidad de la iluminación de la casa. Chorreaba la luz en los tres pisos, produciendo el efecto de un ascendit que cortaba y subdividía la noche en tajadas salitreras. Era una gruta de sal, un monte de yagruma, una línea interminable de moteados de marfil, gaviota, dedales de plata y la sorprendente sutileza con que la lechuza introduce sus tallos de amarillo en la gran masa de blancura.
Severo Sarduy, en cambio, trabaja el espesor de la voz desde la torsión del tono cuando lee algunos de sus poemas incluidos en Un testigo fugaz y disfrazado (1985) (http://media.putfile.com/SArduy); (3) el movimiento se produce en el interior de una forma estrófica clásica, la décima, respetando sus normas métricas (octosílabos), de rima (regular y consonante) y extensión. En este espacio pequeño y pautado, se despliega una retórica barroca, la de la simulación, el engaño de los sentidos: “Cuerpo por cuerpo: las pieles/ se aproximan y se alejan/ entre espejos que reflejan/ su deseo. No develes/ la imagen –esos laureles/ fenecen-; no te aconsejo/ confiar en ese reflejo,/ porque su doble perverso/ te revelará el reverso:/ hueso con hueso, pellejo.”, o bien, “Ya lo ves: de aquella brasa/ cuyo ardor te calcinó,/ saciado, sólo quedó/ dispersa ceniza escasa”. La retórica es barroca y elige la paternidad exacta en uno de los sonetos más conocidos de Francisco de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte” (4): el ardor como fuego que no se apaga, el cuerpo que se convertirá en polvo, “mas polvo enamorado”, persisten en las décimas de Sarduy aunque bajo un cambio de signo, como variación erótica y desidealizada del poema de Quevedo.
En realidad estos poemas sólo retoman los motivos del neobarroco, porque su trama metafórica es sencilla y los hipérbaton son leves. Sin embargo, en la puesta en voz de Sarduy recuperan cierta textura neobarroca como trabajo sobre la voluptuosidad de la lengua. Si la décima, como toda forma métrica fija, hace posible una lectura rítmica uniforme, Sarduy logra desplazar esa escucha, la de los versos iguales en medida y la de la rima consonante, a partir de la modulación y, por momentos, del corte de verso. El silencio no siempre se produce allí donde la rima se impone, y tampoco necesariamente al final de una frase poética. A veces Sarduy se detiene en medio del verso y luego sigue; otras abre un espacio entre sustantivos que además suelen estar reforzados por la pronunciación, o entre el sustantivo y su atributo, como cuando lee “jeroglífico morboso”, ese verso de cierre de “La letra con sangre entra” donde el adjetivo está precedido por una pausa no habitual; la frase se hace morosa y la voz resalta (como paladeando) algunos términos, con una musicalidad más allá de la rima, como la de la aliteración de la “r” en la décima que comienza “Flauta. Son. La madrugada”, que ofrece la imagen de la voz del amante como “voz rajada”; o la repetición de la “s” en “Ya lo ves: de aquella brasa”, que sugiere un susurro. El deleite lento y los cambios de tono también se asientan en el modo de remarcar algunas letras, de pronunciarlas excesivamente, como en los dos últimos versos de “Tu cuerpo se recortaba”: “eran la doble voluta/ que estructuraba la tela.”. En este caso, la modulación hará uso constante de un tono medio o bajo articulado entre un registro grave, pero nunca solemne, y otro más ligero, a veces levemente irónico que permite incluso la sonrisa o la risa, aquella que se escucha casi como una mueca entre “No me quejo/ de arder” y “Ni de haber ardido”. De este modo, lo que aparecía como textura barroca en “Muerte de Narciso” de Lezama Lima, pero no se oía en su lectura, se escucha en la voz de Sarduy que agrega densidad a la sencillez de la que parte.
En el año 2004 la editorial independiente “Voy a salir y si me hiere un rayo” editó el CD In situ, en donde el cubano José Kozer lee algunos de sus poemas, construidos a partir de tiradas de larguísimos versículos, que divide en estrofas:
El caballo se está comiendo las velloritas del campo, sé que va a llover.// Va a llover agua sobre agua el río estará lleno de la imagen del caballo (velloritas) las gotas de agua.// Un vaso de agua pasada por agua perdí el apetito por las confituras cañaverales en flor la letra escrita.// Acercarme a la orilla a mirar la garza con la vista fija a poniente mirar el pelícano volar a ras de las aguas comer por hambre (saciarse) comer por hambre: ¿quién lo pondrá por escrito?” (5) [Link a José Kozer]
Dentro de estos versículos, Kozer arma un ritmo: lee a partir de la puntuación (los dos puntos o el punto) componiendo una musicalidad con cambios de tono asociados a esta forma de respirar dentro de la extensión de su propio fraseo. Este ritmo, además, tiene que ver con operaciones propias del neobarroco: deriva, acumulación y repetición. Todo está escrito en una misma línea que a la vez retoma un significante de la anterior (nada queda suelto y a la vez nada está unido narrativamente o como metáfora de algo): “agua sobre agua”, “el río”, “las gotas de agua” y en medio el caballo y las velloritas del primer versículo, como reflejo en el agua. La siguiente tirada desplaza a la vez lo reiterado, lo expandido, hacia “un vaso de agua” y de allí al hambre y la escritura (dos nuevos significantes); las flores también reaparecerán aunque ya no son velloritas. Esta es la sucesión barroca que en el poema abrirá luego otros significantes (fuego –ceniza, lava-; cuerpo –manos, pulmones-) engarzados entre sí y reenviando siempre al primero, agua. La cadena espiralada se produce por contacto metonímico y no metafórico como en el poema de Lezama Lima; se abre la contigüidad física de los significantes, no un paradigma en el que las distintas superficies –agua, seda, nieve– se tejen alrededor de una idea central, la de la muerte de Narciso.
En la lectura de Kozer la contigüidad está trabajada a partir del fraseo más o menos veloz de largas secuencias que acumulan los significantes. Allí, la anáfora juega un papel rítmico y el término repetido nunca deja de estar acentuado, más bien podría decirse que sobresale levemente de la línea melódica que se arma en cada respiración. A la vez la frase funciona como un espacio espiralado, porque permite el ingreso del nuevo significante (que nunca quedará aislado), su expansión, repetición, o el retorno a significantes anteriores. La puesta en voz de Kozer plantea, en este sentido, una verdadera simetría entre texto y modo de leer, ajusta su dicción a la del neobarroco.
El cadáver de la solemnidad
“Cadáveres” es un largísimo poema de Alambres (1987), el segundo libro de Néstor Perlongher. La versión en audio salió bajo el sello Último Reino-Circe en 1991, junto a otros poemas. (6) Pero antes de la audición estuvo el texto y son pocas las marcas que indican allí la lectura que luego hizo Perlongher de su poema: están ciertamente las frases exclamativas, que permiten reponer un registro irónico: “Yes, en el estuche de alcanfor del precho de esa/ ¡bonita profesora!/ Ecco, en los tizones con que esa ¡bonita profesora! traza el rescoldo de su incienso;/”, y más adelante, “En eso que amputa/ lo que empala,/ En eso que ¡puta!”. En estas exclamaciones hay algo de la oralidad que hace posible esperar el tono irónico. Pero lo oral podría ser escuchado, en la lectura privada, dentro del registro de los poetas “coloquialistas” que naturalizan la expresión. Pero, en la versión grabada del poema, http://www.courses.ex.ac.uk/latinamericanstudies/authors/literature/perlongher/cadaveres.htm,
las exclamaciones están amplificadas, con un timbre cercano al grito (o al gritito) pero con una carga de artificialidad; allí el modo de dar cuenta de lo emotivo que es propio de la exclamación (y que en la puesta en voz tenderá a desplazar la función habitual y sobre todo la del poema tradicional) se traslada como exageración a los adverbios (“Yes”, “Ecco” y antes “oui”) y a ciertas interjecciones incluso más asociadas a lo oral: “Ay, en el quejido de esa corista que vendía `estrellas federales´/ Uy, en el pateo de esa arpista que cogía pequeños perros invertidos,/ Uau, en el peer de esa carrera cuando rumbea la cascada, con/ una botella de whisky `Russo´ llena de vidrio en los breteles, en ésos,/ tan delgados,/ Hay Cadáveres.”
Hasta aquí lo que en el poema sería una inscripción de la lectura posterior del autor. Luego, algunas notaciones parecen funcionar como partitura que se activa en la voz de Perlongher, dado que podrían ser leídas en un tono más grave, como cuando hablan los otros, los que no se involucran: “Era: `No le digas que lo viste conmigo porque capaz que se dan cuenta´/ O: `No le vayas a contar que lo vimos porque a ver si se lo toma a pecho´”. Allí Perlongher retoma ciertos decires pero también les pone un tono de cinismo, los invierte en términos paródicos.
El manejo de los tonos y de la intensidad plantea un tipo de dramatismo inédito, absolutamente despegado del modo elegíaco o luctuoso, más allá de las 55 repeticiones del estribillo que cierra cada estrofa: “Hay Cadáveres”, que se despliega como desenmascaramiento recién en los dos versos que cierran el poema: “No hay nadie?, pregunta la mujer del Paraguay./ Respuesta: No hay cadáveres.”
Sobre la intensidad, como cualidad del sonido que permite distinguir un tono suave de uno fuerte, se construye la lectura de Perlongher: la voz va y viene entre el piano y el forte pero no sigue un crescendo único, porque los tonos suben y bajan todo el tiempo; en este sentido, se aleja de los modos más clásicos de manejar la intensidad de la voz, que se asientan –por lo general– en una línea ascendente o descendente, o en una combinación más estructurada de ambas. Perlongher lee algunas estrofas, en tono muy suave, como cuando dice: “La despeinada, cuyo rodete se ha raído/ por culpa de tanto "rayito de sol", tanto "clarito";/ La martinera, cuyo corazón prefirió no saberlo”; y otras veces llega hasta el fortissimo, como al final cuando grita “Cadáveres, Cadáveres, Cadáveres, Cadáveres….”, una sucesión que no está en la versión escrita. El crescendo puede darse en una sola estrofa, en una serie de estrofas, pero el tono puede subir y bajar más de una vez en este mismo espacio. No hay una lógica homogénea. Esta variación se escucha también en el estribillo que funciona casi siempre como corte o intromisión en una secuencia deliberadamente interrumpida; algunas veces es aseveración seca que cierra modulaciones diversas, pero el tono no es único, oscila entre el asombro, la ingenuidad, la sorpresa, la réplica, el susurro e incluso, en un caso, lo interrogativo.
El poema comienza con un tono declamativo que emula la voz del recitado escolar; como una maestra o un alumno, Perlongher dirá: “Bajo las matas/ En los pajonales/ Sobre los puentes/ En los canales/ Hay Cadáveres.// En la trilla de un tren que nunca se detiene/ En la estela de un barco que naufraga/ En una olilla, que se desvanece/ En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones/ Hay Cadáveres.” La repetición de la preposición que arma los versos, parece remitir además a algo que todos conocemos: “En el cielo las estrellas/ En el campo las espinas/ Y en el medio de mi pecho/ La República Argentina”, y aunque la frase se vuelve cada vez más compleja –en su sintaxis y por momentos en su vocabulario–, el tono se mantiene, al menos en las primeras estrofas, como un registro que se sobreimprime: “En las mangas acaloradas de la mujer del pasaporte que se arroja por la ventana del barquillo con un bebito a cuestas/ En el barquillero que se obliga a hacer garrapiñada/ En el garrapiñero que se empana/ En la pana, en la paja, ahí/ Hay Cadáveres”. El uso de este tono es irónico, e impugna todos los registros solemnes. Así puede leerse una de las estrofas finales en la que los versos del modernismo, del romanticismo e incluso el nombre de uno de los poetas barrocos más paradigmáticos se interrumpen y el estribillo parece funcionar como acta de defunción de la poesía: Yo soy aquél que ayer nomás.../ Ella es la que…/ Veíase el arpa.../ En alfombrada sala.../ Villegas o/ Hay Cadáveres”. La inclusión de las otras voces no necesariamente amerita la parodia; son más bien las marcas de hablas barriales o populares que multiplican los registros orales, y que Perlongher lee como polifonía a partir de un tono escandalizado, con un dejo de fastidio (“Se entiende?/ Estaba claro?/ No era un poco demás para la época?/ Las uñas azuladas?”), el susurro del chisme malicioso o el tono entre confesional y tilingo de quien dice “Yo no te lo quería comentar, Fernando, pero esa vez que me mandaste/ a la oficina, a hacer los trámites, cuando yo/ curzaba la calle, una viejita se cayó, por una biela, y los/ carruajes que pasaban, con esos crepés tan anticuados (ya preciso,/ te dije, de otro pantalón blanco), vos creés que se iban a/ dedetener, Fernando? Imaginá…”. La clave común de todos estos registros es la afectación; el decir afectado (se sabe que la declamación escolar no sirve, pero también que la poesía ha perdido su lugar) recubre incluso lo que tiene de neobarroca la escritura de “Cadáveres”. Cuando en el poema aparece la contaminación fónica o la deriva de significantes, la modulación de la voz sigue siendo la de las hablas. Lo barroco, entonces, es también parte de estas hablas y en todo caso se escucha como otro registro más dentro del poema. Así, lo que refuerza la lectura de “Cadáveres” es la interpretación teatral, más que poética, que no pone en un primer plano el pliegue del lenguaje sobre sí mismo, sino el artificio y sus posibilidades dramáticas.
La puesta en voz de “Cadáveres” va a contrapelo de todas las interpretaciones que se escuchaban en ese momento, las del coloquialismo argentino y su antecedente en Raúl González Tuñón; la del neobarroco de José Lezama Lima, de Severo Sarduy e incluso de José Kozer, donde el neobarroco parece encontrar su dicción más ajustada; va a contrapelo también del modo vanguardista de Girondo y más aún del tono clásico de Jorge Luis Borges o Alberto Girri, de quienes también hay registro en audio. En realidad, la interpretación de Perlongher pareciera ser la primera operación de vanguardia sobre la voz poética en el país, la única que abandona por completo el universo melódico.
Notas
(1) La dirección de poesia concreta. o proyeto verbicovisual, que incluye una sección sonora (además de entrevistas, manifiestos, debates e imágenes) es http://www.poesiaconcreta.com.br/. Es válido aclarar que las grabaciones son muy posteriores al momento de publicación de los textos ya que provienen de Grupo Noigandres – arte concreta paulista, Mariantonia USP/Cosac e Naify, 2002. De todos modos, son sus autores los que interpretan los poemas.
(2) En realidad, la frase completa de Severo Sarduy es "Carrera es a Sarduy, lo que Sarduy es a Lezama, lo que Lezama es a Góngora, lo que Góngora es a Dios...".
(3) En este sitio están incluidas en un mismo track de sonido las siguientes décimas: “De ese amor, o ese cuidado”, “Ni firmas, ni firmamento”, “En la sed y en el alivio”, “La letra con sangre entra”, “No acudas a linimento”, “Ya lo ves: de aquella brasa”, “Flauta. Son. La madrugada”, “Cuerpo con cuerpo: las pieles”, “Tu cuerpo se recortaba”. Ver Severo Sarduy, Obras I. Poesía, México: FCE, Colección Tierra Firme, 2007.
(4) Francisco de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”: “Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día,/ y podrá desatar esta alma mía/ hora a su afán ansioso lisonjera;// mas no, de esotra parte, en la ribera,/ dejará la memoria, en donde ardía:/ nadar sabe mi llama la agua fría,/ y perder el respeto a ley severa.// Alma a quien todo un dios prisión ha sido,/ venas que humor a tanto fuego han dado,/ medulas que han gloriosamente ardido:// su cuerpo dejará, no su cuidado;/ serán ceniza, mas tendrá sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado.”
(5) Este poema pertenece al libro Ánima (México: FCE, 2002) y se titula, igual que todos los poemas del mismo, “Ánima”. La editorial independiente “Voy a salir y si me hiere un rayo” ha editado otros cd como Carmen Ollé. Poesía, Chicha (antología de poesía reciente peruana), Polvo (nueva poesía argentina) y Dulce (poesía argentina escrita por mujeres). Agradecemos a María Medrano, su directora, el track de sonido del poema de Kozer.
(6) El casette contiene los siguientes poemas: “Cadáveres”, “Madame S.” y “Riga”. La grabación de “Cadáveres” fue incluida en el número 14 (marzo 2001) de poesia.com. Las citas del poema provienen de la versión en audio; en la publicación de Alambres, “Cadáveres” presenta algunas variaciones mínimas en la escritura.
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