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Diego Poggiese
"Umbrales infinitos”
Sobre: Juan Florido y Marta Riquelme de Ezequiel
Martínez Estrada. Buenos Aires, Interzona editora, 2007,
117pp.
En “Una carta sobre Kafka”*, Walter Benjamin cita un
pasaje de Eddington sobre la imagen del mundo que tiene la física,
señalando que no conocía ningún pasaje en literatura
que pudiera mostrar en mayor grado el gesto kafkiano de la experiencia
del mundo moderno. El fragmento era la narración del proceso
de atravesar una puerta, y comenzaba de este modo:
“Estoy en el umbral de la puerta, a punto de entrar a mi cuarto.
Lo cual es una empresa complicada. En primer lugar tengo que luchar
contra la atmósfera que pesa con una fuerza de un kilogramo
sobre cada centímetro cuadrado de mi cuerpo. Además
debo procurar aterrizar sobre una tabla que gira alrededor del sol
con una velocidad de 30 kilómetros por segundo; sólo
un retraso de una fracción de segundo y la tabla se habrá
alejado millas. Y semejante obra de arte de ser llevada a cabo mientras
estoy colgado en un planeta en forma de bola, con la cabeza hacia
fuera, hacia el espacio, a la par que por todos los poros de mi
cuerpo sopla un viento etéreo a Dios sabe cuánta velocidad.
Tampoco la tabla tiene sustancia firme…”
De la múltiples razones por las que la lectura de los cuentos
de Martínez Estrada nos pueden conducir a pensar en la relación
con Kafka, en la publicación que hace Interzona de un volumen
con los relatos “Juan Florido, padre e hijo, minervistas”
y “Marta Riquelme” se nos manifiesta una bastante aleatoria.
La cita de Benjamin nos impacta por un detalle menor: el umbral.
Hay algo de esa fascinación por el abismo que dilata el segundo
en que debemos atravesar el límite de una (o de infinitas)
puerta tras la cual el mundo aparece idéntico, y a la vez,
desmesurado. Los relatos de los que hablamos se construyen en ese
singular campo de fuerzas de los espacios liminares.
Martínez Estrada es un cuentista. Puede ser una afirmación
discutible, como cualquier otra que no señale que es un ensayista
que, además, escribe cuentos (o poesía, u obras de
teatro). Al menos escribe cuentos entre 1945 y 1957, en los que
ciertamente es posible leer elaboraciones que complementan sus poderosos
ensayos, pero que también despliegan una poderosa fuerza
de afirmación que excede aquellas indagaciones. Hay algo
en los cuentos que bordea la laboriosa construcción de una
racionalidad explicativa, y que frecuentemente nos conduce a Kafka.
Esa es una línea de lectura que podría seguirse con
varios de los cuentos de Martínez Estrada, desde “La
inundación” en adelante. En los relatos que se publican
en este volumen, además de la relación con Kafka,
también podemos proponer la indagación de la lógica
narrativa de un mundo singular, las posibilidades de la lectura
alegórica, e incluso, en el caso particular de “Marta
Riquelme”, la activación de una intertextualidad con
el relato homónimo de Hudson. Pero en ese abanico de posibilidades,
da la impresión de que aún nos retiene la fuerza magnética
del umbral. De los relatos (cuentos largos, quizás nouvelles
para ser más precisos) aún no hemos dicho nada, como
si fuera imprescindible el ceremonial de presentación.
“Juan Florido, padre e hijo, minervistas” narra el
día que precede a la última salida de Juan Florido
padre, de su casa al cementerio. Con veinte años había
completado su bachillerato en Sevilla, y con una experiencia de
tres años en una imprenta, arriba al país. Trae solo
una recomendación para el General Mitre del presidente de
un centro masónico y un mínimo capital monetario.
Viene con su mujer, Carmen, un frasco con su primer hijo que había
muerto al nacer, tres prendas de un hermano torero muerto por un
toro y un laúd del año 1600, también herencia
familiar. Lo emplean inmediatamente como minervista en la Compañía
Sudamericana de Billetes de Banco y alquila una habitación
de un inmenso conventillo. En el primer párrafo del relato,
que había iniciado con la fecha de la muerte del personaje,
tres días antes de cumplir cuarenta años de su llegada
desde España, se presenta el relato de una vida cuya peripecia
ha sido reducida a la nada. “En seguida alquiló la
habitación número 86 del Palacio Bisiesto, en el tercer
cuerpo de la planta baja o platea, donde falleció.
Desde esa época, la vida del matrimonio, y meses más
tarde también la de Juan, transcurrió sin ninguna
peripecia digna de recordar.” Lo abrupto del final de la primera
oración anula los cuarenta años que median entre la
llegada y la muerte, pero también anula toda posibilidad
de pensar esos cuarenta años como el decurso de una vida.
No hay ambigüedad en la posibilidad de señalar que el
fallecimiento sucedió a la mudanza, aunque también
hay cuatro décadas en ese espacio en el que una repetición
inercial suspende el tiempo. Juan Florido, el minervista atormentado
por una cefalea que progresivamente le quita todo interés
por la vida, tiene un hijo, Juan Florido también, que trabaja
como minervista desde sus quince años, soportando los mismos
dolores de cabeza que su padre. Más allá de que hubiera
fundado un centro masónico, en el que gozaron de un cierto
respeto de parte de sus compañeros, al menos durante un tiempo,
los Florido, padre e hijo, fueron recluyéndose poco a poco
al encierro en la rutina de ir al trabajo, y en la pieza que alquilaban.
“Los vecinos que no simpatizaban con ellos por su carácter
hermético y su injustificada arrogancia, les llamaban los
sonámbulos, y este mote se había difundido entre los
habitantes de las casas a todo lo largo del itinerario que recorrían
seis días a la semana padre e hijo, invierno y verano. Ahora
el padre estaba muerto…”. Ahora, dice el narrador,
el padre estaba siendo velado tras la puerta de la habitación
del conventillo en la que multiplicaba sus inútiles rutinas
y rituales mínimos como un modo de simular la existencia.
Pasar la puerta de la habitación de una vez, habiéndose
muerto antes. Cotejar por primera vez el estado de orden en torno
de un cadáver del interior con el caos bullicioso y anárquico
del resto del conventillo. La tensión entre la muerte y la
barbarie se dirime, sin posibilidad de síntesis, en el umbral
de esa habitación 86. Las casi cincuenta páginas que
siguen a esta situación están en relación con
la entrada del conventillo al universo cerrado de la habitación
y con la salida del cadáver para el entierro. El cuerpo que
se pudre llama la atención de los vecinos, que distinguen
el olor entre los vahos de fritangas, mientras doña Carmen
y su hijo permiten el ingreso de un vecino de las zonas más
pobres del conventillo. El cadáver se cubre, entonces, de
palabras y de despojos. El vecino, cuyo nombre varía de acuerdo
con la semana, ingresa la miseria que rodea a los Florido con sus
historias que se multiplican a medida que se multiplican los pedidos:
la ropa, una bebida, dinero. Carmen y Juan Florido se deshacen del
feto junto con el cuerpo, mientras alisan los billetes que habían
acumulado en esos cuarenta años de encierro. Durante un día
completo, hasta que llega el carro fúnebre (que como no podía
ser de otra manera, es un carro para niños en el que apenas
entra el cajón), la insignificancia de ese mundo inerte se
revela en el lento proceso de deshacerse de todos los objetos inútiles
que habían conservado durante años. No es sólo
el feto, sino las prendas reservadas para las cada vez menos frecuentes
reuniones del centro masónico (los zapatos y una galera).
Y no son solo objetos, son el pudor y el cuidado de una intimidad
hueca la que se van cuando los vecinos se asoman a esa puerta, cuando
los despojan de alguna nimiedad, cuando los ven en plena humillación
de usar un pantalón mojado con aceite o llevar el cajón
de un hombre en el carro fúnebre de niños. Cuando
Juan Florido parte, lo más erguido que puede, bajo los cientos
de miradas y comentarios de la turba del conventillo, mientras su
madre queda “en el patio, con las manos cruzadas sobre el
vientre, mirando con sus ojos cansados y sin lágrimas”.
Hay dos cuentos de Kafka, dos pequeñas parábolas,
en las que los umbrales muestran complementariamente su infinitud
y su infranqueabilidad. En una de ellas, se propone si un mensajero
tuviera que partir para avisar que el emperador está por
morir, su esfuerzo sería inútil, ya que cada puerta
del palacio que atraviesa no hará más que conducirlo
a otras, que seguirán en la ciudad y se multiplicarán
hasta el infinito. En la otra, un hombre espera frente a un umbral
custodiado por un guardia que no le franquea nunca el paso, y que
cuando lo ve muriendo le dice que esa puerta era solo para él,
y que ya que no la usó, se cerraría para siempre.
“Marta Riquelme” es el relato de un prólogo.
Para ser más preciso: es el relato de un albacea que debe
prologar una obra imposible de publicar. Se trata de las memorias
de casi dos mil páginas que había escrito una joven
entre su temprana adolescencia y los veinticuatro años. El
narrador, cuyo nombre es Martínez Estrada, señala
que había invertido tres años de trabajo en el orden,
clasificación, compaginación e interpretación
de una miríada de páginas sin numerar y, en muchos
casos, sin continuidad lógico–narrativa. En el inicio
del relato, sabemos que esos manuscritos se perdieron en algún
lugar camino a la edición, el narrador comenta, explica y
cuenta lo que hay en esas memorias. Para ser más precisos,
mientras narra cómo fue su trabajo, reinventa a partir de
recuerdos (señalados con mayor preocupación por el
valor de los episodios aislados que por el relato en sí)
una historia abierta a múltiples lecturas.
El personaje central de la nouvelle es Marta Riquelme,
lo que conocemos de ella es ambiguo e inquietante. La joven que
despliega esas caóticas Memorias que exceden las
dos mil páginas, que carecen de paginación, a las
que le faltan páginas o presentan páginas duplicadas
o triplicadas es a la vez la protagonista de un caótico relato
familiar y la obsesión del editor que necesita interpretar
lo que quiere publicar. Cuerpo (en la letra, en la historia pasional)
y fantasma (que sobrevuela la desmesurada historia de la casa familiar,
que amenaza la racionalidad y las posibilidades del equipo que descifra
e manuscrito) Marta Riquelme hegemoniza múltiples relatos
que se construyen a su alrededor. Hay un relato familiar: Marta
Riquelme hilvana la historia de los Riquelme Andrada, habitantes
por generaciones de una casa llamada el Magnolio, en la localidad
de Bolívar. La mención no es casual, el espacio de
una casa caótica, sumamente grande y llena de habitaciones,
en la que se mencionan cruces de relaciones más o menos perversas.
En un singular hacinamiento, en la casa se suceden casos de incesto
y suicidio, disputas entre hermanas, deudas de juego, problemas
económicos. Marta está en medio de todos esos acontecimientos
que forman las casi dos mil páginas como si fuera un centro
de gravedad: el ordenamiento cronológico es imposible, lo
mejor que se puede hacer es pensar lo determinante que puede ser
la joven en esos acontecimientos. Cualquier intento, ya no de evaluar
moralmente el accionar del personaje, sino de comprender siquiera
qué pasó, excede las limitaciones del prólogo.
Hay una historia familiar, pero sólo podemos vislumbrar algunos
de sus sucesos más interesantes. Marta trataba de robarles
los novios a sus hermanas, “desde niña era una diablesa”.
Una de ellas, Margarita, se mata cuando Mario, que se había
enamorado de ella, también se enamora de Marta. Pero no sabemos
mucho más que eso, y allí surge con potencia un punto
de alto interés narrativo. Hay una historia de amor incestuoso
con su tío, Antonio. Inicialmente se lo presenta como un
canalla y un violador de menores, aunque finalmente nos enteramos
de una historia de amor con Marta que continúa más
allá del Magnolio. Allí hay un núcleo narrativo
aún más poderoso. Pero no hay manera de encontrar
el desenlace de la historia. “Lo que sigue es sencillamente
estupendo”, nos avisa el narrador. Y nada más. Hay
una historia familiar, dijimos, ramificada y perdida junto con los
papeles que el editor busca en su memoria. Y hay, también,
un relato de esa búsqueda, en la memoria y en la letra, de
los secretos que esa escritura desmesurada oculta. Hasta la condición
de Marta se desdibuja en un uso excéntrico, indebido,
del lenguaje para una mujer. Más aún, según
el narrador, Marta “ni siquiera era una escritora”,
aunque no sólo la búsqueda de los papeles perdidos
sino el ejercicio de desciframiento (que se hacía, por momentos,
jugando al ajedrez), anticipan una escritura poderosa, si fuera
posible pasar el umbral del prólogo. Pero no es posible.
Encerrados en la propiedad familiar, se encriptan también
una lectura de América y una tradición literaria.
La condensación de los ensayos de Martínez Estrada
acerca de una América fundada como campamento se puede leer,
de soslayo, en la reconstrucción de lo que son los Riquelme
Andrada: en medio de la pampa, en una finca colonial, varios núcleos
familiares que incluyen hasta los abogados que trabajan para ellos,
viven entre litigios de campos, deudas y discusiones de herencias
mal avenidas, entregados a la usura, sin otra moral que la del latifundio
y la pertenencia a la tierra. En ese sentido, es posible una lectura
alegórica, que traduzca punto a punto las tesis ensayísticas
de Martínez Estrada. Sin embargo, quizás lo más
interesante sea que en el interior de la historia, a diferencia
de los ensayos, aquellas afirmaciones rotundas se sostengan con
debilidad en las ambiguas interpretaciones de algunas frases. Y
a su vez, la nouvelle anticipa la lectura que publicará
una década después El mundo maravilloso Guilermo
E. Hudson. Y en este punto, no sólo hace resonar en
su relato la lectura de un cuento de este escritor, sino que se
inscribe en una tradición compleja que trabajosamente viene
construyendo en su obra. En el caso particular de “Marta Riquelme”,
además, se inscribe en la línea de las escrituras
preliminares, de los prólogos que supieron perfeccionar,
entre otros, Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges. Y volvemos
al prólogo, al umbral de un universo que puede intuirse tras
las páginas de las Memorias, que una vez perdidas
se vuelven infinitas.
En una carta de Kafka a Milena, el escritor checo confiesa: “hay
para mí un abismo que no puedo salvar, al parecer porque
no lo quiero. Allá, del otro lado, es algo de la noche, en
todos sentidos y de un modo absoluto, una cuestión nocturna;
aquí está el mundo, lo poseo, ¿y tengo que
saltar al otro lado para tomar posesión de él una
vez más?”.
Martínez Estrada escribió cuentos en un período
de su vida que apenas excede una década, que coincide mayoritariamente
con el período de fascinación con Kafka, y con el
encierro que le supuso el peronismo. Su escritura y su razonamiento
desbocados tuvieron como resultado, en este mismo período,
voluminosos ensayos. Vemos en el volumen que contiene estas nouvelles
la posibilidad de pensar, como un par complementario, estas puestas
en escritura de la experiencia que suponen ciertos umbrales infranqueables,
estas manifestaciones narrativas de un escritor para el que el mundo
americano y su propia escritura son abismos inevitables.
* Walter Benjamin¸ Imaginación y sociedad. Iluminaciones
I. Taurus, Madrid, 1980
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