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del asador


- Aproveché la ausencia de mi esposa
Elda Vega; yo, Víctor Esparza:
para vengarme de ella asé a mis hijos.

Por un dinero (muy poco) habíamos
peleado, pero mucha fue mi ira:
con ellos me cobré, me desquité.

Alejandra, quince; siete, Fernando;
seis, el Emilio; ocho, Víctor Cristóbal;
Elda Matilde, cinco; un mes, Ángel.

Hijos de un servidor y la nombrada,
Juntados ambos, en Salta radicados:
¿cómo lo pude hacer, cómo he podido?

Acarreaba las brasas con la pala
mientras ellos dormían: “¡No lo hagas!”,
me exigía un voz; “¡Hazlo!”, esa otra.

Y entre hacerlo y no hacerlo estaba haciéndolo,
como si otro lo estuviera haciendo:
otro que era distinto, aunque yo mismo.

Rojas ardían adentro de la pieza,
las brasas que las llamas anunciaban
del infierno que rápido creció.

Salí; pasto del fuego la casilla,
era brasa de brasas en la noche:
“¡Salven a mis pequeños!”, grito; que oigan

los vecinos, “¡Ayúdenme a salvarlos!”
(con la voz de un ventrílocuo en un sueño);
pero Alejandra que logró escapar

me denunció y, entonces, ya confeso,
oí palabras que movían mi boca:
“Amé mucho a mis hijos, los amaba,

siempre un buen padre quise ser, lo juro”

(Leónidas Lamborghini)