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Graciela
Goldchluk
“Noticias del correo del zar”
Sobre: Diego Muzzio, Mockba, Buenos Aires, Entropía, 2007;
191 páginas.
Otro descubrimiento y van...
Voy a hablar de Mockba, un libro de cuentos publicado
en 2007 por editorial Entropía, cuyo autor es Diego Muzzio,
un poeta que tiene obra publicada, pero que presenta narrativa por
primera vez. Creo que Muzzio es un narrador excepcional, alguien
a quien es necesario leer, y es entonces que reparo en que ya son
muchos los escritores excepcionales que encuentran su lugar en editoriales
independientes, pequeñas. La noticia parece haberse desplazado
de los autores a las editoriales, es el fenómeno que trajo
la devaluación y la buena noticia de la crisis: frente a
la dificultad de leer libros impresos en España (que de todos
modos comienzan a leerse nuevamente) surgieron emprendimientos que
porque saben que no apuntan a las grandes masas se dan el gusto
de publicar lo que les gusta, y ahí está su fuerte,
se sostienen publicando lo que un pequeño grupo de lectores
persigue en las librerías: buena literatura. Otra buena noticia
de la crisis es un rasgo tal vez sorprendente que caracteriza las
nuevas editoriales: no se desean el exterminio mutuo. Hay tanto
escritor, hay tanto por publicar, y es tan costoso en todos los
sentidos hacer un libro, que cada una se pone contenta cuando la
otra saca algo bueno y lo comenta en su blog. Entre todas están
desterrando el cliché de que una editorial independiente
debe corresponderse con un objeto desprolijo, mal distribuido y
poco visible. Algunos libros, muchos, son preciosos, por lo tanto
los libreros los ponen en sus estantes, en particular los libreros
que leen. La distribución en la ciudad de Buenos Aires se
basa en el contacto personal, en contar qué es lo que están
llevando, y es así como las cadenas terminan comprando, porque
también quieren tener eso que hay en las librerías.
La distribución en otras ciudades del país, y la exportación,
es algo que están encarando en grupo, en reuniones, para
resolver de manera solidaria. Los medios los reseñan y esto
no siempre tiene que ver con que haya algún amigo. En general
(al menos me consta esa situación en Entropía, cuyos
fundadores “no conocían a nadie”) sucede al revés:
con el tiempo terminan conociendo a alguien que hizo una pregunta,
que sacó una reseña en contra o a favor, o que se
hizo amigo a fuerza de recibir los libros y que le gusten. Y además
los suplementos adoran descubrir autores nuevos, valiosos, y quién
no quiere ser el primero que hizo una reseña de Cien
años de soledad. Es claro que la égloga del locus
amoenus editorial que precede podría ser reemplazada
por una crónica de penurias económicas o un policial
de la serie negra donde se descubran maniobras turbias y traiciones,
pero acabo de leer otro hallazgo y cuando comento con Valeria Castro
que ya son muchos, me responde que también están saliendo
cosas buenas en editoriales amigas.
Entonces, Entropía, una editorial que comenzó publicando
primeras obras de autores desconocidos y que logró ganar
la confianza de los herederos de Manuel Puig y la de escritores
como Daniel Link, Ariel Schiettini, César Aira y Arturo Carrera
(los primeros con sus textos, los últimos por el momento
con la elección del lugar donde publicar a sus premiados).
Lo raro de Entropía es que publica muchas primeras obras:
en esto, creo, se diferencia de otras editoriales nuevas, prestigiosas,
cuyo catálogo se compone principalmente con reediciones de
textos que queremos leer y agradecemos, o perlitas de los autores
que ya conocemos y queremos leer. Pero esta editorial en particular,
aunque comienza a recibir a algunos consagrados, persiste en el
ejercicio de leer manuscritos de autores desconocidos y publicar.
Esta es una apuesta a largo plazo, y aunque sólo dentro de
unos años podremos saber si fue posible, es en estos días
que se está formando el archivo de los que serán los
escritores de los próximos años y por eso habría
que guardar un espacio en la biblioteca para coleccionar todas estas
primeras ediciones. Es que las empresas, que leen suplementos culturales
y blogs, pero no leen manuscritos, buscan sus “descubrimientos”
entre los autores publicados, por eso Fogwill, que publica en Interzona,
recomienda a viva voz a los escritores nuevos que se queden, que
insistan. Es la única manera de saber si fue posible, ver
qué pasa con el segundo libro.
El libro negro
Los libros de Entropía tienen fotos en la tapa, una solapa
que muestra al autor mientras lee, y un color que distingue cada
libro. Mockba es negro, anuncia que son cuentos, se ve
un edificio ruso, un paseante que lee y un cementerio. Todos los
cuentos tienen que ver con muertos, o con el cementerio —Chacarita
o Recoleta— o con la cremación o exhumación
de cuerpos. Es decir, la muerte en su materialidad, pero también
la muerte. Cada cuento responde a un esquema más o menos
tradicional, e incluso podríamos reconocer en cada uno de
ellos la cita a un autor argentino: en “La soledad de los
animales” a Mujica Láinez, pero también algo
de Saer en su acercamiento al siglo XIX; en “Albino”
a Roberto Arlt pero más a Laiseca, único apellido
ilustre que aparece tangencialmente en el libro; algo de Walsh,
pero sobre todo el Lugones de Las fuerzas extrañas
en el maravilloso (que no es tal) “Poker de ases”; una
finta hecha a Cortázar en “Mockba”, que vuelve
a aparecer de refilón en “Zacarías y Jeremías”;
el Ricardo Piglia de sus primeros cuentos en mi preferido “El
correo del zar”; y nuevamente un tratamiento estilo Piglia
para homenajear a Borges en el cuento que cierra el volumen “El
Cementerio Central”.
En lo personal, lamento la presencia tan evidente del homenaje
a Borges en el último cuento que me hizo revisar todo el
libro como si, además, la literatura argentina fuera un cementerio
sobre el que edificar la escritura de estos días. Los otros
autores nombrados sólo aparecen a la luz de ese cuento, pero
la buena noticia es que no se trata de parodias en el sentido que
quiera dársele al término, ya que no son reescrituras
sino escritura propia en el suelo fértil que queda cuando
se remueve la tierra. Eso es lo que sorprende y se agradece: una
(o uno, lo mismo da) está leyendo y de pronto no entiende
por qué esto, que no es rupturista, es diferente. Qué
hay en esta escritura, en este autor, que impulsa a querer saber
si va a seguir narrando, porque queremos que nos cuente algo más.
Si tuviera que arriesgar, me inclinaría por decir que lo
que me seduce de esta escritura es la seriedad. Es decir, Muzzio
escribe en serio, y esto no tiene que ver con la trascendencia o
la metafísica, que en su sistema narrativo serían
chistes que se le hacen a la muerte. El libro inventa un universo
de personajes que en algún momento son tocados por la muerte,
pero lejos de ensayar la risa nerviosa de los velorios, se queda
perplejo mientras sus personajes siguen con sus vidas, o no. De
ese modo nos pone a las puertas de la filosofía, pero no
entra ni nos invita a entrar.
Un nuevo intento por explicar qué es lo fascinante de este
libro negro sería el tono desentendido con respecto a las
corrientes por donde navega la literatura argentina actual, incluso
la mejor literatura. Tal vez tenga que ver el hecho de que, entre
los autores antes nombrados, el que refulge es Cortázar.
Sorprende ver el modo en que Muzzio cita algunos tópicos
cortazarianos (los dobles, la ciudad Lejana, el niño con
el hermano raro, la simpatía por el boxeo) y los descoloca:
si para el genial cuentista argentino que vivió en París
estos elementos servían para pasar “al otro lado”,
para Muzzio, este nuevo cuentista argentino que vive en París,
son cosas “de este lado”. Nuevamente, lo que no hay
es un más allá. También como Cortázar,
Muzzio se plantea cómo tienen que hablar los personajes,
pero, como si hubiera aprendido una lección, nunca llega
a la caricatura. Cuando en “Albino” aparece un narrador
como este: “Cargaba un cajón en el carro, lo empujaba
hasta el camión, y después volvía trotando
al lugar donde estaban amontonados el resto de los cajones, como
si alguien le habría dicho que había que terminar
de cargar antes del mediodía”, no lo podemos resolver,
como lectores, identificando socialmente al personaje. Tampoco se
trata específicamente de un registro de la oralidad, problema
que hubiera debido convocar a Puig —estrella de los nuevos
escritores y ausente de la lista de preocupaciones de Muzzio—.
Lo que registra esta expresión es un estado de la lengua
a punto de desmoronarse. La diferencia entre fijar a un personaje
por un uso peculiar del lenguaje y registrar un momento en que la
lengua cruje, hace de Mockba un libro que vale la pena
leer. Además están los lugares exóticos concentrados
en un terreno acotado, porque bien mirado, un cementerio es también
un parque temático.
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