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Marcelo Díaz
“Tanto dolor que hace reir” Sobre: Leónidas
Lamborghini, La risa canalla (o la moral del bufón),
Buenos Aires, Paradiso, 2004.
Ars bufónica
El otro día, un domingo,
estaba en casa de unos queridos amigos. Pasaban un documental
de Río Turbio actual. Porque se supuso, cuando en los
años 50 se descubrieron los yacimientos, que eso iba
a ser una palanca de riqueza económica para el país.
Pero después se abandonó el proyecto, se lo saboteó,
hasta llegar al presente. Mi amigo se empezó a reír.
“Mire, Lamborghini, ja, ja, ja…” ¿Y
qué se estaba mostrando ahí? Un puñado
de obreros trabajando en un túnel, abandonados de la
mano del gobierno a los que de tanto en tanto se les alcanzaba
un pedazo de pan. Obreros, los que quedan, que ganan cien pesos
al mes, y que mueren a razón de dos por año por
enfermedad o accidente. Esa parte del documental se titulaba
“La noche eterna” porque en Río Turbio se
vive a la luz de las velas. “Mire, Lamborghini, ja, ja,
ja…” Menem en campaña, para recoger votos,
prometiéndoles que todo eso se iba a recuperar. Y los
obreros creyéndole. Y votándolo. “Ja, ja.”
La esposa de mi amigo le soltó entonces: “Che,
¿de qué te reís?”. Y yo me escuché
explicándole: “Mirá, es una risa que sangra,
él sangra por esa risa, esa risa es una herida”.
Y de eso se trataba. En vez de lágrima era distorsión:
“tanto dolor que hace reír”, dice Discépolo.
Leónidas Lamborghini, entrevista
de Daniel García Helder, en Diario de Poesía,
nº 38, Buenos Aires, invierno de 1996.
En 1990, cuando Leónidas Lamborghini regresó al país
tras trece años de exilio en México, se sabía
bastante poco de él y de su obra, incómoda, disonante.
Quince años después es poco lo que no se sabe. Mucho
tuvo que ver en este cambio la edición en 1992 de Odiseo
confinado, su favorable recepción y el descubrimiento
de que lo que Lamborghini hacía desde 1955 (desde la edición
de El saboteador arrepentido) se llamaba intertextualidad,
concepto en boga por ese entonces. Se podría decir que entre
el ’92 y el ’94, aproximadamente, no hubo revista literaria
o cultural que en algún número no haya tenido el obligado
reportaje y/o comentario a Leónidas Lamborghini y su obra.
Así fuimos conociendo algunos datos y fijando algunos conceptos.
La Vulgata dice: que L.L. nació en Buenos Aires en 1927;
que en 1965 publicó Las patas en las fuentes, libro
elogiado por Leopoldo Marechal; que es peronista; que su frase favorita
es: “asimilar la distorsión y devolverla multiplicada”;
que vivió durante unos años en una villa; que su poética
pivotea sobre el concepto de parodia; que padece de reescritura
compulsiva, al punto de llegar a sentir, en México, la necesidad
de reescribirlo todo (hasta El Quijote, pero no a lo Pierre
Menard, sino desde la óptica de Sancho); que no reescribió
todo pero reescribió bastante, entre otras cosas La razón
de mi vida, de Eva Perón, las cartas de Vincent Van
Gogh a su hermano Theo, el Himno Nacional argentino, tangos de Discépolo,
poemas de Góngora y Quevedo, pasajes de los Santos Evangelios…
En la poética lamborghineana escribir es leer, y viceversa;
el sistema literario se configura como una cadena de modelos y derivados,
los que a su vez se institucionalizan como modelos. Podríamos
suponer que Modelo (con mayúscula inicial, como
lo escribe L.L.) es sinónimo de obra canónica, pero
en Lamborghini suele asumir más bien el sentido de “lectura
petrificada”. Es decir, si una obra se vuelve Modelo, es necesario
sacarla de ahí antes de que deje de respirar. Pero nos quedamos
cortos, porque la noción de Modelo se salta el campo literario
y se propaga en la vida pública: modelo económico,
modelo de país, modelo de reclamo, modelo político.
En Lamborghini, Modelo es sinónimo de estereotipia, y por
momentos parece incluir el conjunto de representaciones hegemónicas
de una sociedad.
Este último libro de Lamborghini se abre con "La
moral del bufón", suerte de ars poética
con foco en ese Modelo que es artístico, social y político
a la vez. La moral del bufón es el paseo por la mezcla, el
remedo y el disfraz, el carnaval violento, lo deforme que el modelo
oculta. El bufón mira lo trágico desde la risa. Su
horror provoca risa, su risa provoca horror. ¿Y qué
mira? ¿Mira hechos, sucesos del presente, de la vida real?
Paolo Berlusconi preso, inmigrantes ilegales, el camionero místico
y asesino serial, etc. Pero también Benjamin, también
Ungaretti; y hasta un partido de fútbol. ¿Entonces?
¿Dónde está el (o los) Modelo(s) en La
risa canalla?
Timisoara y el pavo de plástico
Una de las leyes
– no muy secreta, por cierto- de la sociedad democrático-espectacular
en que vivimos determina que, en los momentos de grave crisis
del poder, la mediocracia se desmarque en apariencia del régimen
del que es parte integrante, y pase a controlar y dirigir la protesta
con el objeto de evitar que pueda transformarse en revolucionaria.
No siempre es necesario, como en Timisoara, simular un acontecimiento;
basta manejar por anticipado no sólo los hechos (…),
sino también los sentimientos de los ciudadanos, a los
que se da expresión en primera página antes de que,
haciéndose gesto y discurso, empiecen a circular y crecer
en las conversaciones y en los intercambios de opinión.
Todavía recuerdo, al día siguiente del fallido intento
de procesar a Craxi, la impresión paralizante que me produjo
la palabra VERGÜENZA escrita en grandes caracteres en la
primera página de uno de los grandes diarios del régimen.
Encontrarse por la mañana ya preparada y en primera página
la palabra que hay que decir, produce un efecto singular, de tranquilidad
y de frustración a la vez. Y una frustración tranquilizadora
(es decir, el sentimiento que experimenta quien ha sido expropiado
de las propias capacidades expresivas) es la pasión dominante
en este momento en Italia.
Giorgio Agamben, Medios sin
fin, notas sobre la política, Pre-textos, Valencia,
2001.
La risa canalla es la versión ampliada y definitiva
de un pequeño libro publicado en 1995, en edición
de autor, llamado Comedieta. En medio del vendaval neoliberal
en Argentina, Leónidas Lamborghini edita ese libro de poemas
en tercetos vagamente dantescos y en ellos da la palabra a violadores,
asesinos, desalojados. Todos esos parlamentos dramáticos,
o comiqueos, están tomados de las noticias que circulan por
los medios: el padre que quema a sus hijos, los desalojados de las
bodegas Giol, la adolescente violada mientras esperaba el colectivo,
etc. El año, casual o no, se vuelve a la distancia significativo:
de 1995 al 2000 se produjo en Argentina la concentración
y la transferencia de los principales medios de radiodifusión
a nuevos agentes vinculados al mercado financiero, empresas de telecomunicaciones
y operadoras internacionales de servicios de radiotelevisión.
Para dar un ejemplo: a principios de 2000 el grupo CEI – Telefónica
llegó a controlar 16 canales de televisión abierta
en todo el país y 74 emisoras de radio, en abierta violación
a la normativa vigente. Los medios tienen el poder de modelar
nuestra percepción de la realidad.
En 1989 se descubren fosas comunes en Timisoara, en la Rumania de
Ceaucescu. La televisión muestra imágenes de centenares
de cadáveres con signos evidentes de tortura. Se especula
con que esas fosas sean el resultado de enfrentamientos entre ciudadanos
y policías. Tan pronto como las imágenes comienzan
a circular en los medios, se exige por los responsables de la masacre,
y crece la protesta. La población rumana cree que en Timisoara
se produjo una matanza de proporciones inimaginables. El hecho desestabiliza
al régimen. Tiempo después investigadores independientes
trabajan en Timisoara y revelan al mundo la mentira: la matanza
nunca existió, los cadáveres “hallados”
fueron retirados de morgues y hospitales, torturados para que así
se vean en pantalla, y enterrados en fosas comunes para preparar
“el descubrimiento”, el espectáculo. Una producción
espectacular y calculada, presentada como “reflejo de la realidad”.
El descubrimiento de la mentira de Timisoara, la verdad por decirlo
así, no tuvo la repercusión que sí tuvo “la
masacre de Timisoara”.
Dieciséis años después de Timisoara el poder
de los medios es aún mayor, y su control, prioritario para
los grandes intereses corporativos; como resultó evidente
durante la invasión a Irak con el comportamiento de las grandes
cadenas de noticias norteamericanas, reflejado en las encuestas:
la gran mayoría de los estadounidenses apoyó la cruzada
de Bush, con el convencimiento de que Irak estaba de algún
modo tras los atentados del 11-S y de que Saddam había desarrollado
armas de destrucción masiva. Los medios, pienso en el comiqueo
“del
César”, `celebraron la mentira´.
Volvamos a Argentina, y preguntémonos si, con un sistema
educativo en crisis desde hace años, con instituciones intermedias
anémicas y carentes de apoyo, y con la participación
ciudadana sin vehículos políticos capaces de canalizarla,
no son los grandes medios quienes fijan la agenda de debate, y quienes
forman modelos. Y esto no tanto por lo que los medios dicen,
porque en general dicen de todo (de hecho, los medios no ocultaron
los informes de la ONU que afirmaban categóricamente que
Irak carecía de armas de destrucción masiva), sino
por la velocidad que le imponen a la información, la saturación
de noticias y comentarios, el reemplazo continuo de un hecho por
otro, la falta de espacios que permitan ya no la reflexión,
sino al menos el poder fijar la atención en algo. El poder
de los medios es el monopolio de la expresión. Entonces sí,
podríamos decir, La risa canalla se ocupa de hechos
concretos, pero el modelo que desarma es la mirada que los medios
imponen sobre esos hechos, y la fugacidad a los que los condenan.
La única verdad es la realidad
La verdad, la amarga verdad.
Diderot.
En la entrevista citada arriba, Lamborghini se pregunta “¿Cuál
fue la necesidad de Truman Capote o de Rodolfo Walsh de volver a
contar una noticia de los diarios?” y se responde “Ellos
hicieron ver”. La risa canalla se propone, entonces,
hacer ver. ¿Hacer ver qué? La verdad, eso
que amarga a Diderot y no parece ofrecerle conflictos al General.
Y esa verdad se la disputa a la palabra de los medios. Sin embargo
sus recursos no son realistas, Lamborghini no inventa la poesía
de no-ficción. Lejos, muy lejos de eso. Por el contrario,
la esquiva verdad se busca en el artificio, en el ritmo, en un decir
por momentos elevado, en un fraseo que fluye, más cerca del
Odiseo confinado que de aquella voz entrecortada de Eva
Perón en la hoguera. Ya no hay “balbuceo del oprimido”,
hay personajes que se adelantan y ofrecen su historia al lector.
Primer torniquete al Modelo de los medios: el poema revela
al desplegarse su propia naturaleza artificial, ahí donde
los medios parecen “reflejar” la realidad. Ahí,
con su decir, organizando de un modo en absoluto realista los mismos
materiales que los medios pero haciéndose claramente cargo
de esa construcción, La risa canalla instala la
tensión, señala una construcción del discurso
periodístico para nada natural, desnuda el truco: no hay
palabra que refleje, la palabra siempre construye, dicho con ironía
y énfasis en el comiqueo “del
drogado”. Segundo torniquete al Modelo: la velocidad
con la que una noticia sigue a la otra, el vértigo con el
que los noteros persiguen a los entrevistados para robarle dos palabras
entrecortadas, la sucesión agotadora de comentarios que buscan
explicar los hechos, aquí son detenidos por la cadencia del
endecasílabo, por los frenos que imponen los encabalgamientos,
por el orden que marca el terceto. Las voces de los comiqueos se
despliegan con lentitud, presentan sus asuntos, sacan sus conclusiones.
El flujo del poema es como una manifestación que interrumpe
la circulación en una hora pico. La elección formal
es una elección política. Un elegante Dante piquetero.
Tercer torniquete: las noticias conviven con comiqueos que sin pertenecer
al presente, sirven para pensarlo: el comiqueo de Benjamín,
o el que hace referencia a la noche de los lápices. O el
de Ungaretti, que es también una crítica a modelos
de poesía metafísica. Como si se dijera, el presente
no se compone estrictamente de todo “lo que pasa en este momento”,
sino también de hechos que merecen seguir resonando hoy.
El presente tiene profundidad. Cuarto torniquete: la mezcolanza
canalla no es la mezcla de los medios. Un diario tiene policiales
y horóscopos, la cantidad de muertos en atentados terroristas
y el cumpleaños de Pampita, pero cada uno en su lugar. La
televisión tiene a Tinelli y a Santos Biasatti, pero ni uno
pone cara de extrema gravedad full time ni el otro le dice a los
entrevistados “era una jodita”. Cada uno construye su
personaje para que sea “natural” y eso implica no mezclar
demasiado, o mezclar de manera previsible. En los medios la novedad
nunca tiene que ser demasiado novedosa. Y si no que lo explique
Sofovich. Lamborghini mezcla, y su mezcla no es un trago de Gourmet,
es un cóctel molotov. Dante con Crónica TV,
arcaísmos con puteadas, risa en el horror, horror en la risa.
Los comiqueos son pequeños parlamentos dramáticos,
inventan una voz, instalan un personaje. Y ese personaje impone
un tiempo, su propio tiempo, no el del zapping, no el de las cámaras
que corren tras la noticia, pero tampoco el de la fotografía,
que parece fijar en las portadas de los diarios los hechos tal como
fueron. No, las voces de los comiqueos fluyen, con lentitud, pero
con una dicción clara. Y no amplifican el sentido común,
ni dan respuestas esperables, no funcionan, como dice Agamben de
los medios, expropiando la expresión. Los
personajes de los comiqueos se relatan a sí mismos los hechos,
como si no pudieran entenderse, como en el comiqueo “del
asador”, como si no hubiese manera de atravesar
con palabras el mundo de la locura. Parten del estupor que se puede
sentir frente a hechos inexplicables, y no buscan tranquilizar,
no buscan explicarlos. Dejan al lector (que ya no es hipócrita,
sino forro) con la mirada cambiada, tratando de ver qué
hace con la risa cuando lo deseable hubiera sido el llanto, o cómo
maneja el horror cuando lo deseable hubiera sido un chiste simpático
y cómplice. La risa canalla desconfía de
los consuelos fáciles, pero confía en que la poesía
pueda cargar con cierta potencia política el lenguaje, remover
el modelo, abrir una brecha para respirar.
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