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Adriana A.
Bocchino
“Cuando una mujer pasa el cepillo a contrapelo”
Sobre: Susan Buck-Morss. Hegel y Haití. La dialéctica
amo-esclavo: una interpretación revolucionaria. Buenos
Aires: Grupo Editorial Norma, 2005. 104 págs. Traducido por
Fermín Rodríguez.
Muchas veces, con diferentes resultados, se ha hecho el cálculo
en términos económicos de la riqueza sustraída
al suelo americano desde el primer día que un pie europeo
pisó esta tierra. Cálculo que, además, debiera
incluir los incontables toma y daca, disputas y peleas, entre los
herederos que hoy permanecen naturalmente instalados. Lo que no
se ha hecho, ni siquiera mentado como posibilidad de trabajo remota,
es, alguna vez, iniciar el recuento -asentado en columnas que justifican
la propiedad privada- de las víctimas del genocidio sobre
el que se montó la civilización occidental y cristiana
primero, iluminista e ilustrada después. Genocidio africano
que eufemística y jurídicamente fue llamado, por el
mundo cosmopolita del siglo XVIII, “esclavitud” a secas.
Genocidio aplicado, entendido y justificado por aquellos que, con
matices, una y otra vez proclamaron la libertad como bien supremo
e inalienable: la Iglesia al principio, Samuel Pufendorf, Hugo Grotius,
Thomas Hobbes, John Locke, o los mismos Montesquieu, Voltaire y
Jean-Jacques Rousseau entre otros que siguieron después.
Y ello porque cualquier tipo de libertad que se esgrimiese y defendiese,
siempre significaba (¿y significa?) la protección
a ultranza de la propiedad privada. Los esclavos, como se insinuó
a instancias de Susan Buck-Morss, estuvieron siempre en las columnas
contables del ascenso económico y por lo tanto no existieron
como seres humanos, mucho menos, entonces, como víctimas.
Es decir, fueron siempre propiedad privada. Sin discusión,
nunca seres humanos. Ni siquiera, parece, para el más progresista
de los iluminados del siglo XVIII. Situación que, por lo
demás, perdura aun hoy en la historiografía cuantitativa.
El libro de Susan Buck-Morss, Hegel y Haití, apunta
directamente al corazón de esta historia que, flagrante,
arma no sólo la modernidad sino más cerca todavía,
nuestra posmodernidad. El suyo es un libro breve pero de una contundencia
soberbia. Lo más interesante es el trabajo de pinzas que
realiza: muestra, por medio de citas de uno o dos renglones, el
silencio de los historiadores contemporáneos respecto del
silencio, o disimulo, de los pensadores del pasado respecto de un
tema, nunca un problema, llamado esclavitud.
Por un lado, hacia la mitad del libro, tras una serie de escenas
preparatorias, Buck-Morss nos mete de lleno en la primera parte
de su título: Haití y su revolución de 1791.
En principio se trata de un alzamiento por la liberación
de la esclavitud que se superpone, valga la coincidencia como dato
relevante, con la revolución por la liberación colonial
hacia el 1º de enero de 1804, a través de Sonthonax
y Polverel, Toussaint-Louverture y Dessalines. Nombres lo suficientemente
borroneados de las historias del siglo XX como para que hable de
“otro caso de ceguera erudita” que “silencia el
pasado” y señale la estrategia disciplinar que hizo
y hace pensar la historia de los acontecimientos coloniales en los
márgenes de la historia europea. Los hechos de Haití,
propone Buck-Morss –y allí radica la “interpretación
revolucionaria”-, debieran ser reconsiderados desde una perspectiva
central para el pensamiento contemporáneo que intenta comprender
la revolución Francesa y sus secuelas.
Por otro lado, pone a jugar una llave maestra: una publicación
alemana que da pie a la idea central, Minerva. Se trata
del periódico de Johann Wilhelm von Archenholz, dedicado
a informar, e interpretar, los acontecimientos de 1789 y sus consecuencias.
En la reacción a estos sucesos se habría puesto en
juego el sentido de la libertad y en las colonias, en especial en
Santo Domingo -la perla de la corona-, la contradicción dentro
de la revolución burguesa. El alzamiento haitiano, parece,
fue “la prueba de fuego para los ideales del Iluminismo francés.
Y todo europeo que fue parte del público lector burgués
lo sabía”.
De aquí en más se inicia el encadenamiento de datos
que permitirá desentrañar el juego. Cuenta Buck-Morss
que durante un año, desde el otoño de 1804 hasta fines
de 1805, Minerva publicó una serie de notas –junto
a documentos, resúmenes y testimonios- que informaba a sus
lectores no sólo sobre la lucha por la independencia de la
colonia francesa
–bajo la consigna de Dessalines que hará historia,
“¡Libertad o muerte!”- sino también de
los diez años anteriores en los que Toussaint-Louverture
aparecía como líder carismático. Así
como el periódico reproducía notas de diarios ingleses
y franceses, los artículos de Minerva eran levantados
por otros diarios que destacaban los acontecimientos de la fase
final de la lucha revolucionaria en Santo Domingo. El tema tuvo
tal importancia que William Wordsworth llegó a escribir hacia
1802 un soneto titulado “A Toussaint Louverture”, publicado
en The Morning Post en febrero de 1803, donde deploraba
el restablecimiento del “Code Noir” en las colonias
francesas. En una nota al pie se introduce la segunda parte del
título del libro: Hegel, nacido el mismo año que Wordsworth,
en 1770. Minerva, dentro de la prensa alemana, parece ocupar
un lugar especial como el mejor periódico político
y el más importante testigo del cambio de siglo, tanto por
los corresponsales regulares cuanto por la calidad de sus lectores:
el rey Federico Guillermo III de Prusia, Klopstock, Goethe, Schiller,
Schelling, Lafayete y, finalmente, Georg Wilhelm Friedrich Hegel.
El estilo de Susan Buck-Morss impresiona por la manera en que consigue
llevar a la práctica la consigna propuesta por Benjamin de
pasar el cepillo a contrapelo: la historia deja de ser lo que presuponemos
que es y, entonces, el personaje principal de su relato emerge desde
una nota al pie, a partir de la mera coincidencia del año
de nacimiento con un poeta. De esta manera se traza el canevá,
un nuevo telón de fondo, desalineado de la historiografía
tradicional, a fin de aproximarnos de otra manera a un texto fundamental
de la filosofía contemporánea, Filosofía
del espíritu, escrito en Jena entre 1805 y 1806 y publicado
en 1807. La hipótesis fuerte, la que arma el título
en definitiva, sostiene la absoluta interrelación entre los
sucesos de Haití, a través de las notas del Minerva,
y la famosa metáfora de la “lucha a muerte” entre
el amo y el esclavo que provee a Hegel la clave del despliegue de
la libertad en el curso de la historia.
La prensa leída en Jena, entre 1803 y 1805, habría
llevado a Hegel a decir que “Leer los diarios a la mañana
constituye una especie de oración matutina secular. Unos
orientan su actitud hacia Dios y en contra del mundo; otros hacia
el mundo tal como es. Una cosa provee tanta seguridad como la otra,
a la hora de saber en qué mundo habitamos”. A partir
de aquí, Buck-Morss elige pensar que Hegel elabora deliberadamente
su dialéctica del amo y el esclavo dentro del contexto de
la realidad “que transcurre ante sus ojos en la mesa del desayuno”.
Y si bien los hombres del siglo XVIII no pensaron la revolución
haitiana en términos de “igualdad fundamental de la
humanidad”, sabían perfectamente qué era lo
que estaba sucediendo, al punto que su centralidad y preeminencia
cotidiana hizo que se desdibujara en los textos académicos.
La apuesta, y denuncia, de Buck-Morss observa que hoy, cuando se
puede repensar aquellos términos, debido a las construcciones
disciplinares a través de las cuales heredamos el pasado,
la importancia capital de la revolución haitiana resulta
invisible y se desconoce su significación para el discurso
político. Hegel, dice Buck-Morss, para hablar del movimiento
de la historia, deja de lado las versiones que ofrecían la
metáfora de la esclavitud versus un mítico estado
de Naturaleza (de Hobbes a Rosseau) e inaugura la inscripción
de la realidad histórica en uno de sus libros capitales mediante
la metáfora de esclavos versus amos, tal como sucedía
a su alrededor.
Así, pasa a analizar detalladamente la dialéctica
del amo y el esclavo, tal como lo propone la Fenomenología...,
retrotrayendo la cuestión a escritos y lecturas realizadas
por Hegel, previos a la publicación, tal como la inflexión
producida por La riqueza de las naciones de Adam Smith
en 1803. La esencia de la conciencia del esclavo como “coseidad”
se reuniría con la caracterización de “la falta
de reconocimiento” y de allí surgiría la idea
de dependencia o el “ser para el otro”, en tanto el
amo, percibido como independiente “tiene por esencia el para
sí”. Como sabemos, a medida que la dialéctica
se desarrolla, la dominación aparente se invierte mostrando
cómo la clase poseedora de esclavos es absolutamente dependiente
de la institución “esclavitud”, a partir de la
cual sostiene la “superabundancia” que constituye su
riqueza. Aquí, también se muestra la imposibilidad
de esta clase de ser agente del progreso histórico si no
es a costa de su propio aniquilamiento. El esclavo, en tanto y a
través de la materialización de su propia subjetividad
en el trabajo, alcanzaría la autoconciencia de no ser una
cosa sino un sujeto que transforma la naturaleza material. Si bien
Hegel calla llegado a este punto, Buck-Morss infiere que “aquellos
que alguna vez se sometieron a la esclavitud demuestran su humanidad
cuando se arriesgan a morir voluntariamente antes que permanecer
subyugados”, aclarando, además, que este paso, no dado
por Hegel, centro de la crítica marxista, fue realizado por
la revolución de esclavos en Haití. La consigna de
esta revolución, “¡Libertad o muerte!”,
resulta determinante en el desarrollo de la Fenomenología...
en donde “Solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad...
El individuo que no ha arriesgado la vida puede sin duda ser reconocido
como persona; pero no ha alcanzado la verdad de este reconocimiento
como autoconciencia independiente”.
Finalmente, Buck-Morss se pregunta por que el tópico Hegel/Haití
ha sido ignorado al punto de no ser siquiera planteado como posibilidad
en la hipótesis genealógica de las condiciones de
producción de la Fenomenología... Allí
sienta su posición frente a doscientos años de construcciones
disciplinares eurocéntricas y propone, ahora como consigna
de trabajo, leer a contrapelo, nunca tan literalmente, pararse en
otro punto para mirar, desde otro ángulo, otro lugar geográfico,
otro continente, la historia política, y entonces filosófica,
de los últimos doscientos años. La abstracción
que se hizo de cualquier referencia concreta, afirma, sobre la lucha
del amo y el esclavo, leída como metáfora –incluso
por el marxismo- cuando en Europa todavía existía
la institución de vasallaje y servidumbre y las colonias
hacían posible, a través del trabajo esclavo -“la
quintaesencia de la institución moderna de explotación
capitalista”-, que el pensar fuera posible, resulta hoy muy
difícil de entender. En especial si se tiene en cuenta que
Hegel postula, y en esto están todos los estudiosos de acuerdo,
una concepción moderna de la política, tanto sea por
su interpretación de los acontecimientos -inflexión
suscitada por la revolución francesa- como por la adopción
de la teoría económica de Adam Smith. Extrañamente,
dice, no se ha tenido en cuenta, a la hora de evaluar el armado
de la genealogía conceptual de la dialéctica del amo
y el esclavo el problema candente de la esclavitud, con rebeliones
de esclavos a lo largo y a lo ancho de las colonias e, incluso,
una revolución triunfante en la más rica de ellas.
Tampoco que escribía en ese momento, y no en otro, su Fenomenología...
en la que, podría pensarse, esa revolución se convierte
en la “dialéctica del reconocimiento” y se hace
visible como tema de la historia universal, como “historia
de la realización universal de la libertad”. Es decir,
allí donde la filosofía se vuelve comentario de la
historia.
Según Buck-Morss algunos agujeros negros, desde el punto
de vista de la historia más cercana, todavía quedan
por ser investigados en los escritos de Hegel. Por ejemplo las referencias
a las teorías biologicistas sobre el racismo o la francmasonería,
defensora a ultranza de la abolición de la esclavitud y telón
de fondo ineludible de cada momento de la historia del siglo XVIII
y XIX y, más todavía, de los alzamientos y revoluciones
americanas, para terminar su libro con tres preguntas sumamente
sugestivas: “¿Qué ocurriría si cada ocasión
en la que la conciencia de los individuos sobrepasa los límites
de las constelaciones de poder actuales y percibe el sentido concreto
de la libertad, fuera valorada como un instante, aunque transitorio,
de la realización del espíritu absoluto? ¿Qué
otros silencios necesitarían romperse? ¿Qué
historias indisciplinadas necesitarían contarse?”.
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