|
|
|
Mariana Amato
“Variaciones sobre un tiempo mesiánico”
Sobre: La Anunciación, de María Negroni.
Buenos Aires: Seix Barral, 2007, "Biblioteca Breve", 229
págs.
Hay zonas de la Historia que son indecibles, incluso para una literatura
que no se proponga decir nada. No es porque las habite el horror
-no se trata aquí, quiero decir, de un sublime negativo.
La dificultad para simbolizar esos episodios de la destrucción
estriba más bien en que ellos se yerguen sobre un punto ciego
de la comunidad que los ha construido. Son, por así decir,
esporas persistentes de su desamparo. Cuando la literatura se practica
como forma obstinada de la incertidumbre, sin embargo, ella puede
interrogar esos hiatos mejor que nadie. Éste es el caso flagrante
de La Anunciación de María Negroni, un relato
que acecha el agujero indecible de la historia y deja que éste
le dicte, uno por uno, sus silencios. Con un pliegue paradójico:
La Anunciación convoca un momento en que la política
precisamente aspiró a decirlo todo, de una sola vez. Se trata
de los años ’70 en la Argentina, protagonizados inicialmente
por el afán revolucionario y su invisible pero sofocante
cinta de Moebius; y después, por la sangrienta aniquilación
de ambos a manos del gobierno militar que tomó el poder una
víspera del día de la Anunciación, el 24 de
marzo de 1976.
La novela espía ese pasado desde un presente cercano al nuestro
y a través de la rendija de una historia de amor, o viceversa.
Es que la evocación de uno y otra forman para la narradora
un solo circuito de pérdidas y obsesiones, que se precipitan
sobre un nombre de guerra: Humboldt. Así se apoda el personaje
al que la voz narrativa se dirige y se dedica. ¿En referencia
a Wilhelm o a Alexander von Humboldt? Tal vez a ambos. Pero fue
el hermano mayor, Wilhelm, quien descontento a la vez con los primeros
efectos de la Revolución Francesa y con la pesada maquinaria
de la burocracia prusiana, escribió una encendida defensa
de las libertades individuales, intitulada Sobre los límites
de la acción del Estado. Militante montonero, el Humboldt
de La Anunciación camina así contra la ironía
de su apodo. Para la narradora, por otra parte, él es el
motivo y simultáneamente el obstáculo de una memoria
que se sabe creada por y para cierto presente. El recuerdo de Humboldt
anuda pasión amorosa y militancia revolucionaria, imbricación
que más queda al descubierto cuando la narradora más
se esfuerza en deslindarlas: “No es lo mismo”, dice
en un momento, “una épica de la revolución que
una épica del amor, que una guerra amorosa, que un amor de
la guerra.” Concatenadas por la negación, las analogías
no terminan allí. En rigor, La Anunciación
coloca la pasión en el centro neurálgico de una serie,
o más bien un círculo, de analogías y disyunciones.
Entre pasado y presente, entre Buenos Aires y Roma, los recuerdos
del amor y la política se relatan escandidos por la intervención
de otras voces y diálogos. Se trata, se diría, de
los soplos diversos de una misma noche oscura del alma. Como si
la novela nos propusiera: “Memoria es sólo
aquélla que destituye definitivamente al yo, erosionándolo
en la infinitud de sus rumores.” Es que a veces quienes dialogan
son claramente balbuceos de una metafísica dislocada, como
‘mi Vida Privada,’ ‘el ansia,’ ‘la
palabra casa,’ ‘lo desconocido,’ ‘el alma.’
Otras veces, se intercalan en la narración las cartas que
‘el Autor, autrement connu como el Emperador muy
Noir’ le envía al ansia. Esta correspondencia también
se declara hecha de retazos ajenos, de ‘prositas prestadas.’
Para mayor confirmación de una poética de la supresión
del yo, una de las voces que se infiltra en el relato es la de un
poeta llamado Vicente Huidobro. La narradora además conversa
con el monje Athanasius Kircher, que en 1646 fundó un museo
que contiene o duplica el mundo, y mucho tiempo después la
intercepta en la Piazza Farnese para recordarle sus visitas a un
departamento de la calle Uruguay en Buenos Aires. Allí vivió
alguna vez su amiga Emma, la artista que, con desmesurada puntualidad
y a contramano de las urgencias revolucionarias de sus allegados,
copiaba toda pintura de la Anunciación que se cruzaba en
su camino:
“Los copiaba con furia, con hambre, como si el hecho de no
tener que encontrar una forma para sus obsesiones, la llevara directo
al centro de lo inaudible: su ilusión era pintar un cuadro
que, enteramente, no le perteneciera.”
En ese arte de la repetición cuyo trazo busca apropiarse
las infinitas variaciones de un mismo tema, se cifra el corazón
político de la novela de Negroni. El gesto de Emma no hace
más que sintetizar una de las obsesiones de la historia del
arte, y de la historia a secas: la indagación interminable
y casi compulsiva en una escena primaria de la cultura occidental.
La figura es conocida, sencilla pero inasible, porque en ella se
derrama el infinito en el número, la eternidad en el tiempo,
“la inmensidad en la medida, el Creador en la criatura,”
y así. El arcángel Gabriel, el que asiste en la presencia
de Dios, se presenta ante la virgen María para anunciarle
que concebirá y dará a luz a una criatura que será
considerada hijo de Dios. En la novela, mientras Emma duplica la
hendidura de esta escena en todas sus versiones plásticas,
los rumores que interrumpen—es decir, construyen—el
recuerdo de la narradora interrogan sus posibilidades.
El hallazgo más intenso de esas voces es que el arte y la
política son barcos a los que un mismo soplo teológico
puede hacer naufragar muy diversamente. Ya se ha dicho que la política
tiene inevitablemente la estructura de una religión. Curiosamente,
es ese mismo núcleo místico el que organiza tanto
sus peligros más abismales como sus potenciales más
felizmente transformadores. ¿Cuál es la diferencia
entre unos y otros? ¿Cómo se habilita o se bloquea
el pasaje de un lado al otro de ese nervio teológico de la
política? ¿Cómo se propulsa el cambio sin aspirar
a la totalidad? ¿Cómo se acaricia la plenitud sin
activar las prisiones del dogma? Éste es el laberinto de
preguntas que La Anunciación construye, y en el
que se pierde con total lucidez. Intuyo que también sugiere
algunas respuestas.
Una de ellas surge del contraste entre la espera mesiánica
de la política y el impulso místico del arte. A la
primera sin duda la acecha la trascendencia organizada. Así
es precisamente como la narradora recuerda su juventud militante:
“Me convierto en esa cosa íntegra, recta, indestructible:
el revolucionario, el escalón más alto de la especie
humana. (...) La organización me absorbe por completo,
me lo pide todo y, por lo mismo, me lo da todo (...). Me encanta
la sensación de trascendencia que ese objetivo me
presta.”
Esta saturación dogmática de la política se
contrapone en la novela con el despojo y la entrega al vacío
a los que propulsa la experiencia estética. Parecería
que, a diferencia de ciertos modos de concebir y practicar la política,
el arte reconoce que el recorrido místico gira en torno a
un espacio disponible, y más aún, a una impensable
oquedad. No es casual que un personaje llamado Vicente Huidobro
se pasee por las páginas de este relato. Un poeta de igual
nombre alguna vez describió a un “Creador, sin nombre,
que es un simple hueco en el vacío, hermoso como un ombligo.”
Otorgarse a esa ausencia es, según el monje Athanasius, tarea
primordial del arte, y con suerte, de la vida. Tal vez habría
que agregar que Lacan denominó goce femenino a ese
modo de sintonía con lo Real -una idea que tampoco es ajena
a esta novela.
María Negroni escribió -con deliciosa insistencia-
sobre el género gótico y las estéticas del
horror. Inventó también una genealogía lírica
de las sagas islándicas, que es también una serie
de poemas sobre el exilio y los mundos que el exilio crea. Escribió
una novela sobre un exilio voluntario, el viaje de una mujer de
la Edad Media en busca de y a la vez en fuga del amor. También
un ensayo en que piensa la obra de Alejandra Pizarnik a partir de
lo que ella llama su obra ‘de sombra’: esos textos que
renuncian a la búsqueda romántica de absoluto -unio
mystica moderna- para descender al fundamento obsceno del lenguaje.
Para que el lenguaje, como dice alguien en La Anunciación,
‘deje ver la mugre, la baba, el pantano.’ Tengo la impresión
de que cada uno de esos libros forma un hito del mapa en que se
dibujaba, se esperaba, y se anunciaba sin preverse La Anunciación.
|